Fascinante coherencia

No sé si resultará prematuro o exagerado calificar In Bruges como una de las sorpresas cinematográficas de su año. Personalmente, estaría dispuesto a suscribir ese sentimiento generalizado, y es más que probable que, al margen de sus intrínsecas cualidades, nos encontremos con una auténtica cult movie en la puesta de largo del casi debutante realizador británico. Tiempo al tiempo. Mientras tanto, creo que cualquier espectador que se adentre con mirada inocente en esta película, podrá por momentos divertirse, en otros conmoverse, en otros incluso sentirse absorto y en algún otro instante reflexionar y pensar, ante esta insólita mezcla de relato turístico, reflexión existencial, combinación de thriller, comedia negra y estudio de personajes. Todo ello, envuelto en suaves maneras, con una cámara que sabe mecerse con un espléndido uso del formato panorámico, que alcanza en todo momento ironizar y mostrarse trascendente casi de un instante a otro. Toda una auténtica muestra de ingenio manifestado en la pantalla a la que quizá solo puedan oponerse algunos leves baches de ritmo, pero que por el contrario logra articular un planteamiento casi existencial, representado en esa extraña actualización de Laurel & Hardy que representan los personajes encarnados tan espléndidamente por Colin Farrell —Ray— y Brendan Gleeson —Ken—. Ambos son asesinos profesionales que se desplazan hasta la ciudad belga de Brujas por orden de su jefe, desde donde el misterioso superior les enviará nuevas órdenes. Allí muy pronto Ray manifestará su hostilidad a un entorno monumental casi digno de un cuento de hadas, que por otro lado de inmediato parece fascinar a su compañero. La circunstancia de este viaje llevará al joven Ray a hacer evidente un creciente sentimiento de culpa por haber asesinado accidentalmente a un niño cuando se dispuso a cumplir el encargo de matar a un sacerdote. Lo que este no sabe —ni su compañero entonces tampoco—, es que la visita a esa medieval Brujas obedece a los deseos del jefe de ambos —Harry Waters (Ralph Fiennes)—, de proporcionar al primero de ellos una visita inolvidable antes de ser asesinado y, con ello, eliminado. Para ello encargará a Ken que cumpla dicho encargo, y a punto estará este de llevarlo a cabo, pero su intención finalmente se verá contrariada cuando en un parque contemple a Ray a punto de suicidarse —incapaz de asumir el remordimiento de culpa por el asesinato inútil que cometió—. Finalmente, Ken obligará a Ray a que abandone Brujas, aceptando con ello una casi segura muerte por parte de Waters, que no dudará en abandonar su entorno familiar para viajar hasta la ciudad belga y descargar su ira hacia quien ha osado desobedecer sus órdenes.

A partir de ese momento, los derroteros de In Bruges puede parecer que discurren por una mágica e ilógica concatenación de casualidades, causas y efectos. Será en su tramo final donde se agudizará ese sedimento de aparente irracionalidad, bañada en un mágico contexto dominado por el entorno medieval de la ciudad de Brujas, y donde el devenir de nuestros protagonistas se entrelazará, dentro de un cúmulo de reflexiones, lamentaciones, guiños irónicos y momentos de especial violencia. En este sentido, es probable que el mayor mérito del prometedor Michael McDonagh es el de haber sabido orquestar un planteamiento que estaba condenado a flaquear por cualquiera de sus extremos, y no solo llevarlo a feliz término, sino sobre todo lograr aflorar ante el espectador la sensación de plena coherencia en su desarrollo. Y es que la película podía haberse ahogado por el sendero de la pretendida gracia e ironía de sus diálogos, por discurrir en exceso a un peligroso sendero “tarantiniano”, permitir el numerito histriónico de sus intérpretes, un constante surtido de excesos visuales, o resultar finalmente un producto pretencioso. Por fortuna, nada de esto sucede, ya que su conjunto adquiere un raro equilibrio en el ingenio de las afirmaciones de sus personajes, los giros que plantea la narración, la manera con la que se modulan los ocasionalmente terribles momentos de violencia —más latente que real, y en ocasiones derivada hacia un terreno cuasi burlesco—, o incluso el alcance existencialista marcado por el devenir de sus protagonistas en esa ciudad que uno de ellos adora, y el otro detesta abiertamente. El realizador sabe articular los mimbres de la narración, logrando en primer lugar que el espectador conozca y llegue a querer a Ray y a Ken. Para ello, era casi obligada una extraña compenetración con sus dos intérpretes, especialmente con un Colin Farrell absolutamente maravilloso, con el que definitivamente me reconcilio, al ratificar en sus últimas películas una veta de auténtico actor de raza. Esa compenetración con sus actores, comprendiendo a ese casi desamparado y atormentado Ray y respetando la progresiva compenetración que Ken siente hacia él —que prácticamente le llevará a aceptar su propia muerte para salvar la de su compañero—, está plasmada además con una rara poesía. Como si volviéramos la mirada hacia atrás, recordando el absurdo de Beckett e Ionesco, dentro de un marco plástico de gran belleza, dominado además por un espléndido uso de la pantalla ancha, la mágica cadencia musical aportada por Cartell Burwell, un espléndido montaje y un ritmo que prácticamente nunca decae, y que al mismo tiempo es elegante, sombrío, luminoso y triste, decadente y lleno de vida.

In Bruges es, sin duda, una chispa de aire fresco. Una pequeña “delicatessen” que sabe ofrecer unos personajes creíbles y entrañables en su propia terrible condición, que además lo hace con maneras delicadas, divertidas y sorprendentes, que hace pensar y al mismo tiempo ofrece ironía, inventiva y serenidad. Serenidad y aceptación de unos seres que quizá no son ya de este mundo, que prácticamente vagabundean y exorcizan una existencia condenada a la extinción, por un marco tan turístico como dominado por un pasado glorioso, y sobre el cual finalmente aquel que en apariencia aparece más débil y atormentado, más infantil y vulnerable, logrará luchar, sobreponerse y revelarse, contra esa fatalidad que el destino puso en su momento en su camino, y a la que finalmente, otra circunstancia de similares características, permitirá elevarse e intentar una nueva oportunidad en su vida.

Es muy probable que buena parte de sus admiradores, se dejen llevar finalmente por la aparente originalidad de la película. Sin embargo, me gustaría reiterar para finalizar, que el mérito del film de McDonagh no estriba en una aparente facilidad de provocación, sino en lograr una extraña y por momentos fascinante coherencia. Una extraña sensación de totalidad que incluso permite a la película la utilización de ocasionales y efectivos ralentíes o recursos visuales, sin que por ello merme la sinceridad de su propuesta. Una propuesta que hipnotiza casi desde su primer fotograma, y que permite a esta película ser considerada como una de las más interesantes del 2008 cinematográfico.