Los mismos aciertos, los mismos errores

Un año más y van veinticuatro. Cinema Jove es un festival que se mantiene fiel a sus postulados, a las raíces que originaron la creación de un certamen dedicado, especialmente, a cineastas y cortometrajistas que no excedan de treinta y cinco años. Aciertos, muchos. Errores, muchos también. Entre los primeros cabe destacar, como cada año, una oferta cinematográfica tan ecléctica como envidiable. El homenaje a Bo Widerberg recuperó un buen número de películas de este cineasta, quizá discutible pero siempre interesante, entre las que se incluían varios films muy difíciles de ver como Kvarteret korpen (1963) o Heja Roland! (1966), además de redescubrir algunas de sus mejores piezas como Elvira Madigan (1967). Otra sección más que recomendable fue la dedicada a los Cuadernos de Rodaje de Enrique Urbizu, en la cual se proyectaron las películas, seleccionadas por el cineasta, que más han influído en su trrayectoria profesional. Aquí se pudieron ver obras maestras del calibre de Amanecer (Sunrise; F.W. Murnau, 1927), Drácula (Horror of Dracula; Terence Fisher, 1958) o Sed de mal (Touch of Evil; Orson Welles, 1958), en impecables copias.

Por lo que respecta a los errores, los de siempre. La ceremonia de inauguración fue, una vez más, el ejemplo de cómo no se ha de organizar este tipo de eventos. Claramente improvisada, con profusión de errores y, de todo punto, aburrida, se vio exenta de toda la solemnidad que se le quería otorgar, quedando en un amago bienintencionado, pero extremadamente fallido. María Almudéver, excelente actriz y presentadora del evento, hizo lo que pudo por hacerlo llevadero, pero los discursos interminables (no solo de varios de los invitados, como el hijo de Widerberg, sino, incluso, del propio director del festival, Rafael Maluenda) y los contínuos errores en las proyecciones o a la hora de saber cuándo se tenía que abandonar el escenario, completaron el caos.

Otro elemento reprobable (y este también es endémico) es el absoluto maltrato que se le da a quienes estamos acreditados para cubrir el festival pero tenemos la mala suerte de vivir en la Comunidad Valenciana. Por consiguiente, el festival no nos ofrece ni alojamiento, ni dietas, ni tan siquiera información. Les da exactamente igual que se viva en una ciudad que dista casi una hora de Valencia y que, por tanto, se tenga que realizar un esfuerzo diario considerable para que ellos (es decir, Cinema Jove) tengan una mínima cobertura mediática. Todo ello por no hablar de los insultantes modos del gabinete de prensa habilitado por el festival, donde se dedican a (des)informar y a tratar de la peores maneras a quienes pedimos información (a lo que cabría añadir los absentismos habituales el primer día del certamen). Éste es el gran agujero negro de Cinema Jove y, de hecho, se viene notando año tras año con la menguante cobertura que le ofrecen los medios. Aunque sea pecar de pardillos, confiemos que en años posteriores estos hechos lamentables queden subsanados.

Élève libre (Clases particulares), de Joachim Lafosse (Francia, 2008)

Hace dos años, Joachim Lafosse presentó su tercer film en Cinema Jove, Propiedad privada, una excelente película que pronto se convirtió en la gran favorita para obtener la Luna de Valencia que, finalmente, no ganó. Éste año, no se ha repetido la circunstancia y Élève libre se ha alzado con el Premio a la Mejor Película confirmando dos cosas: primero, la calidad de una producción visceral y a contracorriente; segundo, el talento de uno de los cineastas más interesantes que hay actualmente en el país vecino. La película cuenta la relación entre un muchacho aspirante a ser profesional del tenis y su profesor particular. Una relación que cada vez será más extraña y anormal. Lafosse plantea una obra extrema donde la vertiente más abismal del sexo es tratada sin tapujos, concibiendo un cúmulo de secuencias, en ocasiones, difíciles de visionar, pero que adquieren un extraño flujo hipnótico que atrapa al espectador sin paliativos. El film incide en un proceso cercano a la vampirización donde un grupo de seres ávidos de nuevas experiencias sexuales para cubrir su vacío existencial, ven la necesidad de destruír la inocencia de Jonás, la cual ven como un rasgo cercano a los convencionalismos sociales, que atenta contra el submundo moral que han ido construyendo. Un submundo que, finalmente, acabará pasándoles factura. Ante todo, en Élève libre destaca la progresión con la que el film avanza, pasando de ser una sencilla historia de adolescentes a una radical muestra de la degradación humana, con una sencillez y una dosificación de los acontecimientos verderamente admirables. Amén de ello, el extraordinario trabajo de puesta en escena de Lafosse completa la gran calidad del resultado: en el film no hay un solo movimiento de cámara, sino la construcción de un plano por cada secuencia, lo que añade un poso de verosimilitud al conjunto extraordinariamente sólido, a la par que ratifica la poderosa caligrafía cinematográfica de su autor. Espléndida película.

J.V.R.

Der Architekt, de Ina Weisse (Alemania, 2008)

No propone nada bueno, nada nuevo. Lo hablaba con Joaquín, o traté de hablarlo, y no logré expresarme bien: todos los directores intentan asegurar al máximo los aspectos técnicos del film, tenerlo todo bajo control. Todos presentan unos productos impecables, y esto es lo que me parece sospechoso, teniendo en cuenta que se trata de primeras o segundas obras. ¿Por qué nadie arriesga? Der Architekt abona terreno ya roturado, la institución familiar burguesa en crisis. Conflictos matrimoniales, conflictos entre padres e hijos. Doble moral. La familia del arquitecto del título viaja hasta un pueblo perdido en las montañas para asistir al funeral de la madre de éste, en pleno invierno. Todos los miembros de la familia quieren acabar con lo que consideran un trámite lo antes posible, para regresar a sus tranquilas vidas en la ciudad. Pero una nevada corta las carreteras y expone a la familia a los conflictos que permanecían latentes. Película de actores —su directora también lo es—, cada vez que algún personaje habla esta en plano, así nadie se enfada y todos pueden exponer su talento interpretativo. Perfecta fotografía, impersonal, sin ningún matiz, de los paisajes nevados.

Teenage Angst, de Thomas Stuber (Alemania, 2008)

Película protagonizada por adolescentes ricos internos en un instituto de élite. Como si se tratase de un club de los poetas muertos pasados de rosca, cuatro de estos alumnos se reúnen a escondidas para beber, drogarse y salir de fiesta a buscar chicas. Pero esta vez no hay adultos cómplices ni profesores enrollados; aquí están ausentes o en el mejor de los casos no se enteran de nada. El caldo de cultivo perfecto para que florezcan los comportamientos fascistas, cargados de violencia física y gratuita, justificados por unos personajes que esgrimen una amoralidad hedonista de parvulario. La sombra de Haneke es alargada, o debería serlo. En cambio, el relato de Stuber  se encalla en los estereotipos —el líder manipulador, el bobalicón que le sigue, el chico que quiere ser malo pero que en el fondo es buena persona— y en la estética hollywoodiense, como en esos planos ralentizados con música a todo volumen o algunos flashbacks y flasforwards de difícil justificación. Una hora y cinco minutos de duración que están pidiendo a gritos que algún estudio norteamericano le compre los derechos a su creador.

Alle Anderen, de Maren Ade (Alemania, 2009)

Avalada por el Oso de Plata conseguido en la pasada Berlinale, el segundo largometraje de la directora alemana volvió a elevar el listón de la Sección Oficial. La película, proyectada por primera vez en nuestro país, narra las vacaciones de una joven pareja alemana, formada por la impulsiva y sensible Gitti y el indeciso Chris, en la costa de Cerdeña. Lo que en principio se presenta como un verano tranquilo acaba por desembocar en continuas disputas. El film se estructura entre dos encuentros sexuales de la pareja, aparentemente parecidos pero muy diferentes entre si, necesarios para entender el estado emocional de los personajes, algo que recuerda a Identificación de una mujer (M. Antonioni, 1982). Las canciones pop de marcado acento kitsch desbordan el tono irónico para trasmutar en metáfora de la relación de pareja, y funciona. Las situaciones aparentemente trilladas quedan solventadas con eficiencia, como la secuencia de la excursión a la montaña, en la que el dúo protagonista se desorienta. Además, la pareja de amigos convencionales, perfectamente establecidos y que ya espera su primer hijo, actúa de acertado contrapunto a la inestabilidad de Gitti y Chris.

Katalin Varga, de Peter Strickland (Rumanía, Reino Unido, Hungría, 2008)

El pasado, que acecha a la protagonista y del que no puede escapar, acaba por dinamitar la pacífica existencia de Katalin en una aldea de Rumania. Junto a su hijo, emprende un viaje sin retorno por los Cárpatos, decidida a hallar a los dos hombres que causaron su desgracia años atrás. La coproducción de Strickland tiene todos los elementos del western, y en ocasiones esta filmada como tal, como en el reencuentro, al más puro estilo duelo, de Katalin con su antagonista. La película adolece de falta de ritmo, quizás a causa de algunos momentos en los que se quiere introducir un elemento de extrañamiento —planos fuera de la narración acompañados de música— y que no aportan una gran significación. Además, cierta confusión se hace patente en la segunda mitad de la película, cuando no terminan de imbricarse bien los temas: por un lado, la constante presencia del pasado, por otro, la venganza, por otro, la relación paterno filial. Digo relación porque es difícil hablar de la búsqueda del padre como tema, puesto que el hijo de la protagonista tiene escasa presencia y apenas sirve para provocar cierta confusión en la propia Katalin.

Nord, de Rune Denstad Langio (Noruega, 2009)

El humor nórdico es diferente, desde luego, pero se agradece la presencia de alguna comedia en la sección oficial. En esta ocasión, asistimos al viaje que emprende un empleado de una estación de esquí, antiguo esquiador que sufre ataques de ansiedad, en busca de su ex novia y del hijo que tuvieron. De una manera que recuerda a Una historia verdadera (David Lynch, 1999), este joven monta en una moto de nieve, con litros de alcohol como único equipaje, para dirigirse a su objetivo, el norte. Durante el camino, filmado de manera bastante funcional, se cruzará con personajes más o menos estrafalarios con los que mantendrá conversaciones desquiciadas, absurdas. Es una pena que no se aprovechen más estas situaciones. Lo cierto es que apenas aportan nada a la historia, y el protagonista nunca ve trastocado ni cuestionado su objetivo final. Tampoco es que él aporte nada al resto de la humanidad, todo sea dicho. De lo poco gracioso destaca la facilidad con la que incendia los edificios por los que pasa. Bastante insustancial, nos quedamos con el gusto de ver los paisajes nevados y poco más.

Cea mai fericita fata din lume, de Radu Jude (Rumania, 2009)

Escribir sobre cine se complica cuando una película no propone nada cinematográfico mas allá del argumento. Una joven gana un coche en un concurso organizado por una marca de zumo. Debe acudir a Bucarest para recoger el premio y rodar un anuncio que autentifique que es la afortunada. Viaja a la capital junto a sus padres, que tienen la intención de vender el coche para invertir el dinero en un negocio familiar. El conflicto aparece cuando la joven se niega a firmar para vender el coche. En ningún momento adquiere tensión esta película alargada en exceso, plagada de diálogos y situaciones repetitivas que no hacen avanzar la historia ni nos adentran en el mundo interior de los personajes. A excepción de los primeros minutos, en que vemos el desplazamiento en coche de los protagonistas a la capital rumana, el resto del metraje transcurre durante el rodaje del spot. Lo que pretendía ser un análisis de los cambios estructurales de la sociedad rumana se convierte en un muestrario de personajes mezquinos y egoístas con los que resulta imposible empatizar. La película de Jude se encuentra probablemente entre los más flojos de la Sección Oficial.

De ofrivilliga, de Ruben Östlund (Suecia, 2008)

Cinco historias que transcurren durante el principio del verano en Suecia, sin conexión entre ellas excepto la temática, y que se nos presentan de manera alterna. En todas estas historias hay algún hecho que ocurre de forma involuntaria, y los personajes deberán enfrentarse a su responsabilidad en este hecho. Una de las obras más interesantes, filmada en planos secuencia, sin movimientos de cámara, excepto cuando esta se sitúa sobre un medio de transporte. La película cuenta con un trabajo disciplinado del off, que logra gracias a la posición que la cámara adopta frente a los personajes: en ocasiones solo los vemos parcialmente, ocultos tras algún elemento de la escena, o fuera de cuadro de manera voluntaria. Además, los diálogos, aparentemente anodinos, junto a la posición de la cámara, crean un desasosiego sutil pero constante, la sensación de que algo no anda bien. Visto en la sección Un certain regard de Cannes 2008, asi como en otros muchos festivales, el segundo largo de Östlund por lo menos arriesga algo en su propuesta formal y lo mantiene hasta el final.

Uzak ihtimal, de Mahmut Fazil Coskun (Turquía, 2009)

La primera película del director turco trata sobre puertas. Puertas que se abren y puertas que se cierran. No es una comedia, no es una película de Lubitsch, pero hay tanto interés en las puertas que en cada secuencia hay una. La película esta ambientada en Estambul, punto estratégico histórico, político y religioso. A esta ciudad llega el protagonista, pues le han encargado ser el muecín de una mezquita. En su nuevo domicilio conocerá a su vecina, una joven cristiana que cuida de una monja anciana enferma. “El amor es la unión de dos soledades que se respetan”, decía Rilke. Y aquí las soledades se respetan mucho. Incluso hay una tercera soledad, la del librero al que ayuda el muecín en sus ratos libres. Los tres, en silencio, tejen una historia sobre la necesidad de amar y ser amados, sobre el temor, sobre la soledad. Bastante predecible en su desarrollo, la narración apenas roza el mínimo análisis de la situación turca o de los paralelismos entre religiones. Quizás lo mas interesante resida en la relación casi muda que se establece entre sus dos protagonistas, esbozada en el juego de luces apagadas / luces encendidas de la cocina.

M.G.