El otro director

En El tercer hombre (The third man, Carol Reed, 1949) la alargada sombra de Harry Lime se escurría entre las ruinas de Viena. Simultáneamente, la inmensa sombra de Orson Welles oscurecía la labor del director de la película Welles, en su elaborado y astuto estilo maquiavélico, negó tener responsabilidad alguna sobre la mayor parte de la obra, Al dejar una parte al libre albedrío de la interpretación de críticos y fans, incluso declarando que la frase sobre los suizos y el reloj de cuco era sacada de alguna otra parte, acrecentaba la sospecha de que él era el otro director de El tercer hombre.

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Coraline descubre en la vieja mansión en la que se instala con sus padres un paso secreto a otro mundo. Un mundo dónde la diversión está asegurada, dónde el jardín, setos, parterres y flores, conforma sus rasgos, dónde las viejas vecinas ejecutan un número acrobático para una audiencia perruna y dónde el otro vecino alberga un prodigioso circo de ratones. Sin embargo lo más apasionante de esta comunidad son los otros padres. Se trata de padres agradables, simpáticos y bien dispuestos a hacer la vida más placentera para su hija, idénticos en todo a los padres de verdad, salvo en su encanto… y en que tienen botones en lugar de ojos. Los padres de Coraline, los de verdad, no tuvieron mayor originalidad que ponerle un nombre de vocales invertidas respecto a la tradición Como en el caso de Alicia (la de Carroll, la de Disney, posiblemente la de Tim Burton que ya se acerca), como en el caso  de Chihiro (El viaje de Chihiro, Sen to Chihiro no Kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001), los padres son aburridos. Y, aquí, inclluso falsos, tanto en cuanto se ganan la vida escribiendo  libros de jardinería aunque desprecian esta labor, las plantas, los jardines y el barro. Pese a los botones en las cuencas, este otro mundo representa para Coraline  como en tantas películas de fantasía la libertad y la alegría de vivir. El paso al otro mundo es el deseable túnel que muchos soñamos de pequeños, la puerta a un mundo más próximo a nuestras fantasías y nuestros anhelos. Pero, ya se sabe, la libertad tiene un precio y Coraline deberá aprender a valorarlo en esta brillante comedia de fantasmas.

Henry Selick crea un mundo fascinante para Coraline y para el propio espectador que contempla asombrado como las dos ancianas se lanzan a vuelos en trapecio ante una multitud de terriers, como éstos se transforman en vampiros en la peor de las pesadillas o como el jardín cobra vida y se ilumina al paso de la niña. Pero Selick tiene también una clara capacidad poética y su habilidad no se limita a unas escenas que aparejan la imaginación con las dotes artísticas. En una de las mejores secuencias sigue los pasos de la aburrida Coraline por las diversas salas de la casa, tratando de encontrar motivos de diversión en un simpático y creíble encadenado de gags. En James y el melocotón gigante (James and the giant peach, Henry Selick, 1006) demuestra ser un buen conocedor del espíritu infantil y nos ofrece una nueva versión del País de las Maravillas aunque en esta ocasión el de Cheshire es suplantado por un gato tan oportuno como sarnoso y la Reina por una madre no menos peligrosa cuya intención no es cortarle la cabeza a Coraline sino abducirla, colocarle botones en lugar de ojos y robarle el alma.

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Coraline, transmite el goce de la fantasía al espectador. Como la reciente  Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, Hayao Miyazaki, 2008) demuestra, por si aun fuera necesario, la capacidad creativa del cine de animación y la amplia gama de sugerencias que puede desencadenar. Como ésta, recupera el niño que llevamos dentro. Pero, ¿a quién se lo debemos?, Coraline no despeja del todo el  viejo enigma. ¿Le robó Tim Burton el alma a Selick en Pesadilla antes de Navidad (The nightmare befote christmas, Henry Selick, 1993)? Aunque Selick tiene madera de grande, como James… y Coraline demuestran. parece limitado a la categoría de otro director bajo el peso de la sombra de Burton. Hay sin duda constantes en su obra, desde una visión complaciente, incluso apasionada, por lo mórbido (compartida con Burton) a una estética muy determinada en la paleta de colores y motivos: las manos que andan, las arañas e insectos de todo tipo, los trenecitos de juguete, las referencias a golosinas o las mansiones solitarias en una loma. Al Selick de Coraline (y al de James y el melocotón gigante) le falta, no obstante, el encantador frenesí de  Pesadilla antes de Navidad. Tal vez por que está ausente medio Burton, el compositor Danny Elfman. Aquí las funciones las ejerce Bruno Coulais quien dirigiera musicalmente las coreografías de insectos de Microcosmos: (Microcosmos. Le peuple de l’herbe, Claude Nuridsany y Marie Pérennou, 1996). Tal vez por que  en Pesadilla… el wellesiano Burton aportó su discreta participación en una historia y unos trazos que tanto tenían que ver con Frankenweenie (id, 1984), Bitelchus (Beetle juice, 1988), Batman (id.1989), Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), La novia cadáver (Corpse bride, 2005, dibus sin Selick), o Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the chocolate factory, 2005, cinta con actores que parecían dibus). O, tal vez, simplemente, porque el propio Selick estaba allá más inspirado. De hecho, más inspirado que el Burton autocomplaciente y menos reconocible de El planeta de los simios (Planet of the apes, 2001) o Sweeney Todd (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, 2007)

Posiblemente persistirá la duda acerca del otro director de El tercer hombre. Pero, si nos ponemos paranoicos, digo, cinematográficos, podríamos pensar que Burton y Selick no son el otro sino que, como Charlie Kauffman y Michel Gondry, como el caso contado por Robert Mulligan, son uno mismo, Jeckyll y Hyde del cine moderno.