¿Y si Sarah Connor hubiera Muerto…?

A estas alturas es innegable la influencia de las películas de Cameron sobre Terminator no ya solo en el cine moderno sino, y de forma más interesante, también en la cultura popular.

Sería ciertamente difícil encontrar a alguien que no haya visto alguna de las (actualmente) cuatro películas o incluso que sin haberlas visto no conozca la historia, algún momento, o algunos de los ya míticos diálogos que Schwarzenegger soltaba a modo de metralleta en cualquiera de las dos primeras entregas. Y es que guste o no, las películas de Terminator pertenecen a aquellas que trascienden las fronteras de lo puramente cinematográfico para mezclarse con la cultura popular y ser un continuo manual de consulta para intentar comprender acontecimientos, evoluciones tecnológicas, cinematográficas o comportamientos de las personas que son incapaces de distinguir realidad de ficción durante las dos últimas décadas.

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Cameron pertenece al olimpo de los pocos cineastas que han conseguido crear un mundo paralelo en sus cintas que la gente acepta como suyo, y aunque luego las películas no todas desborden calidad por sus fotogramas, sí es cierto que solo unos elegidos han sabido engañarnos para convencer a la humanidad de que viven en otro mundo del que conocemos y nosotros lo creemos. Quizás solo George Lucas y su saga galáctica, los hermanos Wachowski con sus andanzas por Matrix, o por los pelos Peter Jackson, aunque no es completamente mérito suyo puesto que él solo ha trasladado un mundo ya creado a la pantalla. El mero hecho de ser capaz de tamaña empresa que ya aseguro yo que no es fácil, le hace ser digno de, cómo mínimo, respeto y depende de cada uno, y sobretodo de él y sus capacidades como cineasta, el ganarse la admiración y el aplauso de no sólo el público mayoritario sino de sus colegas de profesión, o gente que simplemente se dedica a escribirle un artículo sobre lo que ha sido capaz de aportar con su talento.

La idea de Terminator surgió en un periodo en que Cameron estaba en Roma montando su “magnífico” debut como director, Piraña 2: Los vampiros del mar (Piranha 2: The Spawning. 1981). En un estado febril tuvo la visión de una máquina emergiendo del fuego. Cuando volvió a los Estados unidos, se puso a escribir el guión y se lo vendió a su ex-mujer, la productora Gale-Ann Hurd, quien conocía a Cameron de antiguos rodajes en los que el hoy poderoso director trabajaba como director artístico o se encargaba de los efectos especiales. La película nació con un presupuesto mínimo, y después de no pocos problemas, la vendieron a un estudio, que tenía intención de exhibirla como un producto de serie B.

En el año 2.029 las máquinas dominan el planeta y los hombres han sido reducidos a esclavos, aunque hay una pequeña resistencia que lucha bajo el mando de John Connor, el líder de la rebelión. Las máquinas envían a un Terminator, un cyborg (organismo cibernético) con aspecto humano al año 1984 para destruir a la madre de John Connor, el cual aún no ha sido concebido. La resistencia ha enviado a un guerrero para protegerla, y la lucha de esos dos personajes y de la aceptación por parte de Sarah Connor del destino que lleva encima, es la trama de la película.

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Cameron escogió a Linda Hamilton para el papel de “la madre del futuro” y a un actor de carácter como Michael Biehn para dar vida al guerrero Kyle Reese que viaja en el tiempo para salvarla. En contraposición a ellos, Cameron se decidió por Arnold Schwarzenegger para que encarnara a la máquina asesina. Schwarzenegger estaba empezando a subir como la espuma gracias a sus trabajos en las dos películas de Conan y Cameron aprovechó su creciente fama para tener un nombre importante en el cartel además de sacarle el mayor jugo posible a su (escasa, por no decir nula) capacidad interpretativa. Cameron moldeó a Schwarzenegger basando su actuación en el movimiento corporal y la casi total inexpresividad que un Terminator debía poseer otorgándole el actor la carga amenazante y terrorífica necesaria para el personaje. Así pues, con diálogos que no sobrepasan las dos palabras y con el rostro ausente de cualquier emoción unido a los movimientos físicos casi mecánicos que realiza el actor, Schwarzenegger otorga una presencia y una intranquilidad en el espectador cada vez que aparece en pantalla, convirtiéndose por primera vez en la historia del cine, una conseguida interpretación basada en… la no interpretación. Paradojas de la película que cuenta en su esencia, argumento y trayectoria con suficientes paradojas como para que ésta sea su estandarte más significativo.

Lo cierto es que funcionó bastante bien puesto que la película batió records y sorprendió al propio estudio quien propició una segunda campaña promocionándola mucho más, lo que la llevó a convertirse en un fenómeno social allá por el año 1984. La gente no había visto hasta entonces una película donde se explicara esa clase de destino para la raza humana ni se habían imaginado que una máquina perfecta de matar pudiera mezclarse con la gente, ya que de hecho la saga galáctica de Lucas es mucho más light en ese sentido. Cameron por contra se decanta más hacia un relato de terror puro casi unido a gotas de ciencia-ficción. Es la lucha entre el bien y el mal en estado esencial. El Terminator del título ejemplifica la libertad absoluta, escapando del villano habitual. El Terminator asusta, porque es capaz de hacer lo que quiere cuando quiere, una fantasía de lo más humana que no está a alcance de casi cualquier persona. Ese conflicto primitivo, simple y puro como la lucha eterna entre lo maligno y su némesis, esa simpleza dentro de argumentos futuristas y saltos en el tiempo son lo que da calidad a la película.

Cameron no ofrece una cinta de ciencia-ficción al uso puesto que aparte de la secuencia que nos muestra el futuro y la lucha que se establece allí, el resto es una road movie en su sentido más clásico de la palabra con la única diferencia que es una máquina lo que persigue a los protagonistas, emparejándose en ese sentido con la ópera prima de Spielberg, El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) al ser un perseguidor sin cara ni nombre el que te acerca el peligro, puesto que aunque veamos el rostro del actor que lo encarna, el Terminator no tiene cara, ni nombre, de ahí lo terrorífico de la situación, sabiendo además que no se detendrá hasta cumplir con su objetivo. Sus efectos especiales fueron sin duda alguna parte del éxito, no solo aquellos mecánicos en los que vemos al endoesqueleto perseguir a la pareja por la fábrica, sino los de maquillaje que dejan entrever la máquina que hay debajo de la piel del cyborg. Quizás hoy puedan parecer un poco obsoletos, pero sin duda alguna no es cierto puesto que siguen conservando su encanto y en aquella época era lo más puntero que podía verse, siendo esa “caducidad” predestinada que pasa a todas las películas con efectos especiales después de tres años ya que el sector se renueva constantemente y siempre quedan atrás superados por el más difícil todavía, que el propio Cameron definía como “Cine tecnológico negro”. Así mismo, para querer mostrar este peculiar nacimiento del género, Cameron se escudó mucho en la fotografía de Adam Greenberg, que sería nominado al oscar por la misma categoría en su secuela. Greenberg filmó al terminator desde ángulos bajos para dar una imagen todavía más inquietante e imponente. Así mismo, intentó lograr un look muy frío con multitud de sombras, una fuerte luz negra que potenciara el contraste duro que se aprecia al ver la película.

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Secuencias como la del asalto del terminator a la comisaría de policía con más de treinta policías dentro justo después de nombrar la mítica: “Volveré” a un guardia, o la angustiante caza final en la fábrica son un ejemplo de montaje y ritmo, ando una categoría a éste inicio de una saga que lanzó a Cameron al desenfreno de su megalomanía creyéndose el rey del mundo en lo que a dirigir cine se refiere (Hay que reconocer que las veces que lo ha hecho bien, lo ha hecho muy bien), y que si bien la película otorga buenos momentos, peca de una dirección efectista, sin duda alguna propiciada por la inexperiencia que luego Cameron ha logrado pulir en la misma Terminator 2: El día del juicio (Terminator 2: Judgement Day, 1991) o la magnífica Mentiras Arriesgadas (True Lies, 1994) pero que aquí, debido al poco presupuesto unido al siempre fatal handicap de poseer un look demasiado ochentero (la secuencia de la discoteca es un claro ejemplo de look horroroso con tan solo 25 figurantes) provoca que chirríe un tanto no superando la siempre dificilísima tarea de sobrevivir al paso del tiempo.

Terminator queda entonces como un producto entrañable, original, precursor e instigador de una filosofía que aún hoy dura, perpetrada en secuelas de irregular calidad, pero deudoras de un (a pesar de muchos) pequeño clásico facturado en su tiempo y fruto de su tiempo. Y ese es el mayor piropo que se merece esta película que se gestó como un producto de serie B, dando de sí…de momento una quinta secuela anunciada (veremos si llega a realizarse) para el 2011, además de tener otro actor metido en política… ¿Qué hubiera pasado si realmente Sarah Connor hubiera muerto?