En el texto sobre el cine animado español que complementa la presente entrevista hablaba de la necesidad de sentir el arraigo hacia un territorio cincelado a partir de nuestros sueños; el único que reconocemos como propio, porque hemos dejado un poco de nosotros mismos en su interior. Sin duda, Cruz Delgado (Madrid, 1929) ha sido, a través de su fantasía, uno de las figuras capitales que ha contribuido a la construcción y, sobre todo, al mantenimiento de ese espacio. Ya fuese con Mágica aventura (1974) o con El desván de la fantasía (1978); con la impronta dejada por Los trotamúsicos (1989); la calidez que, veinte años después, sigue despertando su obra, descubre un pequeño y sentido canto a las posibilidades de la imaginación. Por eso, escribir a propósito de una Historia del cine animado español siempre implicará recordar a Cruz Delgado como uno de sus participantes más notables. A continuación tenéis la entrevista.

—¿Qué le animó a dar el salto de la historieta al cortometraje animado?

Desde que me regalaron de pequeño un proyector de juguete que tenía películas de animación dibujadas sobre papel vegetal siempre tuve la ilusión de hacer dibujos animados, pero pronto me di cuenta que lo que tenía que hacer era aprender a dibujar bien. Estuve varios años en la Escuela de Bellas Artes y después empecé a colaborar en diferentes publicaciones infantiles. Cuando  comprendí que tenía una preparación en el dibujo empecé a hacer experimentos en el campo de la animación.

—¿Cómo fue su experiencia en los Estudios Moro[1]?

Creo que fue una experiencia muy interesante ya que trabajar junto a un animador tan importante como José Luis Moro suponía adquirir unos conocimientos fundamentales para mi formación.

—En 1961 trabajó como ayudante de animación y dibujante en Bruselas. ¿La línea clara tuvo alguna influencia en su trayectoria posterior?

En lo que se refiere a línea clara, concretamente el estilo de Hergé, puedo decir que lo que realicé en los estudios Belvision de Bruselas no tenía nada que ver con ese estilo (aunque allí se hacía también la serie animada de Tintín), y por mi parte, yo ya tenía formada mi propia personalidad, aunque el cómic belga en general sí que me influyó algo en las historietas que dibujaba.

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—En 1970 visitó los estudios de la Hannah-Barbera y de Disney. ¿Qué sintió al conocer a Ward Kimball[2], animador de Los tres caballeros (The Three Caballeros, Norman Ferguson, 1944), una de sus películas favoritas?

Conocer a un maestro de la animación como Ward Kimball fue algo inolvidable, además tuve la suerte de ver cómo estaba trabajando en aquel momento en una secuencia genial de La bruja novata (Bedknobs and Broomsticks, Robert Stevenson, 1971). No sólo me demostró que era un gran artista de la animación, sino también una gran persona.

—Muchas de sus historias adaptan, directa o tangencialmente, a autores clásicos del relato infantil. ¿Qué lecturas aportan los clásicos a los mundos de fantasía representados en su cine?

Desde que empecé a hacer historietas, siempre me inspiraron mucho las fábulas y los cuentos clásicos, sobre todo por estar en muchos casos interpretados por animales  humanizados. Cuando pasé a hacer películas de animación, seguí por la misma línea porque eran un tipo de historias que me permitían desarrollar mejor el estilo de animación que siempre me había gustado.

—En su cine los animales tienen un papel protagonista. ¿Qué cree que aportan los personajes animales que los humanos no pueden transmitir a un espectador infantil?

Yo  viví de pequeño en una casa de campo a las afueras de Madrid en la que estaba en contacto con toda clase de animales y siempre me ha gustado dibujarlos. Con los personajes animales a veces se pueden hacer en animación cosas más cómicas y exageradas que con los personajes humanos (salvo que estos sean en caricatura) y creo que los niños los captan mejor.

—¿Cómo fue trabajar con José Ramón Sánchez en El desván de la fantasía (1978)?

En primer lugar, José Ramón en un amigo de muchos años. Nos conocimos trabajando en Estudios Moro. Antes de El desván de la fantasía ya hicimos juntos varios cortometrajes. Él tenía la ilusión de hacer un largometraje y nos asociamos para llevarlo a cabo. Trabajar con él fue un placer porque no sólo es un gran artista sino una persona con la que siempre me he entendido muy bien.

—¿Qué tal es la experiencia de tener su propio estudio de animación? ¿Fue muy brusco el cambio cuando durante el desarrollo de Don Quijote de La Mancha (1978) llegó a trabajar con un equipo de más de cien animadores?

Cuando se formó el estudio para Don Quijote yo ya llevaba muchos años con un estudio de animación más pequeño que me había permitido ir formando un equipo de colaboradores que cuando llegó el reto de hacer dicha serie ya estaba muy capacitado para enfrentarse a ella. Luego, durante la producción, surgieron también otros nuevos animadores que con el tiempo formaron sus propios estudios y han destacado en la profesión.

Don Quijote de La Mancha fue una serie caracterizada por su rigor y, sobre todo, su carácter didáctico y pedagógico. ¿Aprender y divertir son las dos premisas imprescindibles que debería poseer el cine animado?

No tiene que ser forzosamente así, lo primero debe ser divertir. Pero, en el caso de Don Quijote, se hizo una adaptación bastante fiel que permitió acercar un clásico de la literatura a todo tipo de públicos y sin duda estimuló su lectura.

—En su Historia del dibujo animado español, José María Candel explica cómo en ocasiones tuvo que superar la precariedad de medios disponibles para sacar adelante algunas de sus propuestas cinematográficas, entre otras cosas, porque la coyuntura del momento no invitaba a confiar en el cine infantil de animación. ¿El cine infantil hecho en España continúa estando marginado?

Ahora yo diría que más que antes. Hace años existía una protección al cine infantil y unas subvenciones que nos permitió a muchos arrancar con nuestras producciones. También existía un festival de cine infantil en Gijón que tenía un prestigio internacional. Y mejor no hablar de las televisiones ya que en la actualidad la programación infantil ha sido barrida o relegada a una mínima presencia.

—¿Qué le parece el cine español de animación que se produce actualmente?

Técnicamente ha avanzado mucho, los profesionales están más preparados y ahora goza de más promoción a todos los niveles de la que tenía la animación española hasta hace unos años, que casi nadie le prestaba atención. Como ha pasado a nivel internacional, la animación hecha por ordenador ha desplazado a la animación tradicional, pero supongo que esto es una cuestión de modas, prueba de ello es que Disney está volviendo ahora a los dibujos animados de siempre.

—¿En qué cree que ha cambiado el espectador infantil de las décadas de los ’70 y ’80 con respecto al actual? ¿La animación ha ido sacrificando el encanto de la fantasía?

El espectador infantil ha cambiado porque ahora se hacen historias menos ingenuas, más parecidas a las que consumen los adultos y eso ha repercutido en el tipo de animación que se hace ahora, aunque todo eso no es incompatible con que se puedan seguir contando historias fantásticas.

—Usted siempre ha trabajado en la animación tradicional. ¿Qué cree que aporta la animación digital?

Aporta sobre todo una calidad de la imagen que antes era muy difícil de conseguir por medios tradicionales, como es el caso de determinados efectos especiales. La animación por ordenador consigue a veces resultados muy interesantes y, sobre todo, ahorra tiempo y trabajo artesanal. Pero creo que la animación tradicional de dibujos, aunque esté asistida por ordenadores, también tiene su espacio y puede conseguir otro tipo de magia.

—Uno de los platos fuertes de Animadrid 08 fue el homenaje, con libro y documental incluido, que le rindieron. ¿Qué siente cuando, casi dos décadas después, se sigue recordando con cariño y nostalgia series como Los trotamúsicos?

Me produce una gran emoción porque compruebo que es un trabajo que ha resistido el paso del tiempo y me permite pensar en seguir haciendo más cosas.

—Por último, ¿en qué estado se encuentra el proyecto de Mac Mapache?

Hicimos un cortometraje que sirvió como episodio piloto para una posible serie pero que al final, con la política de las televisiones de no producir animación, no pudo salir adelante. También hemos pensado en hacer un largometraje con el mismo personaje. En cualquier caso, no pierdo la ilusión de que se pueda llegar a hacer de una manera u otra.

Entrevista realizada por correo electrónico entre noviembre y diciembre de 2009


[1] Creados en 1955 por José Luis y Santiago Moro, son hoy recordados, entre sus muchos trabajos de publicidad y animación, por haber creado a La familia Telerín o la adaptación animada en formato de serie de TV de Marcelino, pan y vino (Santiago Moro y Xavier Picard, 2001).

[2] Miembro del llamado Disney’s Nine Old Men –junto a Les Clark, Ollie Johnston, Frank Thomas, Wolfgang Reitherman, John Lounsbery, Eric Larson, Milt Kahl y Marc Davis- es decir, el núcleo duro de aquellos animadores que participaron en los proyectos clave de la compañía, Kimball creó, entre otros, a los cuervos de Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941); al gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske, 1951); o a la Faline de Bambi (David Hand, 1942).