La práctica hace la perfección

Existen en la vida y en el cine algunas evidencias que, pese a ser completamente sabidas, casi siempre nos pasan por alto. Es el caso de la luz y su papel en las películas. Es de sobras conocido que su función no es sólo iluminar, sino también crear atmósferas, bañar la imagen dramáticamente; es más, también definir contornos, crear figuras y ayudarnos a imaginar mundos. Pero aunque todos parecemos ser conscientes de ello, pocas veces lo vemos tan claro como en el último largometraje de Pedro Costa. En él nos encerramos en un estudio de grabación para escuchar a Jeanne Balibar, a quien conoció en 2002, cuando ambos eran jurado en el FID Marseille: confiesan que poco recuerdan de las películas, pero mucho de las charlas que mantuvieron, que han terminado desembocando en esta excelente pieza llamada Ne change rien.

En ella, Balibar ensaya una y otra vez las estrofas que se le resisten, y su rostro, sometido a la dureza de la repetición, es moldeado por los blancos y los negros: es así como deviene la imagen evanescente de una cara que aparece y desaparece, fundiéndose en la oscuridad y desvelándose de nuevo, deformándose sin deformarse, cambiando sólo en la superficie que nos llega de ella y emergiendo de las sombras con el poder de los rostros del cine mudo. A veces, vemos a la actriz de la Comédie Française, que debutó en el cine con Arnaud Desplechin (La sentinelle (1992) y Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996)) y se consolidó con Olivier Assayas (Finales de agosto, principios de septiembre (Fin août, début septembre, 1998) y Clean (2004)) y Jacques Rivette (Vete a saber (Va savoir, 2001) y La duquesa de Langeais (Ne touchez pas la hache, 2007); otras veces, a la autora de canciones suaves y a su vez misteriosas, como la que da título al filme. ¿Quién es realmente la protagonista de Ne change rien? ¿Una Balibar actriz que hace de cantante? ¿Una Balibar cantante que hace de actriz? ¿O la persona real, sin máscaras, acosada por una profesora de canto lírico que agota sus energías? Enigmas que se multiplican al sentarnos a conversar con ella: ante todo nos encontramos con una artista preocupada por el estado de la cultura en Europa, que poco a poco nos va hablando de sus inquietudes y sus gustos, siempre teniendo en la cabeza la película de Costa que ha venido a presentar a Barcelona.

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El primer disco de Jeanne Balibar, Paramour, vio la luz a finales de 2003. La actriz se estrenó como cantante casi por casualidad: «Rodolphe Burger me enseñó unas canciones que había escrito y me preguntó si querría cantarlas». Burger, que también aparece en Ne change rien, es un músico muy respetado en la escena francesa; fue el líder de los extintos Kat Onoma —imprescindible su Far From the Pictures (1995)— y cuenta con varios discos a su nombre —intenten echarle una oreja a Cheval-Mouvement (1993) y No Sport (2008)—. Además, su árida guitarra —tan cercana en ocasiones a la de Lou Reed— puede escucharse en discos de Alain Bashung o Françoise Hardy. No debe ser casualidad que la actriz y el músico se conocieran trabajando en la obra de teatro de Jacques Séréna Velvette, cuyo texto gira alrededor de The Velvet Underground.

Pese a lo que pueda parecer, y a diferencia de otras actrices que coquetean con el mundo de la música, la implicación de Balibar en Paramour fue absoluta, escribiendo los textos de la mayoría de canciones y volcando en ellas sus intereses y obsesiones: «Al principio me lo tomaba como una actividad muy pasiva, pero a medida que fuimos ensayando y dando los primeros conciertos me fui metiendo en el proceso; me fui convirtiendo en músico. Hoy en día escribo las letras de todas las canciones [nota: intuimos que aquí se está refiriendo a composiciones recientes, pues en su segundo y de momento último trabajo discográfico, Slalom Dame (2006), todavía encontramos canciones compuestas por Burger o por el gran Dominique A.] y tengo muy claro lo que quiero obtener de la banda y cómo dirigirlos. Pero ha sido un proceso del que yo no era consciente. Pedro ha sabido capturar esta evolución en la película. Creo que a veces la gente que me mira ve cosas de las que yo no soy consciente».

Cuando le preguntamos qué ha descubierto sobre sí misma viendo Ne change rien, Jeanne Balibar se queda pensativa unos largos segundos, como si la cuestión la cogiera por sorpresa, y finalmente nos responde con un lacónico «», suavizado con unas risas. Luego añade: «Sí, muchas cosas. Mi fuerza, quizás. Pero en realidad eso es interesante únicamente para mí, y no soy yo quien debe recibir la película. Lo interesante para el espectador es poder ver actores a quienes no les dé miedo enfrentarse a nuevos retos. Hay actores que afirman que la cámara les roba cosas, están obsesionados con eso, pero no creo que sea cierto. Lo que yo intento es simplemente dejar pasar las cosas, que el proceso fluya». Costa filma este proceso de forma parecida a como registró en su momento a Vanda (No Quarto da Vanda, 2000) o a los Straub (Où gît votre sourire enfoui?, 2001): inmovilizando la cámara y dejando que los personajes revelen las ilusiones, el cansancio y los gestos espontáneos, que dejen pasar todas estas cosas que Balibar echa en falta en otros actores. Probablemente por eso dice que «el proceso creativo no es realmente el tema del filme. Es el medio en el que todo ocurre. El tema es más bien una mujer que trata de conseguir algo». Y, podríamos añadir, un cineasta que trata de conseguir algo en una mujer: la caída de su máscara de actriz, de su rostro de personaje, para que sólo quede la mueca del esfuerzo, el arrebato del éxtasis o la sincera sonrisa de la satisfacción.

Y es así como el encuentro entre la Balibar cantante y la Balibar actriz incluye, también, a la espectadora de cine. Ella se reconoce admiradora de los trabajos de Abbas Kiarostami, Apichatpong Weerasethakul, Wang Bing o Jia Zhang Ke, aunque el cine de estos autores, que propone un desplazamiento de la figura del intérprete y se mueve en los dominios del no actor, no parece hecho para una actriz francesa formada en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Es por eso que protagonizar una película de Pedro Costa, que habitualmente trabaja con actores no profesionales, le ha enseñado cosas nuevas: «Diría que ha cambiado mi manera de trabajar, porque me ha dado confianza. Antes veía este cine (Abbas Kiarostami, Jia Zhang Ke, Wang Bing…), me gustaba pero pensaba que no era posible hacerlo con actores como yo, y ahora con esta película veo que sí que es posible. No quiero decir que eso se vaya a repetir, pero en cambio esto ha hecho que, cuando trabajo en películas más clásicas, deje pasar cosas como las que hago en este tipo de cine, y que pueda tener la confianza de que va a ir bien». Declaraciones que no nos resuelven en absoluto nuestras dudas del principio, pues, al reconocer el valor de nuevas formas de interpretación, la Balibar cantante admite que no ha abandonado, pese a todo, a la Balibar actriz: «La verdad es que no me siento del todo cómoda cantando, pero eso está bien. Como actriz también disfruto de la incerteza».

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A estas alturas queda claro que llamar actriz a Jeanne Balibar es quedarse corto —¿intérprete, entonces?—, algo que ella misma se encarga de confirmar diciendo que su trayectoria artística es una carretera asfaltada en dos direcciones: «No hago distinciones. Esto es un único camino, muy extenso, que puede ir de la commedia dell’arte a Scarlett Johansson, pasando por Bertolt Brecht. Lo que me interesa a mí son las confluencias. No sé cómo es en España, pero en Francia no hay puntos de encuentro entre las diferentes nociones de modernidad. Es alucinante cómo la gente desconoce incluso lo más rudimentario de cada disciplina. No entiendo cómo se puede ser actor hoy en día y no saber quiénes son The Kinks, por ejemplo». A medida que suelta su discurso, la protagonista de Vete a saber empieza a acompañar sus inflamadas palabras con gestos de lo más expresivo, removiéndose en el sofá por el escozor que le produce la pasividad intelectual de algunos colegas. «Además es nuestra responsabilidad como artistas. En Francia parece que vivamos en el ambiente cultural de los años cincuenta: apariencia, burguesía, machismo… Debemos hacer algo para contrarrestar eso, decir “hey man, wake up!”. Si quieres hacer algo que tenga un impacto en la sociedad, no puedes encerrarte en tu dominio».

Aunque esta reflexión trasciende la propia naturaleza de Ne change rien, también expone con claridad meridiana los motivos que han llevado a Jeanne Balibar a embarcarse en un proyecto así. Cogiendo la música como intangible materia prima, ella y Pedro Costa han elaborado un film que deja en evidencia a tantos documentales musicales chatos y radiofónicos. Probablemente a ellos les dé igual si la práctica lleva a la perfección, tal y como afirman Wire —recordemos, el grupo predilecto del director luso— en la perversa canción que da titulo a este texto. Su materia prima de trabajo es precisamente la práctica, el durante. Ese es el hueso que hay que roer, y lo que resulte de ello (llámese película o disco) siempre será una conclusión provisional. Por eso Costa vuelve una y otra vez al barrio de Fontaínhas. Por eso Jeanne Balibar sigue encerrándose en el local de ensayo. La verdadera aventura, parecen decirnos, se oculta en esos claroscuros que en Ne change rien están siempre a punto de cegar —de devorar— al espectador dispuesto a aceptar las reglas de su exigente (mas satisfactorio) juego.