El extraño que hay en mí

Que recordemos, se estrenaron en España entre 2007 y 2008 hasta cuatro thrillers con la justicia por propia mano como argumento: Shooter: el tirador (Antoine Fuqua, 2007) y Venganza (Pierre Morel, 2008) lo contemplaban en un marco de paranoia conspirativa que trascendía el ámbito privado. En cuanto a La extraña que hay en ti (Neil Jordan, 2007) y Sentencia de muerte (James Wan, 2008) se revelaron propuestas antagónicas a la hora de reinterpretar la figura del justiciero urbano que emblematizó Charles Bronson en Death Wish (Michael Winner, 1974) y sus cuatro secuelas.

El film protagonizado por la ilustre Jodie Foster apostó por engalanar el material original. Pero ni las lecturas que algunos quisieron extraer en torno a los miedos estadounidenses post 11-S; ni las actividades profesionales de Erica Bain (Foster) como «alma radiofónica de la ciudad», que pretendían otorgar solemnidad a la película; ni los esfuerzos del sobrevalorado Jordan y el director de fotografía Philippe Rousselot por camuflar lo marrullero del guión que se traían entre manos, consiguieron evitar que La extraña que hay en ti terminase siendo un subproducto de vigilantes tan peripatético como El justiciero de la noche o Yo soy la justicia II. Aunque su hipócrita atildamiento hiciese de ella carnaza ideal para controversias coyunturales entre público y críticos de clase media, a cuenta de las víctimas y los verdugos, las apologías antidemocráticas, los jueces ineptos, los fascismos cotidianos y demás tópicos sociológicos que, contra lo que suele creerse, sirven de poco en el empeño de interpretar el subgénero.

Algo advertido reiteradamente por Brian Garfield, autor tanto de la novela en que se basó Death Wish como de una secuela, “Death Sentence”, que ha inspirado a su vez, siquiera en clave cómplice, Sentencia de muerte: «por más que mis intenciones se hayan malinterpretado a menudo, nunca he ensalzado a los justicieros ni he querido dar a sus actos valores alegóricos […] mis obras indagan en el efecto catártico y a la postre fatal de la venganza». Consecuente con las observaciones de Garfield, que podrían extenderse a muchos films tildados irresponsablemente de fachas, Sentencia de muerte desdeña cualquier subterfugio “de reconocido prestigio” a la hora de relatar la guerra que entabla Nick Hume (Kevin Bacon), probo ejecutivo y no tan probo padre de familia, contra el clan criminal cuyo miembro más joven ha degollado como rito iniciático a su hijo Brendan. El guionista Ian Jeffers no duda en hacer que el asesinato de Brendan constituya también para su padre un ceremonial de iniciación íntimo que arrasa con sus ilusiones bienpensantes acerca del control y el equilibrio, desintegra los pilares que sustentaban hasta entonces su existencia, y le despeña por una espiral de violencia que le infecta como una enfermedad contagiosa y que le equipara, incluso físicamente, con los delincuentes que lidera Billy (Garrett Hedlund).

Lo que está en juego en Sentencia de muerte no son los entresijos del cuerpo social sino los del alma inextricable de cada individuo. Que están esperando cualquier excusa para arder y que no admiten, como todos sabemos perfectamente, regulaciones a la medida de los idearios públicos. Por eso los excesos sádicos, exploit, de la película, el placer culpable que procura su visionado, resultan difíciles de asimilar desde una perspectiva oficialista, esa con la que tramposeaba La extraña que hay en ti; pero son plenamente cabales si atendemos al espíritu perturbador de la psique de Nick que los anima. Ese espíritu de enajenación autodestructiva que resumían el Lou Ford de “El asesino dentro de mí” en la máxima «cuando la leche se derrama, ya no se puede recoger» y Travis Bickle —Taxi Driver es referencia iconográfica evidente en el último tercio de Sentencia de Muerte— de manera igualmente sucinta: «I got some bad ideas in my head».

La realización de James Wan, quien aun conservando su vena cruel confirma una sorprendente versatilidad estilística tras lo fragmentario de Saw (2004) y la retórica goticista de Dead Silence (2007), es cómplice del hundimiento de Nick mediante largas y fluidas tomas que le asocian irrevocablemente con aquellos que combate, atrapados uno y otros en un laberinto sin salida ejemplarmente simbolizado en la secuencia de la persecución hasta el aparcamiento. A la que hay que sumar la correspondiente a las muertes en casa de Nick, y el postrero tiroteo a tres bandas en una capilla teñida de luminosidades sanguinolentas donde todas las plegarías de Nick son, para su desgracia, finalmente atendidas.

Si Sentencia de muerte hubiese venido firmada por algún maestro santificado por sus aciertos pretéritos, o por un especialista en adoptar poses de honda preocupación en las entrevistas promocionales, habría tenido mucha más repercusión de la que obtuvo cuando se estrenó. Aunque entonces no habría sido ni la mitad de honesta consigo misma y con el espectador.