La expectativa era enorme. Un Benning en formato digital. Un Benning alejado de sus espacios habituales —el paisaje urbano, desértico o industrial de Norteamérica— decidido a retratar la europea e industrializada zona del Ruhr. Tras la proyección, una única conclusión posible: todo sigue igual en el planeta Benning. El método, que corre hacia una esencialización extrema, similar al trazado ya en los filmes que componen su Trilogía de California: una sucesión de composiciones paisajísticas aisladas que por efecto acumulativo acaban por conformar una imagen clara y crítica del paisaje capitalista actual. Siete planos en dos horas de metraje. O, más bien, seis planos en una hora de película más un último plano de otra hora de duración. El digital —¡y qué digital!— resulta tan preciso en sus contornos y colores como lo son sus elaboradas tomas en 35 o 16mm, reforzado además por la sabia utilización de la, habitualmente denostada, profundidad de campo propia de la tecnología digital a la que Benning saca un estupendo rendimiento. Ahora pareciera que el único dilema que asalta al cineasta de Milwaukee sea dónde iniciar y dónde finalizar una toma —aquel ya planteado por Godard, cobra en Benning pleno sentido— sin la habitual coartada estructural (generalmente determinada por la propia capacidad de las bobinas) que guiaba algunos de sus filmes precedentes.

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En el cine de Benning, un acontecimiento reside en algo tan minúsculo como que en un determinado momento una hoja llevada por el viento cruce parte del encuadre; la espectacularidad —pues Benning es sin duda un cineasta de lo espectacular—  pasa por el milimétrico sentido del ritmo y la musicalidad —con formas casi jazzisticas de solos y estribillos— de los planos que compone: ¡Cómo hablar sin parecer exagerados del estremecimiento que pudimos sentir al contemplar la natural vibración de las copas de los árboles a las afueras de un aeropuerto! Benning está mucho más cerca de la ecuación sirkiana del motion-emotion que casi cualquier otro cineasta en activo; el goce puro de la observación que nos conmueve con la rigurosa precisión de su propuesta, a la que cabe añadir una vuelta de tuerca más en el concienzudo trabajo de construcción ejercido sobre la banda sonora; pareciera que el digital ha llevado a Benning a aguzar el oído aún más.