Una historia sin final

Volver una y otra vez sobre la identidad implica cierta frustración al sentir que, por orden, no hay la suficiente distancia ni la suficiente intimidad como para que el resultado se acerque, con todo lo que tiene de vulnerable, a algo auténtico. El cine nos proporciona la distancia y la escritura subraya, en el mejor de los casos, la intimidad. Pero la identidad siempre ha sido un concepto resbaladizo, y abordar cualquier intento de capturarla, representarla o cuestionarla no está al alcance de todos.

La importancia de la obra de Satoshi Kon radica en cómo describe la fragilidad de eso que llamamos nosotros mismos; de aquello que fuimos, pero que ya no somos. La duda en torno a ese otro —extraño, misterioso— que habita en nosotros, que tantas manifestaciones ha tenido en su cine. De Me-Manía a Chiyoko Fujiwara, pasando por el Chico del bate, Maromi o Paprika; Kon ha presentado, en toda su imperfección, el mejor mosaico posible del malestar de nuestras sociedades contemporáneas. Y su manera de tratarlo ha sido entendiendo la ficción como una herramienta para construir esas identidades —tal vez, también, para condicionarlas, parasitarlas y sintetizarlas en una determinada iconosfera— a través de las cuales reconocer las diferentes etapas de ese nosotros mismos.

La ficción es un inmenso mecano que ordena nuestro caos, nuestras fugas y líneas borrosas. Pienso en Hergé y en cómo transmutó su ansiedad por recuperar una parte de sus recuerdos perdidos con su amigo Tchang en Tintín en el Tíbet; también pienso en Godard y en cómo en el peor momento de su relación con Anna Karina escribía unos diálogos en los que descubría —y, a su manera, solucionaba— sus problemas en mitad de la ficción. En definitiva, pienso en la ficción —en alguna ficción, quizá en la percepción que tenemos de la ficción— como algo que, bien visto, podría corresponderse con aquello que dijera Peter Strawson a propósito de la relación entre la estructura del lenguaje y del mundo. Aquí la ficción se corresponde con el mundo, en tanto somos responsables de la construcción de ambos, dando cuenta de su representación.

Si la realidad tiene demasiados huecos por rellenar, la ficción —o la imaginación— tiene demasiadas posibilidades para rellenarlos. Pienso en Kon y en Ôtomo, y me parece curioso cómo la ansiedad de la identidad colectiva termina purgada en un apocalipsis que aniquila la realidad para devolvernos a otro estadio que, por supuesto, seguirá reflejando esa ansiedad, esa realidad. Seremos como la diva de Magnetic Rose (1995), atrapados en el mismo reflejo multiplicado n veces. Por eso me parece precioso el arranque de Millenium Actress (Sennen joyû, 2001), con ese viaje a las estrellas de su protagonista, única manera de escapar hacia un espacio que no la pueda constreñir con sus normas. Y es en ese sentido donde radica la virtud del cine de Kon a la hora de superar el conformismo que otros han derivado en ironía; en la capacidad del cine para prolongar la ilusión que nos devuelva lo que nuestro malestar ha deformado hasta trastornar la realidad desde la misma realidad. Como el Konakawa de Paprika (2006), volver al cine tiene algo de retorno a la autenticidad; de encontrar la realidad abrazando la ficción. Y para huir de todas esas posibilidades infinitas que presenta, el reto está en afinar, educar, construir y formar aquello que entendemos como nuestra vida y que, en la mayoría de ocasiones, llamamos responsabilidad. Satoshi Kon ha muerto, y ahora será un poco más difícil entender ese concepto tan anómalo que responde al presente. Lo triste es que, al pensar en el título de su próxima película, The Dreaming Machine (Yumemiru kikai), no paro de decirme que podía ser el delorean de nuestra generación: la herramienta que nos enseñase cómo entendernos un poquito mejor, aunque conviviésemos con ese otro nuestro al que el cine de horror ha sacado tanto partido.

Satoshi Kon ha muerto, y me siento un poco Hergé. Me gustaría escribir un texto o una ficción en la que continuase vivo, y terminase su largo,  reemprendiese su carrera, heredase el testigo de Miyazaki y Takahata como gigante del anime, y dibujase el sendero a través del cuál entender la realidad. Con su muerte nos sentimos un poco más adultos, un poco más responsables; un poco más soñadores. Ahora nos toca rellenar los huecos de una obra que no puede acabar con The Dreaming Machine, cuyo recuerdo más valioso lo encierra la extraordinaria conclusión de Perfect Blue (1998): Entender, por fin, quiénes somos y, con ello, entender eso que en tantas ocasiones se vuelve complejo. La realidad, el presente.