¿El futuro era esto?

Tiene uno claro a estas alturas que los blockbusters de Hollywood no tienen sus detractores más perniciosos en quienes todavía se atreven a menospreciarlos de acuerdo con categorías analíticas presuntamente distinguidas que, en el fondo, solo dan cuenta de palmarias incapacidades críticas para reconocer paradigmas audiovisuales en perpetua renovación y a veces tan subversivos (y de mucha mayor resonancia) como los que pergeñan las especies protegidas por Golem e Intermedio. Quienes más daño hacen en realidad a la valoración de las superproducciones comerciales norteamericanas estrenadas en verano y Navidad son, paradójicamente, quienes se declaran sus admiradores acérrimos sin cribar entre realizadores, argumentos, productoras y destinatarios; quienes se entregan al appetite for destruction confundiendo contenidos y continentes, apelando a la deserción neuronal, y abusando de ese niño ávido de sensaciones primarias que algunos pretenden continuar llevando dentro hasta que hayan de acarrearlo en silla de ruedas.

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Estos últimos puede que disfruten de Terminator Salvation: abundan en ella los efectos digitales, las explosiones, la demolición de inmuebles, los engendros mecánicos, las secuencias trepidantes, las convulsiones dramáticas de brocha gorda, y un ramillete de sentencias breves y contundentes idóneas para confeccionar los anuncios de este tipo de filmes. Pero una de ellas, aquella «Volveré» popularizada por Arnold Schwarzenegger en la primera y excepcional entrega de la franquicia, Terminator (The Terminator. James Cameron, 1984), y repetida por el mismo actor —y en el mismo registro de robot ejecutor— en Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day. James Cameron, 1991) y Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas (Terminator 3: Rise of the Machines. Jonathan Mostow, 2003), es puesta ahora en boca de John Connor (pésimo Christian Bale), el líder en el año 2018 de la resistencia humana contra la inteligencia artificial Skynet y su ejército de máquinas exterminadoras. Y como suele ocurrir en todos los ámbitos son los detalles, como ese lamentable e incongruente guiño cómplice forzado por los guionistas Michael Ferris y John D. Brancato (más inspirados en La Rebelión de las Máquinas); como las intervenciones superfluas de Helena Bonham Carter, Blair Williams, Bryce Dallas Howard y un Schwarzenegger sin genitales (sic); como la escasa prestancia de ese futuro apocalíptico que ansiábamos ver desde hace veinticinco años, los que minan de modo irreparable la consistencia de una película que por lo demás apenas respira a boqueadas cuando se refleja en el pasado ochentero del género —y no sólo en lo que toca a James Cameron—, y que se asfixia cuando trata de reinventar la saga bajo los parámetros de cualquier shoot’em up apocalíptico para la Xbox 360.

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Por otra parte, es un error grave de Terminator Salvation el aspirar a constituirse en celebración del ruido y la furia a lo Transformers (id. Michael Bay, 2007) porque resulta evidente, pese al presupuesto publicitado, que no cuenta con los medios que pusieron en liza Paramount y DreamWorks hace dos temporadas, y que McG se ha amedrentado como realizador tras los excesos pop de sus primerizas Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels. 2009) y Los Ángeles de Charlie: Al Límite (Charlie’s Angels: Full Throttle. 2003); mientras que Bay se está abandonando a una enloquecida huida estilística hacia delante que quién sabe si no terminará procurándole una portada en Cahiers du Cinéma. El aturdimiento de Terminator Salvation en cuanto a su propia naturaleza como blockbuster nos devuelve al principio de esta reseña: si McG, Brancato y Ferris se hubiesen detenido un momento a estudiar qué hizo tan apetecible para los aficionados el universo imaginado por Cameron, hasta el punto de seguir deseando regresar a él cuarto de siglo después de su fundación, habrían podido descubrir que el espectáculo no era en Terminator y su primera secuela una manera de eludir el horror vacui existencial, ni de llegar a ese clímax de la «sensación sin narrativa», cercana a lo pornográfico, sobre la que ha teorizado entre otros Benjamin Demott. Cameron hizo gala, como en su filmografía posterior, de una conciencia trágica en torno a los efectos secundarios del progreso —incluido ímplicitamente el cinematográfico—, y de un entendimiento de la lógica sensitiva de la ciencia-ficción, que brillan por su ausencia en Terminator Salvation. Sin que a cambio se perciba otra cosa que el desconcierto.