Cambio de rumbo

La Mostra de Valencia cumplía treinta ediciones y para celebrarlo rendían homenaje a Luis García Berlanga. No parece muy original, pero había que apostar sobre seguro, y más si tenemos en cuenta algunas de las ediciones anteriores más recientes. Ediciones que han precipitado el cambio en la dirección del festival, cuyo máximo responsable ahora es Salomón Castiel. Así que en el fondo nos encontramos ante una Mostra en transición, y tendremos que esperar un tiempo antes de ver si el festival adopta nuevos rumbos cinematográficos, porque de galas y alfombra roja ya van sobrados. La ciudad lo merece.

Los aciertos de la Mostra este año han sido notorios. Si bien su programación no ha deparado especiales sorpresas, ha habido ciclos arriesgados como el dedicado a la cinematografía marroquí o directamente vinculados al mundo freak (una vertiente más que habitual en el certamen) representados en la retrospectiva a la Fantastic Factory o el denominado «alrededor de la medianoche» que incluía auténticas marcianadas de Pedro Temboury o Manuel Valencia. Sin embargo, lo más admirable de la Mostra, un año más, es la exquisita atención que ofrecen a todos quienes estamos acreditados para cubrir el festival. Las facilidades para que el evento se vea en su práctica integridad y la permanente atención y profesionalidad de su gabinete de prensa, convierte la Mostra en un festival paradigmático que sabe de la importancia de los medios a la hora de dar a conocer sus propuestas.

La sección oficial ha sido más bien flojita. Se observan dos tendencias claras: las películas cargadas de buenos sentimientos que predican la paz en el mundo y la solidaridad entre los seres humanos son las más numerosas; después, unas pocas obras que buscan profundizar en el lenguaje cinematográfico y en el análisis de los sentimientos y las relaciones. El jurado, presidido por el director Enrique Gabriel, se encargó de repartir los premios con demasiada corrección política, casi uno por película, así todos contentos. Aunque la selección oficial de films a concurso no ha sido excesivamente notable (salvo tres muy buenas películas), el resto de su programación y el excelente trato profesado por sus organizadores, se convierten en elementos más que suficientes para valorar muy positivamente el cambio de dirección en la Mostra algo de lo que tendría que tomar buena nota el otro festival que se lleva a cabo en Valencia y que dista, años luz, de las virtudes de este.

Harragas, de Merzak Allouache, 2009 (Argelia)

Flamante ganadora de la Palmera de Oro y el Premio a la mejor banda sonora, Harragas es la clara representante de la tendencia habitual en las producciones seleccionadas a concurso: un mensaje políticamente correcto, que delimita con claridad su posicionamiento ideológico tratándolo de manera superficial, sin profundizar en las raíces del mismo. En este caso, el problema de la inmigración que llega en pateras a las costas europeas se concibe desde una vertiente plana y despersonalizada, en la que no se puede hallar el menor valor cinematográfico. El jurado ha confundido el prisma del mensaje expuesto con los valores estrictamente cinematográficos ya que, si nos atenemos a ello, Harragas es una película completamente deficiente. No solo en su insustancial puesta en escena y en los baches rítimicos que se dan a lo largo de su metraje, sino en sus propios elementos argumentales (no se puede entender bajo ningún concepto, que un solo personaje esté amenazando con un revólver a otros nueve durante casi la mitad del film y que éstos se mantengan impertérritos, sin dar respuesta). Claramente influenciada en varios momentos por la excelente Náufragos (1944) de Alfred Hitchcock, Harragas es una película insufrible, completamente desprovista de aspectos reseñables.

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Ibrahim Labyad, de Marwan Hamed, 2009 (Egipto)

Desde un principio, Ibrahim Labyad se desmarcó del resto de las películas de la sección oficial. No por su calidad ya que, aunque no se trata de un film desdeñable tampoco posee grande cualidades artísticas, sino por sus intencionalidades. Se trata de una obra de género. Sin mayores complicaciones. Una película de acción que posee la particularidad de ser egipcia, aunque cuente con todos los tópicos que este tipo de cine ha ido asentando a lo largo de los años (mafias, femme fatale, situaciones extremas, etc). Ibrahim Labyad posee notables errores, entre ellos, unas secuencias de acción excesivamente alargadas, un tratamiento de los personajes que no se aparta de los lugares más trillados por el cine estadounidense y unas interpretaciones no especialmente distinguidas. Aún así, el hecho de presentarse como una simple obra de acción, sin otros propósitos críticos o denunciatorios, la elevan por encima de otras producciones pretendidamente «serias» y «comprometidas».

Slovenka, de Damjan Kozole, 2009 (Eslovenia)

Esta película de Damjan Kozole resulta uno de los mejores títulos presentados en la Mostra. La película se centra en los avatares de una muchacha eslovena que ejerce como prostituta de lujo para poder pagarse sus estudios y su independencia. Sobriamente dirigida por Kozole (quien ya ganó hace tres años una Palmera de Oro con su film Labour equals freedom, una tragicomedia sobre el drama del desempleo), con profusión de miradas y un tratamiento de los seres humanos que aparecen en el film tan profundo como emotivo, la película posee la gran virtud de no cerrar ninguna de las aristas argumentales que plantea, apareciendo como un fragmento terrible de la vida de un personaje. Personaje que el propio cineasta, según sus propias declaraciones, concibió como una metáfora de la situación de Eslovenia aunque este detalle poco importe a la hora de valorar un film, en verdad, excelente. La soberbia interpretación de la joven Nina Ivanisin fue galardonada, con toda justicia, con el premio a la mejor actriz en una de las pocas decisiones acertadas del jurado.

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Fais-moi plaisir!, de Emmanuel Mouret, 2009 (Francia)

Esta notable comedia de Emmanuel Mouret destacó como una de las claras favoritas aunque, finalmente y de forma incomprensible, fue totalmente apartada del palmarés. Con evidentes influencias de El guateque (1968) de Blake Edwards y ¡Jo, qué noche! (1985) de Martin Scorsese, la película sabe personalizar tan importantes referentes y ofrecer un film fresco y original, espontáneo y repleto de situaciones francamente ingeniosas. Las desventuras que vive un desgarbado joven cuando su novia le insta a que mantenga relaciones sexuales con otra mujer, se exponen blandiendo un humor muy bien construído, completamente alejado de la tendencia escatológica de la comedia contemporánea. Bien interpretada y mejor escrita por el propio Mouret, Fais-moi plaisir! se beneficia de un ritmo perfecto que jamás decae (muy a pesar de que el film esté contruído mediante bloques interconectados entre sí de manera un tanto caprichosa) y de su envidiable capacidad para integrar al espectador en la divertidísima trama.

Mikro Egklima, de Christos Georgiou, 2008 (Grecia)

Uno de los aspectos que marcan la extrema irregularidad de la sección oficial de la Mostra (la cual se repite año tras año) es que obras tan impresentables como esta tengan su hueco entre los films a competición. El único motivo que puede justificar la selección de Mikro Egklima es estrictamente una hipotética voluntad por ofrecer el panorama más amplio de nacionalidades de entre todas las cintas presentadas. Si no, no se puede entender su inclusión en un certamen mínimamente exigente. Aburrida, sin ritmo, con un guión ridículo deficientemente construído y con una dirección inexistente por parte de Georgiou, esta producción griega intenta sostenerse en una historia que puede resultar, a priori, interesante (el hallazgo de un cadáver en una pequeña isla griega en la que nunca pasa nada) completamente malograda merced a las incomprensibles bifurcaciones de su argumento. Una pieza lamentable.

Brothers, de Igaal Niddam, 2008 (Israel)

Brothers funciona mejor como documental sobre la escisión entre los núcleos más potentes de la religión judía y el estado de Israel, que como pieza dramática. Sobre la excusa de la reunión entre dos hermanos, uno de ellos rabino, tras décadas sin verse, Niddam construye un panfleto ideológico que, al igual que tantas otras piezas estrenadas en el festival, esconde sus más que preocupantes insuficiencias cinematográficas en el estandarte de su posicionamiento ideológico. Ganadora del premio del público, la película apenas posee aspectos destacables, abocándose a una absoluta mediocridad, acrecentada tanto por sus clamorosos errores de casting (en especial, en lo que compete a los dos protagonistas masculinos) como a un desarrollo moroso que acaba provocando el inevitable tedio.

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Come Dio Comanda, de Gabriele Salvatore, 2008 (Italia)

Esta película de Gabriele Salvatore (ganador de un Oscar en 1992 por su film Mediterráneo) supone una lamentable oportunidad perdida ya que su primer tercio resulta interesante y, en más de una ocasión, incluso notable, pero ello no se ve correspondido en el resto de su metraje. El film se centra en la relación entre un padre neonazi y su hijo adolescente escapando de todos los tópicos al uso, ya que se presta una mayor atención a la faceta humana de ambos presentándolos como seres emocionales muy a pesar de su peligrosa ideología. El film, sin embargo, cae en unas ciertas convenciones a partir de su segunda mitad, así como en varias incoherencias argumentales dejando a un lado los aciertos pretéritos. El erróneo desarrollo del guión, la precipitación de las situaciones y la escasa voluntad de Tornatore a la hora de intentar dar mayor solidez al conjunto, menguan la calidad de una película que podría haber dado más de sí.

Joaquín Vallet

Dowaha, de Raja Amari (Túnez / Suiza / Francia, 2009)

La mejor película de la sección oficial, sin lugar a dudas. Lamentablemente el jurado no lo consideró así y se tuvo que conformar con el premio a la mejor fotografía. El único premio unánime, por cierto. Amari se ha encargado de tejer una historia cerrada pero sutil, protagonizada por cuatro mujeres. Tres de ellas viven ocultas en las habitaciones de servicio de una gran casa medio abandonada, propiedad de un hombre rico. El hijo de este hombre, un chico hedonista y despreocupado, acude con su bella novia a pasar unos días. Cuando esta joven descubre a las tres mujeres, estas la raptan para que no las delate. Así, las cuatro mujeres inician una convivencia extraña, en la que poco a poco se irán comprendiendo unas a otras, hasta que se precipita el drama final. Raja Amari plantea de manera inteligente una puesta en escena opresiva, y evita los subrayados innecesarios. Cuando basta un solo plano para mostrar un acto violento, ¿para qué usar dos? El mundo masculino queda prácticamente excluido del film, y sin embargo el espectador comprende a la perfección que los hombres tienen mucho que ver en la situación de estas mujeres.

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Questione di cuore, de Francesca Archibugi (Italia, 2009)

Una comedia italiana, romana para ser exactos, que más o menos vendría a ser el equivalente de lo que fue ¾¿y todavía es?¾ la comedia madrileña. Una historia de coincidencias y de crisis protagonizada por dos hombres de mediana edad que sufren un ataque al corazón. Sus vidas entonces se ven abocadas a entrecruzarse debido a la necesidad que tiene el uno del otro. Uno es un guionista de cine en plena sequía creativa y sentimental, otro es el propietario de un taller que siente próxima la muerte y hace todo lo posible para que su familia no quede desprotegida. La primera parte del film funciona muy bien, especialmente las secuencias del hospital. Después, se desinfla poco a poco y se torna más previsible y en algunos aspectos más forzada, como la secuencia de la casa del lago o como la inspección fiscal a la que la policía somete al propietario del taller. Eso sí, los actores perfectos, tanto que a Kim Rossi Stuart le dieron el premio a la mejor interpretación masculina, premio que bien pudiera haberse llevado su compañero de reparto, que por cierto es clavadito a Alfredo Landa.

Ajami, de Scandar Copti y Yaron Shani (Palestina / Israel, 2009)

Admitamos que sea un hecho excepcional y muy positivo la existencia de un film coproducido por Palestina e Israel y codirigido por un palestino y un israelí. Admitido. Pero una vez pasamos a analizar el film, se hace bastante difícil de entender que le otorgaran el premio a la mejor dirección. La estructura de la película es deudora de algunos films de historias cruzadas: Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) o Crash (Paul Haggis, 2004) por citar dos ejemplos. Dividida en cinco capítulos, adolece más si cabe de los mismos defectos que sus predecesoras, esto es, fiarlo todo a la interconexión de todas las historias en el clímax y una dudosa credibilidad de esa confluencia de acontecimientos final. La película de Copti y Shani no solo es larga, si no que se hace larga, y encima no logra explicar bien los hechos. Confunde al espectador con cada cambio de capítulo y al final uno tiene la sensación de que no todas las piezas encajan. Más que la sensación la certeza. Guerra entre familias, guerra entre pueblos, diferencias irreconciliables entre religiones, son quizás muchos ingredientes.

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Eden a l’ouest, de Costa-Gavras (Francia / Grecia/ Italia, 2009)

Todos esperábamos más de la nueva película del director griego. Bueno, todos no, porque se llevó el premio de la crítica. La película empieza bien: unos emigrantes procedentes del norte de África (no sabemos de donde con exactitud, pero poco importa, pues la voluntad es ofrecer una mirada universal) viajan hacia Europa hacinados en un barco. La policía los aborda cuando están a punto de llegar a la tierra prometida europea. El protagonista, viendo tan cercano el sueño, se lanza al mar para alcanzar la costa a nado. Todo ello filmado de manera sobria y directa. Bien. Hasta aquí. A partir de este momento, la película fluctúa entre la comedia clásica del vagabundo entre gente rica (The Idle Class, Charles Chaplin, 1921) y el drama sentimental de personajes y escenas previsibles. Por un lado, el protagonista logra sobrevivir y, en cierta medida, conseguir su objetivo, aprovechando las situaciones que se le presentan; por otro, en su periplo europeo se va encontrando con una serie de personajes que en ocasiones le ayudan y en ocasiones entorpecen su viaje, alternándose de manera obvia, incluido el final.

Quelque chose à te dire, de Cécile Telerman (Francia, 2009)

Como una película de Chabrol, pero sin crímenes. Como una película de Desplechin, pero sin el humor ni la amargura. La película de la directora francesa resulta casi una opera buffa, con un argumento lleno de coincidencias y giros inesperados de poca verosimilitud. Un padre rico, su mujer y tres hijos, cada uno con sus problemas. El hijo mayor es un empresario patán, la segunda hija es una artista de carácter autodestructivo con poca autoestima y la tercera hija parece que va a lo suyo, un poco apartada del resto. Idas y venidas en torno a secretos familiares, el dinero, el amor y a unos cuadros. Todo alcanza el equilibrio cuando cada uno puede dedicarse a lo que realmente quiere, cuando las relaciones por fin se basan en la sinceridad. La eterna disección de la familia burguesa francesa no alcanza en esta ocasión ninguna profundidad, y la poca verosimilitud a la que nos referíamos antes merma cualquier interés que pudiésemos tener antes de ver la película.

A la deriva, de Ventura Pons (España, 2009)

El cine de Pons es identificable de manera inmediata. Para lo bueno y para lo malo, el director catalán ha conseguido crear un mundo propio que se repite en cada película. Como él mismo afirmó en la rueda de prensa posterior a la proyección, algunos de los personajes de su nueva película se pueden entender como prolongaciones de personajes de otras películas anteriores suyas, interpretados además por los mismos actores. El caso es que el planteamiento inicial me parece interesante, con la joven protagonista sumida en una crisis existencial producida no se sabe bien si por su experiencia traumática en África, donde trabajó como enfermera, o por el vacío de la sociedad que la rodea, el espacio burgués de clase media-alta que casi siempre analiza Ventura Pons en sus películas. O por todo a la vez. Lo que ocurre es que toda la propuesta se desarrolla en un espacio cinematográfico tan correcto que pierde fuelle según avanzan los minutos; puesta en escena correcta, fotografía correcta, interpretaciones correctas…el análisis se torna entonces inocuo.

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Nacidas para sufrir, de Miguel Albaladejo (España, 2009)

Si las películas de Ventura Pons se parecen cada vez más a sí mismas y se hacen más autorreferenciales, las películas de Albaladejo se parecen cada vez más a las de Almodóvar. Para lo bueno y para lo malo. El director alicantino se ha procurado un grupo de actrices fieles y les escribe papeles a su medida, con la prefabricada mezcla perfecta de humor, desparpajo, mala leche y drama. De todo un poco para que todas luzcan. Y si ubica la historia en un pueblo del interior, eminentemente agrario, con una dosis de esperpento y otra de kitsch, nos encontraremos ante algo bastante parecido a aquellas secuencias que protagoniza la imbatible Chus Lampreave en La flor de mi secreto (Almodóvar, 1995) o Volver (Almodóvar, 2006). La última obra de Albaladejo lo apuesta todo al guión, y tiene algún golpe bueno, claro, aunque se limita a ilustrar con imágenes la historia de una solterona que no quiere morir sola. La protagonista es Petra Martínez, quien en el fondo no hace un papel tan alejado del que la dio a conocer en La Soledad (Jaime Rosales, 2007), aunque no alcance la misma intensidad.

Miguel Gil