Las cosas que vuelan y las que se queman

La 47 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón ha concluido. Recapitulamos alegres, felices recordando los momentos vividos, las películas, los reencuentros, las sorpresas, las comidas, las bebidas, las fiestas… Nos volvemos satisfechos, conseguido el objetivo de cubrir el certamen de manera exhaustiva: 1) previa, 2) cinco volumenes diarios, 3) un artículo especial sobre el cine de Matthias Müller / Cristoph Girardet y Jean-Gabriel Périot, 4) este epílogo. Los premios gustaron, más o menos, a unos, otros se enfadaron y no les dijeron nada a los demás. Lo normal. El premio gordo se lo llevó La pivellina, comentada en las líneas siguientes, mientras que Humpday logró las menciones a la mejor directora y a los actores; de los títulos de la nueva sección Rellumes, votada por el público, la destacada fue Barking Water, de Sterling Harjo… para conocer el palmarés completo mejor como siempre en la web oficial del festival. Gracias a Carla Anaya, Elena Duque y Luis Fernández por su colaboración. Gracias al Festival. Gracias a todos por estar ahí (y aguantarnos). Hasta el año que viene.

La Pivellina, de Tizza Covi y Rainer Frimmel (Italia-Austria, 2009). Sección Oficial

Hace poco Miguel Gomes nos dejaba una bella metáfora para diferenciar dos modos opuestos de abordar la realización cinematográfica; para él, la distinción era plausible entre las películas en las que podían entrar mariposas y aquellas en las que no (por no estar definidas en un guión o plan de producción previos). Durante el festival, en una charla con Javier Rebollo —tras recordarle la idea de Gomes—, señaló que en las películas de Marcel Hanoun siempre se colaba una mariposa blanca. La pivellina es una película en la que las mariposas podrían, si quisieran, revolotear a sus anchas. Una al menos, tiene forma de niña de dos años y es la involuntaria protagonista del primer largometraje de ficción de Covi y Frimmel. Al ser abandonada por su madre en un parque del extrarradio de Roma, Patty la recoge y cuida durante una temporada. Patty vive en una caravana junto a su pareja Walter, rodeada de amigos y conocidos, la mayor parte de ellos dedicados al mundo del circo. Narrada de manera directa, con formas viejas pero siempre justas —del neorrealismo, al cine de autor de la pasada década—, La pivellina sortea a base de liviana e insospechada belleza todas las trampas que se le aparecen en el camino, gracias en buena medida al estupendo y nada enfático retrato de personajes y las generosas digresiones de la narración que la alejan del manido terreno del cine social (y lo acercan a los hallazgos de ciertos filmes de Maurice Pialat). En el tramo final de la película, Patty viste a Asia, la chiquilla de la película, para pasar las últimas horas junto a ella. En su pelo lucen dos broches en forma de mariposa.

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Wakaranai, de Masahiro Kobayashi (Japón, 2009). Sección Oficial

Habitual de los festivales europeos, Masahiro Kobayashi presentó con Wakaranai una de las mejores películas de las que se pudieron ver este año en la Sección Oficial. El brusco proceso de maduración de Kawai, un adolescente que debe valerse por si mismo al caer su madre enferma, sirve al cineasta japonés para componer un relato minimalista en su exposición —escasos diálogos, renuncia a la iluminación, cámara de vocación documental en seguimiento constante— y efectivo en sus resultados, aún cuando sus referentes —de Bresson (Mouchette, 1967) y Truffaut (Los 400 golpes / Les quatre cents coups, 1959) a Van Sant (Gerry, 2002; Paranoid Park, 2007)— resulten en ocasiones demasiado evidentes. El último tercio del film, durante el que el joven se lanza a la búsqueda del padre ausente, alcanza con muy pocos recursos una gran intensidad. El interés se ve reforzado además, si somos conscientes de su subterráneo discurso metacinematográfico: el padre del chico está interpretado por el propio Masahiro Kobayashi, mientras que Kawai, el joven, es en realidad su propio hijo, Yuta Kobayashi.

Ángel Santos Touza

The Last Days of Emma Blank, de Alex van Warmerdam (Holanda, 2009). Sección Oficial

El punto de partida de The Last Days of Emma Blank (De laatste dagen van Emma Blank) es altamente sugestivo. Como si fuese el reverso de la Familia de Fernando León de Aranoa, aquí nos encontramos con una verdadera familia que por interés económico transmuta esos vínculos de parentesco en una relación de servicio y subordinación. Atendemos así a un microcosmos cuyo gran acierto reside en el estudio de las relaciones de poder, de cómo éstas varían por causas económicas, sexuales o meramente musculares, para irse filtrando paulatinamente la perversidad y podredumbre espiritual que genera tal situación. Alex van Warmerdam maneja con soltura su cámara por los diferentes escenarios de la casa de Emma Blank y sus alrededores, pero finalmente le cuesta dotar de entidad a los personajes que en ellos se mueven y dar sentido a sus recorridos vitales. Éstos se mueven entre el maniqueísmo, cuya percepción viene mitigada por el planteamiento del film (ese juego entre vínculos reales y los adoptados por interés), y la falta de relieve. Por otro lado, el prometedor arranque se va diluyendo en un fluir narrativo sin un propósito determinado, con unos personajes que se diría van Warmerdam no sabe muy bien cómo manejar, y la historia culmina de manera tan arbitraria como insustancial.

Luis Fernández

Frontier Blues, de Babak Jalali (Irán-Italia, 2009). Sección Oficial NC

El humor no es tan fácil como la gente cree, por eso yo si en una película me río le doy una estrella más en la tabla de votaciones. Es un plus, como cuando matan a un niño insoportable, hay una escena lésbica o me quedo pensando qué pensar un buen rato. Por eso me hace gracia cuando la gente habla de humor en el cine de Albert Serra, Wes Anderson o Marc Recha. Si te ríes con eso ¿qué va a pasar cuando veas a Faemino y Cansado en directo, vayas a una película de los Farrelly, escuches la chirigota de García Cossío o tu mujer te diga que lleva con el jardinero más o menos desde que tenéis jardín? Frontier Blues es algo así como una comedia iraní, con personajes extraños y extrañados, situaciones cotidianas, repeticiones hilarantes, pausas inabarcables y diálogos incomprensibles. Interesante como documento de algo que no existe, roma coma película existente sobre cualquier cosa que nos diga algo. Babak Jalali y su película pasaron por el festival con más pena que gloria en todos los sentidos (descalificada de la competición por la mala calidad de la copia) y el recuerdo que mantendremos sobre ellos será tan frugal como la profundidad de la propuesta presentada. O al menos esa es mi sensación. Pero también es verdad que yo me río bastante más con Babel (Alejandro González Iñárritu, 2007) que con La mujer sin piano (Javier Rebollo, 2009).

Manuel Ortega

A religiosa portuguesa, de Eugène Green (Portugal, 2009). Rellumes

Eugéne Green emprende en A religiosa portuguesa un acto de liturgia y ascetismo cinematográfico que, no casualmente, remite a cierta iconografía religiosa a través de la frontalidad de los primeros planos o del recitado de los diálogos, y que se materializa en una historia de revelación cuasi mística. Pero además, el carácter de cine sobre cine de este relato también le otorga una vena metacinematográfica (y que incluye auto-ironías varias sobre el aburrimiento que provoca el cine de autor entre el espectador casual). Es por esto que esa religiosa portuguesa es tanto la monja que acude todas las noches a una capilla lisboeta y que da sentido al marasmo emocional de la actriz protagonista, como la película que ésta rueda —interpretando a una religiosa portuguesa— con el propio Green como director en la ficción, y que sirve de rima y contrapunto al primer nivel narrativo. La luz, magníficamente captada por la cámara de Green, ejerce de elemento catalizador; la luz de Lisboa con su luminosidad diurna y su encanto nocturno, o la siempre evocadora y enigmática luz de las velas, en escenarios claves como el de la capilla o el local donde la protagonista asiste a un concierto de fados; y también, por qué no, la luz de los ojos de Leonor Baldaque, de hipnotizadora presencia. Esta propuesta se diría deudora de ese estilo trascendental que formulaba Schrader, pero la progresión narrativa y estética finalmente no encuentra ese momento catárquico en la escena clave del film, y que hubiera redondeado la película, quizás por el abuso de Green a la hora de buscar emotividad a través de la música (por más diegética que ésta sea).

L. Fernández

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Sahman / Border, de Harutyun Khachatryan (Armenia-Holanda, 2009). Llendes / No Ficción

¡Basta de focalizar la realidad exclusivamente sobre las figuras humanas! Semejante grito parece brotar de las poderosas imágenes del último film de Harutyun Khachatryan. Una película documental rodada por orden estrictamente cronológico y cuyo personaje central no es ni más ni menos que una búfala. A su alrededor un paisaje y otros animales: Perros, humanos, cabras… Definida por su director como “una película contra las fronteras” (el film está ambientado en espacios que marcan los límites entre Azerbaiyán y Armenia), Border niega el habitualmente nefasto camino disneyano para describir interacciones entre seres vivos en un ambiente rural. Y lo hace sin atender al diálogo entre personas, elemento completamente ausente de los mecanismos narrativos del film. No existen, pues, tramas o argumentos más allá de la sucesión de acciones, los sonidos, los movimientos de masas y volúmenes. La percepción de un animal no-racional como modo de reinsertar al ser humano en la naturaleza y lograr que el espectador desplace su forma de captar el flujo de la realidad mundana hacia terrenos panteístas, revelándole una cruel guerra de instintos entre seres vivos. Khachatryan comprende que la mayor radicalidad, hoy, puede hallarse en el seguimiento de aquellos seres que aún se mueven armónicamente con la naturaleza, y no contra ella, objetivo que cineastas como Abbas Kiarostami, admirador confeso de este film, han buscado con ahínco a lo largo de los últimos años.

Alejandro Díaz

Programa Duncan Campbell. Llendes

Si leemos las sinopsis de las dos piezas de Duncan Campbell, Bernadette (2008) y Falls Burns Malone Fiddles (2003), nos haremos una idea mucho más precisa de su contenido que si por el contrario asistimos al visionado de éstas desconociendo su argumento. Así, podríamos decir que Bernadette ofrece un retrato documental partiendo de imágenes de archivo de la activista irlandesa Bernadette Devlin (la primera mujer en entrar a la cámara de los comunes, con tan sólo 21 años); y que, por su parte, Falls Burns Malone Fiddlespropone un repaso a las luchas entre católicos y protestantes en Belfast a través de testimonios fotografícos, pero lo cierto es que en ambos casos esto sería tanto como no decir nada. Y es ciertro, Campbell habla de estos asuntos en sus películas, pero también y sobre todo, de la imposibilidad de dar testimonio, de escribir un discurso veraz y consecuente sobre estos u otros hechos. Falls Burns Malone Fiddles está recorrida por la voz insegura de un narrador —que identificamos, erróneamente con Campbell, pues se trata de un actor— que trata de poner orden en lo que observa, lo que pretende narrar. Una voz que se contradice, que se detiene y recomienza su discurso, como el poeta Francis Ponge trataba una y otra vez de dar testimonio objetivo de lo que observaba en su pinar. Finalmente, unas cuantas fotos: jóvenes de Belfast, pintadas, espacios vacíos y unas desconcertantes animaciones geométricas son lo que quedan para dar sentido al relato. Bernadette, partiendo de estos mismos presupuestos, es un repaso biográfico abortado, organizado en dos bloques. Las imágenes comienzan de forma abrupta, sin antecedentes y del mismo modo se interrumpen, sin conclusiones. No sabemos de dónde llegó la joven Bernadette Devlin ni qué fue de ella. En la segunda parte, un texto en primera persona nos ofrece unas cuantas claves de la que se supone es la biografía de la activista. Pero el retrato permanecerá necesariamente incompleto, lo que aprendamos de Bernadette lo aprenderemos a través de sus expresiones, de su modo de hablar o de fumar, de sus miradas y gestos.

Tales from the Golden Age, de VV.AA. (Rumania, 2009). Post-Burlesque

Últimamente están más de moda las historias cruzadas dentro de una película que hacer una película con historias separadas en diferentes capítulos. En los años 60 y 70 fue una práctica habitual sobre todo en Francia y en Italia, aunque España también aportó alguna obra más que interesante como Historias de la radio (1955) de José Luís Sáenz de Heredia o La ironía del dinero (1959) de Edgar Neville. Ahora es Rumanía la que nos viene con este esquema para rememorar los años históricos más brillante para unos, pero más oscuros para todos los demás, en la desigual Tales from the golden age (Amintiri din epoca de aur), presentada este año en Cannes en Un certain regard y auspiciada por el éxito y el nombre de Christian Mungiu, guionista, director de un episodio y artífice del proyecto. 6 capítulos como las 6 leyendas que se cuentan de la Rumanía de Ceacescu y que aquí se ponen de pie con la modestia y la austeridad que se le presumía a ese régimen. Basculando entre la comedia y el drama (mucho mejor los episodios donde domina este último), los jóvenes directores rumanos construyen un fresco impresionista que, como todos los buenos frescos históricos, habla del presente y del futuro de un país que no está tan de moda como su cine. También nos habla de un cine que no puede empezar a conformarse tan pronto con lo poco conseguido. Como su país.

M. Ortega

Fish Tank, de Andrea Arnold (Reino Unido, 2009). This is England

El realismo social europeo, y más concretamente el británico, no parece tener últimamente mucha capacidad para la sorpresa. Pervivencia del clasismo social, falta de expectativas de mejora, ambientes urbanos hostiles, familias desestructuradas o abuso del alcohol, en el contenido; naturalismo interpretativo, habla callejera, cámara en mano o frialdad cromática, en el continente. Todo ello forma parte del paisaje habitual de este tipo de cine, y también de Fish Tank. Por otro lado, la carga metafórica de la película, quizás demasiado evidente, no aporta gran valor añadido. Especialmente burdo resulta el simbolismo del caballo encadenado que Mia, la protagonista, quiere liberar. Más interés tiene el papel de la música, de esa cultura hip-hop que aboga por la auto-marginación y deja a la mujer a un nivel poco mayor que el de mero objeto sexual (además de otras muchas sandeces), y que supone la banda sonora vital de Mia. Mientras tanto, el California Dreamin’ de Bobby Womack —traído a colación por el personaje de mejor posición económica— representa el sueño de un futuro diferente y mejor, esperanza que se revelará ilusoria, como inútil cualquier venganza. El baile sincronizado de la madre y las dos hijas nuevamente al ritmo hip-hopero certifica su encierro en esa pecera que da título a la película. A nivel de puesta en escena, el academicismo predominante —creo que la estética de cámara en mano siguiendo a los actores en este tipo de películas ya se hace acreedora de ese apelativo— sólo se ve alterado en unas pocas escenas que ilustran el despertar sexual de Mia, y que aportan mayor capacidad de sugerencia a esta resultona pero rutinaria película.

L. Fernández

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Le Donk & Scor-Zay-Zee, de Shan Meadows (Reino Unido, 2009). This is England

El realizador de Somers Town (2006) coge su cámara al hombro, se lleva a un par de técnicos y a su productor, Mark Herbert, para seguir a Le Donk, personaje al que da vida Paddy Considine, en su intento de lograr promocionar, de momento aprovechando la gira de los Artic Monkeys que dan un concierto en Manchster, a un incipiente talento del hip-hop, Scor-Zay-Zee (Dean Palo), y cumplir de paso sus deseos imposibles de convertirse en músico. Una comedia delirante descargada de gravedad (y de mensaje alguno) que pone sobre la mesa algunos de los temas de siempre para los que están en alguna de esas crisis existenciales y/o de identidad, en la que aparecen la frustración, las dudas, la inmadurez… pero desde una perspectiva amable y descreida. Le Donk es un sinvergüenza más bueno que el pan, que no puede menos que caer bien, incluso cuando se comporta como un auténtico capullo. Porque es consciente de sus limitaciones: músico de barraca de feria (genial el momento en el que reconoce que cualquiera puede hacer lo que hace él con el teclado) y futuro padre que no quiere ni sabe cómo serlo (impagables las escenas en casa de su ex, Olivia Colman, en las que primero no acepta la realidad e intenta revelarse ante ella, y luego, con el bebé entre sus brazos, se deshace literalemente). Y entre esta visión hilarante y más auténtica de lo que parece, se filtra la figura de Scor-Zay-Zee, un joven rapper orondo cuyo problema con el teclado, primero porque no le quedan baterias y luego porque no encuentra donde enchufarlo ¡en un escenario!, llega más que sus cinco minutos de gloria junto al DJ Le Donk… y ante 50.000 personas.

Rocksteady: The Roots of Reggae, de Stascha Bader (Suiza-Canadá, 2009). Esbilla

Acabamos con este alegre y cuando menos interesante documental que para este cronista fue su arranque en el festival, confiando en la buena voluntad de los compañeros para cubrir la sección oficial. El rocksteady es un estilo musical que surgio a mediados de los sesenta en la isla de Jamaica. Germen de muchas manifestaciones posteriores, caso obviamente del reggae, se trata de una variación de ritmo más lento del ska en el que los bajos están más elaborados y se minimizan las bases de viento. Muy poco difundida y conocida, absorbida su influencia e independencia por el éxito del reggae, por la figura del ineludible Bob Marley, y por la propia tendencia del mercado, como se apunta tímidamente en la película, que llevaba a los profesionales a trabajar en aquello que les daba de comer, el rocksteady retumba con fuerza, nos invita a sentir y disfrutar con sus ritmos, descubriendo además canciones memorables: Stop that Train, de U-Roy; Shanty Town, de Ken Boothe; Tide is High, de Marcia Griffiths; People Rocksteady, de Leroy Sibbles. Rocksteady: The Roots… ofrece un dibujo cercano de esta forma de entender la música a través de las personas que la dieron forma, aprovechando la preparación de una reunión que sirve para recuperar numerosos hits y recobrar la memoria perdida con ánimo optimista. Incluido el recuerdo constante a Marley, cuya esposa tiene un capítulo propio más íntimo y perífierico. Incluida la nostalgia que surge invariablemente entre la mayor parte de músicos. Incluida la sensación de una felicidad anhelada pero nunca completa: muchos emigraron (a Canadá en la mayoría de casos) y se separaron de sus seres queridos. Con todo, la vitalidad de este pequeño mundo es tangible y se contagia. Y este documento es capaz de trasmitirlo con belleza, ternura y sinceridad.

J.D. Cáceres Tapia