La Berlinale de este año llegó prometiendo demasiado con el letrero luminoso —casi escandaloso— de su 60 cumpleaños por delante. Lamentablemente, si hay algo por lo que se recordará este edición del festival berlinés será únicamente por eso, por un aniversario envuelto en homenajes a sí mismo y repleto de anécdotas pero con ciertas dificultades para mirar hacia adelante. De hecho, lo mejor de esta Berlinale venía del pasado. Esa fantástica reposición al aire libre de una Metrópolis restaurada y  una inmejorable sección de Retrospektive, que bajo el nombre de Play it again Sam, nos trajo decenas de títulos que ya estuvieron en Berlín en algún momento de las pasadas seis décadas (desde Magnolia a Al final de la escapada, pasando por Repulsión o El matrimonio de Maria Braun) pusieron el listón muy alto a los aspirantes a formar parte de la mejor historia del festival.

No soy yo de los que despedazan una Berlinale entera con sentencias fáciles e injustas sobre la progresiva pérdida de nivel. No se ajustaría tampoco a la verdad. Pero hay que reconocer que esta 60 Berlinale ha dejado demasiado cine modesto y poco poso. Tras dejar el arranque en manos de maestros como Polanski o Scorsese, que en los primeros días del festival presentaron The Ghost Writer y Shutter Island, el público de Berlín fue pasando del aplauso a la indiferencia hasta llegar al abucheo indignado con la impresentable Jud süss – Film ohne Gewissen, de la que lo mejor que se puede decir es que como telefilm puede resultar divertida (aunque no lo pretende en absoluto).

Pero como el ave fénix resurgiendo de sus cenizas, Berlín salvó la papeleta con una remontada en el último día y medio gracias a una Natalia Smirnoff que nos agarró el corazón con su Rompecabezas, el cuento imposible de Benoit Delépine y Gustave de Kervern que con Mammuth nos regalan al Gerard Depardieu más inmenso (en todos los sentidos) y el The Killer inside me que, si bien no gustó a todos, al menos agitó las salas dividiendo a la audiencia entre la indignación y el respeto.

Por el camino, por supuesto, también se dejaron ver algunas joyas. Recordaremos aquí a las que se reconoció con algún premio.

Bal (Honey), de Semih Kaplanoğlu. (Turquía/Alemania)

Decían muchos críticos por los pasillos de la Berlinale que la turca Bal era ciertamente buena, aunque no para tirar cohetes. Habrá que saber cuándo tiran cohetes los críticos de ahora porque la belleza visual que el director turco Semih Kaplanoğlu presenta ante el público en este drama rural a medio camino entre el cuento de fantasía y la lírica de la naturaleza se encuentra pocas veces en el cine. La historia de Yusuf, un niño de siete años enamorado de su entorno e incansable perseguidor de cada movimiento de su padre apicultor, cierra la trilogía Yusuf, iniciada por el director en 2007 con Yumurta (Egg) y continuada en 2008 con Süt (Milk), que pudo verse en el Festival de Venecia. Las tres películas están ambientadas en la Anatolia profunda y, según el propio director, son una especie de búsqueda de lo que ocure en “el alma de las personas”.  Bal ha sido sin duda la mejor película de esta Berlinale, algo que por suerte no se le escapó a un jurado capitaneado este año por Werner Herzog (y eso que la participación en el mismo de René Zellweger nos hizo dudar hasta el último momento): Oso de Oro a mejor película Hay que decir, aunque suene malicioso, que también pudo ayudar en la carrera hacia el oso el hecho de que los alemanes vendieran la película casi como propia por haber participado en la producción.  Ya sabemos que la Berlinale no perdona su cuota alemana de premios y lo presentado este año en competición no daba ni para un diploma de escuela. Resultó, de hecho, algo embarazoso ver cómo al subir a recoger el premio a la mejor película casi hablaron más tiempo los productores alemanes que el propio director. Pero, al margen de anécdotas, lo que debe quedar presente es la calidad de la película ganadora. La belleza del cine de Kaplanoğlu  la comparan muchos con la de las películas de Victor Erice y hay que decir que la relación no tiene discusión. Pero, por suerte, la diferencia es también grande y la búsqueda de esas almas en la Anatolia de Kaplanoğlu tiene ya su propia personalidad. El cine turco está lleno de futuro en sus manos.

Eu cand vreau sa fluier, fluier, de Florin Serban (Rumanía, Suecia)

Esta pequeña película rumana marcó la diferencia en el festival a pesar de que su temática se ajustara al 100% a la de la mayoría de películas exhibidas. Drama familiar, con cárcel de por medio, aislamiento, incomprensión… lo que nos da la película de Serban y no nos dieron otras es intensidad y coherencia. Adaptación de una obra de teatro rumana, los últimos cinco días del joven Silviu en un reformatorio de Rumania y la forma en que estos se complican cuando Silviu descubre que su madre quiere llevarse a su hermano pequeño a Italia antes de que él salga se convierten en un impactante retrato de la criminalidad juvenil en el país, pero también en una conmovedora historia de incondicionalidad e ilusión. El joven George Pistereanu, en su primer papel, encarna a la perfección las contradicciones y las luchas internas de un adolescente empujado a la delincuencia juvenil pero con una inocencia y una capacidad de soñar intactas. Logró el Premio Especial del Jurado.

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The Ghost Writer, de Roman Polanski (Francia, Reino Unido, Alemania)

Fue la sorpresa de la Berlinale pero no porque no mereciera su premio (Oso de Oro al mejor director) más que nadie sino porque pocos esperaban ya que el gran cineasta polaco volviera a los titulares por su cine. Esta va para todos ellos. Hay muchas maneras de explicar por qué este thriller político perfectamente encajado y que mantiene una tensión imposible durante la mayor parte de sus dos horas de metraje era la película mejor dirigida de esta Berlinale. Mi explicación favorita es la menos técnica. Y es que desde el primer minuto de película uno se da cuenta de que no hay un sólo plano en el que no se vea la mano de Polanski. No hay un segundo de la película en la que el espectador pueda despistarse y relajarse, dejar de pensar, teorizar, dar vueltas a lo que pasa…. porque antes de llegar a ninguna conclusión —un segundo antes de cada vez— el maestro nos confiesa lo que aún no hemos pensado y nos pone otro misterio en la pantalla. Dicen algunos que de redonda es olvidable. No puedo estar de acuerdo. Además de hacernos pasar un muy buen rato, The Ghost Writer nos muestra que el pulso del maestro sigue sin temblar. Polanski no estuvo en Berlín, no hacía falta, estaba en cada segundo de su fantástica película.

Kak ya provel etim letom (How I ended this summer) , de Alexej Popogrebski (Rusia)

La película preferida de la mayoría de los críticos de esta Berlinale no podía irse de vacío. El duelo interpretativo entre Grigori Dobrygin y Sergei Puskepalis —y el de ambos con la naturaleza— que sostiene esta historia de supervivencia en el ártico se resolvió con un merecido premio compartido a los actores en una edición que no había brillado precisamente por sus interpretaciones. Además logro otro Oso de Plata a la aportación artística de su fotografía, a cargo de Pavel Kostomarov.

Carterpillar, de Koji Wakamatsu (Japón)

Por el mismo motivo, el Oso de Plata a la mejor actriz: Shinobu Terajima ni sorprendió ni cayó mal. Aunque más de uno había apostado por la argentina Maria Onetto y su conmovedora ama de casa aficionada a los puzzles de Rompecabezas, nadie puede quitarle mérito a la contenida interpretación de Terajima que personifica el sufrimiento y la devoción en la impactante historia sobre un soldado japonés de la Segunda Guerra Mundial que regresa a su aldea sin brazos ni piernas.

Tuan yuan (Apart Together), de Wang Quan’an (China)

Quizá el premio con menos respaldo por parte de la crítica fue el Oso al mejor guión para este film chino escrito por Nan Jin y el propio director, Wang Quan’an. La tierna historia de amor otoñal de una pareja separada por la división de un país abrió el festival y dejó al público con la media sonrisa del que ha visto algo bueno pero no excepcional.