Volumen 5: Es mejor vivir en un estudio

A esa conclusión llegamos los miembros de Miradas destacados en Sitges tras unos días de ver que el dulce hogar puede convertirse en tu  más cruento e inesperado enemigo. Porque ya está bien de presumir de salón, de especular con nuestros sueños de espacio y tiempo, de cualquier mobiliario que no sea de IKEA o lo parezca, de las amplias cocinas donde no falta ni una clase de sartén, ni un tipo de cuchillo. Ya está bien de escaleras que crean dos ambientes y de sótanos donde poder guardar, sin que moleste a ningún tipo de acompañante, nuestra colección de revistas de cine (pornográfico o no). Ha llegado el momento de que los que vivimos en un estudio pequeño nos cobremos merecida venganza viendo lo mal que lo pasan los que mejor viven literalmente.

Secuestrados, de Miguel Ángel Vivas (España)

Problemas de tener una casa grande: los secuestros. Llamar demasiado la atención siempre ha sido algo que atrae indefectiblemente al mal. Dime de qué presumes y ya veré lo que te quito es un dogma de fe que, en los países que pensaban hasta hace poco que eran ricos, es indiscutible y diario. Algo negativo, sin duda, pero que tiene como positivo hacer creíble (y posible) una película como Secuestrados, una sorprendente mezcla entre la violencia extrema en mode asedio (lo que le sirve para citar a Haneke y Cimino de la mano de la contundencia moral y física de Siegel), el ejercicio autoral de sencilla imbricación entre forma y fondo mediante el uso exclusivo del plano secuencia (que en una pirueta magnífica lo convierte en doble mediante la utilización de la pantalla partida) y la parábola social desmesurada e inmisericorde de rabiosa actualidad y determinación. La segunda película de Vivas funciona con soltura en los dos primeros parámetros y acierta con el planteamiento del tercero por la buscada falta de empatía con unos personajes que son representativos de tres de los males oficiales de un país a la deriva: el empresario con valores del estado pero sin valores de la vida, el servilismo anacrónico de la mujer en una sociedad en la que su papel se limita a dominar con mano masculina solo pequeñas provincias de la convivencia y la falta de motivaciones y el espíritu de lucha de una juventud caprichosa que parece estar sólo de paso. Secuestrados es una de las sorpresas del certamen porque tras todas esas capas de complejidad respira una película muy divertida que, a pesar de los lógicos altibajos y del desequilibrio en las interpretaciones, convence. Y nos deja muchas conclusiones. Definitivamente, vivir en casas grandes es una putada.

La otra hija, de Luiso Berdejo (EE.UU.)

Problemas de tener una casa grande: el jardín. Hacer un corto es más fácil que hacer un largo si el cortometraje lo que pretende es ser un largometraje corto. Cuando el corto quiere tener entidad independiente e igualitaria con el largo, tal como sucede con el relato con la novela, la distancia entre el corto y el largo ya no es de pasta o de longitud sino de filosofía y talento. El firmante de uno de esos cortos con filosofía y talento ha intentado hacer un largo de los convencionales, sin asomo ni de una cosa ni de la otra. Ha intentado hacer un cortometraje largo y definitivamente se ha metido en un jardín importante. En la película, el maduro escritor interpretado por Kevin Costner (sic) tras su separación se muda con sus dos hijos a un casoplón con historia maldita. El jardín tiene un túmulo perverso y que desencadena una trama que hemos visto muchas más veces y casi siempre mejor. No estamos en For(r)est in the Dessert ni en su magnífica libertad creativa de relato autoconsciente al mejor estilo de Rodrigo Fresán, sino que nos hallamos con el joven director vasco metido en un berenjenal narrativo que intenta solucionar mediante una cadencia arrítmica y aburrida y un sentido de la composición de plano rebuscadamente obtuso. Seguramente Berdejo tendrá más oportunidades y le trataran mejor (se comenta que el rodaje fue muy duro para él), pero en su debut se pierde en la maleza y en los ecos oscuros de su jardín sin ni siquiera poder atravesar la puerta hasta una mejor entrada.  Definitivimente, (querer) vivir en casas grandes es una putada.

M.O.

Dream Home, de Pang Ho-Cheung (Hong Kong)

Problemas de tener una casa grande: La hipoteca. Y es que la crisis ha hecho mucho daño. El hongkonés Pang Ho-Cheung, realizador de Isabella, ha conseguido con esta película una combinación genérica de ensueño. Parece difícil de imaginar que el drama social y la comedia gore quepan en el mismo producto, pero eso y no otra cosa es Dream Home. El filme está narrado con un montaje segmentado temporalmente que narra de forma paralela una secuencia de crímenes cometidos una noche en un bloque de pisos del centro de Hong Kong y por el otro la vida de la protagonista y como las circunstancias la han empujado a coger una caja de herramientas y masacrar un vecindario, siempre con un fin en su mente. La crisis, la burbuja inmobiliaria, las mafias que se mueven alrededor, la sanidad, las infidelidades, el estrés del trabajo, los problemas familiares… Una sociedad tan imperfecta alimenta más imperfecciones, a veces muy desagradables. Ignoramos si en el caso real que inspira la película los crímenes fueron tantos y tan brutales, pero lo que está claro es que la protagonista interpretada por Josie Ho no se anda con tonterías. Empalamientos, martillazos, tripas abiertas, asfixiamientos y el siempre agradecido humor negro que hace estas cosas más llevaderas y disfrutables por un lado, y la crítica social hacia un sistema cada vez más enfermo y el creíble proceso de creación de un monstruo por el otro, hacen de Dream Home una película reivindicativa y reivindicable. Definitivamente, vivir en casas grandes es una putada.

Insidious, de James Wan (EE.UU.)

Problemas de tener una casa grande: Los fantasmas. Que luego se pasa miedo y uno no vive tranquilo, ni mejor. Por fin películas que dan miedo de verdad. El año pasado se nos vendía Paranormal Activity (cuyo director, Oren Peli, es uno de los productores de Insidious) como una experiencia aterradora, pero no pasaba de ser un aburrimiento supino con un importante (pero también esperado) susto al final. Lo de este año ya es otra cosa: La casa muda, The Ward y, por supuesto, Insidious. En otras proyecciones ha habido mucha tensión (creo que perdí peso en Secuestrados), sustos bien llevados (Stake Land)  y abundante hemoglobina (Dream Home, Prowl) que ha hecho que a ratos miremos a la pantalla solo de reojo, pero el auténtico miedo nos lo han traído Gustavo Hernández,  Carpenter y Wan. En Insidious, el realizador de la magistral Death Sentence (que presentó la película) reconoce (y nosotros reconocemos) la influencia de las películas de casas encantadas de los años 80 con Poltergeist en la punta de la lanza. Visualmente impecable, con algunos de los excesos típicos del director (sobre todo en Silencio desde el mal y Saw) representados principalmente en el último tramo del film (predominancia del rojo, el verde y el negro en un escenario surreal que recuerda a la reciente Miedos 3D, una criatura demoníaca que usa pintalabios parecida a Darth Maul, y un empleo del sonido tan abusivo como efectivo), este da una interesante vuelta de tuerca a la ya muy vista historia de la casa encantada, aderezándola además con su retorcido sentido del humor y el consabido giro final que ya se anuncia con la presencia de un personaje como la madre del protagonista (Barbara Hershey). Definitivamente, vivir en casas grandes es una putada.

S.V.

Volumen 4: Son leyenda

En Sitges, son leyenda. Kitano y Miike eran dos de los must see de esta edición, y cumplimos con ellos tanto como ellos con nosotros. 13 Assassins y Outrage son dos magníficas obras que devuelven a esta pareja al podio del que nunca deberían haberles bajado (las modas y esas cosas). Y en esta cuarta crónica también tienen cabida dos leyendas más, la de Eugenio Martín, homenajeado en esta edición, y en la que podrá convertirse en unos años Guillem Morales si sigue por el mismo camino.

Thirteen Assassins, de Takashi Miike (Japón)

Siempre digo que parece que Takashi Miike no podrá sorpenderme más pero siempre acaba lográndolo. Esta frase no es gratuita. Uno ya ha visto tantas cosas y tan imaginables en sus películas que piensa que no puede hacer nada que no hayamos visto antes. Pues bien, con este remake de la película de Eichi Kudo de mismo título realizada en 1963 ha vuelto a conseguirlo. Lo que más llama la atención y levanta la sorpresa en esta ocasión es la sobriedad con la que está rodada, libre de tantas y tantas excentricidades como suele incluir (para eso este año está Zebraman: Attack on Zebra City) el director de Gozu, Visitor Q, Audition y demás locuras. Con un abultado presupuesto del que pocas veces ha dispuesto, Miike narra de modo clásico (y esto ya se comprueba desde la planificación visual de la primera secuencia, un hara-kiri en toda regla) la historia de unos samuráis que intentan evitar la caída del shogunato en la barbarie indiscriminada eliminando al cruel y despiadado Naritsugu. El problema es que viene acompañado de doscientos hombres armados y ellos son solo trece. La primera parte del film va presentando los personajes y sus conflictos internos junto con la preparación del golpe. El largo último tramo (como ya ocurriera en su anterior Crows II, aunque con las diferencias obvias) es una descomunal batalla en un pequeño pueblo donde los trece intentan acorralar al ejército de Naritsugu en una misión tan valiente como suicida. Las luchas están rodadas de forma brillante que remite, igual que su argumento, al Kurosawa de Los siete samuráis del mismo modo que también lo hiciera Kitano en Zatoichi, y que demuestra que para rodar luchas a espada y a caballo no basta con coreografíar sino que también hay que saber dónde y cómo poner la cámara (cosa de la que Christopher Smith, realizador de la entretenida Black Death, debería tomar ejemplo, ya que estamos).

Outrage, de Takeshi Kitano (Japón)

Takeshi Kitano nunca se había ido. Todos se empeñan en hablar de su regreso tras sus dos anteriores películas, cuando en realidad él siempre estuvo allí. En Takeshis rodaba igual que ahora y que antes, su sentido del humor era el mismo que siempre ha gastado, también sus planos fijos y sus elipsis (cómicas o no). Tal vez en Glory to the Filmmaker!, que además contiene momentos memorables, se le fuese un poco la olla argumentalmente hablando, pero era tan divertida que no debería justificar tanto renegado. El caso es que ahora cuando estrena una nueva maravilla como Outrage, más comercial, todo hay que decirlo, todos le abrazan de nuevo como al hijo que comete una tontería pero luego recapacita sobre sus actos y vuelve a ser el chico obediente y taimado que querían sus padres. Y no seré yo quien reniegue de él, desde luego. En Outrage, Kitano desmenuza las mafias yakuzas de hoy en día, y no deja títere con cabeza. Los tiempos han cambiado, parece decirnos. El honor y los códigos ya no sirven para nada y lo que importa ahora es salvar el culo y tener siempre la sartén por el mango. Con un montaje sincopado que se guía de la mano de una historia que se crea sola a base de cuchicheos, tejemanejes y hechos desprovistos de toda moral, Kitano rueda como nunca dándole un lavado de cara a lo mismo de siempre. Los tiempos han cambiado, pero en el director de Dolls todo sigue igual. Afortunadamente.

S.V.

Los ojos de Julia, de Guillem Morales (España)

Los ojos de Julia es una película que bien vale como rasero para comprobar hasta qué punto una campaña de marketing puede entrar en conflicto con el producto artístico final. Y es así porque más allá de su condición de producción made in Guillermo del Toro, de las garras crematísticas de Antena 3 y TV3, o de la intencionalidad por convertirla en un anexo a El orfanato con Belén Rueda en la pole para convertirse en la scream queen de moda, Los ojos de Julia se desmarca del producto prefabricado que aparenta ser para adquirir una cierta personalidad propia. Personalidad achacable por encima de todo a su realizador, Guillem Morales, capaz de trasgredir una narración monótona y un desvaído esquema argumental a través de una contundente planificación visual y una estilosa composición del plano. Así, este giallo que podría haber firmado Carlos Aured, recupera no sólo los twists dislocados del género, la dama frágil en apuros, o sus madres castradoras, sino también la figura de un demente que sólo se hace fuerte debilitando al otro. Y también tenemos un vigoroso clímax final deudor de La ventana indiscreta, donde Morales aplica la lección de El habitante incierto, convirtiendo el espacio y la luz en las dos variables que mejor suscitan el terror, el escalofrío.

Roberto Alcover Oti

Una vela para el diablo, de Eugenio Martín (España, 1970)

Más allá de las resonancias góticas de Pánico en el Transiberiano, existen motivos fundados para reivindicar la aportación de Eugenio Martín, premio Nosferatu por su trayectoria cinematográfica, al cine de género.  En Sitges se han proyectado algunas de sus incursiones más olvidadas en el fantaterror desde una óptica autoral. Es el caso de Una vela para el diablo, un denso thriller rural con guiños al giallo italiano y atmósfera malsana. Y es que el verdadero foro de la cinta de Martín no reside en la ilustración explícita del rosario de crímenes cometidos por las castas propietarias de una pensión del interior frecuentada por desprejuiciadas adolescentes extranjeras. El realizador granadino aprovecha la excusa argumental para enfrentar a cara de perro la España inmovilista de los pueblos del interior con los vientos de cambio que soplaban desde Europa y denunciar así, de forma nada velada, el inmovilismo franquista, justo cuando el Régimen comenzaba a hacerse añicos.

J.P.

Volumen 3: El regreso de Carpenter y otras cosas

Los días avanzan, y el festival también. Algunos de los títulos más esperados ya han desfilado por las pantallas del Auditori, el Retiro y el Prado. Nos han dado algún susto, bastante miedo, y hemos sentido algo parecido a la felicidad cuando nos hemos (re)encontrado con algunos de nuestros directores favoritos: un John Carpenter que ha vuelto como si no se hubiese ido, un Brad Anderson dedicado que nos ha ofrecido luces y sombras, Richard Kelly recibiendo una máquina del tiempo por su corta pero muy interesante carrera, un James Wan emocionado y creemos que algo ebrio, y un Joe Dante que ha dado una clase magistral respondiendo a las inquietudes del público. Todos en persona, menos el creador de La cosa (The Thing, 1982), pero su película es el mejor regalo que nos podía traer el Festival. De algunos de ellos hablaremos ahora, y del resto, pronto.

S.V.

John Carpenter’s The Ward (EE.UU.)

Una conversación absurda al salir del pase de prensa. “-Es que si no fuera de Carpenter seguro que no te habría gustado.” “-Pues claro. Si no fuera de Carpenter no sería de Carpenter”. ”-Ya pero eso es muy fácil”. ”-Bueno, si las películas de Ford no fueran de Ford, ¿te gustarían las películas de Ford? Ya te digo yo la respuesta: No, porque serían de Andrew V. McLaglen” ”-No sé quién es” ”-Ya, me lo imaginaba. Pues uno que hacía lo mismo que Ford pero en normal y ahora la gente ya no se acuerda de él” ”-Pero es que The Ward es muy normalita” “-Define normalita” “-Básicamente que no es Amanecer” ”-Pero, ¿para qué coño quiere Carpenter hacer Amanecer pudiendo hacer The Ward?¿Quién quiere ver Amanecer hecha por Carpenter” ”-Yo” ”-Tú lo quieres es dar por culo, así que desaparece, tú y los tres o cuatros que dicen ser como yo pero son como tú y ésto se convertirá en un monólogo como cuando el Barça juega al fútbol o Carpenter hace cine.” The Ward es eso también: un monólogo exterior brillante y lúdico que nuevamente pone sobre los ojos una reivindicación del género renovándolo con materiales aparentemente de derribo (un guión modesto, unos actores de serie B, un imaginario ya transitado). Una clase magistral de narración que va desde los magníficos títulos de crédito a una escena final que hace torpe al Scorsese de Shutter Island (película que me encanta pero que indudablemente necesita dar más vueltas para llegar al mismo sitio) y que vuelve a confirmarnos que el cine es un lenguaje tan sencillo que hablarlo con propiedad es muy complejo. Un tratado de como ser un autor inconfundible sin traicionar en ningún momento la capacidad del público para ilusionarse y divertirse. Y luego, pensar. Y no al contrario.

Cualquier parecido de estos hechos con la realidad es tan cuestionable como la propia realidad. Ningún animal (cinematográfico) ha sido herido en la composición de esta crítica. Esta conversación fue con más de una persona aunque realmente tras la película no hablé con nadie.

Vanishing on 7th Street, de Brad Anderson (EE.UU.)

Con Brad Anderson me pasa lo contrario que con Carpenter. Creo que utiliza el lenguaje de una manera compleja para hablarnos de cosas demasiado simples. Sus películas siempre se me caen por el mismo sitio que es el sitio del discurso intelectual, el de la elaboración del mismo y el de las conclusiones postreras en forma de tesis o algo parecido. Su cortedad de miras y su poca capacidad para sugerir otras posibilidades de comunicarse con el espectador es realmente preocupante en un director con sobrada (y demostrada) pericia narrativa y con interesantes soluciones visuales y de planificación. Vanishing on 7th street no es ni mejor ni peor que sus 3 películas anteriores y que su mediometraje para Fear itself, Spooked. Es más de lo mismo: un punto de partida interesante (el mundo se acaba o así y las personas desaparecen dejando su ropa y sus zapatos en el mismo lugar que ellos ocupaban), un desarrollo prometedor (4 personas de diferentes edades y condiciones sociales en un bar donde sigue habiendo luz y esperanza) y un desenlace que dilapida, por su excesivo discursismo y por su adscripción a los lugares comunes más tópicos, todo lo bueno que hasta entonces habíamos disfrutado. La sensación es de desencanto, de gatillazo, de otro proyecto frustrado por las mismas expectativas que finalmente son las que acaban con él. Un argumento como ese seguro que le puede dar a Brad Anderson para hacer una película sobre su propia redención y tal.

M.O.

The Last Exorcism, de Daniel Stamm (Estados Unidos-Francia)

La programación de Possessed (Lee Young-ju, 2010), El Exorcista (William Friedkin, 1973), La posesión de Emma Evans (Manuel Carballo, 2010), Super (James Gunn, 2010) o Black Death (Christopher Smith, 2010) evidencia que uno de los temas capitales de esta edición es la fe. Pero sin malos rollos, ojo: ni los títulos citados —a excepción, quizás, de El Exorcista, realizada hace cuarenta años— ni El último exorcismo abordan la fe a nivel de ontología del ser, sino de ontología estrictamente cinematográfica: cómo cambia el sentido de un relato en función de si las creencias entran o no en juego a la hora de interpretarlo. La modesta cinta que nos ocupa gana así muchísimos enteros, pues su condición de fake es coherente con la condición impostora de su protagonista, el pastor Cotton Marcus, quien trata de practicar un exorcismo a una joven recurriendo a los artificios. Cuando se desata la revelación que otorga un significado renovado y pleno a cuanto hemos visto, la revelación que obliga a Cotton, como a Indiana Jones en La última cruzada, a preguntarse en qué cree, la simulación no tiene más remedio que dar paso a una verdad inefable, imposible de plasmar en pantalla. Como también supo comprender la seminal El proyecto de la Bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick,1999), el recurso al falso documental no sirve tanto al propósito de cuestionar las representaciones consensuadas sobre lo real, como de descubrirnos su absoluta incapacidad para captar lo que hay más allá del rabillo del ojo, lo que sólo puede empezar a percibirse con los ojos cerrados. La verdad.

Diego Salgado

Super, de James Gunn (EE.UU.)

Vale, Kick-ass llegó a las pantallas antes que Super, la frase más repetida a la salida de la proyección de una de las películas más aplaudidas en Sitges, pero lo cierto es que la película de James Gunn es la que más fielmente recoge el espíritu de la novela gráfica de Mark Millar. Kick-ass encubría a base de vísceras y espíritu gamberro lo que en realidad es la enésima historia con moralina proveniente de las filas del cine indie. En Super, el protagonista no es un nerd adolescente con ganas de volver al útero, sino un misántropo depresivo presa de alucinaciones en las que cree haber sido elegido por dios para salvar al mundo del pecado. Un inadaptado social que se viste de supérheroe para exorcizar el odio al mundo, al sexo y a sí mismo. Y es que a pesar de sus brillantes y constantes gags, de que Ellen Page se coma la pantalla en su papel de side-kick del héroe protagonista, Super no es una película para tomarse a broma. Gunn cuenta los momentos de aburrimiento, desesperación y alienación urbana que ocurren entre las viñetas (nunca durante) de los cómics de justicieros urbanos. Algo que, si exceptuamos la reivindicable Especial (Hal Haberman y Jeremy Passmore, 2006), uno no cree haber visto nunca en pantalla. A pesar de los guiños constantes a la mitología superheróica (epifanía inicial, aprendizaje, desencanto y enfrentamiento final con su némesis), Super es en realidad un ensayo demoledor sobre la alienación y la falta de comunicación en las grandes ciudades.

Master Class de Joe Dante

“Si vas a meter 100 años de clichés cinematográficos en una película, que al menos tenga profundidad”. A Joe Dante no le entusiasma especialmente Avatar, y no cree que el 3D sea la tabla de salvación de la industria cinematográfica, sino una mera innovación técnica, como en su día el Cinemascope, que probablemente se haya hinchado demasiado. Siempre se ha sentido un cineasta al margen de Hollywood, pero desde hace algunos años su ruptura con la industria es total. Y es que Miedos 3D, su visión nostálgica del terror de los 80, ni siquiera logró encontrar distribución en Estados Unidos. “Cuando hace años me preguntaban por proyectos futuros, siempre podía decir que dirigiría tal o cual película, pero ahora todo depende de que consiga el dinero suficiente para levantar un proyecto”. Tampoco es que la cosa le quite el sueño. Su vuelta al lado de Roger Corman cierra un ciclo cinematográfico entregado a los bajos presupuestos.
Su masterclass en Sitges estuvo teñida de nostalgia (con los inevitables recuerdos a Aullidos o El chip prodigioso, su película favorita), aunque tuvo tiempo de ironizar sobre la agresividad de ciertos comentarios en páginas y foros de cine (“probablemente lo que le pasa a esta gente es que le gustaría dirigir una película a ellos mismos” y señalar que, de hacerse un hipotético remake de Gremlins, él estaría fuera del proyecto. También, claro, de vender su iniciativa Trailers from hell, una web en la que semanalmente se cuelgan trailers de films de exploitation, que llevaban años cogiendo polvo en su garaje, que son comentados por cineastas como el propio Dante, John Landis o Eli Roth”

J.P.

Volumen 2: In Utero

Volver a Sitges como quien vuelve al útero materno. Vísceras, sangre, calor, genes familiares y líquido amniótico en vaso de pinta Murphys. Este año es tan especial como todos los años. Para mí, que llevo un tiempo alejado de la crítica y de la actualidad cinematográfica por motivos personales, mucho más. Volver a escribir sin red ni cama elástica es siempre un placer diferente cuando se hace en la costera localidad catalana. Aparentemente y en los círculos de listillos el cartel es tan poco prometedor como de costumbre. Esperemos que tampoco muden en su costumbre de no saber vislumbrar las joyas que se esconden en su amplia propuesta cinematográfica.

Somos lo que hay, de Jorge Michel Grau (México)

Definitivamente, la antropofagia está sobrevalorada. Si nos pusiéramos a analizar la composición de los productos con los que nos alimentamos a diario, quizá muchos regresaríamos a esa pulsión primigenia y tan vinculada a la sexualidad (o a la falta de) como aparentemente sana (¿no dicen que de lo que se come se cría?¿seríamos así más humanos?) Lo que está claro es que pasaría a ser una opción más; algo así como el que se hace vegetariano o del Atlético de Madrid. Por eso no deja de sorprender el acierto pleno de Jorge Michel Grau en su debut, sobre todo a la hora de escoger el tono adecuado para un argumento tan salido de madre (excelente Carmen Beato) que su adscripción y su apuesta por la normalidad y la apariencia hiperrealista componen así una fábula extrema entre el cine social desclasado (nada de Amador ni de otras soflamas despistadas) y la distopía de fantaterror posibilista. También sorprende la deriva de su última media hora y su perezosa caída en un humor entre chocarrero y localista, una plasmación gore no demasiado original (y eso en esta santa casa…) y cierta tendencia a resolver las escenas de acción con una planificación que mezcla por igual la desidia con cierta tendencia a lo confuso. Todo eso no quita ni resta ni un ápice de todos los logros de sus dos primeros tercios, pero nos fastidia sobremanera comparar la excelente escena de apertura, sugerente, prometedora y desasosegante, con la caprichosa, fea y previsible secuencia de cierre. O se les acabó el dinero o se les terminó el talento. O las tres cosas.

M.O.

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Amphibious 3D, de Brian Yuzna (Holanda, Filipinas)

La propaganda oficial de Sitges la anunciaba como el retorno por la puerta grande de Brian Yuzna, una de las presencias habituales del Festival años ha. No tengo tan claro que nadie echara de menos al director filipino después de su fallida aventura al frente de la Fantastic Factory, y dudo que se le vuelva a reivindicar jamás tras esta vuelta por la gatera, ni siquiera con coartada kitsch mediante. En realidad, Amphibious 3D exhibe todos los defectos de forma y fondo de su etapa en la rama fantástica de Filmax: elenco de serie B boqueando en el fango (ay, Michael Paré), anárquico sentido del ritmo y un esfuerzo de producción sacrificado a una criatura protagonista que, la verdad, resulta muy poquita cosa, con o sin gafas 3D. Un aburrimiento supino que hubiera salvado el expediente recurriendo a la baza del humor autorreferencial, la única manera posible a estas alturas de reivindicar el cine de monstruos marinos de los 80, pero Yuzna se lo toma tan en serio que la cosa no funciona ni como placer culpable. Al menos, se puede decir que es la mejor coproducción indonesio-holandesa protagonizada por un escorpión gigante con branquias.

J.P.

Rare Exports: A Christmas Tale, de Halmari Helander (Finlandia y otros)

La figura de Papa Noel siempre ha estado demasiado idealizada. Aunque en nuestro país los Reyes Magos tenían el monopolio, hace ya unos años que ese desagradable gordo barbudo auspiciado por la cocacola se metió en nuestros hogares sin dificultades. Pero la verdadera historia es otra. El finlandés Helmari Helander ha trasladado al largometraje la idea de sus exitosos cortos de Rare Exports, donde explicaba cómo son realmente estas cosas. Papa Noel , Santa Claus, o Yulupuki (si nos ceñimos al idioma original) era una enorme bestia cabruna que hacía pagar las consecuencias de sus actos a los niños (y adultos) que se portaban mal. El principal problema de Rare Exports, sin duda entretenida y simpática, que de hecho ha conectado muy bien con el público, es precisamente que no da el suficiente juego para un largometraje, extendiendo la idea en exceso. Lo bueno que tiene es que se dosifican bastante bien las expectativas del espectador, al que en todo momento se encamina a una monster movie, eso sí, que nunca llega, con un Papa Noel congelado y enterrado en la nieve y protegido por cientos de elfos armados con hachas. Y es precisamente en este sentido que el divertido desenlace puede resultar anticlimático para aquellos que esperan una bestia cornuda de diez metros arrasando el pequeño pueblo finés.

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Dispongo de barcos, de Juan Cavestany (España)

El pasado de Juan Cavestany tras la cámara (Borja Mari y Pocholo y Gente de mala calidad), nos sitúa sin ambages en el género de la comedia. A priori cabría preguntarse si el realizador o el festival han cambiado de género. Pero al final resulta que ni lo uno ni lo otro. Dispongo de barcos, un título tan apropiado como podría haberlo sido Otoño en Pekín, no es sino una muy divertida comedia plagada de elementos fantásticos y surreales. Unos protagonistas que se conocen a veces sí y a veces no tienen un plan imposible de llevar a cabo, estando cada uno más pendiente de lidiar con sus locuras, nada fáciles de acarrear. Rodada con mínimos medios, empezando por una handycam en lugar de una cámara al uso, Cavestany saca el máximo partido a los escenarios (el metro de Madrid, los mínusculos y agobiantes apartamentos de los protagonistas, la cafetería en la que todos desayunan cada mañana…) con la ayuda de unos geniales diálogos y situaciones que se revuelcan en el absurdo. Ver reflejados a Lynch o a Godard en algunas de las situaciones o personajes sería estrechar las miras sobre un muy original y arriesgado film con entidad propia que se cuenta fácilmente entre lo mejor de estas primeras jornadas de festival.

S.V.

Volumen 1: el fantástico no necesita coartadas

Sé que hay muchos que afirman que las casualidades no existen; que los hechos se configuran según una concatenación determinada de variables; que todo se explica aunque haya que extraerlo del más profundo de los inconscientes. Yo soy psicólogo, por eso me cuesta entender que sea simple azar el hecho de traerme al festival El dorado de Robert Juan-Cantavella y El mundo sumergido de J.G. Ballard, dos crónicas distópicas de entornos que no difieren demasiado del paisaje sitgeano. Y mientras me paseo cual Trebor Escargot por esta especie de Marina d’Or surreal que es el Hotel Meliá, y compruebo con extrañeza la inconsistencia de este microsistema climatológico que es Sitges, solo puedo pensar que estamos en el mejor Festival de Cine Fantástico del mundo, y que buscar respuestas aquí es una empresa tan absurda como las colas nocturnas para disfrutar de quince minutos de la nueva entrega de Crepúsculo. Porque el fantástico no necesita coartadas, simplemente existe, y nosotros somos sus acólitos. Y otro año más, los chicos de Miradas volvemos para comprobar que Los ojos de Julia es tan desatada como un giallo de Sergio Martino, que Catfish ha borrado cualquier línea de discusión sobre los límites entre la ficción y el documental, que Rubber sí versa sobre un neumático que mata a la gente; y que John Carpenter es nuestro profeta. [Roberto Alcover Oti]

L.A. Zombie de Bruce LaBruce (Alemania, EE.UU., 2010)

Es la segunda vez que veo porno gay en mi vida y he de decir que me ha gustado menos que la primera. Ya sabemos como son las primeras veces para estas cosas del amor a las cosas. A todos nos ha pasado ya sea con el porno gay, el cine filipino o la comedia turca. También supongo que algo tendrá que ver con asuntos más cercanos a la falta de presupuesto o a la carencia de un argumento sobre el que edificar algo parecido a un largometraje coherente. Por eso el polémico filme de LaBruce se estrellaría de bruces contra una crítica normal hecha desde la normalidad más cercana a las normas. Pero no es el caso ni casi. El cine de LaBruce es tan libertino (y divertido) que realmente no nos podemos hacer sangre por la falta de raccord o los records de pollas por escena, sino por la carencia de talento o la escasez de esa libertad creativa que sus películas proclaman para la vida y el cine. De eso L.A. Zombie va sobrada (como el protagonista) y es bandera y es himno (feo, arrítmico, repetitivo) de su propia expresión. La aventuras de un zombie extraterrestre, que devuelve la vida a los muertos a fuerza de penetrar con su pene en las heridas ajenas, es al mismo tiempo una crónica desesperanzada del lumpen social, económico, cultural y/o social de los EE.UU. más áridos que se puedan representar casi sin diálogos. Y también una reflexión esquizoide sobre la identidad sexual y su proyección en los demás y en nosotros mismos. Una reflexión de la polla, añado.

M.O.

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La casa muda, de Gustavo Hernández (Uruguay)

Lo primero que llama la atención de esta cinta uruguaya es como está rodada: con una cámara de fotos. Si formalmente hablando el referente sería La soga de Hitchcock (lo segundo que sorprende, y esto ya no es novedad, es que se estructura en torno a un plano secuencia —trucado, eso sí), en cuanto al fondo podríamos acordarnos de El proyecto de la bruja de Blair. Aunque la protagonizan tres actores, la cámara acompaña a Laura (Florencia Colucci) durante casi toda la totalidad del metraje. Ella y su padre van a la casa de campo de un amigo que les pide que no visiten la planta de arriba. Obviamente no hacen caso (y por una vez no hay que acordarse de la historia de Barbazul, pues es el padre el que primero infringe la norma —que para eso están, por otra parte). Con un hábil empleo del sonido, en el sentido de que le afecta la distancia que separa al punto de vista de la cámara, y utilizándolo como una herramienta más para generar suspense (p.ej., cuando Laura oye una canción en la habitación de arriba y el volumen es mayor cuanto más se acerca a la fuente de emisión), y una cámara que no ata tan en corto como se esperaría a su protagonista, generando más de un susto, la película juega al despiste con una historia que a pesar de mínima no queda lo suficientemente explicada en todos sus detalles, ni siquiera con un esclarecedor epílogo que sigue a los créditos. No es de extrañar ya que el crimen real en que se basa (acaecido en el Uruguay de los años cuarenta), nunca se resolvió.

S.V.

Carne de Neón, de Paco Cabezas (España)

Paco Cabezas lo aprendió todo sobre el cine, incluso lo que no se debe hacer, en su época de dependiente de videoclub, donde se doctoró por igual en la obra de los autores clásicos como en la serie Z más flatulenta. De aquellos años heredó además un temor constante al encasillamiento como pope de cine trash, lo que le ha llevado a probar suerte, con nota, en todo tipo de géneros. Si en Aparecidos bebía sin reparos del clasicismo formal de Kubrick y Spielberg, ahora ha vuelto a cambiar el registro para transformar su tarantiniano corto Carne de Neón en un ejercicio de cine neochulesco a lo Guy Ritchie, que se encuadra en un atrevido y fotogénico retrato del lumpen urbano más sórdido. Pero si el británico está atrapado en su humor barriobajero y canalla, Cabezas va un paso más allá, impregnando Carne de Neón con un doliente pathos que sobrevuela el chascarrillo de puntuales líneas de guión. Aún no es su obra definitiva, porque aunque el resultado final es convincente, no todas las piezas convencen por igual, pero Cabezas ha conseguido, sin dispersarse ni despeinarse, aunar alta y baja cultura, thriller y comedia, para firmar uno de los títulos más aplaudidos del festival.

J.P.

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Sound of noise, de Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson (Suecia-Francia).

En la pasada edición de Sitges, Pontypool (Bruce McDonald, 2008) se servía del subgénero zombie para moldear una brillante fábula en torno al poder creativo y censor del lenguaje sobre lo real. Este año, Sound of noise hace lo propio, aunque en formato de thriller y con el sonido, el ruido y la música como actores determinantes de nuestra relación con el entorno: un policía sojuzgado por el prestigio de su hermano como director de orquesta, persigue a unos peculiares terroristas decididos a que la película de sus vidas merezca una banda sonora más estimulante que la música de ascensor. Sin más pretensiones aparentes que las de sorprender y divertir al espectador, sustentada en el protagonismo de un inspirado Bengt Nilsson y en una historia que, lejos de agotarse a los quince minutos de metraje, no deja de crecer con ramificaciones insospechadas y enriquecedoras, a Sound of noise no le ha costado demasiado convertirse en el mejor de los quince títulos que este crítico ha visto en lo que llevamos de certamen, a base de simple coherencia entre lo pretendido y lo logrado. Al respecto, queda para la memoria ese pentagrama configurado por líneas de alta tensión por el que se deslizan notas vivas, los miembros del grupo subversivo.

Diego Salgado