Entre Bresson y Klee

La última película de Marc Recha, Petit indi (2009) parece emerger de algún lugar inconcreto situado entre el cine de Robert Bresson y la pintura de Paul Klee. La película tensa y enriquece otra película heredera de la filosofía de Klee que se ha producido este 2009 como es Los Condenados de Isaki Lacuesta, al tiempo que transita por un sendero similar a la última película de José Luis Guerin, En la Ciudad de Sylvia (2007).

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Marc Recha no abandona su cine de vocación paisajística aunque en esta ocasión cambie la búsqueda de la memoria contenida en las Tierras del Ebro que protagonizaron su Días de Agosto (Dies d’Agost, 2006) por el retrato del paisaje fronterizo, a caballo entre la ciudad y el campo, del barrio periférico de Vallbona, situado en el límite entre Barcelona y Montcada i Reixac. La mirada sensible de Recha vuelve a erigir en verdadero protagonista de la historia que narra a este paisaje frágil y en constante transformación donde conviven los restos de una vida rural con la construcción de una nueva civilización urbana e industrial. En este contexto, Recha teje el drama de un adolescente tímido e introvertido que vive con incredulidad el encarcelamiento de su madre y que urde un plan para liberarla acompañado de un jilguero y un zorro, a quien ha salvado de la muerte tras sanarlo después de haberlo recogido herido en el bosque. Tutelado por sus hermanos, Arnau, interpretado por el debutante Marc Soto, se verá obligado a enfrentarse con el mundo hostil de los adultos, hasta el momento desconocido para él. De este modo, la película de Recha nos habla, en realidad, del difícil tránsito hacia la madurez, haciendo visible los miedos y las frustraciones que se generan durante el trayecto sin renunciar al hieratismo que caracteriza las interpretaciones de los actores en sus películas. Como en Bresson, los rostros de sus personajes hablan aún sin expresarse, construyendo un poderoso mundo interior en un impresionante fuera de campo. El mismo que habíamos observado en Pau y su hermano (Pau i el seu germà, 2001) o El árbol de las cerezas (L’arbre de les cireres, 1998).

Más allá de esta tensión emocional que permanece en off y que hiere no solamente al espectador sino al propio cine, Petit indi es la confirmación de que Recha es probablemente uno de los paisajistas más interesantes del cine contemporáneo cuya precisión es capaz de capturar no solamente en imágenes sino en sonidos. El cineasta pone todos los elementos del cine a disposición de la construcción cinematográfica del paisaje que desea capturar de tal modo que el barrio periférico de Vallbona parece haber sido extraído en esencia y transferido a la película con todo lujo de detalles, tanto visuales como sonoros. En Petit indi tan importante es el detalle de la casa donde vive Arnau como el sonido del canto del jilguero. Ambos contribuyen a dibujar el espacio habitado por el protagonista en todas sus dimensiones incluyendo la emocional. La fijación de Recha por el paisaje le obligó a reescribir el guión en varias ocasiones puesto que el proyecto de Petit indi empezó a gestarse en 2004 y durante los últimos cuatro años el barrio sufrió grandes transformaciones. Recha quiso incorporar estas mutaciones a la historia y tratar al paisaje como un actor que no permanece inmutable, sino que evoluciona, cambia, envejece e incluso le salen arrugas nuevas que muestran la erosión del tiempo en su rostro.

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El compromiso de Recha con el paisaje se vislumbra también a través de la reconstrucción del Canódromo de la Meridiana, donde tiene lugar parte de la acción, y para el cual convocó a los antiguos trabajadores filmándolos con una tensión casi documental. Una sensibilidad que se torna tanto o más espectacular en el modo como Recha filma la relación del adolescente con los animales. El cineasta consigue transmitir la intensidad de la intimidad que puede llegar a construirse entre una persona humana y los animales con los que convive al tiempo que a través de la visualización de esta relación puede canalizar los sentimientos contradictorios del adolescente: del afecto al odio, pasando por la rabia o la ira. La secuencia en la cual Arnau venga la muerte del jilguero en manos del zorro, muestra no solamente que el trayecto hacia la madurez ha llegado a su fin, sino como el adolescente debe enfrentarse al dolor que provoca abandonar la inocencia.

Es precisamente en esta ambigüedad donde reside la enorme belleza de una película que parece perseguir los sabios postulados que Bresson escribió en sus Notas sobre el cinematógrafo (Notes sur le cinematographe) con una precisión francamente inusual. Hacer visible lo invisible, mostrar el dolor del niño cuando deja de serlo, del mismo modo que saber filmar el viento para convertirlo en cine. “Para filmar el viento invisible”, escribió Bresson, graba hojas del árbol moviéndose”. Para filmar el tránsito hacia la madurez, Recha filma a un niño que es robado por primera vez en el canódromo de la Meridiana y que es capaz de matar y lanzar al río al zorro que tanto había amado como venganza por la muerte que previamente le había dado a su también amado jilguero.