Notas aplazadas sobre J.B.: Mirar y escuchar

Cada cierto tiempo, de manera casi inevitable, terminamos por perdernos entre la informe maraña de películas de estreno dejándonos arrastrar incluso en consideraciones sobre tal o cual cineasta, movimiento —muchas veces más supuesto o construido que verdadero— o película que en la mayor parte de los casos no merecen siquiera el esfuerzo, saliva, o papel (virtual o no) que se les dedica. Afortunadamente, también, cada cierto tiempo, otro cineasta u otra película acuden a nuestro rescate. Con mano dura y amante nos despiertan de nuestro letargo para recordarnos que el cine, el arte —o aquello por lo que comenzáramos a interesarnos hace tiempo ya— es otra cosa, o al menos, está en otra parte y que para verlo tan sólo es necesario abrir los ojos y mantener la mente despierta. La antología que Punto de Vista [1] dedicó el pasado año al realizador de Milwaukee, James Benning, fue para muchos de los que pudimos asistir al festival, uno de esos momentos reveladores. Ocho filmes seleccionados y presentados por el propio Benning en Pamplona, que tienen, como escribió Santos Zunzunegui [2] —retomando la feliz imagen de Mizoguchi—, la capacidad de limpiar la mirada frente a una «cancerígena proliferación de imágenes indiferentes».

Si existe una aspiración común a las imágenes y sonidos con los que Benning construye su obra ésta es la de hacer ver y escuchar. Precisamente sobre estos asuntos (“Looking and Listening”) versa la clase que el cineasta norteamericano imparte desde hace unos años en el California Institute of Arts. Benning acompaña a sus alumnos en excursiones por la naturaleza y los insta a que escuchen y vean. Algunos tendrán la tentación de burlarse, les parecerá algo ingenuo o utópico, pero estoy convencido de que muchos realizadores/espectadores/críticos actuales harían bien en asistir a alguna de sus clases.

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Su cine, eminentemente contemplativo, se apoya decisivamente en el estructuralismo de sus propuestas, que conforman su armazón en delicada relación entre lo poético, lo numérico y las matemáticas. La estricta  duración de los planos en sus filmes: de un minuto en One way boogie woogie (1977) y 27 years later (2005); dos minutos y medio —el equivalente al metraje completo de una bobina de 16mm.— en su trilogía de California (El Valley Centro, Los y Sogobi) ; o los diez minutos por cada cielo de Ten skies (2004), otorgan a sus imágenes una rotundidad y monumentalidad pocas veces experimentada en una pantalla de cine. Sus filmes partiendo del minimalismo trazan un sólido y tenaz recorrido por la Historia (paisajística, política, temporal) de Norteamérica.

Resulta complicado pensar en otros cineastas con la capacidad de conformar una filmografía tan estricta en cuanto a sus principios fundadores y que logre  mantenerse y reafirmarse, de un filme a otro; el cine de James Benning se conecta  de este modo, con el de autores tan dispares como Robert Bresson, Straub & Hulliet, Michael Snow o Yasujiro Ozu —que firmaría, sin dudarlo, unas cuantas tomas de RR (2007)—. Benning permanece con un pie anclado en el más absoluto primitivismo: la voluntad de captar las imágenes en movimiento, respondiendo al simple poder de su fascinación, que parte de los hermanos Lumiére; y el otro firmemente aposentado en la vanguardia: los experimentos formales de Andy Warhol, el propio Snow o la poética de Maya Deren y los movimientos artísticos afines a su experiencia, como el Land-Art de su admirado Robert Smithson.

La estructura, para los grandes cineastas, es el todo. El ritmo, el color, la luz, la serialidad. A través de ellas, como decía Jonas Mekas, llegamos a lo indescriptible, a lo invisible. Es en ese terreno donde hay que calibrar la obra de un cineasta como James Benning. Recuerdo ahora las ultimas palabras —al menos las últimas en la pantalla— del cineasta holandés Johan Van der Keuken, quien, ya gravemente enfermo, en su casa de la sierra andaluza, hablaba con su hijo mientras éste lo grababa con una cámara digital; luego, saliendo al exterior, contemplaba por unos instantes el horizonte y, fascinado, decía simplemente: «Mira esa luz», sinceramente maravillado por que algo así pudiese existir. Hay pocos cineastas con la pureza necesaria en su mirada para asombrarse ante un cielo. Benning es uno de ellos.


[1] Y que días después, ampliada pasó por A Coruña, en trece sesiones repartidas entre el CGAI y la Fundación Luis Seoane.

[2] Cahiers du Cinéma-España, enero de 2008.