Nada por aquí, nada por allá

Podría comenzar este artículo con palabras muy semejantes a las que ya utilicé para definir mi posición ante David Fincher, otro de los directores preferidos de la post(post)modernidad. Sin embargo, el caso de Christopher Nolan posee algo de extraordinario y, por tanto de fascinante, algo que me obliga a dar un paso más allá en el análisis del fenómeno. Y es que, pásmense, este director que ha firmado por el momento siete largometrajes, ha colocado (a fecha 12/08/2010), cinco de ellos entre las mejores películas de la Historia para los votantes de IMDb, web de referencia para todos los cinéfilos del mundo: Origen (Inception, 2010) (3ª posición), El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008) (11ª), Memento (2000) (29ª), El truco final (El prestigio) (The Prestige, 2006) (72ª) y Batman Begins (2005) (108ª). Utilizo la anécdota porque, a pesar de lo limitado de su representatividad (Cadena perpetuaThe Shawshank Redemption, Frank Darabont; EE.UU, 1994— ocupa la 1ª posición), viene coligada con un hecho que, me temo, sí afecta a la nueva cinefilia (y, por qué no decirlo, a la nueva crítica), y es que entre las veinte primeras películas de la lista hay cinco de los años noventa y seis de los años dos mil (más del 50%). Me refiero, lógicamente, al sobredimensionamiento de lo nuevo, unido a un cierto desprestigio (proveniente de una gran ignorancia) de buena parte de todo lo anterior a la década de los ochenta.

De hecho, creo que el encumbramiento escasamente razonado de un cineasta como Christopher Nolan está determinado, en gran parte, por el matrimonio de conveniencia entre esa nueva cinefilia y esa nueva crítica (en cursiva porque en realidad posee más reminiscencias del 68 que ideas de la contemporaneidad): una amplia generación de jóvenes cinéfilos, que conocen muy limitadamente el cine clásico, necesita legitimar sus gustos en los altares de lo culto; y una escasa pero ruidosa nómina de críticos, ávidos de un prestigio perdido, busca en esa generación el reconocimiento que no tuvieron hasta hoy, rebuscando entre sus gustos aquello que puedan (aun forzadamente) legitimar. Sólo de ese maridaje interesado pueden surgir delirios como considerar El caballero oscuro una de las mejores películas de la década, aunque para ello haga falta invocar a Nietzsche.

Ver Doodlebug (Reino Unido, 1997), el cortometraje más conocido de Nolan, en blanco y negro, es muy revelador sobre gran parte de su universo: un hombre asustado trata de matar un pequeño ser que se mueve bajo un paño; al descubrirlo se da cuenta de que es él mismo empequeñecido y, al ir a golpearle, otra réplica suya, de mayor tamaño, le golpea a su vez. Este retruécano visual y conceptual, más un juego casi adolescente que una verdadera propuesta cinematográfica, revela dos de las características más importantes del cineasta: su ingenio y su necesidad de epatar. Digamos que son la cara y la cruz de una misma moneda.

Los argumentos originales y, sí, ingeniosos, los repetirá en Following (Reino Unido, 1998), donde un escritor quiere inspirarse persiguiendo a gente elegida al azar, viéndose manipulado por otro joven cuyo objetivo es entrar en las casas ajenas para robar; también en Memento (EE.UU., 2000) donde, aunque con una idea original de su hermano Jonathan, encuentra el mejor modo posible para hacernos sentir la amnesia a corto plazo del protagonista, narrándonos la película en orden invertido; menos ingenioso es el relato de rivalidad entre dos magos en El truco final (El prestigio), pero también muy sugerente; y es indiscutiblemente novedoso el planteamiento de Origen, donde un experto en extraer ideas del subconsciente de los demás es elegido para introducir una obsesión en la cabeza de un empresario y así cambiar el rumbo de su fortuna, a pesar de que su desarrollo lo malogre casi por completo. No cito sus dos películas sobre Batman porque ni la historia ni los personajes son suyos, ni tan siquiera del todo los guiones, escritos en los dos casos a cuatro manos; tampoco Insomnio (Insomnia; Reino Unido-Canadá, 2002), donde no participa en el guión (lo mejor de la película) que, además, se basa en una película anterior, Insomnia (Erik Skjoldbjærg; Noruega, 1997).

Paralelamente, en todas sus películas podemos encontrar elementos que denotan su deseo de generar un impacto en el espectador que poco o nada tiene que ver con la naturaleza de la historia: el blanco y negro en Doodlebug y Following, la cámara lenta en casi todas (especialmente en Origen), el exceso de música que en ocasiones abarca casi la totalidad del metraje, el ruido atronador de los efectos sonoros en Batman Begins, El caballero oscuro u Origen, la violencia en ocasiones innecesaria de Memento, el preciosismo fotográfico y los cansinos virajes de guión en El truco final (El prestigio), etc., etc. Para entender la evolución de su cine, en este sentido, es muy revelador observar con detenimiento las cifras que lo acompañan (también a 12/08/2010): Following costó 6.000$ y recaudó 43.188$; Memento costó 5.000.000$ y ganó 25.530.884$; Insomnio 4.600.000$ y 67.263.182$; Batman Begins 150.000.000$ y 205.343.774$; El truco final (El prestigio) 40.000.000$ y 53.082.743$; y El caballero oscuro 185.000.000$ y 533.316.061$. Como se puede ver, Nolan pasó directamente del cine independiente (Following y Memento), al cine de Hollywood (Insomnio), y enseguida al cine de alto presupuesto (Origen ha costado 200.000.000$). Puede comprobarse fácilmente cómo, en lo que concierne a la puesta en escena, ese desarrollo exponencial (pasó de estrenar en 1 pantalla con Following, a 11 con Memento y 2.610 con Insomnio) ha supuesto la sustitución de elementos baratos por caros, pero con un único objetivo, que tiene poco que ver con el rigor o con la coherencia: epatar. Sustituye el innecesario blanco y negro por la fotografía en lujosos y brillantes colores; el silencio por el ruido; el peso del relato por el peso del montaje; la austeridad visual por la desmesura. Esto se ve significativamente en el paso de Batman Begins a El caballero oscuro, entre las cuales median pocas diferencias a no ser… un Batmóvil más grande.

En definitiva, esto desmiente una de las más evidentes imposturas sobre su cine, pues estamos ante un cineasta con un obvio no-estilo que se adecua en cada momento al espectador que sabe que tendrá: primero al fan del cine indie, después al gran público de masas. Y, de paso, afecta de lleno al núcleo del arte del cine, puesto que, a veces, esa elección interesada no es la mejor para el relato: así ocurre, por ejemplo, en El truco final (El prestigio), donde una fotografía más seca y oscura (incluso en blanco y negro) hubiera representado mucho mejor la penumbra de la historia; o en El caballero oscuro, donde el perfil atormentado de Batman hubiera requerido más silencio y menos ruido, más introspección y menos aventura. Por poner sólo dos ejemplos.

Algunas de las constantes más irritantes del cine de Nolan, que tienen que ver con su ansiedad por enganchar al espectador, son el retruécano y la logomaquia. Esta segunda característica es uno de los peores defectos de Origen, donde uno está cansado de recibir explicaciones a la media hora de película, imagínense a las dos horas y media. El retruécano, sin embargo, es una figura retórica con demasiada dignidad como para otorgársela a Christopher Nolan ya que, en su caso, tiene mucho más que ver con el mero truco. Pero no tanto el truco de un ilusionista (creo que el objetivo máximo que se plantea como cineasta), sino más bien el de un prestidigitador (el objetivo máximo al que creo que puede llegar), e incluso el de un trilero (el nivel más habitual en su cine). Apenas hay película de Nolan sin cartas (visibles) bajo la manga, sin trampa (descarada) en su desarrollo, o sin vuelta(s) de tuerca ad nauseam. Incluso en Memento, su filme más riguroso con muchísima diferencia (y, por cierto, el más rentable de largo, con 2.320.989$ por pantalla), el hilo conductor en blanco y negro no deja de ser una triquiñuela para poder montar las escenas en orden inverso, algo que de otro modo hubiera sido imposible.

La palabrería de Following arruina un planteamiento interesante, a pesar de que es, junto con Memento, su obra más sugestiva; en Insomnio demuestra su verdadera cara como realizador, al tener que llevar adelante un guión ajeno sin trucajes, y se muestra como un consumado maestro del plano/contraplano, un experto director de actores que se dirigen solos y un extraordinario creador de insertos; en El truco final (El prestigio) da todo igual, excepto su esteticismo amanerado, la glamurosa apariencia de los intérpretes y, efectivamente, el truco final; Batman Begins tiene una primera hora que aporta poco a lo que ya vimos en Karate Kid (The Karate Kid, John G. Avildsen; EE.UU., 1984), se convierte por la mitad en una ensalada de tiros, persecuciones, peleas y golpes que no se distancia demasiado de cualquier filme hollywoodiense contemporáneo, y termina con veinte minutos de un sentimentalismo atroz; en El caballero oscuro todo es como la ensalada de Batman Begins, sólo que con más tiros, más persecuciones, un Batmóvil más grande, más dinero para los efectos digitales y, eso sí, un Joker grandioso que no da para rellenar el siempre inmoderado metraje de Nolan; y en Origen, en fin, más allá de un discurso freudiano propio de Reader’s Digest, una palabrería más enojosa que nunca, una banda sonora que no nos permite disfrutar de un solo minuto de silencio y un Leonardo DiCaprio que parecía no haber despertado aún de la magnífica Shutter Island (Martin Scorsese; EE.UU., 2010), pues nos queda apenas la maravillosa Marion Cotillard, que sólo necesita mirar al horizonte para parecer que lleva toda una película dentro de ella. Lástima que en este filme, como en todos los anteriores de Nolan, no existan lo que conocemos habitualmente como personajes y se parezcan más a avatares programados por ordenador.

El éxito de Christopher Nolan durará aún un tiempo. Tiene una gran suerte, porque no sólo se da esa mutua necesidad entre la nueva cinefilia y la nueva crítica. También tiene de su parte la gran habilidad para el truco, que él mismo define en El truco final (El prestigio): mostrar un objeto convencional y desviar la atención del espectador para que parezca extraordinario; y, sobre todo, lo más importante, un espectador que esté dispuesto a dejarse engañar. Y, por fin, lo más determinante que este genio de nuevo cuño tiene a su favor, es que le ha tocado hacer cine en unos tiempos donde el texto fílmico no le importa a nadie; es signo de esta post(post)modernidad, donde lo real importa un bledo y lo relevante es el solipsismo absoluto; así, tanto da utilizar un texto fílmico como el de Origen para hablar de la filosofía de Freud, de la irreversible muerte del relato clásico, de la profundidad del pensamiento de Kierkegaard, de terrorismo internacional, de la retorcida metamorfosis del neocapitalismo o de cualquier otro tema que usted se proponga. Lo importante no es el texto fílmico, sino la recreación subjetiva y azarosa de ese texto, hasta convertirlo en algo que cada uno pueda utilizar para su conveniencia, algo irreconocible. Por todo ello, el éxito de Christopher Nolan durará aún un tiempo. Ahora bien, apostaría mi escaso patrimonio en una hipotética casa de apuestas cinematográficas a que dentro de 30 años nadie se acordará de este hombre.