Los de siempre

La muestra siempre vuelve. Como siempre, diversos acontecimientos intentan impedir que podamos asistir a todo lo que queremos. Que si tocan Tachenko cuando la de Johnnie To, que si hay un derby cuando la de Rob Zombie. Pero como siempre, Miradas de Cine estuvo allí (gracias a Tatiana de NBC Universal, que nos trató tan bien como siempre, y que siga), y nos dimos un buen festín de cine de género, con uno de los mejores carteles de la muestra de los últimos años. Como siempre, los de siempre intentaron hacer los visionados más difíciles, riendo en las escenas dramáticas o de sexo. Como siempre, y cada vez con menos gracia (y eso que otros años nos caía mejor), presentó Leticia Dolera, que parece que tenga el síndrome de Benjamin Button, pues cada vez parece más pequeñita. Con su aspecto de quinceañera rebelde, no se cortaba en decir que se salió de Amer (de lo más grande del género que se ha visto en salas en mucho tiempo) para ir a jugar al bingo, porque no ocurría nada, como el año pasado con Vynian. Vamos, que esta chica siempre se pierde las mejores. No sabemos si al año que viene podrá presentar a este ritmo que lleva. Pero lo suyo es hablar del cine que vimos, que fue regular, sorprendente, curioso, divertido, ingenioso… y que se cerró con un film, Halloween II, que nos impresionó de una u otra manera que estamos preparando algo especial sobre él sin esperar a un estreno comercial en España por el momento incierto.

Selección de cortos

La sesión arrancó con el mockumentary Arbeit für Alle, de Thomas Oberlies y Matthias Vogel, una ingeniosa crítica a las políticas de retraso de la jubilación que plantean algunos gobiernos europeos que, por desgracia, pierde fuelle cuando se convierte en un tosco festival de miembros amputados y vísceras sanguinolentas. El rollo zombie ya harta, y la lectura del género como metáfora social de la alienación capitalista no se la cree ni Romero. También hubo muertos vivientes en Paris by the Night of the Living Dead, de Grégory Morin, cineasta de culto en el circuito underground francés, que se gasta los buenos dineros de que dispone para deleitarnos con otra orgía sin sentido de carne picada que apela a los instintos más bajos del espectador. Quiere ser como el Planet Terror (2007) de Robert Rodríguez, pero cruza la línea del mal gusto y se convierte en un producto que firmaría con orgullo Uwe Boll. La dosis de putrefacción e higadillos culminó con la sí ingeniosa Touchdawn of the Dead, de Pierre Mousquet, Marc-Antoine Deleplanque y Seynave Hubert, que recurren a una estética de animación tipo Beavis y Butthead para contarnos la odisea de un tipo al que el fin del mundo le importa menos que ganar una apuesta deportiva. Tiene el don de la brevedad y auténtica mala leche. The Last Breath, de David Jackson, mezcla los ambientes malsanos del primer (y mejor) Raimi y el suspense del último (y peor) Shyamalan, pero las horribles interpretaciones de los actores neutralizan la atmósfera y la acción desemboca en un clímax previsible, lelo y carente de ingenio. La idea merecía mejor suerte. Igualmente fallida resultó King Crab Attack, de Grégoire Sivan, quien, al estilo de los falsos trailers de Grindhouse (vv.aa., 2007), trata de vendernos la historia de un cangrejo gigante que amenza una pequeña localidad portuaria. El autor quiere demostrarnos que ha visto mucha serie B de monstruos tipo Godzilla, pero no ha asimilado la voluntad lúdica de ese cine y nos lanza un ladrillo. Las muñecas Barbie inspiraron dos curiosos experimentos. Barbie Girls, de Vinciane Millereau, que mira de reojo el cine de Alexandre Aja para tratar con un humor negrísimo las relaciones de amistad entre tres amigas. Y Barbee Butcher, de Sophie Lagues, a la que le bastan 25 segundos para reírse con agudeza del canon de belleza que proponen las famosas muñecas. Cerró la sesión Amona Putz!, de Telmo Esnal, una sosa rereflexión sobre las parejas que delegan en los abuelos la educación de sus hijos. La ironía de la historia pedía a gritos una puesta en escena menos convencional y diálogos más punzantes.

Raúl Álvarez

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Amer, de Hélène Cattet & Bruno Forzani (Bélgica, 2009)

Realmente no sabemos muy bien que hacía una película como Amer en un festival como este. Pero realmente tampoco sabemos que hace tanto estúpido sin gracia con afán de hacerse el gracioso en las butacas del Palafox. Fantaseábamos más tarde con que terminada esta semana se convierten en gárgolas  y vuelven al cemento de vivir con sus padres y de tener un adsl del copón. O cosas así. Lamentable sesión la de una película interesante, subyugante, poderosa y especial. Interesante por su atrevimiento, subyugante por su propia naturaleza (y la nuestra), poderosa por la determinación de su concepto (y la imagen de éste) y especial porque es diferente que es algo que se puede decir al año del 1% de las producciones. Una mezcla de características que funciona como obra teórica cinematográfica sobre el giallo y como ejercicio funambulista que se dirime entre la video creación y el arte y ensayo demostrándose bien repleta de funambulismo, de creación,  de arte y de ensayo (y de algún error también, claro). Además, qué coño, a Leticia Dolera (actriz española de obra infame: Besos de gato, Semén, una historia de amor, Un café en cada esquina, Prime time o Imago Mortis) no le gustó así que tiene que ser bastante buena entonces.

Manuel Ortega

Kynodontas / Canino, de Giorgos Lanthimos (Grecia, 2009)

El arma con el que nos domina el poder es el lenguaje. Lo explicaba muy bien David Bravo en un interludio de Un tipo cualquiera de Tote King. La utilización de la palabra como arma de destrucción masiva ha sido poco transitada  por el cine aunque últimamente si hemos tenido algún brillante exponente como La cuestión humana de Nicolas Klotz. Canino camina esa vereda abierta, la magnifica y la reduce al absurdo para ofrecernos una estilizada propuesta que utiliza el humor para ponerse seria y la seriedad para que nos riamos por el ridículo. Su concepto abrupto del ritmo narrativo y el montaje sirven como tempo y visualización de sus propias estrategias, acercándonos al primer Haneke mediante la exploración inmisericorde de la propia naturaleza de la imagen y la del ojo que la ve. Lanthimos parece querer decirnos que la imagen también es lenguaje y por eso también conlleva un peligro. Como la frialdad de la mente y la calentura de los cuerpos. O la educación de los animales y el amaestramiento de los humanos.

M.O.

Cargo, de Ivan Engler & Ralph Etter (Suiza, 2009)

En Suiza no suelen hacer cine de estos géneros, pero está claro que dinero sobra por aquellas latitudes, y no extraña pues que se puedan montar tamaña megaproducción. Así, aunque los protagonistas y parte del argumento parezcan sacados de Plutón BRB Nero, el diseño de producción, los efectos especiales y la otra parte de la trama remiten a Alien, el octavo pasajero. Lástima que el monstruo que todos queríamos se sustituye por un anarquista-pacifista que al principio parece malo, pero luego resulta tierno y entrañable así que al final toda la tensión y el suspense se diluyen en una trama que nos traslada a Matrix o La isla (pero la de Michael Bay, que no la de Kim ki-duk) Aún así, la cosa, visualmente muy atractiva, todo hay que decirlo, dio que hablar y el público se lo pasó particularmente bien cerca del desenlace con una de esas secuencias de astronautas pululando en el exterior de la nave a lo Misión a Marte.

Sergio Vargas

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The Children, de Tom Shankland (Reino Unido, 2008)

Tom Shankland no es mi director favorito pero es un cachondo. Tanto Waz (w Delta z, 2007) como The Children (las dos películas que he visto de él) tiene un algo que hacen que mucha gente disfruten con el horror, lo retorcido y lo enfermizo. No sé muy bien lo que es pero funciona. Puede que sea esa habilidad para ralentizar la entrada en acción o incluso para fragmentarla ya metido en harina (en esta película hay una escena montada con 3 acciones al mismo tiempo) o puede que sea su gusto por lo oscuro oscuro sin pasar por la gama de grises. Yo acabo sin pillarle el punto y por eso The Children me parece un ejercicio malsano y con aciertos puntuales pero convencional, conformista, funcional y desprovisto de cualquier profundidad o lectura que vaya más allá de las propias claves genéricas más reduccionista. Una película que se ve tan fácil como se olvida y viceversa, que cumple sin nota con el grito acompasado y la risa nerviosa del público más dispuesto.

M.O.

Cold Souls, de Sophie Barthes (EE.UU., 2009)

La apropiación de un miembro ajeno que nos revela otro yo es un motivo clásico dentro del género fantástico. Relatos como La nariz (1836) de Nikolái Gogol o films como Las manos de Orlac (Mad Love, 1935) de Karl Freund han explorado las consecuencias morales y psicológicas nacidas del contacto con un elemento extraño que pasa a formar parte de nuestro propio cuerpo. El deseo de perpetuarse o vivir distintas experiencias, conjugado con el miedo a perder la identidad se desplazan en pleno siglo XXI a los terrenos de la mente, una vez el cuerpo ha agotado su interés. En Cold Souls, el alma adquiere corporeidad y abarca el vasto territorio del inconsciente. Paul Giamatti es un actor atrapado en un personaje que ha desatado todo un conflicto existencial. La terapia pasa por aceptarse a sí mismo y volver a nacer. La película deambula por los límites de los guiones de Charlie Kaufman (la excentricidad de la premisa, la coda metaficcional), las novelas de Boris Vian (el tiempo suspendido, los trazos emocionales de la psique), y el cine de Michel Gondry (la transparencia del fantastique, la fragilidad de sus personajes). Una obra que quiere ser más marciana de lo que en verdad demuestra, y que su adherencia a un cierto peaje indie le impide ser más libre de lo que realmente es.

Roberto Alcover Oti

The Crazies, de Breck Eisner (EE.UU., 2010)

Resulta curioso que la mayor parte de las intrigas argumentales sobre las que se basaba buena parte del cine de terror de los setenta sigan estando en plena vigencia. Y es que lo coyuntural termina en algún momento por convertirse en universal para alcanzar un estatus de atemporalidad que permite que una idea reciclada tenga un tiempo de vida casi inabarcable. No ocurre en todos los casos, sobre todo porque el cine actual es muchísimo más conservador que el que se hacía en aquella época y la mayor parte de los directores (a excepción de honrosas excepciones como Marcus Nispel, Alexander Aja o Rob Zombie) no tienen agallas para extraer el alcance significativo y la fuerza expresiva para elaborar una obra que sea capaz de emanar la malsana creatividad que residía en esos originales. No es el caso de The Crazies, una película que, sin muchas pretensiones, supera el original firmado por George A. Romero en 1973 aportándole una mayor fluidez narrativa y una excelente solvencia formal a través de resoluciones visuales en algunos casos tan milimétricas en su elaboración secuencial, que se convierten en set pièces de auténtica precisión estilística. Su desmitificador poder subversivo unido a un estimulante sentido del humor, permiten que esta survival horror movie se convierta en una de las películas de aventuras más entretenidas de la temporada.

Beatriz Martinez

The Descent 2, de Jon Harris (Reino Unido, 2009)

Liberada de los efluvios psicologistas de su predecesora, The Descent 2 viene a ser lo que El retorno de los malditos (The Hills Have Eyes II. Martin Weisz, 2007) a Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes. Alexander Aja, 2006), una secuela dionisíaca donde prima el caos hemoglobínico al desarrollo caracterial. Mientras que en el film de Neil Marshall se desplegaba todo un conflicto humano dentro de un marco extremo, en esta ocasión el ejercicio se reduce (¿se sintetiza?) a un conglomerado de set pieces más o menos afortunadas pero siempre redundantes en carnaza y látex. Su construcción rememora a toda secuela genérica que se precie: se empieza donde se terminó, se recicla la trama, se retoman los personajes, y se apela a la mitología de una saga que tiene en las nuevas amazonas su punto fuerte. Sabíamos del triunfo de The Descent 2 como sesión golfa de este Syfy: el estudio de los hábitos fecales de un grupo de mutantes subterráneos nunca tendrá desperdicio lúdico.

R.A.O.

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The Disappearance of Alice Creed, de J Blakeson (Reino Unido, 2009)

La película con el título más difícil de pronunciar y quizá el más inquietante resultó una agradable sorpresa. Una peli inglesa 100% y a cuyo director según la Dolera han bautizado como el nuevo Danny Boyle. Reconozco que Boyle tiene cosas que me gustan, y algunas mucho, como Tumba abierta (Shallow Grave, 1994), con la que esta puede tener ciertas similitudes temáticas, pero afortunadamente Blakeson nada tiene que ver con el director de las nefastas La playa (The Beach, 2000) y Slumdog Millionaire (2008). El film comienza sentando las bases de una forma cruda que nos hace plantearnos si nos hallaremos ante un torture porn o algo parecido pero la cosa rápidamente cambia de tercio y con una historia que se va desenvolviendo en torno a dos giros sorprendentes distribuidos de forma equilibrada, bascula entre la comedia negra y el suspense logrando un entretenimiento de alto nivel gracias a unas muy buenas interpretaciones (a destacar la joven Gemma Arterton) y una meticulosa puesta en escena.

S.V.

Fuk sau / Vengaence, de Johnnie To (Francia y Hong-Kong, 2009)

Como en sus mejores thrillers de acción, el genial Johnnie To construye a partir de los temas, constantes y formas que tantas veces ha contado, mostrado y reformulado, una pieza poderosa que reclama tanto el significante como el significado. El excelente libreto escrito por Wai Ka-Fai, habitual colaborador de To con el que ha compartido incluso labores de dirección (la última en Mad Detective, Sun taam, 2004), concentra alguna de las ideas más atractivas de una historia que no necesita ningún reposo y rehusa encontrar una comodidad, que hubiera sido improcedente. Por eso el conflicto evidente que acusa el desubicado protagonista en un país y lenguas extraños queda disuelto por mor de la filiación profesional y humana entre los asesinos a sueldo, surgiendo un extraño elemento desestabilizador: al envejecido héroe, fuera del negocio desde hace años y convertido en imposible chef, una bala alojada en su cabeza vuelve del pasado para borrarle poco a poco su memoria reciente. Devastadora visión sobre la idea de la venganza y sus sentidos, matizada por esos exultantes tiroteos de lecturas mútiples, especialmente el último.

J.D. Cáceres Tapia