La isla desierta

En un año repleto de fracasos, decepciones, dependencias y redenciones; de pasos hacia delante y estancamientos creativos; de intentar olvidar pero no dejar de recordar; de soñar con un futuro sin trabajar construyendo el presente; lo más ingrato —y lo más complejo— siempre resulta de analizar detenidamente las excepciones, aquellas imágenes, sensaciones, ideas, historias que escapan a nuestra mirada universalizadora. Tememos lo permanente cuando implica arrastrar una parte de nosotros que preferiríamos ocultar. Y, sin embargo, no pasa un día en que soñemos con capturar y someter a lo fugaz —esos momentos de deliciosa seguridad— para mantenerlo instalado en nuestro corazón como esa otra parte de nosotros. En pocas palabras, nuestra contradictoria forma de ser nos obliga, en la mayoría de ocasiones, a hacer un poco de autoanálisis sobre las partes sólidas de nosotros mismos cuya composición proyecta un mundo fracturado, emocionalmente incompleto, que pide a gritos vivirlo en mejores condiciones.

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El Dr. Manhattan es la expresión de nuestro terror a desaparecer. Desaparecer nunca consiste en el gesto inmediato de dejar de existir; significa transformarse, contemplar el mundo con otros ojos, que ya no reconocerán del mismo modo lo que anteriormente reconocían; significa olvidar. Watchmen es una película sobre el olvido. En ocasiones, juzga la humanidad como un elemento en descomposición. Como si la era atómica —el medio— fuese el mecanismo para desarrollar en una figura como la de Manhattan —el fin— la fantasía de que una vez fue hombre. Thomas Kuhn decía que después de una revolución, los científicos trabajan en un mundo diferente. En Watchmen hay una revolución para hacer olvidar a los superhéroes, individuos limitados en un contexto normal que resalta su carácter excepcional. En ese mundo, el Dr. Manhattan es un ser desdichado, que repite mecánicamente los pensamientos de su humanidad pasada, pero sobre el que su estatuto de superhombre parece negarle el derecho a una existencia emocional.

El drama del superhéroe consiste en mantener regularmente la identidad que lo constituyó.  Una identidad que será la misma hasta el fin de su existencia. Esa misma que terminará aniquilando, por su propia constitución, cualquier recuerdo de todo aquello que compuso su otra vida. De ahí que el drama del Dr. Manhattan sea el de la criatura que ante su inexorable perpetuación mira con unos ojos cada vez más artificiales unos sentimientos que son como las tripas de un reloj en el tiempo de la relatividad; no pueden funcionar como ha venido siendo habitual. Son una isla desierta en cuyas entrañas hallamos el fundamento de la soledad: repetición sostenida del mismo instante. La imposibilidad de vivir otro. La imposibilidad de volver a expresar todo lo que sintió la primera vez que habló con Janey Slater, la incapacidad de expresar —si no es mediante la prolijidad de detalles— lo que vivió al rozar sus dedos mientras charlaban. La miseria de no volver a ser. Lo que hace de Watchmen una obra apreciable es su descripción de unos personajes que para seguir un camino se ven obligados a destruir el otro, el origen, aquello de donde salieron. Y en la destrucción muere simultáneamente su existencia emocional; olvidan lo que sintieron.

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En un año hay tiempo suficiente para perseguir los sueños. Mi terror no está en saber que no he conseguido alcanzarlos, sino en la búsqueda obsesiva en que ha acabado convirtiéndose su realización; en cómo para trazar un camino he tenido que borrar otro; en el vacío existencial que ha transformado esos momentos fugaces en la constatación de un fracaso: el olvido de todo aquello que mereció la pena empezar a construir; el miedo a dejar de importar, a desaparecer. El horror es la isla desierta, el lugar que refleja la compulsión de aquel que intentando alcanzar sus propósitos, termina habitando un lugar en el que sólo queda él. Un lugar en el que, como el Dr. Manhattan o Hancock, el recuerdo eventualmente acaba convertido en amnesia y los sueños en la manifestación del determinismo. La isla desierta, un lugar para dejar de sentir.