El documental ha muerto, viva el documental

1Se abre el festival con 1973 rpm y con ella se abre a nuevas fórmulas del documental, aunque algunos espectadores presentes en la inauguración no parecían dispuestos a permitir la desviación de la norma. Aunque a estas alturas el documental ya es un género, por fortuna, totalmente globalizado en cuanto a estilo y construcción, habrá que valorar si el conjunto de cintas seleccionadas se acogen al concepto más clásico o plantean innovaciones.

En este sentido la originalidad de la propuesta de 1973 rpm no va mucho más allá de los clásicos. El director, Fernando Valenzuela,  recoge la representación de una obra sobre las últimas horas de Allende, aislado por el Golpe de Estado del 11 S chileno, efectuada por un actor en solitario en un pequeño teatro neoyorquino. Combinada con imágenes de archivo del funesto día, y algunas anteriores de Allende con familiares, amigos y amantes, la película recoge el testimonio de un hombre angustiado que mantiene su fe en el proyecto que llevó a cabo hasta las últimas consecuencias y su amor por los seres queridos. La opción de alternar el monólogo y las imágenes con versos del Infierno de la Divina Comedia funciona de modo sugerente. Sin embargo la inserción de imágenes de un niño o de la playa de Manhattan y de Chile son totalmente innecesarias e incoherentes. 1973 rpm funciona correctamente, tratando de recuperar la persona más allá del mito. Lamentablemente, al menos para mí, al menos en este formato (dónde se renuncia a la contextualización social o política), me resultaría más atractivo el mito. Ya se sabe, print the legend. Posiblemente la parte más positiva es que Chile está lo suficientemente normalizado como para no precisar recuperar periódicamente al mito.

2Para aquellos ultraortodoxos que sufrieron la escenificación de 1973 cono una irreverencia o incongruencia para con el concepto de documental, DOCS les reservaba estimulantes duchas frías. Por una parte, Read after my death, de Morgan Dews, un documental basado casi exclusivamente en antiguas cintas de súper 8 y grabaciones de audio que reconstruye la torturada vida de una familia middle class del american way of life. La contraposición de imágenes happy de esposa hacendosa y niños de campamento con una narración dolida que cuenta las infidelidades del marido, la desesperanza de la mujer (narradora en el audio y abuela del director de la cinta) y el trauma psíquico que se proyectó sobre los hijos dan lugar a una historia onírica, más próxima a Las vírgenes suicidas de Sophia Coppola que al sobrevalorado Capturing the Friedmans, documental de familia torturada y pedofílica. El personaje del padre, eternamente ausente, deviene la sombra de Rebeca que tiñe de insatisfacción, ansiedad e incluso locura en su singular pareja y su hijo mayor, que padecerá tratamiento de electroshock por dislexia (¡!). Algo lastrada por el reiterativo exceso de registro en audio, la película es la crónica de una relación maldita, marcada por un par de muertes trágicas y se sitúa en el ambiguo pero enriquecedor terreno entre el documental y la ficción.

En contraste con la anterior, Recetas para el desastre es la divertida crónica de John Webster, director de la película, su mujer y sus dos pequeños, a los que decide someter a una dieta exenta de productos del petróleo. Al esfuerzo de renunciar al vehículo privado, a la marcha diaria hacia el trabajo o al remo en lugar de la lancha de fin de semana se añaden las complicaciones de comprar fruta o pan sin envoltorio plástico o la elaboración casera de champú, dentífrico o cosméticos. A la excelente interpretación de su pareja hay que añadir un hijo ocurrente y divertido que se aterroriza ante la sospecha de que el papel higiénico (también envuelto en plástico) va a ser restringido. El grueso de la cinta se rodó con una pequeña cámara a cuatro manos manejada por el propio Webster y su mujer, consiguiendo elaborar una dinámica de plano contraplano a sabiendas de que en la familia las discusiones tienen un ciclo prefijado que incluye la repetición de las quejas y reproches, de modo que los ya efectuados se podrían registrar en su segunda aparición. Webster consigue una obra esforzadamente ecologista (además de un ahorro de residuos contaminantes) que no deja de ser lúcida e irónica a la par.

Mucho más seria, con una originalidad que se agota durante el metraje, Burma VI (Report from a closed country) recoge en clave de espionaje las imágenes captadas por un grupo de activistas en el Myanmar de la dictadura. Mediante pequeñas handycam los reporteros improvisados testimonian actos de barbarie, incluso asesinatos a sangre fría, para enviarlos a Tailandia y Noruega dónde, una vez procesados, son emitidos para la información mundial y la local. Burma VI tiene el mérito del testimonio y la curiosidad de una construcción que remite a la saga Bourne por el riesgo, real, que viven sus protagonistas y por el destacado papel de las nuevas tecnologías en la denuncia de los actos contra derechos humanos.

Se ofreció también El olvido de Heddy Honingman, ejemplar muestra de un tipo de cine documental clásico, testimonial, que recoge imágenes que oscilan entre la denuncia y la poética Hábil en la selección de entrevistados, con factura fotográfica impecable, Honingman retrata fielmente la miseria cotidiana de las calles aledañas a un gobierno peruano que, según declaraciones de los personajes, vive aislado de la realidad. A los impagables comentarios del barman y los camareros, suceden imágenes de mendigos y actuaciones infantiles en los semáforos y cruces de calles en exceso reiterativas.

Love, sex and moped dio el toque festivo al certamen. Habilidosa cinta financiada con fondos europeos y vinculada a una ong sanitaria, toma como leitmotiv el día de San Valentín para contemplar, en primera instancia, la cotidianeidad de un pequeño pueblo de Burkina Fasso y, en segundo lugar, para indagar sobre las actitudes de sus jóvenes respecto de las relaciones de pareja, el sexo y el sida. Muy lejana a El olvido, optimista, refrescante y estimulante, la cinta de Christian Lelong y Silvia Bazzoli, también utiliza sus diálogos y sus imágenes para introducir sutil y hábilmente debates sobre la relación igualitaria entre sexos, la protección contra el sida y las enfermedades de transmisión sexual, la higiene y la ablación genital. Quizás algo errática en su estructura, Love, sex and moped se gana con su frescura el fervor de la audiencia.

3La base de DOCS es el Pitching Forum dónde directores o guionistas pueden ofrecer propuestas a productores o a cadenas de televisión. No obstante, además de las proyecciones, hay otro punto de interés en cada edición, la celebración de una o más clases magistrales a cargo de un profesional destacado. En esta ocasión fue Avi Mograbi (director de Z32, presente en el certamen) quien tuvo la ocasión de demostrar no sólo que es un gran profesional sino también un comunicador hábil y un creador lúcido, incisivo y original. A través de 6 secuencias (de 6 películas, aunque se preveìan inicialmente dos de Z32) Mograbi no sólo revisó su obra sino que expuso sus creencias como autor de documentales, reivindicó una postura autoral innovadora y crítica y entretuvo al público con comentarios extensos pero certeros. Así Mograbi mostró su evolución desde una pretendida objetividad en la revisión de un complejo caso judicial (que incluye un veredicto inadecuado pero tal vez justo)  a una implicación que iba desde la rendición ante un enemigo casi mortal (Como aprendí a superar mi miedo y amar a Arik Sharon)  a la imprecación a una patrulla israelita que bloquea el paso bajo el sol del desierto a un grupo de niños palestinos (Avenge but one of my two eyes). Mograbi es consciente de que un plano mal encuadrado, una cámara que oscila o una fotografía sucia son identificados como propios del documental y, por ello, identificados como reales, como ciertos por el espectador y en base a ello juega con las imágenes que capta de la realidad insertando reconstrucciones o introduciendo la ficción en entornos reales. Así, viéndose incapaz de mostrar el monstruo que Sharon llevaba dentro, obteniendo sólo imágenes de un candidato de derechas simpático y locuaz, Mograbi optó por dejarse ver en su documental como un director inocente seducido por el rapaz Arik introduciendo unos planos de sí mismo asintiendo al discurso del político que, inesperadamente, le sonríe. La progresía hebrea tardó años en perdonar esta rendición del cineasta a un político fascista y genocida… hasta que todo Israel se dejo seducir, olvidó las matanzas de Shabra y Shatila y le elevó al cargo de primer ministro (algo que según Mograbi seguiremos pagando durante muchos años), lo que convirtió su documental en un caso de documental futurista.  En August, dónde un director trasunto de sí mismo trata de elaborar un documental sobre la violencia que brota en el calor estival, no dudó en insertar imágenes de ficción. En ellas un productor secuestra a la mujer del director para que interprete la escena en que la viuda de un extremista hebreo exige la devolución del arma con la que aquel asesinó decenas de palestinos. Lejos de construir una secuencia asfixiante, Mograbi fuerza el esperpento interpretando ambos papeles, montados en pantalla partida con el mismo decorado y alcanza el paroxismo en un orgasmo de los dos personajes que se funde con imágenes de Sharon. En 2005 ya no hay margen para la sonrisa y en su obra siguiente Mograbi contrapone la amenaza de los atentados suicidas con la idealización de los martirios ejemplares judíos de la población de Masala y de Sansón. Ante una Palestina que sufre el papel que antaño padeciera el pueblo judío, Israel domina como si se tratase del actual imperio romano. Introducir escenas cómicas resultaría pornográfico y el director nos remite a imágenes descarnadas, a conversaciones con un palestino pacifista desesperado tras ser confinado en casa de sus familiares por un toque de queda. Finalmente se lanza a la acción directa recriminando su actitud a los soldados de su propio ejército, avergonzándose de ellos.

Z32, película que se ofreció íntegra, es la brillante, exhaustiva y radical colaboración de Mograbi con la ONG Rompiendo el Silencio que pone en evidencia los crímenes contra la humanidad cometidos por el ejército israelí basándose en declaraciones de soldados arrepentidos. Mograbi consigue una larga declaración ante la cámara de un ex militar que participó en una aleatoria ejecución de unos policías palestinos. Mediante tecnología digital se oculta la identidad de un israelita que no dudó en disparar contra una «mancha» a las órdenes de sus superiores, para después pensar lo simple que era matar a alguien y lo «gelatinoso» que se volvía un cuerpo humano al perder la vida. Mediante esta despersonalización digital, Mograbi se refiere también a la progresiva deshumanización de la sociedad israelí y a la culpa comunitaria en una cinta ejemplar que descarga su aridez con dos estrategias paralelas. Por una parte, la visita al lugar del crimen por el director y el ex-militar, con el distanciamiento que da el tiempo y el conocimiento. Por otra, la introducción de unos interludios musicales dónde el propio Mograbi, acompañado de una pequeña orquesta, narra, recita y canta la historia meditando sobre la crueldad de una sociedad que aliena a sus jóvenes para que maten en nombre del odio.

Tanto Z32 como el conjunto de obras de Mograbi dan clara respuesta a las múltiples rutas tomadas por el documental, cada vez más alejadas del punto de partida reivindicado por aquel espectador de la primera sesión. En definitiva, si la selección de imágenes procede a deconstruír la realidad, la edición de las mismas da lugar a la reconstrucción de una nueva realidad. ¿Es simplemente una interpretación o una intervención? ¿Es documental o ficción?