Crisis? What Crisis?

O eso decían los Supertramp. La crisis no ha parecido notarse en el evento del año por antonomasia, al menos en lo que a Madrid y cine fantástico se refiere. La Muestra Sci Fi ya se ha convertido en un ritual para todos los adoradores del género residentes en la capital, y también de fuera, pues cada vez más gente se acerca el muy largo fin de semana (de jueves a domingo) desde otros lugares para dejarse caer por el céntrico cine Palafox. Como todo ritual tiene un maestro de ceremonias, Leticia Dolera ejerció tal función un año más con su habitual masoquismo, realizando sus imaginativas y personales presentaciones en plena interacción amor-odio con un público al que se ha ganado a pulso durante las anteriores ediciones. Y no se ha notado la crisis ni por la gente, que llenaba las salas en cada sesión, ni por la propia organización, que ha traído un cartel de lujo en el que, es cierto, la mayoría de títulos ya se habían presentado en el pasado festival de Sitges, pero aún tardarán un tiempo en estrenarse en salas (puede que algunos ni lo hagan) y la verdad es que, aparte de que no todo el mundo pudo ir al festival catalán, se trajeron los must-see: caso de la polémica Martyrs, y de maravillas como Eden Lake, opera prima de James Watkins, Déjame entrar, también conocida como la-peli-sueca-de-vampiros, aunque sea mucho más que eso, y la fabulosa Vinyan, que defraudó a algún que otro impresentable que no dejó de aportar sus estúpidos comentarios durante la proyección en lugar de marcharse de la sala o callar la boca como haría cualquiera con un mínimo de educación. Además, también hubo interesantes films primicia en España, caso de la muy recomendable El vagón de la muerte, basada en un relato de Clive Barker, algo que se nota y para bien, e Inju, también con un origen literario llamativo, Edogawa Rampo para más señas, y un par de preestrenos como Underworld: La rebelión de los licántropos y la esperadísima Watchmen que se pudo ver en la sesión inaugural a costa de dejar móviles y aparatos electrónicos a la entrada, estas tonterías que tan de moda han puesto las grandes distribuidoras como, en este caso, Warner y Paramount. Me parece lógico, y hasta apropiado, que impidan la entrada de videocámaras a la sala, pero ¿acaso creen que alguien tendrá pulso y ganas para grabar una película en el cine con el móvil? ¿Existirá alguno de estos aparatos capaz de almacenar los 163 minutos que dura Watchmen? ¿Es realmente Zack Snyder un genial tramposo o es un tramposo genial? ¿Tendrán éxito los Kit-Kat de chocolate blanco promocionales con que nos alimentaban las guapas azafatas al final de cada sesión (por cierto, mucho mejor que la leche condensada del año pasado)? Crisis? What Crisis?

Ninguna de estas preguntas se responderá en las siguientes líneas, así que lean tranquilos.

Sergio Vargas

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Watchmen (Zack Snyder, 2008)

La esposa de Zack Snyder es una mujer afortunada. Si el director le guarda la misma fidelidad que a los cómics que fotocopia, no tiene que preocuparse de que su marido coquetee con ninguna otra. Pero esto es cine, y aquí la fidelidad extrema es la peor de las traiciones. Películas y cómics son lenguajes distintos que juegan con distintas narrativas. Los mecanismos dramáticos que funcionan sobre papel no funcionan en celuloide, por lo que un transplante en bruto de un medio a otro es un error garrafal. Este empeño era el lastre de 300 y ahora es el lastre de Watchmen. Tan obsesivo es el afán de Snyder por trasladar a la pantalla cada hilo argumental, cada diálogo, cada color y cada ángulo, que la película se convierte en una lectura en voz alta que aburre, por previsible, a quienes han leído el cómic, y desorienta, por el alud de sobrentendidos, a quienes no. Sólo cuando el director pone los cuernos a Moore, Gibbons y Higgins, en los títulos de crédito iniciales, en el puntual uso de canciones y en el cambio de la tragedia del final, la película cobra interés y pulso, emociona y sorprende, recordándonos que el cine es imagen en movimiento, ¡demonios!, no teatro, ni fotografía, ni cómic filmados. Tanta lealtad, no obstante, tiene una virtud: retrata las lagunas de una obra sobrevalorada, que no mala, en la que Moore mata la tensión, el ritmo y el interés por la historia con interminables circunloquios metafísicos que acaban resultando repetitivos e irritantemente autoconscientes de su trascendencia. Más pasión, señor Moore, más cuernos, señor Snyder; su trabajo lo agradecerá.

Raúl Álvarez

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Eden Lake (James Watkins, 2008)

Como en Long Weekend (Colin Eggleston, 1978) o en Long Weekend (Jamie Blanks, 2008), los protagonistas de Eden Lake deciden pasar un fin de semana al aire libre, en contacto con la naturaleza. Pero al contrario que en el interesante film y el no menos recomendable remake, esta no será ni la única ni la peor enemiga de los protagonistas. Tras un segundo visionado, la cinta del debutante James Watkins no puede ser más coherente consigo misma y con su mensaje desde el mismo comienzo, aunque cueste hablar de mensaje en una película de terror donde el término survival horror alcanza su máximo esplendor. La odisea de la heroína protagonista es pura adrenalina y si el brutal final no es superado por el comienzo es solo porque todo va in crescendo. Los momentos a recordar son demasiados en esta obra redonda dentro de su género que retoma la senda de películas como Ils (David Moreau & Xavier Palud, 2006) y la reescribe con trazo firme y mejor letra llevando al espectador desde una tierna clase de preescolares a revolcarse entre sangre y barro con alguno de los peores males endémicos de nuestros tiempos interneteros y modernos: la juventud descarriada por una mala educación, tema que no por obvio o incluso tendencioso deja de estar perfectamente llevado en este futuro clásico del género.

Sergio Vargas

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Martyrs (Pascal Laugier, 2008)

Señala el experto en ciencias cognitivas Oscar Villarroya que experimentar miedo es parte de una estrategia evolutiva que nos prepara para cuando sentimos una amenaza. Sentimos un tipo de placer sadomasoquista cuando nos enfrentamos a una película de terror. Las últimas producciones francesas de género tratan de llevar esta tesis al extremo, haciendo sentir incómodo al espectador mediante la acumulación de situaciones de violencia física y psicólogica al límite de lo soportable. Pero si pequeñas joyas como Frontiére(s) (Xavier Gens, 2007) o À lIntérieur (Alexandre Bustillo y Julien Maury, 2007) exorcizan la ansiedad y miedo de una sociedad francesa paralizada por los disturbios parisinos y el ascenso de las políticas ultraconservadoras, Martyrs carece de percha sociológica que justifique sus muy publicitadas y brutales secuencias de horror extremo. Pascal Laugier busca epatar y cabrear al espectador en los treinta últimos de la cinta, que recrean un brutal martirio, pero es tal la acumulación de escenas presuntamente horribles que su efecto se acaba anulando y provoca desidia en el espectador. Y no vale que el director trate de justificarse, como hizo en Sitges, apelando a la presencia del mal absoluto, ni tampoco cuela el envoltorio seudoreligioso de la cinta, porque aquí no hay más que una muestra, ideológicamente conservadora e insultantemente burguesa, del ramplón subgénero de la pornotortura que, salvo excepciones, ha deparado más morro y provocación gratuita que imágenes memorables. La inteligente operación de marketing de Laugier, de este triunfo de la forma sobre el fondo, ya le ha valido de momento que le encarguen el remake de Hellraiser (Clive Barker, 1987). Una pena, porque durante su primer hora Martyrs es un apañado y efectista thriller de venganzas, con algunos momentos sugerentes.

Javier Pulido

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The Chaser (Chugyeogja. Na Hong-Jin, 2008)

El debut del director coreano Na Hong-jin es un vibrante thriller que sigue, casi todo el metraje en tiempo real, la lucha contra el reloj de un exdetective metido a proxeneta por encontrar a una de sus chicas, presumiblemente a punto de ser asesinada. The Chaser es una película que anda sobrada de ritmo y de factura técnica y eso se disfruta desde el principio. Hong-jin utiliza una puesta en escena clásica pero sabe exprimir al máximo todos sus recursos. Así, consigue realzar con un gran sentido de la narración escenas tan anticlimáticas como el crimen de la parte final montando en paralelo unos martillazos salpicados de hemoglobina con unos travellings circulares del desconcierto del protagonista más perdido que el Madrid en Liverpool, todo ello a cámara lenta y prescindiendo del sonido ambiente, solo punteado por una leve melodía que refleja a la perfección el desencanto del momento. Pero eso es solo un pequeño detalle que reafirma todo lo visto previamente: persecuciones y golpes de martillo (sí, más, que no falten) dispersos en un guión notable que incluye las casualidades como un golpe de efecto más que efectivo (los encuentros del asesino con su víctima en la tienda de cigarrillos, y con su perseguidor, The Chaser, en el accidente de coche), manteniendo todo el tiempo oculto el paradero de la pobre Mi-jin, y es por eso, que una vez se descubre (momento homeomorfo al comienzo de Martyrs) llega el citado anticlímax que deja con ganas de algo más. Como la vida misma.

S.V.

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The Cottage (Paul Andrew Williams, 2007)

Uno de los escasos problemas de una, por otra parte estupenda, muestra como el Sci Fi es su naturaleza bicéfala. Y es que su afán por traer a Madrid en un par de días lo más destacable de la cosecha anual del género puede chocar con el ambiente a la Semana de Donosti que se crea en cada sesión. Honestamente, que parte del público se ría con los títulos de crédito de Déjame entrar dice bastante (poco) del mismo. Porque resulta complicado separar el grano de la paja y saber escoger el momento para cada cosa. Vamos, que ser un exegeta no implica ser gilipollas. Ya estoy a gusto. Y ahora nos vamos a The Cottage, una película de lo más coqueta, que como ya comentó Diego Salgado para Cosas de Cine, destaca por su admirable equilibrio entre ambiciones y resultados. Una estupenda ensalada genérica, cocida con el fuego del humor británico y situada en la misma línea paródica de Desmembrados: thriller + comedia + gore, un par de retrasados ante la oportunidad de su vida, una voluptuosa hembra repartiendo galletas, y un matarife en busca de comida para su prole. La granja deshabitada, chinos de por medio, y ya la hemos liado. Acólitos + The Cottage + Sesión Nocturna = ahora sí, coño.

Roberto Alcover Oti

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20th Century Boys (20-seiki shônen. Yukihiko Tsutsumi, 2008)

Como no podía ser de otra forma, la película de Yukihiko Tsutsumi inicia la trilogía que adaptará el voluminoso manga de Naoki Urasawa apelando, con buen criterio, al mítico tema compuesto por Marc Bolan a principios de los 70 y que, pluralizado, titula tanto al film como a la obra en que se basa. La historia se desarrolla en varios espacios temporales, y a través de flashbacks vemos como es creada una ficción (en torno a un malvado villano y los salvadores del planeta de las garras de este) por un niño, como se nutre de la fantasía de su grupo de amigos, como se convierte en realidad años después de su origen, y en el tercer bloque, que sirve de hilo conductor de la historia, encontraremos a uno de los protagonistas en una celda narrándolo todo con esa voluntad épica que caracteriza a las narraciones de este tipo. Inferior al manga del que parten la mayoría de sus virtudes según sus conocedores, la película puede resultar excesiva en sus casi dos horas y media al no aportar además demasiada innovación respecto a la obra original, pero los más profanos en la materia, que bien por ocupación, bien por pereza, tal vez no encuentren, respectivamente, el tiempo o las ganas de enfrentarse a los veintidos volúmenes, encontrarán una historia que combina con criterio acción, aventura y comedia integrándolos en una narración demasiado ambiciosa que funciona mejor en la parte de la infancia de los protagonistas y que acusa el cansancio en la última parte del metraje, excesivamente dilatada. Con todo, un ejercicio de entretenimiento en el que no falta, por supuesto, la ciencia-ficción que lo emparenta con la muestra.

S.V.

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El vagón de la muerte (The Midnight Meat Train. Ryûhei Kitamura, 2008)

No parecía en principio Ryûhei Kitamura el realizador más idóneo para adaptar el siempre complicado universo literario de Clive Barker, sobre todo porque el japonés se ha ganado un nombre a la sombra del el gore-in-motion (Versus, 2000), el Emo-cinema (Aragami, 2003), el PG-Chambara (Azumi, 2003) y el punk de garrafón (Godzilla: Final Wars, Gojira: Fainaru uôzu, 2004). Nada que rascar antes de adentrarse en las sediciosas líneas de Barker. Pero curiosamente Kitamura sale airoso del envite, con una inesperada aleación de desecho cárnico y metales tsukamotianos, de tonos rojizos en vagones plateados. Kitamura se pone serio cuando hay que ponerse serio, y se entrega al despiporre de la pernera cuando hace falta —ver en primer plano como Ted Raimi pierde las órbitas de sus ojos siempre es de agradecer—. Y rueda una perturbadora bajada a los infiernos, un sacrificio asumido que arranca en una foto y termina en una pila de cadáveres. Puede que Barker se quede por el camino, pero existe —aunque de manera esquiva y como decía un amigo— esa mirada antropológica sobre la ciudad como ente orgánico que paga en el Inframundo el equilibrio que respiramos un poco más arriba.

R.A.O.

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Surveillance (Jennifer Chambers Lynch, 2008)

Ganadora, sorprendente y para muchos injusta, en Sitges 2008 este segundo film (15 años han pasado desde la inefable Mi obsesión por Helena) de la realizadora norteamericana, hija de su padre, David, es un relato disfrutable pero imposible, excesivo pero inofensivo, festivo pero insustancial. En las entrañas de esos Estados Unidos interiores, en los que destaca la suciedad moral y la oscuridad emocional, donde se construye el denominado Gótico Americano, Jennifer Lynch se entretiene en lo aparente, en lo estético, en el lo superficial, elidiendo, tal vez por convicción, todo aquello que imprimiría algo de verdad en la puesta en imágenes y en la narrativa, ambas tramposas y creídas, remitiendo siempre a otros asuntos, descontextualizando el propio habitat elegido, atractivo para la realizadora solo en función de lo que puede llegar a aportar o generar teoricamente en un mundo que debe ser enfermizo y macabro a la fuerza. Sin embargo, como decía, Surveillance es un film entretenido, con fugas sugerentes y unos, por fortuna, histéricos Bill Pullman y Julia Ormond que están sin duda mejor conectados que Jennifer Lynch al juego que ella misma dirige (y termina perdiendo). ¿Pasará lo mismo con su inminente próximo trabajo, una monster movie basada en un mito indio sobre una mujer-serpiente, Hisss (2009)?

José David Cáceres Tapia

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Déjame entrar (Låt den rätte komma in. Tomas Alfredson, 2008)

Convertidos irremediablemente en iconos teen gracias al éxito de series como True Blood (Alan Ball, 2008-?, HBO) y la fiebre por la saga Crepúsculo (cuya adaptación cinematográfica está más que infravalorada), a los miembros supervivientes de la facción vampírica más canónica no le ha quedado más remedio que viajar en el tiempo hasta una era analógica en la que su presencia seguía provocando extrañeza y pavor. Déjame entrar (basada en una novela de John Ajvide Lindqvist, también autor de la adaptación) toma su nombre de un tema de Morrissey. Al igual que parte del cancionero del ex-líder de The Smiths, tiene un transcurrir perezoso, que no aburrido, y supone una lírica e introspectiva celebración del amor imposible en entornos emocionales gélidos. No por casualidad, la acción transcurre a principios de los 80 en el desolado suburbio sueco de Blackeberg, una ciudad bajo cuyo perenne manto nevado parece difícil aspirar a mantener relaciones sanas y cuyos habitantes padecen la castración de la soledad. A pesar de su innecesario, casi cursi, subrayado musical, Déjame entrar es una etérea y lírica historia de amor repleta de silencios entre un chico solitario y una ¿niña? (atentos al fugaz plano en que se desviste) vampiro, que no necesita recurrir a la truculencia estética para provocar auténtico desasosiego, aunque contiene algunos de los momentos más eficaces que se haya visto en los últimos años en el subgénero vampírico. Déjame entrar, tan brillante como desconcertante, se mueve siempre a medio camino entre la inocencia y la perversidad, entre la ternura y la tragedia, y su engañosa conclusión feliz deja un regusto agridulce, como si te hubieras tragado un terrón de nieve pura empapado en sangre.

J. P.

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Splinter (Toby Wilkins, 2008)

Cuando un puñado de personajes, mejor si alguno de ellos gasta un perfil de delincuente, se encierra frente a alguna amenaza exterior en algún recinto protector, ya sea una casa de campo, una cárcel o, como en este caso, una gasolinera, lo primero que nos viene a la cabeza es el John Carpenter de Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1974) y si empezamos por ahí con las comparaciones, mal vamos, así que mejor dejamos al margen al creador de The Ward (2009?) y Riot (2010?) al hablar de esta película pequeña, sin otra sana pretensión que la de entretener salpicando, que de eso se trata muchas veces. Los protagonistas se ven secuestrados por un criminal y la novia de este, pero se verán forzados a cooperar unos con otros al quedar atrapados en una gasolinera intentando así no empatizar demasiado con una especie de erizo asesino que va zombificando (o erizando, en este caso) a sus víctimas. Los efectos especiales son una de las principales bazas del film, truculento en su justa medida (que a veces es elevada, como cuando una de las protagonistas, ya perdida para la causa, comienza a estamparse a cabezazos contra el cristal de la puerta) y que no pierde los poco más de ochenta minutos de que dispone en dotar de demasiada entidad a sus personajes, que bastante tienen con cercar los ataques de la bestia. Y es un acierto, porque aunque a veces se salvan, encariñarse con los protagonistas en esta clase de películas suele ser un error.

S.V.

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Inju, la bête dans l’ombre (Barbet Schroeder, 2008)

Creo que fue Samuel Fuller quien dejo que una película debe comenzar con una explosión, y de ahí ir para arriba. O algo así. Inju comienza con una secuencia que parece un final. Al minuto estás tan metido en ese duelo de catanas, tienes tan presente la historia de esos personajes y el dolor de esa pareja, que estás ansioso porque se consume la venganza, dando punto y final a tanto sufrimiento. Pero no es el final, es el principio, ¿y qué pasará ahora? ¿Logrará Schroeder mantener esta tensión e interés el resto de metraje? Desde el momento en que finaliza la pelea y se da paso a un aula universitaria donde se proyectaba un film, hasta los títulos de créditos finales, no asistiremos a otra cosa que a la confirmación de que no. No mantiene el interés. Como si de un principiante se tratara, Schroeder rueda un supuesto homenaje al cine y la literatura negra en el que se limita a situar aquí y allá todas las convenciones del género, generalmente con sentido pero sin ningún tipo de trascendencia, totalmente ajeno a cualquier tipo de emoción que pueda suscitar en el público y menos aún que pueda desprender de sus personajes. Rueda con oficio, y tal vez por ello este crítico mantiene la esperanza de que la cosa remonte, y parece que así va a ser en el único momento de cierto interés de toda la película, la escena de sexo pseudo-sado que se marcan los dos protagonistas, pero para entonces, el público está ya tan fuera de ella, que lo único que levanta son gestos risibles. De ahí al final, poco y nada es lo mismo.

Miguel Ángel Pastor

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Vinyan (Fabrice Du Welz, 2008)

No existe una palabra que defina al padre cuyo hijo ha muerto. Se concibe la idea de perder a un marido o a una madre, los diccionarios admiten viudas y huérfanos, pero no hay adjetivos para calificar la pérdida del hijo. Sólo con el lenguaje del horror se puede describir esa realidad negada en los idiomas del mundo y así lo demuestra un brillante Fabrice du Welz en cada imagen de Vinyan. La película narra el asfixiante viaje de una pareja occidental (Emmanuelle Béart y Rufus Sewell) que ha perdido a su hijo en el tsunami que asoló las costas de sureste asiático en 2004 y se agarra a un clavo ardiendo y a una repleta cuenta corriente para adentrarse a buscarlo hasta el mismo corazón de las tinieblas. Du Welz, maestro del bisturí, baja con ellos cada peldaño en la disolución de su cordura y en la corrosión de la pareja y compone con belleza letal y precisión forense —con cada sombra, con cada sonido— el proceso fatal de esa descomposición. Hasta que sofocados en su lírica autopsia empezamos a preguntarnos si es esa insalubre atmósfera lo que nos está ahogando o todos esos críos de otro mundo mientras nos apedrean en nuestras blancas caras. Si no serán todos ellos nuestra vergonzante y olvidada descendencia. Si están muertos o siguen vivos o si eso importa algo ante nuestra incapacidad para salvarlos. Si es real lo que vemos o la alucinación de un mundo ya demente que no encuentra un vocablo, que convierte en fantasmas a sus hijos perdidos a base de no nombrarlos. Y así olvida.

Josefa Paredes

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Underworld: La rebelión de los licántropos (Underworld: Rise of the Lycans. Patrick Tatopoulos, 2009)

Len Wiseman se dedicó en las dos primeras entregas de Underworld (2003 y 2006) a saquear la estética de algunos de los blockbusters que reventaron las taquillas en la época. Balas ralentizadas, abrigos de cuero molones y fotografía oscura trataban de suplir por la vía estética una chorrada argumental de batallas centenarias entre hombres-lobo y vampiros. En esta precuela, en la que se nos narra el origen del conflicto, ha preferido encargarse tan sólo del guión y la producción, y afortunadamente algo se le ha debido pegar de su paso por La jungla de cristal 4, la más exagerada y caricaturesca de la saga. En Underworld: la rebelión de los licántropos se sustituye la estética high-tech de sus predecesoras por la imaginería propia de las producciones de espada y brujería de los ochenta, pero aunque se trate de apelar al sentido de la épica de John Millius en Conan, el bárbaro los resultados están más cerca de la estética acartonada y desvergonzada de los exploits italianos de espada y sandalias, como la saga de Ator. En la delirante trama de Underworld: la rebelión de los licántropos se mezclan sin pudor bajas pasiones shakesperianas con rebeliones encabezadas por un hirsuto y pulp Espartaco, interpretado por un Michael Sheen al que no le tiembla el pulso al enfrentarse (entre latigazo y latigazo) a los vampiros más abyectos como demostró recientemente en Frost/Nixon (Ron Howard, 2008) o soltar frases del calibre: «podéis elegir entre ser esclavos o ser… licántropos». Y es que, como recientemente ocurriera con Outlander (Howard McCain, 2008), se trata de un gozoso placer culpable que además se consume en un suspiro, y del que ni siquiera molestan esas secuencias de batallas a campo abierto, en las que los digitalizados hombres lobo lucen tan entrañablemente ortopédicos como las hordas de esqueletos de El ejército de las tinieblas (Sam Raimi, 1992), por lo menos cuando la fotografía hiperazulada del fime nos permite fijarnos en lo que pasa en la pantalla.

J.P.

Cortometrajes y ‘Galactica’

Como ya es habitual, la Muestra Sci Fi proyectó una selección de seis cortos vistos en la última edición de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, en una sesión gratuita que incluyó también un episodio inédito de la segunda parte de la cuarta temporada de la serie Galactica. Por partes. Lo peor que le puede ocurrir a un corto es que su director vuelque sus referencias con demasiada obviedad, porque de ese modo la cinta acaba resultando un hueco y pedante ejercicio de estilo (también conocido como paja mental). Es el caso de Cotton Candy, de Aritz Moreno, un chute de postales lynchianas cuya trama (un tipo es incapaz de quitarse un jersey), de ecos presuntamente kafkianos, termina provocando el cachondeo padre; y de Next Floor, de Denis Villeneuve, anunciado como uno de los cortos más premiados del año pasado y que a este cronista le sumió en el más profundo de los bostezos. El director quiere ser un Jeunet trascendente y no tiene otra ocurrencia que mostrarnos a unos señores que comen hasta reventar. Patético. Más honestos y divertidos fueron I love Sarah Jane, de Spencer Susser, una de zombies con retranca romántica, y la joya de la sesión, Spider, de Nash Edgerton, una lección magistral de lo que debe ser un corto: situación atractiva, ritmo y golpe de efecto final. Ni fu ni fa para Rojo Red, de Juan Manuel Betancourt, que sólo deben entender él y sus amigos, y Advantage, de Sean Byrne, un discreto ejercicio de terror que guiña demasiados ojos a Carpenter. Sobre Galactica (Battlestar Galactica. Ronald D. Moore, 2004-2009, Universal), de la que se presentó la 4ª temporada (apunte para interesados: Michael Rymer, responsable de la extraña La reina de los condenados, Queen of Damned, 2002, además de producir la serie es su principal director), no puedo pronunciarme, ya que no he visto la serie, pero despertó mi curiosidad sobre las aventuras de esos humanos perdidos en el espacio que mienten más que hablan. Es lo que tienen los americanos: saben contar bien hasta una chorrada.

R.A.