De las dos vidas del cine catalán al cine futuro

Hay dos películas en Las dos vidas de Andrés Rabadán (Ventura Druall, 2008). Por una parte, la cinta tranquila, falsamente serena, que contempla la persistencia de Rabadán en mantener su dignidad y en esforzarse en huir de entre las paredes en que está confinado. Por otra, una serie de imágenes mucho más aisladas que, como la punta de un iceberg, permiten intuir la masa de tensión, la turbidez, que subyacen bajo la superficie del proyecto elaborado por Ventura Durall. Las dos vidas de Andrés Rabadán revisa de hecho la trayectoria del llamado asesino de la ballesta durante unos meses en los que se desencadenan una serie de hechos en torno a su reclusión: el intento de una joven psiquiatra por favorecer su acceso a una libertad condicional, la brusca y trágica separación de Jordi, su mejor amigo de encierro o la progresiva relación amorosa con una auxiliar de enfermería. Ventura Durall trata la cinta con excesiva neutralidad, dando unos inadecuados toques en la caracterización de unos personajes en exceso amables (de la psiquiatra Sara a Carmen, su novia) o, por el contrario, harto desagradables (el director del centro, representante del funcionario que valora su propia imagen por encima de todo). Basta imaginar lo poco que durarían el propio Andrés Rabadán (versión Durall) o su amigo Jordi en la cárcel con el Malamadre de Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) para comprender que Durall ha suavizado las tintas tanto como parecer idealizadas.

garbo1

Ventura Durall se esfuerza, por otro lado, y lo consigue con la ayuda de un muy acertado Alex Brendehmühl, en dibujar un personaje misterioso. Tal vez un psicópata que engañó a médicos y jueces, tal vez un sicótico inesperadamente curado, tal vez un tímido sociópata que un día decidió llevar a cabo una venganza demorada…Durall evita dar explicaciones y salva la cinta de una farragosa narrativa pseudocientífica. No obstante, parece que la película interesante está oculta realmente en aquellas escenas en que Durall nos permite intuir que hay algo más tras las imágenes que nos permite ver. Los planos de la montaña de Montserrat, lejos del alcance de Rabadán y símbolo de la anhelada libertad, la tensión creciente en el flash back del encuentro con su hermana y, muy especialmente, la angustiosa espera en la celda mientras alguien atiende a Jordi en la suya. El off visual desborda en intensidad a la imagen captada, sea o no buscado.

La descripción de los hechos prima sobre los sentimientos. La citada neutralidad narrativa sobre las sensaciones. La información sobre la emoción. Es curioso que esta falta de densidad, esta tibieza, esta consideración (tal vez forzada por producción) en el trato de personajes reales, coetáneos y convecinos, lleve estas dos vidas, estas dos películas, la vista y la intuida, más al ámbito del documental (o de la docuficción) que al propio de la ficción en que aparentemente se enmarca.

Mano de las casualidades de la exhibición, podemos dar el salto a una sala vecina y contemplar Garbo, el espía, (Edmon Roch, 2009). La curiosa cinta de Roch sigue la trayectoria inversa de la de Durall. Enmarcada en el ámbito del documental, Garbo da por sí misma un salto de estilo alcanzando de modo inesperado un tono de ficción que no alcanza Las dos vidas de Andrés Rabadán. Roch construye mediante unas breves entrevistas (a historiadores, expertos en espionaje, psiquiatra, periodista y espía) y abundante material de archivo (constituido por cintas bélicas de serie B, alguna pieza maestra de espías y auténticas rarezas obtenidas tras cientos de horas de visionado de materiales de filmotecas alemana y española).una enérgica obra que revisa con rigor y sin complacencias la trayectoria de Joan Pujol García, burgués catalán, desertor del ejército republicano, prisionero de los nacionales, voluntario a espía nazi y, inesperadamente, doble agente que favoreció el desembarco aliado a Normandía que conllevó al desenlace conocido de la contienda.

garbo2

Roch utiliza con gran habilidad los materiales nuevos y viejos para construir una auténtica cinta de espías, con dos referentes directos en el cine de ficción: Operación Cicerón (Five fingers, JL Mankiewicz, 1952) y Nuestro hombre en la Habana (Our man in Havana, Carol Reed, 1959). Pero efectúa una pirueta tan sorprendente como efectiva. Al igual que Pujol –Garbo, que aparentó servir al régimen nazi pero efectuó una actividad que favoreció a los aliados– Edmon Roch y su cinta aparentan vivir en el documental (con sus modos más clásicos, como la búsqueda en archivos y la entrevista) pero transitan la ficción. Pujol (tal vez encarnado en el futuro por Cruise, Spacey o Damon, según diversos proyectos de producción) es un personaje tan apasionante como los protagonistas de las citadas cintas. Por una parte, siendo el puntal que permitía asegurar el desembarco con relativa seguridad. Por otra, siendo no sólo el mensajero de información falsa sino el forjador de hasta veintisiete falsos contactos. Roch, como los propios Mankiewicz o Reed sabe trabajar elementos tan característicos de este género como la tensión, el suspense o la sorpresa… estableciendo un inevitable aunque sorprendente paralelismo entre Joan Pujol y Dielo (encarnado por James Mason en Five fingers) o Wormold (Alec Guiness en Our man in Havana).

Evidentemente, más allá del interés estricto de la propuesta, lo sorprendente es el cariz esquizoide que los géneros están tomando en el panorama actual del cine catalán. Y, vistos los resultados, lejos de constituir signo de anormalidad, este salto genérico conlleva un estimulante mensaje a productores, cineastas y espectadores. Una transición de la ficción al documento y a la inversa que tal vez nos esté revelando el cine del siglo XXI.