Volumen 2

Se apaga todo y uno se queda triste como pocas veces después de un festival. Y no es porque el trato dispensado a este medio (y por ende a este cronista) haya sido ínfimo e impropio de un certamen de cierta categoría, sino porque no acabo de encontrar un lugar donde un cinéfilo se pueda sentir más fuera de juego que en esta celebración con del cine patrio. Y mira que yo soy andaluz y que me gusta una fiesta más que a un tonto el programa de Carlos Herrera, pero es que entre la calidad de las películas a concurso, la pleitesía desaforada a los payasos de la tele y la nula capacidad organizativa de un evento más pequeño que sus sombras, uno no puede más que sentirse decepcionado, compungido y trastornado. Y profundamente triste. No sé si en Miradas volveremos a cubrir este festival, lo que sí sé es que no seré yo quién tenga la fortuna de hacerlo.

Sección oficial

7 minutos, de Daniela Fejerman

Este festival es el lugar ideal para enaltecer cierto cine de la mentira. Es un cine así como desprejuiciado, aparentemente progresista pero profundamente reaccionario, intelectualmente ínfimo, técnicamente burdo y cinematográficamente idiota. El vivo retrato de nuestra nueva ministra, a la sazón guionista de este bodrio sin paliativos que viene a recoger el testigo de Fuera de carta (2008) como la película más dañina, inflada y punible de nuestra cinematografía. Si el debut de García Velilla recuperaba al Ozores más grueso para una comedia culinaria de raíz landista (Javier Cámara otro calvo, la mitad de talento) pero cambiando a las suecas por los futbolistas argentinos, Fejerman y Sinde la emprenden con Dibildos para por medio de una cansina estructura de historias cruzadas, intentar arrancar la sonrisa cómplice  del urbanita medio que siempre encuentra algo que no quiere hacer pero realmente escabullirse de sus deseos. El desastre se apodera del todo metraje donde deambulan actores buenos demostrando que no tienen tanto talento eligiendo sus papeles (Callejo, Castro) y actores malos intentando convencernos de que aún pueden llegar a ser peores de lo que son (¿es Marta Etura la nueva Lina Morgan?, ¿se ha emborrachado alguna vez Toni Acosta?). De historias cruzadas y humor me reí más con Babel.

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Tres días con la familia, de Mar Coll

La mejor película del festival nos llegó desde la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya). Eso parece que da esperanzas porque nos muestra que el camino está en la educación y no en la componenda, el enchufe y la subordinación. La debutante Mar Coll y su productor Sergi Casamitjana (productor también del debut más interesante de los últimos años; el del mallorquín Rafa Cortés con yo, 2007) nos traen una radiografía cruel sin ser cruenta, sobria y elegante, de cierta burguesía catalana muy aferrada al imaginario nacionalista. Sus silencios y sus palabras van puntuando la trama para que todo sea lo que parece antes de que sea (ay, las apariencias), sus movimientos de cámara son tan discretos como si fuésemos catalanes y estuviéramos cenando con una familia que no es la nuestra. Su honestidad nos hace sentirnos un poco falsos, su mala leche nos despierta como el café, su conciencia de obra pequeña y sutil inunda la pantalla donde todo encaja sin estridencias y sin aspavientos innecesarios. Una sorpresa agradable que nos hace apuntarnos el nombre de una directora que sabe bien cuales son sus cartas y con ellas se inventa un juego nuevo. Y le sale muy divertido.

El niño pez, de Lucía Puenzo

Llegamos a la coproducción. La sensibilidad de fuera y además de una directora (así con a) hija de un director (así con or) que adapta su propia novela. Si XXY (2007) a veces nos hacía ahogarnos en una atmósfera excesiva, El niño pez es un tsunami de despropósitos a todos los niveles. Empezando por un guión que confunde complejidad con barullo, economía con mendicidad y brillantez con purpurina. Siguiendo con una dirección engolada y ampulosa, que tiende siempre a lo farragoso, sin que la historia que cuenta exija una narración más allá de los códigos genéricos de un noir lesbiano, y con ínfulas desmesuradas, y a veces ridícula, de lectura sociopolítica. Continuando con un montaje que incide en el despiste y la confusión y con una fotografía así como de anuncio extraño (premiada claro), nos encontramos ante una película malhadada, eterna y de difícil digestión. El jurado le otorgó el Premio Especial del Idem lo que nos confirma que en Málaga hay demasiadas fiestas nocturnas.

Pagafantas, de Borja Cobeaga

Uno de los filmes más esperados resultó uno de los más ajustados a lo que se esperaba. Una pena porque el director, el cartel y el título podía hacer presagiar algo fresco. Nada de eso. Pagafantas es comedia tradicional, edificada sobre el sketch más que sobre la trama, a ratos burda y a ratos ocurrente, enfangada en su caligrafía y excesiva en el regodeo en una crueldad desaforada, insana e incluso infantil. Lamentablemente desaprovecha un sentimiento universal como el del pagafantismo particularizando demasiado en un ambiente social determinado (Bilbao, emigración, peluqueras) que es contraproducente con el propio espíritu de su discurso casi documental. Quitando eso, la película funciona en su abrupta maquinaria y hace reír y sabe reírse de las propias convenciones del género y genera una simpatía general. Sabe utilizar bien sus piezas y no deja títere con cabeza en el complejo entramado de los afectos, la familia, las relaciones (sexuales y no), la amistad, el amor y nuestras demás mentiras diarias. Se agradece así mismo poder ver a rostros no tradicionales en nuestra cinematografía como Gorka Otxoa o Julián López y la recuperación de imprescindibles como Kiti Manver u Óscar Ladoire para la causa. Una lástima que entre la ruta planificada y el camino emprendido haya varios kilómetros de buenas intenciones desviadas y demasiadas alforjas repletas de decisiones discutibles.

La vergüenza, de David Planell

Días después del festival me sentí con la obligación moral de darle un visionado a la película vencedora del certamen. No las tenía todas conmigo porque conocía la obra de David Planell como cortometrajista y se me presentaba como el paradigma de ciertos (no todos) los males de esa modalidad. No hubo sorpresa. Sí bostezos, lugares, comunes, un poco de vergüenza ajena y bastante frustración por intentar seguir creyendo en el cine español. La vergüenza es una película que confiándolo todo al guión luego no cuida la credibilidad de ese mismo guión. Es como si yo pongo una marisquería y compro gambas congeladas. Un sinsentido, una contradicción, una chapuza.  Y es que la historia es además de increíble, inverosímil, por mucho que los actores tartamudeen y no sepan en ningún momento lo que quieren. Fuegos de artificio sin demasiado espectáculo, ración de planicie en lo visual, obvia en sus metáforas, torpe en sus vaivenes, fea en su acabado. A Álex de la Iglesia le pareció magnífica lo que nos hace replantearnos aquello de los ídolos con pies de barro. Más bien los ojos, en este caso.

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Postdata corta

También vimos muchos cortometrajes para intentar paliar el nivel de los largos. Y entre la molicie general, encontramos verdaderas joyitas de las cuales tendríamos que memorizar los nombres de sus directores. Ciro Altabás, galardonado en Zonazine el año pasado con Hobby, que presentó lo que Pagafantas pretendía ser y no logró con Manual del amigo imaginario (abreviado), una radiografía (o casi mejor, un tacto rectal) sobre toda una generación que sigue imaginando su futuro aunque le queden menos años por vivir que los ya vividos. Tiene el espíritu Apatow, que ahora tanto se busca, y consigue el equilibrio perfecto entre la risa acusadora y la sonrisa cómplice. Genial. Otro nombre ligado a la genialidad sería el de Chema García Ibarra y su pieza El ataque de los robots de Nebulosa-5, una aproximación al fin del mundo donde la ternura y el humor costumbrista son los dueños de la función. Los intentos de un ser especial para salvar a su madre y a su primo José Carlos de las garras de los malvados robots de un remoto planeta, bascula entre lo oscuro de una narración deficiente en la forma pero sobresaliente en el fondo y la claridad, casi visionaria, de un ritmo endiablado que comunica más verdad que un millón de subvenciones paticortas. Un hecho cinematográfico tan poético como esperar el fin del mundo en los aparcamientos del Lidl. Y por último, otro nombre, éste fuera de concurso, Lluis Segura, alumno y ahora profesor de la ESCAC, que en la muestra de los cortometrajes de las escuelas oficiales, nos ofreció Nena, una inteligente aproximación a las relaciones humanas y a la educación, a lo cultural y a lo adquirido, al juego de espejos que deja de ser juego cuando los espejos empiezan a resquebrajarse y a cortarnos. Interpretado por dos niños prodigiosos, el amor como costumbre, la conversación como rutina y la insatisfacción como metáfora, produce monstruos que sólo la razón y el cariño pueden domesticar. Y el buen uso del flashback y de la economía a la hora de narrar y de utilizar las ideas antes que el ego o el actor famoso que es amigo de mi primo. Un primor. Los demás pues entre lo de siempre y lo que nunca volveré a ver, algún destello, mucha paja y altos grados de conformismo entre gente que está empezando. Para fliparlo. Para no echar gota y mear. Pero quizá simplemente es lo que tenemos ahora mismo. Y ya está.




Volumen 1

El festival de Málaga te hace sentir especial. Ser el único medio de comunicación sin alojamiento, sin tarjeta de comidas ni de cenas, sin bolsa, sin casillero y sin programa de mano es lo que tiene. Quizá es porque somos un medio de Internet que es como una cosa nueva (no sé si saben a qué me refiero) que han inventado hace poco y que va a durar lo mismo que el LaserDisc o Marta López en Gran Hermano. Será por eso o porque tengo cara de tonto o porque soy de los pocos que ha venido a ver películas (y hablar de ellas) y no a tocarle una mamella a Amaia Salamanca, acostarme con Mario Casas o hacer de la alfombra roja el camino dorado hacia mi corazón gris. Seguro que será por eso, o por lo que sea, y no por ser una revista que cada año da trato preferencial al cine español en sus resúmenes finales ya que consideramos que la crítica española también forma(mos) parte del cine español. Ni menosprecio ni ensalzamiento, ni amiguitos de directores ni pelotas de productoras, sólo análisis (o un intento de) de una realidad que viene siendo rala y pobre desde que el conformismo, la desidia o el onanismo se ha instalado en los sistemas de producción y en la elección de estrategias comerciales. De todo eso hay un poco en lo que hemos visto en estos días donde no pudimos asistir ni a La vergüenza ni a Fuga de cerebros porque llegamos después de los pases de prensa y para acceder al Teatro Cervantes, si eres periodista, hay que ponerse un poco coñazo. Y yo no he venido aquí a ponerme coñazo sino a ver películas españolas. Y a eso vamos.

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Agallas, de Martín Mateos y Alejandro Pérez [Sección Oficial]

En lo que va de edición estamos contemplando una cierta querencia hacia el thriller y el cine de género que da que pensar. Eso ya de por sí es saludable en la doble acepción de la palabra. Nada de pajas mentales ni de comedias con Fernando Tejero. Nada de autores de nacimiento ni de tontos de remate. Una apuesta por el cine de género que gravita entre lo marcados rasgos definitorios de la tradición y la torpeza, intrínseca a lo primerizo, en la utilización de los códigos de toda la vida a los que, a pesar de eso o por eso mismo, no estamos acostumbrados. El debut de Martín Mateos y Alejandro Pérez no arriesga con lo que hace aunque mola el riesgo de hacerlo. Porque Agallas es una comedia típica disfrazada de thriller atípico aderezado con ciertos apuntes irónicos de crítica social y estructura de buddy movie carpetovetónica: un quinqui de Madrid y un traficante gallego unidos por la mentira y el amor a los estupefacientes. Sus problemas derivan de un humor chocarrero y a veces exhibicionista (sobre todo en lo que al guión se refiere) que no acaban de definir el tono ni de cerrar los chistes, y de transformarse en una verdadera oda a lo previsible que entre giros y giros deja adivinar el final de cada secuencia desde el primer plano (o mejor dicho, desde el plano primero) de la misma. Una apuesta desenfadada pero tristemente fallida que al menos esquiva lo ortopédico con cierta frescura de formas.

Un hombre bueno, de Juan Martínez Moreno [Sección Oficial]

Podríamos empezar este párrafo como hacíamos con el anterior pero realmente todo sería distinto. Porque la segunda película de Juan Martínez Moreno podría haberse parecido a lo realizado por los directores anteriores y hubiera sido más fiel (o más cobarde, a veces no entiendo la diferencia) con su primera obra Dos hombres duros. Pero su apuesta por el thriller es más clásica que la de Martín Mateos  y Pérez por la total asunción de cierta ética (sin que se note la estética) más cara al cine americano que al europeo. Por eso Un buen hombre naufraga y a veces, hace el ridículo en unos parámetros que definitivamente no son los suyos. El resto del tiempo cumple los requisitos con profesionalidad y pericia, sabe dosificar la información, componer los personajes interpretados por Ulloa y Poza, indagar en ciertas zonas oscuras que todos tenemos a nuestra pesar. El wifi de los locos que diría algún teórico posmoderno, una conexión primigenia con el mal como naturaleza enfrentada al factor cultural del bien. Hobbes, Rosseau y un delantero que las meta. Sota, caballo y rey. Una pena que a ratos parezcamos atrapados en una telenovela por la dicción de unos actores que no sabemos si están mal dirigidos por Martínez Moreno o por sus representantes. Una lástima que el guión trate a dos catedráticos de Derecho como si fueran Isi y Disi. Una película que no está tan mal como podría estar pero tampoco tan bien como nos hubiera gustado. El cine de género no es tan fácil por eso los más grandes siempre lo hacen.

Bullying, de Josecho San Mateo [Sección Oficial]

Me habían hablado tan mal de esta película que uno no tiene más que enfrentarse con simpatía a su visionado. Y lo primero que hay que decir es que sí es verdad que es tremendamente torpe en cuestiones tan básicas como planificación de las escenas o el montaje, que el análisis intelectual de una problemática social tan compleja es totalmente huero, maniqueo y simplista, que los recursos básicos de lo cinematográfico como la música incidental, la fotografía o el flashback están utilizados de una manera tan rutinaria y convencional que, en comparación, haría sorprendente a cualquier episodio de El equipo A, que Josecho San Mateo ya ha demostrado más de una vez que a veces confunde los factores del producto con el producto de ciertos factores (la horrenda y reaccionaria Báilame el agua es el ejemplo más claro). Pero hoy, queridos amigos, les voy a hablar de la honestidad y en eso esta película se lleva de calle a la reciente, y premiada por el público el año pasado, Cobardes. No es un factor baladí y seguramente una película no se pueda salvar por algo tan etéreo, pero en un festival donde la mentira es la reina de la(s) fiesta(s) no viene mal un poco de mirada limpia y de cara lavada. Bullying es una mala película, en mi modesta opinión claro, pero es a su vez una película valiosa por su falta de miedo al ridículo y por su desprecio latente a la conmiseración de los parabienes de público y crítica. Y yo ante tanta mediocridad con plumas, prefiero una gallina tuerta.

25 Kilates, de Patxi Amezcua [ZonaCine]

Les he hablado ante del thriller y del cine de género. No sé si alguien pensó que el premio a 3 días era por otra cosa que no fuera su productor (que, albricias, curiosamente este año es el presidente de honor o el emperador máximo o la polla en vinagre de este festival) y se han empeñado en traer películas que no son dramas irredentos ni comedias postdesarrollistas. Yo lo celebro porque tendré que tener algo que celebrar en esta maravillosa ciudad de la costa andaluza. La primera película de Patxi Amezcua es una promesa, casi cumplida, de buen cine, de pocos diálogos y menos ocurrencias, fría, sobria, bien desarrollada y con la presencia física y espiritual de unos Aída Folch y Francesc Garrido que saben dotar a sus personajes de lo que es exclusivamente necesario. Una película (casi) sin concesiones que logra (casi) trascender el ejercicio modal para (casi) ofrecernos un fresco (casi) del lumpen barcelonés y el paisa(na)je urbano que (casi) nunca habíamos visto con verismo (o casi) en una pantalla de cine. La pena es que a Amezcua se le nota la bisoñez a la hora de engranar con soltura y firmeza las diferentes piezas que son las que hacen que funcione a tiempo completo un argumento con aciertos parciales. Pero eso no es óbice para considerar a 25 kilates una de las mejores películas que hemos visto en este festival. Lo que sinceramente no es mucho. O casi.

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Entre esquelas, de Adán Martín [ZonaCine]

Muchas veces uno se pregunta demasiadas cosas. Otras veces uno no se pregunta ninguna. Y eso y la nada son primos hermanos, sobrinos de la desidia, la decepción y el sueño a destiempo. Cuando películas como Entre esquelas terminan de proyectarse uno no tiene más proyectos vitales que no ser demasiado duro en su análisis. En ese momento recuerdas que tú también empezaste alguna vez algo que estaba mal encaminado y de lo que no supiste salir a tiempo y lo empeoramos. Un amor equivocado, el infierno de las drogas, el año que bajamos en 2ª B, la noche que me iba a quedar en casa, el día que abrieron al lado del Lidl. Luego está lo de las ruedas de prensa que hacen que te replantees o reordenes lo que pensabas, que, por ejemplo, el guionista hable de que escribió un noir con humor que al final terminó como un drama hemipléjico, redicho, cinéfilamente cadáver, pastoso y contraproducente. Creo que la culpa es más del director que del chachachá, de una fotografía de telenovela quemada en el fuego fatuo de las intenciones baldías, de unas interpretaciones que no pueden hacer demasiado con tan poco margen a la interpretación. Todo mascado, cine chicle que se estira pero sin sabor, sorpresas que aburren, una película española, que siguiendo el ejemplo de sus mayores más viejos, se basa en el amor compulsivo hacia las películas olvidando que éstas tendrían que basarse en las pasiones fundamentales de la vida. Para Almodóvar ya tenemos a Garci. Para Garci ya tenemos a Almodóvar.