El hombre que nunca estuvo allí

En 1991 Jaco Van Dormael dirigió la película que le dio a conocer y que se convertiría en el mayor éxito de su carrera, proporcionándole la Cámara de Oro del Festival de Cannes y otros numerosos galardones, como tres premios Félix del cine Europeo y un César francés a la mejor película extranjera. El director afirma que la génesis de este proyecto estuvo contenida en unas palabras del poeta francés Arthur Rimbaud: «Llegamos a ser lo que pensamos que nunca deberíamos ser, y lo que pensamos que nunca deberíamos hacer».

Totó el Héroe es una película sobre el desencanto, el de un hombre, Thomas (Michel Bouquet), que ya instalado en la tercera edad, rememora sus años de juventud y se da cuenta de que nunca ha pasado nada en su vida. La única sensación que permanece intacta es la de odio, que se ha ido haciendo cada vez más fuerte con el tiempo hasta convertirse en una obsesión. Thomas cree que en el hospital donde nació, durante un incendio, fue intercambiado con otro niño, Alfred, y que éste le habría arrebatado la que hubiera sido su vida; una vida de privilegios, confortable, llena de comodidades, que le fue usurpada sin que nadie se diera cuenta Sin embargo, todos esos delirios de infancia, que no hubieran consistido en otra cosa que «en envidiar la vida del vecino rico que tenía todos los juguetes a los que él no tenía acceso», terminan derivando en una pérdida progresiva de la perspectiva. Thomas le echará a Alfred la culpa de todas las desgracias que a partir de ese momento ocurran en su vida. Por eso la película empieza con un disparo y un estallido de odio: «Te mataré».

Vemos la escena de un crimen y un cuerpo tumbado dramáticamente en una fuente. En realidad es el propio Thomas, que nos cuenta a modo de flash back (como el personaje de William Holden en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950)) todos los acontecimientos que han ocurrido hasta llegar a ese momento.

Para ello nos retrotrae hasta su infancia, cuando todavía creía que la vida iba a ser una gran aventura. Pero poco a poco irá creciendo en él el sentimiento de insatisfacción. Los chicos del pueblo lo ridiculizan, lo llaman «Van Sopa de Pollo», y también atacan con sus burlas a su hermano pequeño Célestin. Thomas se encerrará en su mundo, donde él será el protagonista de sus propias aventuras, donde será el héroe. Mientras ve en la televisión antiguas películas de misterio, construye un relato paralelo en el que él es un agente secreto encargado de proteger a sus seres queridos frente las hordas de sicarios capitaneados por el padre de Alfred. Él sería Totó el Héroe.

Pero el pequeño Thomas todavía no había sino empezado a transitar por la larga cadena de acontecimientos trágicos que trufarían su infancia, marcándola para siempre y provocando que ya nunca fuera libre y que su vida quedara atrapada en esos años. El primero es la muerte de su padre en un accidente de avión.

En todas las ficciones construidas por Jaco Van Dormael los personajes protagonistas viven marcados por el signo de la orfandad. En È pericoloso sporgersi el padre del niño se marcha en una locomotora mientras el pequeño corre desesperado tras él, y en El Octavo Día, Georges, después de perder a su madre es abandonado en una residencia para deficientes mentales porque su hermana no puede hacerse cargo de él.

La vida de Thomas (y la de todo su pequeño núcleo familiar) a partir de ese momento dará un giro radical. El ambiente doméstico se tornará lúgubre, y sólo tendrá el consuelo de su hermana Alice, de la que se encuentra secretamente enamorado.

Alice y Thomas compartirán un imaginario infantil reservado sólo para ellos. Confidencias, juegos secretos… entre ellos se irá gestando un juego de paulatina complicidad, quizás porque son los únicos que pueden ayudarse mutuamente dentro del desconsuelo y el desamparo en el que se encuentran sumidos. Alice es más consciente de la situación, y  culpa a la familia de Alfred de la muerte de su padre, ya que cuando su avión se estrelló se encontraba realizando un encargo para ellos.  Su ira la lleva a destrozar una imagen de la Virgen, a robar productos de la tienda de los Kant para luego incendiarlos en el aseo… son pequeños actos vandálicos en los que la joven canaliza su ira, su impotencia frente al sufrimiento. Pero quiere llegar un poco más lejos, a incendiar la casa de Alfred para que pague por lo que ha hecho.

Sin embargo, la incipiente adolescente comienza a sentir algo por su odiado vecino. Sus sentimientos son todavía confusos e inmaduros, pero provocan en ella un cambio de actitud que no le pasará desapercibido a Thomas. El descubrimiento de esta nueva amistad provocará en él unos celos desmedidos y se reafirmará en su idea de que si hubiera tenido la vida de Alfred, no tendría ninguna clase de impedimento para poder estar con Alice. Por eso la pone a prueba, la instiga para que cumpla su promesa de incendiar la casa de los Kant, y Alice, para no decepcionarle arrastrará un bidón de gasolina que desafortunadamente hará explosión antes de tiempo causándole la muerte.

Este será el hecho que fracturará la infancia de Thomas para siempre. Ya no lo veremos más como niño. Su imagen llorando desconsolado viendo impotente como sacan calcinado el cuerpo de Alice será la que clausure este periodo de su vida.

A partir de ese momento engarzamos con un Thomas adulto (Jo de Backer), un hombre gris y anodino que permanece anclado en el recuerdo de su hermana muerta. En realidad, como afirma el director, «Thomas se pregunta sin cesar de dónde viene y adónde va. Obsesionado por su destino, acaba por no vivirlo. Se pregunta tantas veces quién debe ser, que no se atreve a ser nadie».

No recuerdo dónde leí que “las cosas no deben ser dejadas al azar, de la misma manera que no debemos dejarnos ahogar en el mar, y que la cuestión no es nadar, sino saber en qué dirección”. Algo de esto mismo le ocurre a Thomas la mayor parte de su vida. Se mueve por inercia, dejándose llevar por las circunstancias y no tomando partido por nada. Se compadece a sí mismo, pero lo que le ocurre en realidad es que es incapaz de tomar las riendas de su destino. Para él, la vida no tiene sentido y no va hacia ninguna parte. Sólo es un héroe en sus fantasías, porque en su existencia cotidiana no tiene la valentía ni siquiera de intentar ser feliz. Parece regodearse en su miseria y encerrarse en ese odio malsano que poco a poco va pudriendo su espíritu.

Es entonces cuando cree ver a un fantasma, al fantasma de Alice, convertida ahora en una joven de su edad. La sigue, la persigue, y finalmente, aunque descubre que se trata de otra persona, de un ser real de carne y hueso llamado Evelyne para él no puede ser otra cosa que la proyección de su amada Alice. De nuevo se estará negando la oportunidad de ser feliz. Evelyne le ofrece su amor y él no sabe qué hacer con él.

Escapa, se vuelve a recluir en sus delirios y estos terminan por apoderarse de su subconsciente.

Lo que vemos en pantalla no es más que la visión trastornada, distorsionada de un ser que ha perdido la noción de la realidad y vive en un universo paralelo donde todo se confunde, el pasado, el presente, las imaginaciones. Tenemos un Thomas escindido en cuatro personajes: el niño, el adulto, el anciano y el héroe. Sin embargo, en ninguno encontramos los rasgos de un ser de carne y hueso. La figura de Thomas es casi una abstracción que trasciende cualquier plano de la realidad, quizás porque la voz en off que se encuentra narrando la historia pertenece a la de un muerto. Este hecho también se pone de manifiesto debido a la manera en la que está construido el film (que básicamente también entraría dentro del terreno de la irracionalidad) a través de tejidos superpuestos, imbricados unos en otros formando un mosaico que actuaría en diferentes niveles, los mismos que corresponderían a cada una de las etapas transitadas por el protagonista. La linealidad de la narración es mecánicamente deconstruida y recompuesta por el director a través de los recuerdos y la memoria, visualizados mediante flash backs de carácter episódico. Se trata de una orquestación complicadísima en la que inevitablemente se corre el riesgo de caer en el alambicamiento, en la artificiosidad y en la que resulta crucial que todas las piezas se encuentren en su lugar preciso para que el rompecabezas tenga algún sentido y no caiga en la más absoluta incoherencia.

Van Dormael no sólo lo consigue, sino que es capaz de articular un fascinante e hipnótico paisaje que, a pesar de su fragmentación y del abigarrado amasijo de referencias que contempla, se encuentra dotado de una inusitada unidad.

Totó el héroe condensa una atmósfera densa, viciada, tensa, de naturaleza casi esquizoide y convulsa, siniestra,  en el que late una insana locura procedente de las torturas psicológicas de un personaje enfermo e infeliz que antes de morir necesita reconciliarse consigo mismo y aceptar su propia identidad.

La identidad es la falla central de todo el film, la aceptación de nuestra condición y la capacidad de cada uno para vivir de acuerdo con sus principios.

Finalmente Thomas decidirá dar algo de sentido a su existencia siendo asesinado en lugar de Alfred, y tomando de una vez por todas lo que éste le había arrebatado por derecho: su vida.


© Jaco Van Dormael: Fabulador Humanista, en Sobre el cine belga. Entre flamencos y valones. Diputación Foral de Álava- Festival de cine de Vitoria (2008), págs. 55-78. ISBN: 978-84-7821-699-4