La sombra de Casablanca es alargada

Hablar de cine es una labor terriblemente subjetiva. Entra a formar parte de nuestra vida desde que damos los primeros pasos y balbuceos. Comenzamos a andar como comenzamos a mirar la pantalla y sus formas, sus siluetas y sus personajes infantiles. Vamos creciendo con el cine, adaptado a nuestra edad y nuestra cultura. No es baladí que las películas que nos han emocionado a lo largo de nuestra vida formen parte de nuestro decorado vital, que también plasmamos en nuestro entorno físico. ¿Qué le ha pedido el espectador al cine a lo largo de su historia?. ¿Le ha pedido, quizás, emociones que desea sentir en su propia piel? ¿Le ha pedido aventuras que no puede vivir en su esclavizada vida corriente?, ¿Le ha pedido violencia que no puede utilizar en la vida real, y desea revivir en la ficción? ¿Le ha pedido cuestionarse sobre el sentido de todo esto? ¿Le ha pedido diversión para curarse de su monótono existir? ¿Le ha pedido terror para experimentar el vértigo del miedo sin jugársela un pelo? ¿Le ha pedido abstracción, surrealismo y cierto delirio para aprender a ver más allá de las cosas? ¿Le ha pedido amor para paliar su soledad infinita?.

¡Ah, la poética del amor en el cine!. He aquí donde marcamos terrenos diferentes entre el público femenino y el masculino. El cine de las emociones (románticas en este caso) para los ojos de un público mayoritariamente femenino. Cine creado en su mayoría por hombres (como la literatura) que han sabido, que saben ver dentro de Ella. Y al mismo tiempo, dentro de El.

Recientemente topé con una película (realizada en 2005) que me hizo mirar atrás y reflexionar sobre la producción ingente de películas, digamos de género romántico, en la que apenas podemos contar unas pocas que merezcan unos días de recordatorio, un debate o incluso todo el cálido ritual que conlleva, ya sea en casa ya en el cine, su visionado. Entonces como en un flashback soñé esa noche con todas las películas que me hicieron vibrar, que me emocionaron con su ficción tan sentimentalmente real, que me transportaron por unos días a otra dimensión, la del puro amor, solo amor, y casi nada más en la trama.

Como dice Alan Resnais (Hiroshima mon amour, 1959, Te amo, te amo, 1968) queremos reconstruir, mutar, alterar las sensaciones amorosas en algo eterno, estático, algo alejado de la erosión que produce el tiempo en la vida real. Queremos ir para atrás, parar el instante en los momentos de la dulce seducción. Vivirlo, pues, a través de la ficción. Repetirlo, una y otra vez, como tan bien entendió lo que queríamos Michel Gondry con !Olvídate de mi!, 2004, filme que nació bajo los acordes de un pasado mítico-romántico literario: ¡Eterno resplandor de la mente sin mancha! (“Eloisa a Abelardo”, siglo XVIII, Alexander Pope). Nos empeñamos en sustentar el romanticismo perfecto en un “tiempo pasado fue mejor para el amor”. Volvemos constantemente al pasado y a la repetición de Resnais. Y sin embargo, como contrapunto que historia de amor más seductora, très touchant, encierra la cinta futurista por excelencia, Blade runner 1982, Ridley Scott, donde el amor vence a la diferencia. !Como nos gusta eso!, ya sea entre androide y humano, entre bestia y bella (La bella y la bestia, 1946, Jean Cocteau), ya entre aristócrata muda y maori asalariado (El piano, 1993, Jane Campion), ya entre operaria fabril y oficial de la marina (Oficial y caballero, 1982, Taylor Hackford). La eterna búsqueda entre mil del enemigo que nos seduce, del otro que nos embruja bajo sortilegios contra los que la razón no puede. Orgullo y prejuicio, 2005, de Joe Wright, habla con pocas palabras, las justas, de esa lucha contra arraigadas convenciones de la época. Las palabras de una escritora romántica por excelencia. Jane Austen son puestas constantemente en pantallas, pero pocas con la fuerza con la que lo hizo Wright, a tenor de sus imágenes rebosantes de un refinado hálito romántico, acompañadas por una banda sonora suprema y las palabras ajustada al ángulo correcto. Como en las anteriores, las miradas trabajadas por profesionales que casi (o seguro) se tienen que enamorar entre ellos, que transmiten una credibilidad conmovedora, como demostró de nuevo el cineasta con Expiación, 2007. Yo me lo creí. Me creí que el recio y duro Mr. Darcy queda mal encajado muy a su pesar en una pasión que no puede controlar. Matthew MacFadyen ha conseguido el Darcy ideal, pues no es tanto al actor al que soñamos, como su personaje recreado, tanto es así que este estupendo actor británico ha hecho soñar a muchas nihilistas del amor.

Y sigo soñando…que mi nombre es Cecilia (la de Mia Farrow) y sentada en el cine asisto a una sesión múltiple, múltiple, huyendo de la afligida existencia diaria. Quiero quedarme anclada, (no sé por cuanto tiempo, tal vez indefinido) en ese ideal. No despertar, y dejarme perturbar la existencia por “el amor ideal de cine”, aunque sepa que no existe. Traspaso la pantalla como en La rosa púrpura del Cairo, 1985, Woody Allen. Y aparecen ellas, mis películas del glamour y la pasión, Gilda, 1946, Charles Vidor, donde nunca una bofetada nos produjo tanta ambigüedad romántica; Place Vendôme, 1998, Nicole Garcia, con el tándem Catherine Deneuve/Emmanuel Seigner, brujas que nos embrujaron; Audrey Hepburn y George Peppard en Desayuno con diamantes, 1961, Blake Edwards, y la pasión hace pie, casi sin quererlo, en los bellos ojos de Peppard; El encanto sensual de Faye Dunaway versus Steve McQueen en El caso de Thomas Crown, 1968, Norman Jewison; Me roza con elegancia y discreción, entre todas, el glamour de querer ardientemente amar, en Deseando amar, 2000, Wong Kar-Wai, y su sedución aural que nos fascinó, formula perfecta para amar eternamente; o el glamour de los laberintos cerebrales de Mulholland Drive, 2001, David Lynch, porque ¿qué es el amor sino una complejidad absoluta?; sin olvidar el glamour novelesco de Cumbres borrascosas, 1939, William Wyler, amor obsesión ante el que la muerte nada puede, por la que descubrimos el romanticismo que se escondía bajo nuestra rebelde adolescencia.

Vestí mis dieciséis años de música y ardor con Grease, 1978, Randal Kleiser. John Travolta apuntaló lo que ya quería del chico de baile de mi barrio. Y yo con mi coleta y mis cueros ajustados a lo Olivia Newton-John me los comía a besos. Recuerdos que son sueños. Aún quiero seguir durmiendo el baile de las románticas. ¿Cómo podríamos compartir, a lo mènage a trois, con tales personajes apasionados sin la iluminación de la perfecta banda sonora? Imposible. La música, la frase que quedará en la historia, el momento, la mirada, los latidos que intuimos…pido que permanezcan inalterables por siempre, que no inventen nuevos posibles finales en Dvd. !Ah, las frases que nos aprendíamos!. ¿Por qué demonios nos sonaban tan ridículas cuando las utilizábamos en la vida real?: Amar significa no tener que decir nunca lo siento, Love Story, 1970, Arthur Miller, y se repite, como en Jane Austin, el joven adinerado y la mujer de clase corriente; Tócala otra vez, Sam, Casablanca, 1942, Michael Curtiz, icono por excelencia del cine romántico; ¿Me estabas esperando? (Roberta)… Toda mi vida, (Jack), Habana, 1990, Sidney Pollack; Quiero no casarme contigo, Cuatro bodas y un funeral, 1993, Mike Newell, culpable de que buscáramos, entre las bodas de las amigas, el pinta a lo Hugh Grant que se hiciera querer. ¿No hubiera sido maravilloso que nos hubiéramos encontrado antes?, Doctor Zhivago, 1965, David Lean; la colosalmente emotiva, la verdadera Lugares comunes, 2002, Adolfo Ariestaráin, con esa frase que todas queremos escuchar: La veo a ella en todas las mujeres. O la prodigiosa y sensible Tierras de penumbra, 1993, Richard Attenborough, El dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato.

Me muevo inquieta en el duermevela, aún no quiero salir de la pantalla. Quiero quedarme un poco más vagando. El amor no es tan sólo querer al otro. Esto sería una tremenda simpleza. Se trata de una indagación total, biológica y psicológica, carnal y metafísica, en los invisibles postulados de la existencia....dicen los sociólogos mediáticos, (Vicente Verdú). La lucha del amor contra las fuerzas oscuras aparece en ráfagas visuales que una vez viví, la del Drácula más vencido, 1992, Francis Ford Coppola; La del Jedi más prometedor, más carismático, más malvado en La venganza de los Sith, 2005, George Lucas; La del sinvergüenza más rendido en Las amistades peligrosas, 1988, Stephen Frears; La lucha del amor contra la más sagaz y sensual manipuladora, Fuego en el cuerpo, 1981, Lawrence Kasdan.

Es mi fantasía emocional controlada. Son las películas evasión, es el cine de efecto ensoñador. Porque ¿dónde sino en el cine podemos contemplar amor tan entregado como el de Los amantes del Pont-Neuf, 1991, Leo Carax, sin bienes o intereses materiales de por medio; El jardinero fiel, 2005, Fernando Meirelles, la total entrega, inspiración de un escritor, (Le Carré) al que somos fieles; o el más desdichado de todos El paciente inglés, 1996, Anthony Minghella, ambas con la misma mirada de cordero degollado por amor, la de Ralph Fiennes; ¿Quién no ha visto amor con mayúsculas en los ojos de dos duros cowboys?, Brokeback Mountain, 2005, Ang Lee; y por supuesto no puedo despertarme del sueño, sin revisitar la América profunda de Clint Eastwood, y el despertar pasional de un ama de casa en Los puentes de Madison, 1995, como hace años otra señora de…despertó la pasión (que nos deslumbró) de un sargento en De aquí a la eternidad, 1953, Fred Zinneman.

Son todos momentos de rendición, desangrarse lentamente por el amor no deseado pero deseado, para caer devorados por la admisión final de la verdad. Cuántos momentos felices para todos y todas las Cecilias de los cinemas Paradiso. La lucha contra todos los convencionalismos sociales y personales, Un hombre y una mujer, 1966, Claude Lelouch; Elsa y Fred, 2005, Marcos Carnevale; Falling in love, 1984, Ulu Grosbard, y su referente Breve encuentro, 1945, David Lean, que aúna la honestidad y la renuncia de Casablanca; Antes del amanecer, 1995, Richard Linklater, el dilema de que hacer cuando has encontrado el amor de tu vida y tienes que irte en pocas horas; o que tu compañera y amante se aleje devorada por las fauces de la enfermedad Lejos de ella, 2007, Sarah Polley. Pasiones, amores, que se me han hecho verdaderos, las pasiones de mi vida. Sigo siendo siempre Cecilia, que traspasa la pantalla para vivirlos. Es el poder del cine, que como una fuerza oscura me tiene atrapada en su tela de endorfinas, quizá porque he comprendido que el happy end sólo es posible en el cine.