Realidad imprescindible

Cada vez resulta más difícil huir de las urgencias y de las modas y, precisamente por ello, cada vez es más importante intentarlo. Cuando existen festivales modestos y alejados de los focos, pero necesarios, resulta fundamental parar y hablar sosegadamente de ellos. Es lo que intento en las líneas siguientes respecto a la tercera edición de Cineposible, el singular certamen celebrado en Extremadura (Almendralejo, Badajoz, Cáceres, Plasencia, Mérida y Navalmoral de la Mata) entre el 23 y el 29 de marzo pasados. Su originalidad, que proviene de seleccionar cortometrajes internacionales relacionados con el contenido de los ocho Objetivos del Milenio acordados por la O.N.U. para 2015, es pareja a su importancia social.

La necesidad de un festival como este es, quizá, fácil de comprender ideológicamente; pero no resulta tan sencillo transmitir su relevancia, si es ante un lector que no ha podido contemplar los cortometrajes programados. Hay que asombrarse ante la convicción de un médico ayudando en Afganistán (The italian doctor), enmudecer con la actitud hacia la inmigración (On the line) o impresionarse de lo que se puede hacer con 2 euros en lugares desconocidos (A 2€ coin in Madagascar). Es entonces cuando el espectador adquiere la impresión clara de que un evento en el que caben estos acercamientos a la realidad es imprescindible, y que pocas aportaciones institucionales pueden resultar más justificadas que las destinadas a festivales como este.

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Notable sección oficial

Entrando directamente en materia, creo que deberíamos redactar las crónicas de los festivales antes de que se hiciese público el palmarés; ese acto, que es producto, como es lógico, de una inevitable subjetividad, acaba influyendo definitivamente en nuestro acercamiento al contenido de la programación, quizá de una forma perniciosa. Pero, queramos o no, el palmarés también forma parte del propio festival, y la organización también debe cuidarlo si quiere prestigiar el certamen. Aunque en esta tercera edición de Cineposible la concesión de los premios es menos discutible que en las anteriores, no es menos cierto que seguimos encontrando algunas sorpresas poco explicables.

Atendiendo al contenido completo de la programación, hay que decir que el hecho de que este año se presentaran casi un millar de trabajos provenientes de los cinco continentes (todos ellos de la cosecha de 2008, por imperativo de las bases), ha ayudado a que el nivel medio de la sección oficial subiera considerablemente, siendo loable, lógicamente, el esfuerzo realizado por la organización para seleccionar lo mejor (o lo más adecuado, que es un matiz importante). Me sigo preguntando si entre tantos cortometrajes no se habrán quedado fuera algunos mejores de los que entraron, pero no es menos cierto que el festival debe atender cuestiones de representatividad temática (desarrollo sostenible, mujer, pobreza, etc.), así como otras cuotas siempre imprescindibles en todo evento de estas características. El resultado final, en cualquier caso, es una selección oficial notable, por encima de la media de las muestras de cortometrajes que este cronista ha visto en los últimos años.

Rough cut [Primer corte] (Firouzeh Khosrovani, Irán) es, en mi opinión, el mejor trabajo de los proyectados, un magnífico ejercicio de poesía metafórica sobre la situación de la mujer en Irán mediante un sórdido e inquietante juego visual con maniquíes desmembrados; imagen e imaginación se dan cita en un corto que habla también de la censura y de la belleza; eficaz, rico en matices, brillante en la puesta en escena y arrollador ideológicamente. Aunque no logró uno de los premios fundamentales, es cierto que el jurado fue sensible a su contenido, y se fue a casa con una Mención Especial Mujer Creadora. Por sendas de calidad semejantes caminan The italian doctor, On the line, Suzanne y Tierra y pan.

Este último, Tierra y pan (Carlos Armella, México) está compuesto de un único plano secuencia que, mediante un estilo abstracto y ascético, nos transmite hasta qué punto el hambre es capaz de determinar la actitud del hombre hacia su entorno; aunque resulta impresionante por su idea y por su ejecución, quizá el hecho de que viniera avalado por un premio en el Festival de Venecia (también en los de Havana y Ljubljana), provocó que el jurado se decantara por trabajos menos reconocidos. On the line (Jon Garaño, España) es un falso documental en el que un estadounidense debe cumplir con su deber diario en la vigilancia de la frontera con México, aunque para ello tenga que llegar a disparar contra los inmigrantes ilegales; el filme, de una absoluta verosimilitud, muestra una enorme habilidad de Garaño, así como un trabajo de producción de primera línea, puesto que las localidades del norte de España donde está rodado nos muestran un terreno fronterizo EE.UU.-México perfectamente creíble; tampoco obtuvo reconocimiento en el palmarés. Suzanne (Julien Monfajon y Baptiste Janon, Bélgica) es un crudo y triste relato sobre la soledad de una mujer madura que se ilusiona al recibir unos sugerentes y finalmente decepcionantes SMS anónimos; el corto es todo un ejemplo de rigor narrativo, economía de medios y capacidad para recrear un estado de ánimo, sin renunciar a un inquietante efecto final y a una recóndita reflexión sobre la vida sexual de las mujeres maduras.

The italian doctor [El médico italiano] (Esben Hansen, Dinamarca) logró con todo merecimiento los premios al Mejor Documental y del Público. Nos acerca la pequeña gran historia de Alberto Cairo, un doctor italiano que lleva 15 años en Afganistán tratando a las víctimas de minas antipersonas. El corto introduce en su duración  (28 minutos) más contenido que algunos largos de hora y media, y da tiempo a explorar la dureza de las condiciones de vida allí, el carácter del doctor (que nos es presentado en su humanidad falible, lejos del habitual retrato angelical de este tipo de personajes), el proceso de fabricación de las prótesis, etc.; la dureza del relato se plasma sin ningún tipo de tremendismos, pero también sin eufemismos; un trabajo vital y honesto, que provoca una inmersión real en un problema lejano.

Tras estos cinco excelentes cortometrajes, hallamos un grupo de otros cinco muy notables que se fueron todos ellos sin ningún reconocimiento: The other side [El otro lado], Mona, Miente, Solidaridad! y A 2€ coin in Madagascar [Una moneda de 2€ en Madagascar]. Reconozco mi debilidad ante la excentricidad que supone The other side (Robin Geradts-Gill, Australia), una extraña alegoría sobre la inmigración en la que dos gallinas (actores disfrazados) buscan a la desesperada un puerto; cine arriesgado que, aunque falle, merece la pena por su intento de expresar lo convencional lejos de las convenciones. Mona (Agnes Rossa, Francia-Austria), Solidaridad! (Stéphane Etienne y Renaud Pomiès, Francia) y A 2€ coin in Madagascar (Nantenaina Lova, Madagascar) son tres perfectos ejemplos de cortometrajes que nos acercan a realidades poco conocidas, justificando así plenamente su carácter documental y, en el fondo, la pureza del género.

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El primero narra la historia de una mujer que recoge basura en El Cairo para mantener a sus cuatro hijas; uno no puede imaginarse cuánto valor puede tener lo que tiramos hasta que no ve este interesante trabajo, que trata muchos temas (la extrema pobreza, el papel de la mujer en esas sociedades…) pero, sobre todo, la importancia que tiene la educación. Solidaridad! contiene un mensaje muy positivo, ya que desde un barrio de Nicaragua que era sólo un poblado de chabolas se nos recuerda (mediante ágiles y divertidas entrevistas) que la solidaridad internacional no es sólo parte de la retórica política, sino que también construye casas, viste personas y da de comer a quien lo necesita. Y el trabajo malgache parte de una idea simple (¿qué comprará un mendigo local con una limosna de 2 euros?) para trasladarnos, con una arrolladora convicción, un mensaje claro y directo: él hace con eso lo que en Occidente haríamos con unos 20€.; didáctico y eficaz, el corto funciona en un terreno donde es necesaria todavía mucha pedagogía.

España y trabajos menores

En cuanto a Miente (Isabel de Ocampo, España), ganador del Goya al Mejor Cortometraje este mismo año, denota la buena salud del corto español, junto al excelente On the line y los interesantes Joao Vitor, direito a ser criança [Joao Vitor, derecho a ser niño] (Santiago Sanz) (sobre la desigualdad de derechos) y Test (Natalia Mateo) (sobre la actitud de la mujer ante el embarazo). El filme de Ocampo emplea un estilo visual vigoroso, con unos primeros minutos magníficos narrativamente, para acercarnos a una parte del problema de las mafias en torno a la prostitución; es necesario que el espectador suspenda la exigencia de credibilidad para entusiasmarse con el argumento, pero muestra a una directora sólida a la que habrá que seguir la pista.

El resto de la sección oficial se divide entre cortometrajes interesantes o mediocres, si bien es cierto que no hay, en mi opinión, ninguno realmente deficiente ni indigno de estar en un certamen de este tipo, lo cual es mucho decir. Es necesario (palmarés manda) detenernos en Cikorja an’kafe [Achicoria y café] (Saso Krumpak, Eslovenia) (Premio Pilar Bardem, madrina del festival), Mano di fata [Mano de hada] (Fabio Scalzotto, Italia) (Premio Canal Extremadura TV) y Kasia (Elisabet Lladó, Bélgica) (Premio Mejor corto de ficción). El primero, que habla del amor a los seres queridos, es un delicioso corto animado quizá demasiado naif, visualmente epatante pero con un contenido ideológico escaso y frágil. El segundo es el más flojo de todos los premiados, por tratar el tema de la mujer en la sociedad moderna desde una perspectiva abiertamente demagógica, aunque sea divertido y fácil de comprender para el espectador. Y el tercero, aunque es un trabajo honesto y útil para comentar los problemas educativos mezclados con los interculturales en la sociedad contemporánea, posee un recorrido corto, y no llega como ficción, ni de lejos, al nivel de obras como Suzanne, On  the line o Tierra y pan, por lo que su galardón es quizá el menos comprensible del palmarés.

Además de los dos españoles citados más arriba, destacaría el interés de O meu marido está a negar [Mi marido lo niega] (Rogério Manjate, Mozambique) y Colibrí (Paolo Zucca, Italia). El trabajo africano propone un acercamiento documental a una sugerente experiencia teatral para concienciar a los hombres mozambiqueños sobre la necesidad de aceptar su responsabilidad en la propagación del virus del SIDA. El segundo es un divertido y sintético cortometraje (1 min.) en el que un colibrí protagoniza un arriesgado encuentro en la selva, que pretende hacer reflexionar sobre la necesidad de ahorrar agua.

My name is Kelvin… [Me llamo Kelvin…] (Veena Holkar, Reino Unido), Putti (Jacob Varghese, India), Mazal (Roy Sher, Israel), Mae dos netos [Madre de los nietos] (Vivian Altman, Francia-Mozambique), Olas (Camila Jiménez Villa, Reino Unido) y, sobre todo, Pesare zibaye man pasha mishavad [Mi hijo será el rey] (Salem Salvati, Irán) son los trabajos, en mi opinión, menos apreciables del certamen. My name is Kelvin… es un corto excesivamente panfletario sobre una curiosa experiencia de representación callejera sobre el SIDA en Kenya, por parte de los propios infectados; el corto indio compone una narración demasiado tópica y previsible para concienciarnos sobre la necesidad del agua; el cortometraje dirigido por Sher no logra expresar claramente su objetivo, en medio de una esteticista puesta en escena fassbinderiana que alude a la prostitución y a la soledad, pero que ni emociona ni transmite una idea nítida de sus intenciones sociales; el trabajo coproducido por Francia y Mozambique, sobre el SIDA y el trabajo infantil, parte de un planteamiento original pero sucumbe a un excesivo didactismo en el que se va perdiendo el interés progresivamente; Olas es otro trabajo cuyo sentido final no resulta demasiado diáfano, además de ser uno de los cortos peor logrados técnicamente (en lo que se refiere, sobre todo, al sonido), si bien propone algunas sugerentes imágenes paisajísticas que nos hacen reflexionar sobre el sentido más visceral del concepto de libertad. Finalmente, el cortometraje iraní creo que está repleto de buenas intenciones, y llega a un público entregado a las gracias del niño discapacitado protagonista, pero en mi opinión arriesga a mostrar lo contrario de lo quiere, puesto que frente a su propósito de dignificar el papel emocional y social de los discapacitados, acaba por emplear al niño como un mero freak de feria.

Otras actividades, conclusión

Las limitaciones de espacio impiden extenderme hacia la totalidad del ámbito que cubre el Festival Cineposible de Extremadura, que va mucho más allá de la sección oficial de cortometrajes: exposición de fotografía Mujeres en Acción, taller de cine y gastronomía, encuentro internacional de cineastas (con un éxito sin paliativos, reuniendo a directores de cortometrajes de todo el mundo), taller de iniciación al cine documental, seminario Los Objetivos del Milenio y la Creación Audiovisual, taller de autoconocimiento a través del arte o proyecciones destinadas a público infantil y juvenil. Mención aparte merecerían las dos proyecciones especiales, de Niños de Kisantu (Gilbert Nsangata, República Democrática del Congo) y de Ripples (Oyetunde Paul, Nigeria), que son respectivamente el documental ganador del Concurso Proyectos del Sur y el cortometraje ganador de esa misma sección, correspondientes a la convocatoria de premios a proyectos en Cineposible 2008.

Las conclusiones sobre este III Festival Cineposible deben ser globalmente positivas. Primero, por el incremento hasta casi el millar de cortometrajes presentados, provenientes de todas las partes del mundo. Segundo, por el consiguiente aumento del nivel medio en la calidad de los trabajos a concurso, incluido aquí el mérito del personal de la organización destinado a seleccionarlos. Tercero, un acierto parcial aunque importante en los premios del palmarés, respecto a los otorgados en ediciones anteriores. Cuarto, una ocasión magnífica para mantener frescos los objetivos del milenio, que no parece que tengan perspectivas realistas de cumplimento, de aquí a 2015. Y quinto, por constituir un modelo de lo que debe ser el apoyo institucional (con dinero de todos) a proyectos cinematográficos que buscan la excelencia de la programación audiovisual, la austeridad organizativa destinada a algo tan simple como ver cine, y el loable objetivo social último del certamen. Solamente desear que exista un Cineposible IV, que reúna aún más trabajos presentados, que pueda aumentar la calidad de la sección oficial y, sobre todo, que encuentre la fórmula para que el palmarés refleje con mayor acierto el nivel global de los trabajos presentados.