La belleza adolescente de la América suburbana

Finalizado el tríptico compuesto por Gerry (2002), Elephant (2003) y Last Days (2005), con el que Gus Van Sant volvía a mostrar su faceta más ambiciosa y experimental, su siguiente película, Paranoid Park (2007), parecía llamada a convertirse en el punto de inflexión de su carrera cinematográfica. Lejos de serlo, resulta difícil no verla (ni entenderla) sino como la suma de las tres anteriores. Es Paranoid Park la concreción más lúcida y explícita del estilo desarrollado a lo largo de los años (de manera intermitente, eso sí) por su director, tanto desde un punto de vista narrativo como estético.

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Narrativamente, Paranoid Park pone de manifiesto cuán descabellado resulta hablar de la postrera obra del cineasta norteamericano en términos de cine no narrativo. De acuerdo con los teóricos Aumont, Bergala, Marie y Vernet, el cine narrativo es aquel que «relata un acontecimiento, real o imaginario» [1], mientras que «para que un filme sea plenamente no narrativo, tendría que ser no representativo, es decir, no debería ser posible reconocer nada en la imagen ni percibir relaciones de tiempo, de sucesión, de causa o de consecuencia entre los planos o los elementos» [2]. De esta manera, Paranoid Park se revela como el esfuerzo más certero de toda la filmografía de Van Sant por encontrar, valiéndose de mecanismos convencionales, modos de vertebrar el relato a partir de los patrones propios del relato clásico. Sirva como muestra de lo anterior la presencia en el mismo de la figura del narrador-narratario, encarnado por el joven Alex (Gabe Nevins). Él será el encargado de guiar al espectador a través de su trágica historia de un modo caótico, desordenado, aleatorio, impulsivo, adolescente.

En lo que al aspecto estético se refiere, Paranoid Park reincide en las obsesiones plásticas y temáticas que encontramos en las obras más coherentes de la inconexa filmografía de Van Sant. En este aspecto, Paranoid Park se presenta como la evolución lógica de filmes como Mala Noche (1985), Drugstore Cowboy (1989), Mi Idaho privado (My Own Private Idaho, 1991), Gerry (2002), Elephant (2003) o Last Days (2007). Vuelve a estar en el centro visual del mismo la exploración de la belleza adolescente de la América suburbana, hasta el punto de convertirse en la principal excusa visual de secuencias como la del desfloramiento de Jennifer (Taylor Momsen), la ducha ralentizada de Alex tras el homicidio involuntario del empleado ferroviario, o la inclusión de imágenes de calidad doméstica mientras él y sus amigos hacen acrobacias con sus tablas de skate dentro y fuera de Paranoid Park.


[1] Aumont, Bergala, Marie y Vernet: Estética del cine, Paidós Comunicación, Barcelona, 1996, p 92.

[2] Ibidem, p 93