Una nueva familia

Tres años lleva Javier Angulo al frente de la Semana Internacional de Cine de Valladolid —la popular SEMINCI— formando, más que un equipo, una familia. Y eso se nota cada año más. Los problemas a los que en años anteriores se tuvo que enfrentar la organización —y de los cuales fueron víctimas tanto el público como los profesionales acreditados— parecen ser cosa del pasado, y en esta edición hay que felicitar al capitán y toda su tripulación por el trabajo bien hecho, dirigiendo la nave por las tranquilas aguas de la normalidad. Desde Miradas reconocemos la buena labor con un sincero chapeau.

Y, sin embargo, este año la SEMINCI no se ha visto privada de un molesto ruido de fondo que ha condicionado su dimensión mediática, pues un par de días antes de su inauguración el alcalde de la ciudad, Francisco Javier León de la Riva, en una de sus frecuentes patochadas, realizó unas declaraciones denigrantes y faltonas contra la nueva Ministra de Sanidad, Leyre Pajín, que provocaron una inmediata reacción en cadena en nuestra sociedad, más allá de la ideología a la que se pertenezca —pues incluso personas de su propio partido político no ocultaron su malestar—. Y es que, al estilo de Oscar Wilde, al alcalde pucelano —no lo olvidemos, presidente del patronato que soporta económicamente al festival— le gusta estar en boca de todo el mundo —indistintamente para bien o para mal: su orgullo, egocentrismo y prepotencia no hacen distingos—, y así debió de saborear como una victoria que le diera la razón distintas acciones de repulsa que se le dedicaron, como la ruidosa manifestación de algunos vallisoletanos durante la alfombra roja que daba pistoletazo de salida al festival o el desplante de los profesionales del cine —entre ellos, Iciar Bollaín, Luis Tosar o el mismísimo Antonio Banderas—, quienes se negaron a darle la mano durante el photocall.

Por todo ello, existe una circunstancia que deseamos aplaudir por su enorme valentía: esta edición de la SEMINCI no ha destacado por la calidad de las películas seleccionadas —un término éste, el de la calidad, tan cuestionable como relativo al punto de vista que se escoja—, sino más bien por la coherencia de la temática del conjunto de los filmes proyectados en su Sección Oficial, pues en todos ellos la familia y su crisis de identidad —por lo que más bien habría que hablar de las familias— ha impregnado cada uno de los fotogramas que han llenado la pantalla del Teatro Calderón, la sede del festival. Si esta peculiaridad la unimos al hecho de que el marco geopolítico en el que se instala este festival es el de una ciudad y una comunidad liderada por políticos arraigados en el tradicionalismo social —como lo demuestra el hecho de que una de las consejerías de la Junta de Castilla y León esté, precisamente, dedicada al cuidado de la institución familiar—, no nos queda más remedio que definir la actividad del comité de selección del festival como de temeraria —en el buen sentido, y no en el aristotélico que se aparta del justo medio—, pues no deja de ser una declaración de principios sobre su independencia ideológica, manteniendo al certamen sobre unos pilares a los que aferrarse firmemente para no perder su identidad: el reflejo crítico de nuestro mundo. Así, aspectos como la emancipación femenina en entornos machistas y patriarcales, las difíciles relaciones entre padres, hijos y hermanos, la hipocresía de la familia burguesa, la infidelidad conyugal consentida, el desapego del hogar o el surgimiento de traumas a raíz de la desaparición de un ser querido —fueron varias las películas con muertos y ataúdes— han desplegado un tableau vivant global —de Canadá hasta Taiwán, pasando por América Latina, Europa y Oriente Medio—, realizándose un diagnóstico reflexivo sobre el estado de la cosa que, por su amplitud y variedad, ha configurado uno de los festivales más estimulantes de los últimos años.

Por lo demás, esta edición ha constatado varios hechos, como son el buen momento del cine canadiense —Incendies ha supuesto la gran sorpresa, El origen de un grito ha resultado ser de extraordinario interés por su difícil clasificación, y Los amores imaginarios se ha encumbrado como una auténtica balsa de aceite en el panorama audiovisual, con una estética abiertamente camp y absolutamente deudora de Wong Kar-wai— y de la filmografía brasileña —un país que más que emergente es toda una realidad, con un indiscutible potencial cinematográfico que ha sido corroborado con un ciclo, un estupendo libro y una buena respuesta en las salas de la capital castellana, donde se proyectaron quince películas procedentes del país lusoparlante—, y la por otra parte difícil situación de un cine patrio que no levanta cabeza más allá de las coproducciones —con resultados tan notables como Después la lluvia y Sin retorno, arrimadas respectivamente al calor de México y Argentina, o tan discutibles como La mosquitera y Vidas pequeñas—. Por otra parte, la reciente muerte del veterano cineasta francés Claude Chabrol sorprendió a la organización del festival vallisoletano en plena labor de un homenaje que se llevaba un año preparando, por lo que el libro que se le ha dedicado y una pequeña muestra de doce largometrajes —de entre los casi sesenta que realizó— han resultado ser más un panegírico testamentario —el primero después de su fallecimiento— que la inicial idea de un reconocimiento en vida.

En definitiva, una edición de la SEMINCI —no lo olvidemos, la número 55— que ha logrado reconciliar a este festival con parte del público y de la crítica, pues la apuesta por nuevos valores —once de los quince largometrajes de la sección oficial se encontraban dentro de las tres primeras películas realizadas por sus directores, siendo incluso algunas de ellas operae primae— ha logrado retomar el concepto de muestra festivalera antes que la de concurso cinematográfico, reconociendo el palmarés tanto la veteranía como la ilusión del principiante: que la Espiga de Oro la hayan compartido el celebérrimo Abbas Kiarostami y el desconocido Miguel Cohan es un reflejo de la coherencia y la valentía con la que el equipo de Javier Angulo ha trabajado durante el último año. Felicidades.

Sección oficial

Sin retorno, de Miguel Cohan (España, Argentina)

Más allá del típico argumento del falso culpable, esta película —una de las grandes triunfadoras del festival, ganadora de la Espiga de Oro y de los premios de la crítica y al mejor nuevo director— se alza como una gran reflexión en torno a la vida en un hilo: a un individuo honesto se le arrebatan tres años de su vida al entrar en prisión por un crimen que no ha cometido, mientras el verdadero delincuente —un adolescente que tras una fiesta mata por accidente a otro joven— es arropado por su acomodada familia para hacer como si nada hubiera pasado y seguir prosperando en la sociedad. Es decir, lo de siempre: el material pesado se va al fondo y la mierda flota. Los ecos de Muerte de un ciclista —Juan Antonio Bardem, 1955— resuenan en este nuevo escenario urbanita y democrático, donde el peso de los medios de comunicación contaminan el poder judicial con unos veredictos paralelos emitidos por unas masas que claman justicia —¿o será más bien venganza?—. La tortura de una mala conciencia, la hipocresía burguesa y un fuerte deseo de retirar vendas por parte del protagonista forjan un relato emocional y aleccionador, soportado por una dirección más que correcta y unas interpretaciones que en ocasiones se escapan hacia la teatralidad —exceptuando al gran Sbaraglia, apuesta segura de solvencia—.

En el camino, de Jasmila Zbanic (Bosnia y Herzegovina y otros, 2009)

Es curioso cómo los festivales ofrecen la posibilidad de, por comparación, saber de una forma intuitiva cómo retratar un mismo tema de forma correcta o haciendo una chapuza, pues justo el día anterior al primer pase de esta magnífica En el camino pudimos asistir al bochornoso espectáculo de Die FremdeLa extraña, Feo Aladaq, Alemania, 2010—. Y es que ambas películas, compartiendo el mismo hilo argumental —el tortuoso camino de emancipación de dos mujeres jóvenes con respecto al poder machista y patriarcal con el que el matrimonio musulmán pretende negar la independencia femenina—, forjan dos modos de hacer completamente opuestos: mientras Aladaq opta por el maniqueísmo más facilón para atrapar emocionalmente a un público maniatado en su capacidad para pensar por sí mismo —los estereotipos raciales con los que retrata a los distintos personajes son dignos de un cine ultraderechista—, Zbanic propone un honesto viaje en el que una joven azafata ve cómo se deteriora su relación conyugal, viéndose obligada a romper con su futuro marido antes de verse atrapada bajo un burka. El Premio Especial del Jurado refleja perfectamente el enorme interés de la propuesta —incluso sin tenerla que comparar con nada ni con nadie—.

Incendies, de Denis Villeneuve (Canadá / Francia)

Cuando alguien se enfrenta a una película en la que a una gran historia se le une un gran trabajo de equipo, donde tanto el elenco artístico como el técnico han realizado un soberbio trabajo —y, lo que es mejor, sin ninguna molesta floritura—, es entonces cuando realmente podemos estar hablando de una obra maestra. Y si encima una película como ésta llega a un festival como quien no quiere la cosa, sin el ruido de las trompetas que emanan de las portadas de los medios más prestigiosos —que a veces más bien parecen púlpitos o tribunas desde los cuales condicionar los criterios—, entonces a la grandeza se une la sorpresa, y el resultado final suele ser lo que todos buscamos en el cine: fuegos artificiales en nuestro interior, una de las cosas más maravillosas —por difíciles de encontrar— que nos pueden pasar en la vida. En un momento determinado, a uno de los personajes le retiran físicamente una venda de los ojos: es el momento de la revelación, el paso de vivir conscientemente en la oscuridad a que la luz nos haga daño en los ojos. En Valladolid todo el mundo se quitó esa venda —el Jurado de la Juventud y el público así lo entendieron al premiarla cada uno de ellos—. ¿Todo el mundo? No, pues el Jurado Internacional se limitó a recompensarla SÓLO con el premio al mejor guión. Lo cual, qué quieren que les diga, sabe a muy poco.

Retrato número cuatro, de Chung Mong-hong (Taiwán)

A punto de caerse a última hora su proyección —la copia no quería llegar nunca de Moscú, qué cosas pasan en este festival…—, Retrato número cuatro parecía ser en principio esa obra oriental con la que la crítica se reconcilia con los programadores de los certámenes. Y, ciertamente, lo fue, pues esa especial mirada con la que los orientales —como si aquellos tres mil millones de seres humanos fueran una sola mentalidad— saben transmitir los torbellinos interiores nos fascinan a los occidentales —ídem— para atraparnos con esa parte de la vida que siempre se nos oculta más allá del fotograma, pero de la que acabamos por tener constancia de una manera casi intuitiva. La mayoría de las películas orientales sugieren más que muestran, y por eso es un desafío intelectual su contemplación. Sobre todo si, como fue en este caso, la vida se presenta ante los ojos de un niño introvertido que dibuja las cosas tal cual las ve. Así, bastan cuatro de sus dibujos para retratar el mundo en una acuarela tan mínima como llena de contenido, pues la abstracción y el esquematismo lo pueden llegar a condensar todo, reflejando en sus contornos la amenazante sombra de la muerte —ya sea ésta la de un padre recientemente fallecido o la de un hermano al que casi se ha conocido—. La vida se torna entonces en sombras y siluetas, actuando con la luz para ofrecer el paisaje de la existencia. No es extraño, por lo tanto, que Nagao Nakashima se alzase con el premio a la mejor fotografía.

Vidas pequeñas, de Enrique Gabriel (España)

2010: tercer año de la crisis mundial. Millones de personas sufren sus consecuencias, muchas de ellas en el anonimato. Las grandes ciudades, otrora receptoras de nuevas ilusiones, rezuman ahora miles de seres humanos sin recursos, desplazándolas hacia la periferia, ahí donde los sueños permanecen a medio construir: urbanizaciones sin terminar, quebrando con su indefinida silueta la esperanza de la comodidad en medio de un descampado. De todo ello podría salir un relato lleno de desgarro. Y, sin embargo, ¿por qué resulta tan bochornosa esta película? Seguramente porque no confía en la inteligencia del espectador, teniendo que acudir a recursos tan deleznables como el buenismo y el maniqueísmo: los ricos son todos unos hipócritas y unos desalmados, mientras los pobres serán por siempre intrínsecamente honestos y solidarios. ¡Ja! Yo creo que lo peor de todo es intentar hacer una fábula de salón para aleccionar y moralizar al personal, pues las situaciones de los personajes parecen sacados de una tertulia de Intereconomía y de Las Mañanas de Cuatro juntas, con todos los convencionalismos de las conversaciones de cafetería: “Hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades”, “Hay gente que prefiere aparentar a comer”, etc. Los tiempos de llevar a una niña rica al campamento de los modestos feriantes y hacerla pasar por la Dorothy de El mago de Oz ya pasaron. ¡Pero si al final encima se lleva a Totó en el coche de su mamá!

El último bailarín de Mao, de Bruce Beresford (Australia, 2009)

Recuerdo que hace algo más de diez años la SEMINCI cerró con un film como Rosetta (Id., Luc y Jean-Pierre Dardenne, Bélgica / Francia, 1999) y cómo decenas de señoras con sus abrigos de piel quedaron escandalizadas ante tal despliegue de sucia realidad. Desde entonces, esas mismas señoras —con otros abrigos de piel— pueden ir tranquilas a la gala de clausura, pues el rojazo de Fernando Lara ya no está al frente del festival, y ahora se ofrecen más comedias y películas que irradian tal candor que reconcilian al personal con el ser humano —y a algunas personas también con el cine—. El último bailarín de Mao contiene los ingredientes perfectos para una sesión de sábado por la tarde frente al televisor: una historia real de superación con un niño de origen humilde, malos de solemnidad —los comunistas chinos, para más inri—, bellas escenas de danza, amores interraciales, diplomacia occidental que acude al rescate de los oprimidos —aquí el General Custer es ni más ni menos que el mítico Agente Cooper de Twin Peaks, Kyle MacLachlan—, etc. Sin palabras.

Israel de Francisco

En familia, de Pernille Fischer Christensen (Dinamarca)

La película danesa Una familia, que obtuvo un merecidísimo premio a la interpretación masculina Jesper Christensen, retrata con minuciosidad la última etapa vital del progenitor de una familia, y lo hace sin ocultar las influencias del maestro Carl Th. Dreyer. Sin embargo, el mensaje que podría obtenerse, visto como causa-efecto, es bastante perverso, pues la trama de la película oscila sobre los cambios en la salud del padre, enfermo de cáncer. La hija mayor, que desea establecerse en Nueva York con su marido, queda embarazada. Cuando el padre mejora, decide abortar, y el padre empeora. Sin duda, la lectura causa-efecto es perversa y maniquea. Pero nada de ello quita el mérito de mostrar una sólida película, en cuanto a dirección de actores, con un guión modélico, de enorme fuerza y un riesgo mayúsculo en su desenlace, al querer presentar en un espacio dreyeriano, el de La palabra, la antítesis con respecto a la película citada, presentar no una resurrección, sino la representación del dolor de una muerte. Esta última parte, excelente, juega con enorme inteligencia con el espacio y con la disposición de los personajes, que en ese momento asumen roles que no habían tenido a lo largo de la película. En esos momentos últimos se encuentra parte de la maestría del actor, quien con mínimos gestos muestra dolor, sensación de pérdida, (in)tranquilidad, y sosiego.

La mosquitera, de Agustí Vila (España)

La mosquitera tiene un germen realmente sugerente. Una familia, matrimonio con hijo adolescente, en crisis, mostrado con silencios y pocas palabras más que con gestos. Ese minimalismo incómodo presenta una escapada de los adultos hacia otras aventuras. Él, impecable Eduard Fernández, se dirige hacia una relación con la joven criada, y ella, soberbia Emma Suárez, hacia el mejor amigo de su hijo. Entretanto, el hijo, huye hacia una drogodependencia, mientras la hermana de Emma Suárez mantiene una relación con su hija dantesca, mezcla de sumisión y represión. La mosquitera rehúye la sencillez, toca temas muy serios pero el mayor lastre se encuentra en que los pocos diálogos, si se toman con un doble sentido pueden hacer valer La mosquitera como una gran ironía, pero si se toman literalmente, y a mi es lo que me sucedió, me parecen de clamorosa inanidad. Lo cual no quita que Emma Suárez, reconocida como mejor actriz, salga airosa de lo que es un papel tremendamente difícil, el de una mujer cansada de su burgués matrimonio que busca una salida a su crisis en el cariño depositado hacia su hijo y que, por extensión, obtiene placeres sexuales con el mejor amigo de su hijo. Nada hay censurable, ni risible, y ahí está la grandeza de una actriz.

Rafael Arias Carrión

La misión del director de recursos humanos, de Eran Riklis (Israel y otros)

El director de recursos humanos de una gran panificadora israelí descubre que una de sus trabajadoras ha muerto y ni siquiera sabe quién es. A partir de ese momento (y sin mucha coherencia argumental dado que su fallecimiento nada tiene que ver con el trabajo) los dueños de la empresa tratan de lavar su imagen (amenazada por un periodista insufriblemente coñazo y sin escrúpulos) encargando al responsable de personal que custodie y traslade el cadáver hasta que pueda ser enterrado en su pueblo natal en algún lugar de la antigua URSS.  Esa historia, con raíces algo más pulidas, podría haber dado lugar al guión de una buena comedia, un drama social pertinente o a otra crítica más o menos afortunada o manida al capitalismo salvaje y los podridos medios de comunicación. Pero nada de eso. La película de Riklis quizá lo pretendía pero acaba siendo un híbrido entre el Retorno a Hansala de Chus Gutierrez (sin el exceso de dulce de la española pero también sin sus destellos de realidad) y aquella deliciosa Pequeña Miss Sunshine en la que a ratos parece obviamente inspirada (véase la camioneta desvencijada y el hijo de la víctima, un adolescente taciturno que vive empotrado en un gorro de lana y unos auriculares) pero desprovista de su mala leche. Algunos de sus gags funcionan aisladamente pero en conjunto la película se pierde, tan desnortada como los miembros de la extraña expedición con ataúd a cuestas, sin propósito, historia que contar o lugar dónde ir, agradable a ratos pero a años luz de obras maestras que casi da reparo mencionar aquí como La Cuestión Humana (La Question Humaine, Nicolas Klotz, 2007). Ah, lo olvidaba. La película recibió el premio a la Mejor Música Original, de Cyril Morin. Sí, es buena.

Copia Certificada, de Abbas Kiarostami (Francia, Italia)

Puede ser que todas las parejas, cuando comienzan, sean la copia de otros amantes recorriendo los mismos lugares físicos y emocionales, los mismos rituales de seducción, los mismos paseos y tazas de café que se enfrían sobre mesas de mármol mientras se charla de otra cosa que ninguno está escuchando. Puede ser que todas las parejas, cuando mueren, sean solo una mala copia de sí mismas en otro tiempo imposible ya de reproducir. Puede que, como sostiene el protagonista de esta película, la reproducción perfecta de una obra de arte tenga tanto valor como el original del que procede si nada la distingue de su reflejo. Puede que Juliette Binoche entre sus antigüedades no sea más que una nueva Ingrid Bergman perdida en un museo con el hombre que amó o al que amará. Puede ser que Kiarostami se ría de nosotros al pintarnos la realidad y su espejo, qué es cierto y qué falso, cuando la película es un juego y cuando realidad, qué es verdad y que no entre dos en una carretera, como aquella de Audrey Hepburn y Albert Finney. Qué es realidad y qué representación no importa tanto para entender a esta pareja. Ni tampoco si repiten el recorrido —directo o inverso— que ha transitado con la misma fe y paciencia la humanidad mil millones de veces. Él, por si acaso, no lo hace —esto no tiene nada que ver con sus olivos y cerezas­—, ni nos da la solución para desviarnos de ese común camino, ni explica cómo se esquiva la señal que lleva a no entenderse. Es suficiente con conocer el valor del trayecto que nos presenta aquí y que, copia o no de otro Viaje a Italia, es de por sí una obra maestra. Ah, lo olvidaba. La película recibió la Espiga de Oro. Era la mejor.

Josefa Paredes

Mejores cortometrajes

Al igual que en los largometrajes, aquí más que la calidad de los cortometrajes seleccionados —que ha dejado bastante que desear— debemos reconocer la coherencia con la que cada uno de ellos ha punteado a la película que precedía, con la que en muchos casos tenían que ver —no tanto en su argumento, sino más bien en su sentido general—. Así Matar a un abejorro (Laharog Dvorah, Tal Granit y Sharon Maymon, Israel, 2009) se emitió antes de Sin retorno, y ambas comparten la misma pretensión de reflexionar en torno a las graves consecuencias de una mala acción, donde la muerte de un individuo genera una bola de nieve que desemboca en la masacre —aunque en la cinta israelí tratado con un sentido del humor muy negro—, siendo su economía de recursos lo que la llevó a alzarse con la Espiga de Oro al Mejor Cortometraje. Por su parte, la Espiga de Plata fue para Ferenz Cakó y su Roce (Érintés, Hungría), una amarga historia de desamor realizada con esa técnica de componer siluetas con arena sobre una pantalla luminosa —y que tanta gracia parece que hizo a los publicistas de galletas—, anticipando las controversias artísticas del pintor Siqueiros en la —olvidable— película El mural (Héctor Oliveira, Argentina / México). El jurado tampoco se olvidó de un filme como Niños pequeños, palabras mayores (Sma barn, stora ord, Lisa James Larsson, Suecia), en la que con mucha delicadeza una maestra de guardería ha de explicar a un niño pequeño que no está bien desear ser de mayor un violador —!!!—, siendo su buen hacer recompensado como el Mejor Cortometraje Europeo. Si algún otro ejemplo de este pequeño gran formato hemos de destacar, seguramente sólo nos quedarían dos menciones: No dejes una nube detrás (Leave Not A Cloud Behind, Pablo González, Francia), un auténtico prodigio de guión y dirección sobre dos seres condenados a encontrarse únicamente en sus sueños, y Cuidado con la ballesta (Careful With That Crossbow, Jason Stutter, Nueva Zelanda), un cómico ejercicio de dos minutos sobre los inocentes juegos de dos niños emulando a ser Guillermo Tell y su propensión a salir ilesos —o casi…—.

I. de F.

Inauguración (fuera de concurso)

También la lluvia, de Icíar Bollaín (España, Francia, México)

Un equipo español aterriza en Cochabamba para filmar una película sobre la lucha de los indígenas contra el gobierno despótico de los colonizadores españoles. A partir de ahí Paul Laverty (el guionista de Ken Loach y pareja de Bollaín) traza una historia que juega con el paralelismo entre la actitud de la industria del cine hacia los actores bolivianos que embarcados en su propia lucha contra el intento de privatizar el agua ponen en peligro el rodaje y los colonizadores del siglo XV, para quienes la existencia  de los indígenas tenía sentido sólo en la medida que sirviera para llenar de oro las arcas del Imperio. Las cosas no han cambiado tanto. Vale. Con todos los peligros de una historia basada principalmente en un presupuesto tan obvio, Laverty recorre bien ambas líneas rozando la insistencia pero sin llegar al exceso ni caer demasiado en la molesta demagogia (principal pecado que se le podía presuponer) gracias también a un estupendo Karra Elejalde (el actor que da vida a Colón) y a un Luis Tosar perfecto en su papel de productor negrero, que minimizan los riesgos de convertirse en meros peones para el adoctrinamiento moral del espectador. Y Bollaín resulta bastante solvente en grandes escenarios, presupuestos y facturas muy por encima de su cine anterior. Hasta ahí (casi hasta el final) correcto. Sin embargo buscando el sendero por la selva boliviana ambos olvidan que si un personaje cambia por completo, su cambio ha de estar justificado y la falta de motivo no hay Tosar que la salve. Ah, lo olvidaba. La película recibió el premio a la Diversidad Cultural. Sí, de eso hay.

J.P.

Tiempo de historia

Recetas iraníes, de Mohammad Shirvani (Irán)

Con un reducido equipo de diez personas y una pasmosa simplicidad —la videocámara se mantiene en un estático plano fijo durante toda la grabación—, este director iraní logra atrapar al espectador con las maravillosas historias desplegadas durante la elaboración de unos platos de comida tan suculentos como llenos de sabiduría. Las seis mujeres que aparecen en escena —desde la propia mujer del realizador a algunas madres de sus amigos, pasando por su hermana y su propia madre— comienzan con sus rituales culinarios —ingredientes, formas de preparación, etc.— para, inmediatamente, empezar a hablar sobre sus vidas y la situación de la mujer en Irán de una forma espontánea, como una liberación, un ejercicio de catarsis colectiva: lo poco que se valora su labor —algunos platos tardan más de cuatro horas en prepararse y se devoran en pocos minutos—, el ostracismo al que en muchas ocasiones se las condena, los desprecios que deben soportar por parte de los hombres, etc. En definitiva, un despliegue de la vida en su máxima expresión, en el marco de los fogones invisibles y olvidados que mueven los motores de toda una sociedad. No es de extrañar que, en un ejercicio de sinceridad, el director confiese en un rótulo final que tanto su esposa como su hermana acabaran por divorciarse de sus respectivos maridos al finalizar el rodaje del documental. Y es que las mejores recetas, como esta última que propone el realizador, se cocinan siempre a fuego lento.

I. De F.

Ciudadano Negrín, de Sigfrid Monleón, Carlos Álvarez (España)

Ciudadano Negrín es una disección del último presidente de la II República española, Juan Negrín. Su vida y sus acciones políticas antes y durante la guerra civil, son el eje de la primera parte de la película. Su mayor mérito es el rescate y el conocimiento que se da a documentos de primera mano, como son las cartas del propio Negrín, que ofrecen la imagen de una persona mucho más valiente y responsable que el ofrecido por los historiadores hasta ahora. En ella, muchas de las reflexiones del último presidente de la República son especialmente emotivas, por dolorosas y sinceras. La segunda parte de la película, con Negrín ya en el exilio, se dedica con deleitación a la muestra de pequeñas películas caseras rodadas por el propio Negrín. Por desgracia, aparte del interés antropológico, el interés histórico y narrativo para el discurso del filme me parece coyuntural. La razón es que casi todas las películas caseras están rodadas por Negrín y muestran aspectos bucólicos y, e algún caso, interesante por mostrar a su familia y a alguna persona allegada. Pero falta la presencia de Negrín, con lo que nos hurtan su posible mayor interés, el cuerpo del último presidente de la República.

Inside Job, de Charles Ferguson (EE.UU.)

Si Gordon Gekko, protagonista de los dos Wall Street habitara los pliegues del documento Inside Job, sería eliminado de éste por blando, acomodaticio y poco acorde con su máxima “La avaricia es buena”. Porque en Inside Job este lema es el que mueve el mundo económico. Explicación de las causas de la crisis que padecemos, la película es tan didáctica e inteligente como anticuada. Youtube, incluso alguna representación de Power Point de las que ha dado la vuelta al mundo varias veces, explican en menos tiempo lo que Charles Fergusson escenifica, el retrato de la ambición desmedida alentada por los poderes públicos y economistas ávidos de poner en marcha métodos estandarizados de producción de bienes, de reducción del estado de bienestar y de ampliación del mercado bajo la falacia de la autorregulación, desde los años 80, especialmente alentada en este siglo pero sobre la irrealidad del amontonamiento y creación en sesión continua de créditos. Nada que reprocharle al documento, quizá la no presencia de otra ambición lícita –las otras, las de la especulación, no me lo parecen– la de los pequeños ahorradores que creyeron que podían gastar más de lo que tenían porque unos bancos depredadores se lo aseguraban. La pena del trabajo de Fergusson son los veloces tiempos en que vivimos. Puede que, dentro de medio siglo, tenga un indudable valor histórico, económico y antropológico. Por el momento, nace caduco.

R.A.C.

Soluciones locales para un desorden global, de Coline Serreau (Francia)

Tras las guerras mundiales, la industria química se preguntó qué podía hacer con los cientos de miles de toneladas de pesticidas que le sobraban y encontró su mercado en los agricultores. Su perfecto plan se llamó Revolución Verde y bajo el objetivo declarado de erradicar el hambre envenenó (aun lo hace) a millones de seres humanos, condenó a los labradores del tercer mundo a comprar sus carísimas semillas (únicas que germinan en la tierra destrozada por agentes químicos), convirtió en basura todo lo que comemos y ganó un Premio Nobel de la Paz. Con estos mimbres, la directora y guionista francesa Coline Serreau [Pourquois Pas, 1977, Tres solteros y un biberón (Tres hommes et un couffin, 1985)] dedicó tres años a recorrer Brasil, Ukrania, Suiza, India y entrevistar a ingenieros agrónomos, biólogos, agricultores y ecologistas que proponen y muestran soluciones asumibles y reales ya en marcha en muchos lugares del planeta para parar esta forma de terrorismo alimentario que causa el suicidio de un agricultor indio cada media hora desde hace más de 10 años, nos envenena lentamente y mata una tierra tan enferma que, en pocas décadas, será incapaz de alimentarnos. Es cierto, como se le criticó, que Serreau no aporta ningún hallazgo visual al género documental y se limita a seguir el esquema del reportaje clásico de entrevistas. Pero tampoco cae (con lo fácil que sería) en tremendismos ni trampas al estilo Michael Moore y relata con ritmo y fuerza una historia aún tristemente desconocida dejando hablar a sus entrevistados y que sus palabras germinen en un público que interrumpió la proyección con aplausos y, a buen seguro, fue incapaz de comer una manzana después.

J.P.

Punto de encuentro

Obselidia, de Diane Bell (EE.UU.)

Obselidia es una película que a uno le apetece ver tras leer la sinopsis: un tipo que se dedica a realizar una enciclopedia de objetos obsoletos (de ahí el título) conoce a una mujer que trabaja en un cine que solo muestra cine silente. Es decir, dos seres anacrónicos. Pero lo que uno cree que va a suceder, la supervivencia de dos personas que son de otro siglo, pronto se desmorona. Lo que parecía ser la historia de dos seres singulares en un mundo tecnologizado, se difumina por una razón: el trabajo y la idea que intuimos sobre ella  nada tiene que ver con lo que vamos a ver. Ella es una mujer de su tiempo, que trata de hacer vivir al joven enciclopedista, que cree que la palabra amor está próxima a entrar en su obselidia. Entonces, nada es lo que uno quiere y ya es tarde porque lo que veo es una historia errática, muchas veces vista, de amores poco probables. Casi seguro que es una historia que mejor queda en un libro. Otra razón de peso para su inanidad es que la imagen no es aprovechada en ningún concepto. Un ejemplo: el hogar del enciclopedista es entrevisto, sospechamos que debe ser un lugar de objetos peculiares, comenzando por la máquina de escribir, pero nunca tenemos acceso a las habitaciones, a las entrañas. Aún así, obtuvo el Premio de la Juventud. Cosas que pasan.

Amores imaginarios, de Xavier Dolan (Canadá)

Amores imaginarios es una película que plantea con la normalidad que merece, la historia de tres jóvenes, dos chicos y una chica, que viven y disfrutan del sexo, sin necesidad de tener que llamar a la puerta de cualquier barrera infranqueable para que les den permiso porque tres son más felices que dos. La intrusión de ese personaje que va a separar una pareja y una forma de vida  hace recordar al principio a Teorema. Pero nada más allá del drama pasoliniano. Lo que hay en Amores imaginarios es el placer de disfrutar y de vivir, nada más. El joven director canadiense muestra con la sensibilidad y la liberalidad propia del Truffaut de Jules y Jim, unos amores que a algunos pueden parecerles lejanos, por un look que remite a los 80 y por una forma de narrar, que evita el énfasis y huye de las escenas significativas. El resultado es una película donde todo lo que sucede se narra en el mismo tono desenfadado. Hay drama, sí pero todo se supera, parece decirnos. Incluye un homenaje preciso al mayo del 68 parisino con la presencia en un pequeño papel de Louis Garrel, protagonista de Soñadores y de Les amants reguliers.

R.A.C.