Antes roto que rojo

Juguemos a las historias extraordinarias: X e Y son dos hombres jóvenes, de unos veinte años. Trabajan juntos y discuten frecuentemente. Del contenido esas discusiones se deduce que ambos viven en un entorno familiar y social más bien hostil. Un día llegan a las manos. En mitad de los insultos y el forcejeo, X empuja a Y. Éste sale despedido con un sonoro golpe. X cambia el gesto y pone cara de afligido. Ahora Y está tumbado en el suelo, inmóvil. Un reguero de sangre comienza a manar de su cabeza. Y ha muerto. X no se cree lo que acaba de ocurrir.

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La escena pertenece a Jaffa—segundo largometraje de la israelí Keren Yedaya—, pero la hemos visto en unas dos mil quinientas películas como ésta, con ambición de film d’auteur y vocación de tv-movie. Es el perfil habitual de la Sección Oficial del Festival de Sevilla: dramas familiares que coquetean con las distintas fórmulas de éxito fácil (bien el diseñado cine social, preferiblemente multicultural, bien la fábula cursi). Este fatigoso concurso de banalidades políticamente correctas (una vez más: ¿dónde estaba el cine fantástico europeo?) suele compensarse con alguna sección paralela programada con mucho más rigor. Hace dos años fue Colección ARTE. El año pasado fue Eurodoc. Este año, condenadas éstas a hacer bulto, el esfuerzo estaba invertido en Selección EFA,  Eurimages (en las que se decide el premio del público y el del Jurado Joven), y algunas de las retrospectivas: dejando de lado el inexplicable homenaje a Fernando Trueba, la esquemática pero valiosa revisión del cine inglés llevó a Sevilla algunos títulos indispensables de Lindsay Anderson, Carol Reed, Joseph Losey, John Boorman o Nicholas Roeg, así como una serie de piezas cortas restauradas por el BFI que nos limpiaron las retinas con su primitiva vitalidad. Ése fue sin duda el punto más alto del SEFF 2009, el que protagonizaron Jeff Keen, Len Lye, Norman McLaren y otros realizadores a sueldo de la General Post Office (sí, la oficina de Correos).

Pero volvamos a la competición. De entre las europroducciones robóticas y desganadas destacamos dos, presentadas (para nuestra desgracia) como acontecimientos de gran altura: Triage (Danis Tanovic) recupera el tema de las secuelas psicológicas de la guerra de la mano de un esforzado Colin Farrell, que interpreta a un fotógrafo traumatizado por su experiencia  en el Kurdistán. Paz Vega hace lo que puede como esposa sufridora, y Christopher Lee aparece de la nada para mejorar alguna secuencia a pesar de su absurdo personaje… Al grano: si para algo sirve Triage es para confirmar el bluff de Danis Tanovic, oscarizado autor de una película mediocre (En tierra de nadie, 2001), de una relamida revisión de Kieslowski (El infierno, 2005) y ahora también de una lacrimógena historia de redención sin ningún interés. Por otro lado, Fish Tank (Andrea Arnold), remedo del peor Ken Loach que venía avalado por su buena acogida en Francia, y que no hace más que explotar —otra vez— los tópicos del cine social (familias desestructuradas, barrios sin esperanza, cámara nerviosa, recurrentes golpes bajos…). Su autora, Andrea Arnold, ya nos intentó colar sus pretensiones claustrofóbicas con Red Road (galardona en Cannes 2006, como Fish Tank en 2009); al menos aquella vez utilizó registros más atrevidos y personales.

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Con la misma (poca) envergadura aparecieron por las pantallas del Nervión Plaza algunas películas de planteamientos esperables: Las dosis de humor negro nos aburrieron, tanto las del estilo videoclipero de Guy Ritchie (44 Inch Chest, del debutante Malcolm Venville), como las de temblorosa estética televisiva (In the loop, de Armando Ianucci, que se desinfla tras sus primeros treinta minutos), con mención especial para el nuevo Loach, remilgado como nunca con Looking for Eric. Las reflexiones sobre la televisión, los videojuegos y demás realidades virtuales nos parecieron pobres y torpes, tanto las de filiación autoral (Transmission, de otro húngaro que no aprendió nada de Béla Tarr) como las de intenciones gamberras (Videocrazy —acomodado panfleto de Erik Gandini, antes lúcido e irreverente— y Kill Daddy Goodnight, decepción de Michael Glawogger tras la magnífica Workingman’s Death). Los conflictos multiculturales llenaron de tópicos las imágenes de She, a chinese (Xiaolu Guo), cinta ganadora en Locarno que acompaña a una joven insatisfecha desde China hasta Londres, sin que ninguna de sus desventuras consiga interesarnos demasiado. Los folletines antiglobi (Plastic Planet, Let’s make money, Bananas!) se nos escaparon, en parte por tiempo y en parte por ganas. Los jugueteos con el documental situaron dos películas un escalón por encima de la media: con Le Donk & Scor-zay-zee, Shane Meadows plantea un fake cómico-musical común y corriente que sirvió de digestivo -con toda su mediocridad- entre tanta sordidez, mientras que con Men on the bridge, el turco Asli Özge propone una modesta docu-ficción sobre vidas que se cruzan en el Puente del Bósforo, con momentos inspirados pero perfectamente olvidable en su conjunto. Entretanto, aún tuvimos un momento de respiro en la Sección Oficial con Lourdes y Nothing personal, de largo lo mejor del concurso (y por suerte ganadoras del Giraldillo de oro y plata). La primera, tercer largometraje de la austriaca Jessica Hausner, galardonado también en Venecia, se acerca con curiosidad y cierta ironía a una peregrinación que acaba en milagro frustrado (o no). La segunda, opera prima de la holandesa Urszula Antoniak, narra la romántica huida rural de una mujer en crisis, sin el psicologismo que le sobraba (por ejemplo) a la irritante Hacia rutas salvajes (Into the wild, Sean Penn, 2007).

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Pero, como habíamos adelantado, en Selección EFA y Eurimages el panorama resultó mucho más atractivo. Felizmente convertidas en una versión hispalense de las Perlas de Zabaltegui donostiarras, estas dos secciones recuperaron los últimos títulos de Audiard, Haneke, Bellocchio, Oliveira, Porumboiu, Loach, Wajda y Resnais, además de recoger —por fin— el testigo de Sitges con la inclusión de la galardonada Canino (Kynodontas, Giorgos Lanthimos). Muy a nuestro pesar, tanto la cinta griega como Vincere (Marco Bellocchio) se nos quedaron fuera por la atropellada organización de las proyecciones. Por lo demás, el resultado, irregular. La fábula de Loach nos resultó indigesta, el conato de ensayo de Wajda (Sweet Rush) nos pareció excesivamente teatral y enfático, y el nuevo Resnais (Les herbes folles) sigue sin convencernos con su amaneramiento desbocado. En cambio Audiard se ganó por derecho al público con Un profeta, drama carcelario compacto y a ratos brillante (su primera hora lo es, pese a quien pese) que promete convertirse en el título europeo de la temporada. Haneke también arrasó la taquilla con La cinta blanca, film sorprendente por su aspecto dreyeriano que parece abrir una nueva etapa en la filmografía del austriaco, lejos ya de la gélida deconstrucción del presente que marca su larga trayectoria. Oliveira sentó cátedra con Singularidades de una chica rubia, una película que crece sin parar tras su visionado, que parece bressoniana pero no lo es, que demuestra que la historia más insignificante puede convertirse en algo grande si uno es capaz de superarla y trascenderla con tres planos magistrales en su desenlace. Por último, Porumboiu, nombre clave de ese cine rumano que se resiste a ser sólo una moda, y que sigue insistiendo con su (re)trato incorruptible de las rutinas, con su vaciamiento de tramas y sus áridos planos-secuencia. Police, adjective sigue a un policía con conflictos morales, y aunque por momentos abuse del vacío como fórmula estética, remonta en un final extrañamente tragicómico para acabar añadiendo otra pincelada al cuadro que Porumboiu, Mungiu, Puiu o Muntean vienen elaborando sobre la base de la autocrítica en un país que parece no haber superado aún sus vaivenes políticos.

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De lo dicho concluimos, sobre todo, una idea: después de seis ediciones el Festival de Sevilla debería decidir de una vez qué quiere ser. Si asume su condición de certamen industrial (este año se inauguraron foros dedicados a las coproducciones y la distribución), de festival de festivales, podrá establecerse como una cita importante para ver cine. Si continúa vendiendo la imagen de festival atrevido, en el que descubrir cine, tendrá que hacer algo más que llenar un cajón de sastre con los deshechos de la clase A para convencernos de su valor.