¿En manos de quiénes estamos?

¿Qué es lo que tanto ha podido incomodar de esta nueva entrega de la saga Saw a los miembros de los comités de calificación de distintos países? ¿Cómo es posible que en esta España del 2010, gobernada desde hace años por un ejecutivo que ha secuestrado para sí los conceptos de tolerancia y talante, se haya relegado a esta película a su exhibición en los circuitos pornográficos, con la consiguiente censura que supone esta difícil accesibilidad? Todo el mundo parece estar perplejo ante este desagravio comparativo, pues nadie parece tener muy claro qué diferencia esta sexta parte de la serie con respecto a sus precedentes para que ahora se le aplique la ley por la cual el film realiza una explícita «apología de la violencia» (Real Decreto 1067/1983, de 27 de abril, regulador de las salas especiales de exhibición cinematográfica, desarrollando el título primero de la Ley 1/1982, de 24 de febrero). Y, sin embargo, yo creo más bien que lo que separa a esta cinta de sus hermanas no está en la forma, sino en el fondo, y concretamente en el panorama socio-político que lo alberga. Me explico.

Barack Obama llegó en enero de 2009 a la presidencia de los Estados Unidos con muy buenas intenciones y una cartera llena de proyectos —desmantelamiento de la cárcel de Guantánamo, salida de las tropas de Irak, etc.— que, dos años después, ha sido incapaz de cumplir. Todos ellos fiascos, pero ningún fracaso como la derrota de su reforma sanitaria en el Senado norteamericano. En éstas llega Saw VI, película que en su argumento propone la sádica tortura de un alto ejecutivo de una aseguradora médica, quien se ve obligado a practicar su peculiar filosofía empresarial sobre sus empleados, siendo al final víctima de la justicia divina impartida por la viuda de uno de los pacientes rechazados por él.

He aquí la principal diferencia de esta entrega con respecto a las cinco anteriores, pues ahora no estamos ante los sádicos juegos de un egocéntrico maniaco sobre unos seres principalmente anónimos, sino que es la mano justiciera de unos cabreados ciudadanos la que ejecuta a la cabeza visible de una de esas vampíricas compañías. Ejemplo puramente didáctico en unos tiempos como éstos, donde el poder siente el peligro que suponen millones de personas han sido o están siendo rechazadas por aquellos mismos que se enriquecieron en su día a través de las cuotas pagadas religiosamente por sus clientes.

A veces es sobrecogedor comprobar cómo ciertos comportamientos del ser humano no varían, cómo algunos hábitos parecen formar perennemente parte de nuestra esencia, sin poder desterrarlos de nuestras sociedades. Me viene a la cabeza esa escena de Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940) en la que un tipo, sentado cómodamente en su cochazo, está desahuciando a unos campesinos en nombre de empresas y sociedades que no dejan de ser entelequias anónimas, sin rostros visibles con los que dialogar. Creo que todos los ciudadanos del siglo XXI nos parecemos bastante a esos campesinos, víctimas de compañías aéreas low cost sin mostradores ante los que protestar, entidades bancarias sin oficinas físicas y que practican el fresh banking —o, directamente, el fresco—, o compañías telefónicas que contienen las quejas a base de operadores que, a pesar de estar a miles de kilómetros, logran crispar los nervios del usuario. La misma virtualidad, la misma cobardía y la misma cara dura que hace más de setenta años.

Desde que Jigsaw muriera en la tercera parte de esta serie no ha dejado de atormentar a aquellos que creyeron que una minucia como la muerte les libraría de los sermones y las lecciones morales de este desproporcionado predicador. No sólo ha vuelto ya en varias ocasiones, sino que esta vez además, como los soldados-zombi del episodio de la serie Masters of Horror titulado Homecoming (Id., Joe Dante, 2005), regresa para atormentar a quien provocó su muerte y para mostrarnos sin máscaras la categoría ética de todos aquellos en cuyas manos estamos. Una nueva enseñanza, que seguro no será la última.