¿Quién puede matar a Esther?

La maldad que puede esconderse tras una máscara de inocencia ha sido foco de no pocos films destinados a bucear en el resbaladizo territorio de la psicopatía infantil. ¿Hay alguna imagen más perturbadora que la de un niño asesino? El mal propio de las mentes más retorcidas, ¿puede albergarse en la todavía tierna visión del mundo de un infante? Cineastas como Dario Argento han basado alguno de sus films en la idea de que la mentalidad asesina puede gestarse en los primeros años de vida, sobre todo cuando se encuentra motivada por trastornos traumáticos de aceptación emocional, sexual o de rechazo social, como era el caso de los criminales protagonistas de Cuatro moscas sobre terciopelo gris (4 mosche di velluto grigio, 1971) o Insomnio (Non ho sonno, 2001) en los que descubríamos que los primeros crímenes perpetrados por ellos, acontecían en su niñez, dejándoles para siempre ese incontenible impulso homicida en un afán desesperado por integrarse en un mundo del que irremediablemente siempre se sentirán excluidos. Sobre algunas de estas ideas gravitaría en parte el segundo film realizado por Jaume Collet-Serra en EEUU, La huérfana. Digo en parte porque sus mejores resultados no se centrarían únicamente en el ya de por sí estremecedor y poderoso retrato de la niña Esther y todo su complejo mundo interior macabro, sino en la manera en la que este elemento anómalo encajaría en el seno de la familia que decide adoptarla; como si encerráramos a un lobo en un gallinero y esperáramos con paciencia  que sucediera lo inevitable…

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Los Coleman son un matrimonio que no atraviesa su mejor momento. Kate (Vera Farmiga) es incapaz de olvidar la pérdida reciente de su bebé nada más nacer. Ha tenido problemas con el alcohol. Sus dos hijos, Daniel y la pequeña Max (con problemas auditivos), no son suficientes para llenar el vacío que siente y la condena a una espiral de sufrimiento y autodestrucción. Su marido, John (Peter Sarsgaard) termina por acceder a la adopción de una niña que pueda colmar las ansias maternales de su esposa. Esa niña es Esther.

Desde luego, Esther (Isabelle Fuhrman) puede disimular ser un angelito de lo más encantador. Sus exquisitos modales, sus aptitudes artísticas, su aire añejo (siempre vestida con atuendos demasiado barrocos) y su remilgado carácter encandilan de inmediato a los Coleman, que la convierten (inconscientes ellos) en su nueva hija. Pero… algo raro pasa con Esther. Y no tardarán en darse cuenta de ello.

En La huérfana Jaume Collet-Serra modula cada uno de los movimientos de cámara para dar una sensación de tensión y amenaza constante que crea más mal rollo, desazón e incomodidad, que sensación de angustia definida y que termina desatando un clímax pesadillesco de una irrefutable potencia malsana. Todo está perfectamente medido y dosificado. Se juega a las convenciones en todo momento, pero a pesar de ello las expectativas siempre se ven sorprendentemente gratificadas. Los elementos de suspense, de intriga, cada vez son más y más absorbentes gracias a un concienzudo trabajo de la puesta en escena (sin necesidad de grandes alardes se consigue una extremada eficacia narrativa) y a un inusual cuidado en la definición de personajes y de su identidad espacial.

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En este sentido el director construye minuciosamente, en un principio (antes de la aparición de Esther), toda la cotidianeidad de los Coleman, estudiándola detenida y recurrentemente, tanto en sus particularidades como en sus hábitos más rutinarios, precisamente de la misma forma que hará la niña tras su llegada y que le servirá para destruir a la familia desde sus propias flaquezas y debilidades, como un cáncer que actúa silencioso, paciente, desde dentro. A partir de la entrada en escena de la pequeña niña monstruo, el ambiente se llenará de peligro. No importa demasiado que sea obvio para el espectador que Esther es más mala que un demonio y que en cualquier momento se va a desatar una tragedia y vamos a conocer su secreto. Lo esencial en La huérfana es la forma en la que se va conformando esa atmósfera malsana y enrarecida y cómo se perfilan las minúsculas conjeturas que desencadenan en la parte final del film el desvelamiento de los misterios que escode Esther.

Sí, en La huérfana hay una sorpresa en el último tercio que cambia el sentido de la narración como pudiera ocurrir en los ya célebres ejemplos de El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) o Los Otros (The Others, 2001). La diferencia es que el director no basa el impacto de la cinta en ese momento de revelación para que la historia cobre una dimensión añadida, quizás porque ya se había encargado de dotarla de una sólida consistencia arquitectónica a través de toda una minuciosa red de detalles que, sin un asomo de efectismo, van dosificando la tensión y aportando una sensación de intimidación constante tan herederas del thriller como del film de horror que termina siendo.

La huérfana es un magnífico cuento macabro en torno al reverso más malévolo que esconde la infancia o, mejor dicho, los traumas que de ella derivan. La frustración que invade a Esther termina convirtiéndola en un engendro vengativo despojado de cualquier atisbo de sentimiento que primero enfrenta a sus víctimas a sus miedos más profundos, después las aterroriza y por último les asesta el golpe de gracia: un auténtico estado del terror dentro de los muros de un aparente apacible hogar. En ese sentido resulta magnífico el tour de force silencioso que en todo momento que se establece entre la pequeña y desvalida Max y Esther, y la forma en la que ésta la somete a un estado de tortura psicológica enseñándole la cara más truculenta de su personalidad, extorsionándola emocionalmente y convirtiéndose en una tirana de su voluntad. Aunque quizás el vértice más notable de la cinta estribe en la invertida relación materno-filial que se establece entre Kate y Esther. Vera Farmiga demuestra que se ha convertido en una experta en papeles de hijos problemáticos tras la realización de Joshua, el hijo del mal (2007) hace unos años; aunque si en aquella su actitud era pasiva y desvalida, en esta tomará las riendas de la acción canalizando las sospechas frente a las intenciones de Esther al ver cómo las relaciones entre los miembros de su familia comienzan progresivamente a enturbiarse cada vez más.

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Resulta triste pero, tras ver La huérfana sólo puedo decir que Jaume Collet-Serra hizo bien en irse a EE.UU. para probar suerte en su industria y desarrollar allí por entero su trayectoria cinematográfica, iniciada con la injustamente tratada y muy reivindicable La casa de cera (House of Wax, 2005). Puede que La huérfana no tenga mejor acogida por parte de la crítica y que sea denostada como un subproducto de terror de escasa entidad (a pesar de que en el reciente Festival de Sitges el público lo pasó estupendamente durante su proyección). Sin embargo, puede que nos encontremos ante uno de los films más sólidos y más disfrutables (dentro de su género) de la temporada.