Paul Rudd ya es una estrella

No puede decirse que me considere entre los acérrimos defensores de la impronta que Judd Apatow ha proporcionado a la comedia norteamericana. Sin desdeñar las ocasionales aportaciones de su aún escasa obra, y su capacidad para plasmar una serie de situaciones consustanciales a las relaciones humanas de nuestro tiempo, si por algo siempre tendré en cierto cariño su figura, es sin duda por haber supuesto el eje para el definitivo reconocimiento de la figura de Paul Rudd. Desde hace una década he seguido y admirado la andadura de este actor caracterizado por su enorme versatilidad, su dotación tanto para la comedia romántica como para el drama, o la facilidad con la que podía proyectar el lado oscuro de sus personajes. Por otro lado, la deliberada huída de Rudd hacia las facilidades que su aspecto de All American Boy le podía proporcionar, su inclinación hacia el cine independiente, la más que notable proyección teatral desarrollada tanto en Broadway como Londres, son elementos que me han acercado desde hace una década a su figura, hasta el punto de llegar a conocerlo personalmente e incluso, en un alarde de atrevimiento, plantearle el borrador de un proyecto dedicado a la figura de Stan Laurel, lógicamente encarnado por él mismo.

Anécdotas personales al margen, lo primero que cabe destacar de Te quiero, tío (I Love You, Man. 2009, John Hamburg) es certificar de manera definitiva la conversión de Rudd como una de las más grandes figuras de la comedia hoy día presentes en el cine norteamericano. Solo podría oponer como negativo que esa especialización resulta injusta en la medida que pueda ocultar las capacidades dramáticas que el actor ha proporcionado en su personalidad cinematográfica, teatral e incluso televisiva. Unos rasgos que van de la capacidad de articular las secuencias con la fuerza de su mirada, y una gestualidad y lenguaje corporal muy personales. La incorporación de Rudd dentro del equipo de intérpretes de Apatow le ha posibilitado en poco tiempo adquirir un estatus que se ha confirmado con la presencia de dos éxitos recientes como han sido Mal ejemplo (Role Models. David Wain, 2008) y, por supuesto, este Te quiero, tío que de alguna manera se plantea como una consecuencia de la previa adscripción del intérprete y diversos de los colaboradores de esta película, dentro del denominado universo Apatow. Dicho esto, he de admitir que una película como la que nos ocupa, de alguna me hace pensar que las posibles cualidades del conocido rey midas del género, son en más ocasiones de lo deseable asumidas por otros realizadores, que aprovechan el tirón aportado por este… pero incorporando en sus películas una superior entidad cinematográfica.

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Bajo mi punto de vista, John Hamburg —de andadura previa en el género no especialmente memorable— logra en esta película articular una mirada de textura bastante honda en torno a la importancia de la amistad y, en definitiva, la articulación de modos de comunicación e incluso afectos compartidos, necesarios por el ser humano de nuestros días en el contexto de una sociedad en la que estas necesarias relaciones parecen diluirse en un ámbito contemporáneo, dominado por adelantos electrónicos y un consumismo llevado a la máxima expresión. Por fortuna, la amabilidad por la que apuesta Te quiero, tío, se articula en una comedia que desde el primer momento adquiere personalidad propia por la agilidad de su ritmo, una aguda capacidad de observación, una planificación que no desdeña incluso notables logros expresivos, unos diálogos francamente ingeniosos y, como es lógico deducir, un juego interpretativo espontáneo y de primer orden, iniciado con la declaración de Peter Klaven (Paul Rudd) a su novia —Zooey (Rashida Jones)—. Klaven es un exitoso agente inmobiliario que ha decidido unir su futuro con la mujer de su vida, pero que muy pronto descubrirá en su vida habitual la ausencia de algo tan necesario como la amistad. Puede que la sensibilidad que le caracteriza y un cierto grado de bonhomía superior a un contexto tan determinado por el materialismo que le rodea, le haga parecer un ser bobalicón y, por ello, poco atractivo para propiciar un sincero acercamiento a él. Hamburg sabe plasmar muy bien el descubrimiento —no exento de cierta tristeza— de estas circunstancia por parte de nuestro protagonista, al escuchar inadvertidamente la conversación de las amigas con su novia en su reunión en casa, o en el discurrir en su lujoso vehículo por las calles de Los Ángeles, atisbando algo que hasta entonces nunca había intuido; la cotidianeidad de la camaradería masculina.

A partir de este doloroso reconocimiento se planteará en Peter la necesidad casi imperiosa de lograr ese amigo de confianza, en principio con el único objetivo de utilizarlo como padrino de la boda. Ello dará pie a una serie de encuentros desastrosos —plasmados en la pantalla con originalidad y de una manera entremezclada y discontinua—, hasta que prácticamente sin esperarlo surgirá en la vida de Klaven ese amigo tan deseado, encarnado en la figura del iconoclasta Sydney Fife (estupendo Jason Segel). Más allá de ese encuentro, lo que el recién llegado aportará a nuestro protagonista será una nueva manera de entender la existencia. Un modelo contrapuesto a las convenciones que han dominado hasta entonces su vida, ejerciendo este como cicerone y transmisor de un mensaje de autenticidad que pronto chocará con el contexto en el que nuestro protagonista se ha venido desarrollando hasta entonces… pero que finalmente le permitirá un inesperado triunfo en su autoestima.

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Te quiero, tío destaca la inspiración de saber combinar los elementos antes señalados, articulando un ritmo bastante ágil, evitando una duración desmesurada —como sucede con las comedias dirigidas por el propio Apatow—, apostando incluso por cierto glamour —el uso que se hace de los exteriores de Los Ángeles; momentos como ese abrazo que los dos nuevos amigos se dispensan delante de una fuente que repentinamente se acrecienta en sus chorros, mientras pasa a su lado el involuntario pretendiente amoroso reprochando a Klaven su rechazo—. Hamburg sabe incorporar episodios divertidos extraídos prácticamente de la nada —la prueba del traje de Peter, incorporando una hilarante imitación de James Bond—, otros impagables —el momento en que Klaven descubre como su amigo ha invertido esos ocho mil dólares que le ha prestado— e incluso resulta entrañable en esos momentos finales en los que algunos han reprochado cierta concesión sensiblera, pero que a mi modo de ver brindan una conclusión lógica al metraje —alusión incluida a Tarantino—. Pero más allá de esta circunstancia, y aún reconociendo que la película registra algunos —escasos— vaivenes de ritmo, lo cierto es que prevalecerá en su desarrollo una constante incorporación de diálogos, apuntes y réplicas, que en su conjunto revelan una clarividente capacidad de observación en torno a la diversidad de comportamientos que se establecen en el caótico contexto de progreso de nuestros días. Una sensación de caos en la que los conceptos de gay y heterosexual penden de una finísima frontera, y donde cualquier ámbito de profesionalidad ha de ser demostrado con artimañas o argucias poco cercanas a la misma, y más ligadas al arribismo más desaforado.

Sin ser un logro absoluto, Te quiero, tío deviene una pequeña delicia, como delicioso es poder comprobar las facultades con las que el eternamente subvalorado Paul Rudd establece un auténtico ballet de maestría en género, estableciendo junto a Jason Segel —ya lo hicieron previamente en Paso de ti (Forgetting Sarah Marshall. Nicholas Stoller, 2008)—, una de las químicas más valiosas que ha generado la comedia cinematográfica en los últimos años.