Retales

El syfy, no olvidemos que ahora se llama así, regresó otro año más al cine Palafox. La novedad más sugestiva en esta octava edición de la muestra de cine fantástico más atractiva de la capital, fue la sustitución de Leticia Dolera (de la que no pudimos librarnos, a pesar de encontrarse en un rodaje fuera de España del que no encuentro noticias, pues nos grabó un video de presentación desde una playa paradisiaca) como front-woman por la también actriz Alexandra Jiménez, que supo adaptarse rápido a las demandas de un público tan selecto como el que desfila por la muestra, de tal modo que se vió en la obligación de incluir una buena lista de improperios en sus discursos introductorios. La inauguración consistió, como el año pasado, en un estreno por los pelos, un Destino oculto que se estrenaba al día siguiente de su exhibición en la muestra, y en el resto de la programación, salvo una discreta primicia (Cherry Tree Lane) muchos restos de Sitges, por primera vez quizá demasiados, no solo de la edición de 2010, sino incluso de la de 2009. Aunque cumplen con su cometido de alimentar las ávidas retinas de los espectadores madrileños amantes del género, aún queda la duda de si en algún momento se decidirán a despuntar con algo un poco más parecido a un festival o se contentarán con el mini-evento que ahora es, en el fondo una plataforma publicitaria para el canal de ciencia-ficción que les da nombre.

El último exorcismo, de Daniel Stahm (EE.UU., 2010)

El exorcismo como truco de magia, como una brillante interpretación. Más que como un fraude, como un libro de autoayuda. Eso y no otra cosa es lo que quiere revelar el protagonista de The Last Exorcism registrando en un documental el proceso de preparación y realización de un auténtico (pero falso, como todos) exorcismo. Este predicador por herencia familiar que se dio cuenta demasiado pronto de que a pesar de que su vocación era inexistente podía ayudar a las personas con su labia y sus trucos, descubre que un niño ha muerto asfixiado por hacer caso a otro liquidador de demonios farsante como él, y decide exponerse a sí mismo y a todos los demás con el fin de ayudar a evitar más muertes vanas y absurdas. El (falso) documental de Daniel Stahm es un estimulante ejercicio de terror, del más primitivo, y pese a algunos momentos algo forzados (la niña exorcizada cogiendo la cámara en la intimidad de la oscuridad y registrando en primer plano, como en un shooter cualquiera, el destrozo al que somete a un pobre gatito en el granero) destila inquietud, suspense, y miedo, ¿por qué no decirlo? a la vez que nos recuerda otras ficciones, documentales o no, como pueden ser Capturing the Friedmans, El proyecto de la bruja de Blair (para bien, aunque parezca complicado) o incluso La semilla del diablo. A pesar de su título un tanto lamentable hay que decir que no es otra estúpida película de exorcismos, y el final es antológico.

Giallo, de Dario Argento (EE.UU., Reino Unido, España, Italia, 2009)

El Dario Argento que conocíamos brilla por su ausencia en Giallo, sustituido por su reverso torpe, eso sí, sin escasez de atractivo, aunque los motivos sean bien distintos. El rastro que dejaron Rojo oscuro, Suspiria o El pájaro de las plumas de cristal quedó atrás. Si la película protagonizada  por Adrian Brody y Emanuelle Seigner obedece a la senilidad del autor de Tenebre o simplemente a que ha decidido que ha llegado el punto en que le toca reírse de sí mismo, y por extensión del género al que tanto debe y que tanto le debe a él, a Mario Bava o Sergio Martino entre otros, eso lo desconozco. El caso es que tenemos que estar agradecidos por ello, pues tanto si es un despropósito como si es un propósito meditado e intencionado, Giallo fue a todas luces el rato más divertido que pasamos en la muestra este año, y en eventos de este tipo igual de necesarias que la angustia o los litros de hemoglobina y los sustos y truculencias varias son las risas, siempre que su inclusión obedezca a los ámbitos del género. Y el género se encuentra en Giallo, aunque desmantelado de modo que todo lo que antaño fuese inquietante, truculento o bizarro ahora es pura comedia chusca. Las interpretaciones de Brody y Seigner se apoyan en unos diálogos tan sumamente nefastos que logran parecer serios candidatos a los razzies (no hablamos de Elsa Pataky ya que lo suyo no dista mucho de lo que hace habitualmente), las situaciones a las que se enfrentan son tan repletas de sinsentido que el delirante esperpento resultante no puede sino provocar las más sinceras carcajadas y aplausos. Especialmente memorables son los flashbacks estilo retro (tanto la fiesta y la discreta exhibición cárnica de la madre del protagonista como el perdón obtenido del policía que le pilla en pleno acto de venganza furiosa) o los arranques de un protagonista ya adulto deshaciéndose de las pastillas que necesita el asesino (último chiste, interpretado también por Brody algo caracterizado), que padece ictericia y de ahí ese color giallo que da título al invento, sátira de ese otro mayor y más grande invento al que dudamos que un Argento que ya parece haber rendido cuentas y que anda preparando Dracula 3D vuelva a acercarse alguna vez.

Cherry Tree Lane, de Paul Andrew Williams (Reino Unido, 2010)

Algo más podía esperarse del autor de la divertida y a ratos sorprendente The Cottage, que narraba un secuestro en clave de comedia que terminaba como un slasher algo más sobrenatural que lo que uno podía presuponerse al comienzo. El comienzo de Cherry Tree Lane también trata un secuestro, si bien esta vez domiciliario, cuyos referentes más inmediatos son los Funny Games de Haneke o la reciente Secuestrados de Miguel Ángel Vivas. Si bien visualmente Williams enriquece la historia basándose en la profundidad de campo o determinado empleo de los contrapicados, esto se agota rápidamente e incluso a ratos se aplica sin demasiada habilidad. Si a eso sumamos que el avance del secuestro deviene aburrido, estando ausente, salvo en algún chiste disperso, el sentido del humor de The Cottage,  nos quedaría esperar un sorprendente giro como el que hallábamos en su opera prima, sin embargo este no se produce y es entonces cuando de verdad se resiente el film. Nos quedan unas muy convincentes, realistas interpretaciones de Rachael Blake y Tom Butcher, que dan vida al matrimonio secuestrado, y un seductor final interruptus, junto con puntuales destellos de violencia, en su mayoría en off (particularmente en un desmadrado tramo final), que dejan con un sabor agridulce.

Dream Home, de Pang Ho-cheung (Corea del Sur, 2010)

Y si el syfy recicla de Sitges, nosotros también, con este texto de la película coreana publicado en las crónicas del festival catalán. Y es que la crisis ha hecho mucho daño. El hongkonés Pang Ho-Cheung, realizador de Isabella, ha conseguido con esta película una combinación genérica de ensueño. Parece difícil de imaginar que el drama social y la comedia gore quepan en el mismo producto, pero eso y no otra cosa es Dream Home. El filme está narrado con un montaje segmentado temporalmente que narra de forma paralela una secuencia de crímenes cometidos una noche en un bloque de pisos del centro de Hong Kong y por el otro la vida de la protagonista y como las circunstancias la han empujado a coger una caja de herramientas y masacrar un vecindario, siempre con un fin en su mente. La crisis, la burbuja inmobiliaria, las mafias que se mueven alrededor, la sanidad, las infidelidades, el estrés del trabajo, los problemas familiares… Una sociedad tan imperfecta alimenta más imperfecciones, a veces muy desagradables. Ignoramos si en el caso real que inspira la película los crímenes fueron tantos y tan brutales, pero lo que está claro es que la protagonista interpretada por Josie Ho no se anda con tonterías. Empalamientos, martillazos, tripas abiertas, asfixiamientos y el siempre agradecido humor negro que hace estas cosas más llevaderas y disfrutables por un lado, y la crítica social hacia un sistema cada vez más enfermo y el creíble proceso de creación de un monstruo por el otro, hacen de Dream Home una película reivindicativa y reivindicable. Definitivamente, vivir en casas grandes es una putada.

Sergio Vargas

I Saw the Devil, de Kim jee-woon (Corea del sur, 2010)

Si la venganza es un plato que se sirve frío, el protagonista de I saw the devil tiene que ser una especie de Ferrán Adriá del rencor. Sus formas, sus fines, sus estrategias y su inconfundible manera de sazonar la espera con odio, le hacen un maestro indiscutible del dolor. Del suyo propio, del del plato que prepara y del del espectador que lo va a degustar. Todos hablaban de su acabado, de las estrellas que se le daban, de los vómitos que provocaba, de los paladares exquisitos que no la entendían y del morbo, la violencia, Memories of Murder o Zodiac. Como esa propia venganza a mí (y a algunos de los compañeros de Miradas que compartimos butacas entre un público cada vez más necio e insoportable) me dejó frío, tiritando endemoniado entre un reguero de ideas sutiles sobredimensionadas, cierta complacencia en estar realizando casi una obra de tesis, una versión oficial, y la propia satisfacción innegable de estar divirtiéndome con la mente perversa de un director que parece conocernos como si nos hubiera parido. Sensaciones encontradas, malformaciones congénitas en el espíritu, dos horas y media largas que aco(r)tan la vida y un sinfín de consideraciones sobre nuestra propia naturaleza, sobre el uso de la violencia, sobre lo peligroso que es el amor cuando se te pudre dentro y sobre la determinación que nos embarga cuando creemos que llevar la razón nos permite aniquilar a un pueblo entero famoso por la calidad de sus daños colaterales. Una obra tan densa y tan macarra que a veces no podemos desembarazarnos de la sensación de que nos encontramos con un producto demasiado preparado. Y eso a mí, que seré muy raro, me produce más frío que calor.

Captifs, de Yann Gozlan (Francia, 2010)

Creo que en las películas de terror se nota mucho más la capacidad de narración (su adecuación intrínseca) del director y su implicación o amor por el género que práctica. Las películas dirigidas por compromiso o por encargo a alguien poco dotado o poco conocedor del género, suelen traducirse en obras desprovistas de interés, ortopédicas y con graves déficits de ritmo y de lógica interna. Algo así como El orfanato, un artefacto inane que dura solamente hasta que se termina. Algo así como otras muchas que se nos vienen a la cabeza. El debutante Yann Gozlan intenta subirse al carro de A  l’interieur, Frontiere(s), Martyrs, La Horde o La meute y se queda con lo peor de estas películas (truculencia desgarbada, traca final como vértice de la narración, sustrato reaccionario) sin rescatar el componente diferencial y genuino de su capacidad de convertir en sinécdoque brutal, una lectura global de un principio de siglo agitado (los conflictos reales en A l’interieur o Frontiere(s), la primera escena de La Horde, la deshumanización de las clases menos favorecidas en Martyrs) y quizá sin vuelta atrás. Captifs se queda en otra variante, sin sangre ni corazón, de un Hostel cualquiera que no consigue trascender en ningún momento lo que se ve en pantalla. Una película que confía demasiado en su arranque y en su final y descuida de manera clamorosa una parte central que ni los gritos ni la presencia de una niña inquietante consiguen convertir en algo interesante, inquietante o incómodo.

Manuel Ortega

Destino Oculto, de George Nolfi (EE.UU.)

Una epopeya neorromántica basada en un relato corto de Philip K. Dick. Dos conceptos que engarzan en un oximoron, dirían los acólitos del novelista. Pues sería esta la mejor forma de definir a una película tan sencilla y deliciosa como Destino Oculto, una pequeña joya de la ciencia-ficción que entronca con la tradición que va desde The Twilight Zone hasta The Outer Limits, diseñada sobre el estilo vintage de la estética ‘60s, y esculpida bajo los ropajes argumentales de la televisiva Supernatural –y por ahí anda Eric Kripke para intuirlo-. Elegante, sobria, apasionada, näif, Destino Oculto podría formar junto a Señales del Futuro y Miedos 3D una perfecta tríada de largometrajes excesivamente sofisticados para un multisalas pero demasiado simples para un público más selecto; películas abiertamente emocionales, deslocalizadas, que indagan sin temor en la inestabilidad del presente, en la fractura de los lazos familiares, en las coacciones que sufre el individuo, en la necesidad de romper con el presente. Puede que Destino Oculto sea la peor de ellas, seguramente porque es la más ambiciosa pero finalmente la más recatada, la que plantea más interrogantes pero ofrece respuestas más espurias. Una de esas películas que conviene escuchar con atención, aunque finalmente no le hagamos demasiado caso.

Shadow, de Federico Zampaglione (Italia, 2009)

Afirmamos que si a Shadow la fecháramos en 1975, pasaría perfectamente por un fascinante film de culto, de esos que ahora se reivindican en cualquier retrospectiva de cine italiano de género. Y lo es gracias a su torpeza narrativa, a su tosquedad manifiesta, a la impureza de sus fotogramas. Shadow es carne de guerrero y no de estudioso o esteta. Federico Zampaglione, líder del conjunto musical Tiromancino, aglutina todo un magma de referencias dentro de un tejido narrativo que opta por la acumulación de estilos más visceral que intelectual: el survival seco que se parapeta en la violencia de la naturaleza, el torture-porn en una vertiente más estilizada y metafórica, el horror como condicionante político, el grand-guignol amparado en las variaciones perpetradas por Rob Zombie, e incluso el expresionismo alemán entendido como recurso propio del cuento de terror. Ontogénesis del género para una película que no pretende ser revisionista, sino extensa carta de presentación de su realizador o sueño húmedo para satisfacer angustias ficcionales.

Thirst, de Park Chan-wook (Corea del Sur, 2009)

Sorprenden los minutos iniciales de Thirst por su rara contención, por su apuesta por la ascesis. En cierto modo rememoran los planos cortantes de Sympathy for Mr. Vengeance, cuya desnudez no hacía presagiar el ansia por el psicoticismo visual que desprendería la obra posterior de Park Chan-wook. Como si se tratase de una purga estética enlazada a un sentimiento de contrición, el cineasta coreano nos somete a las dudas existenciales de un sacerdote que encontrará en su entrega absoluta por el prójimo el mayor pecado. La conversión del sacerdote en un vampiro plantea, por mera sintaxis, un suculento conflicto moral para un hombre que se debe al Otro, pero que terminará alimentándose de él. No obstante, Park Chan-wook no es un teórico, es un brillante escrutador de las pasiones humanas, un individuo atormentado por la culpa, la redención, el sexo, la venganza…Al coreano le pone la tragedia griega, el catolicismo, la novela decimonónica, y ahora también el folletín rosa, el puro esperpento. Y sobre todo, es un cineasta relacional, que entiende los conflictos del Yo como el resultado de su interacción con los demás. Así, cuando el vampirismo se reduce a símbolo liberador, la película efectúa un brillante viraje hacia el humor bufo, el melodrama desatado, y el erotismo bizarro. El resultado deriva en una historia de amor fou, no muy distinta a la ejecutada en su anterior Soy un cyborg. Park Chan-wook es uno de esos benditos que cuando abre un plano, uno nunca sabe dónde va a cerrarlo. Thirst ejemplifica este aforismo en formato largometraje.

Roberto Alcover Oti

13 assassins, de Takashi Miike (Japón, 2010)

El cine de samuráis (chambara) es uno de los subgéneros más labrados en la historia de la cinematografía japonesa. Directores de todas las épocas han sido fieles al código de la espada, desde antiguos maestros de los años veinte y treinta como Kanamori Bansho, Iroshi Inagaki o Shozo Makino, pasando por el gran Akira Kurosawa, máxima figura de la época dorada del género en los años cincuenta y sesenta y responsable de su popularización en Occidente, hasta la generación actual que representan Yoji Yamada, Yojiro Takita o, quien ahora nos ocupa, Takashi Miike. Imprevisible y versátil como pocos, su revisión de los 13 asesinos de Eiichi Kudo (Jûsan-nin so shikaku, 1963) es un monstruo de dos cabezas que terminan devorándose mutuamente. Tras una primera hora de corte íntimo, logrado por medio de la contención formal de una narración clásica y la hondura moral de los diálogos, Miike desata su lado Mr. Hyde en una segunda parte entregada a la acción del “más difícil todavía” y el humor grotesco y surrealista. El contraste resulta excesivo y rompe la película en dos mitades que se anulan. La nobleza de la causa de los samuráis se desdibuja entre los continuos giros de la alargadísima batalla final, y ésta a su vez se desarrolla de una forma tan circense que no resulta creíble en manos de unos personajes que media hora antes eran un ejemplo de sobriedad. Habrá quien piense que así es Miike: hace lo que quiere y como quiere, sin reglas. Otros pensamos que ésta podría haber sido su particular Una historia de violencia (A History of Violence, David Cronenberg, 2005).

Raúl Álvarez

Salvage, de Lawrence Gough (Reino Unido, 2009)

Menos mal que el público de Syfy no es el mismo que el de un festival de punk de los últimos setenta. De lo contrario la retirada a última hora de la copia de la esperadísima Tucker and Dale vs. Evil (Eli Craig, 2010), debido a un fallo técnico, hubiera producido, como mínimo, algún crujir de huesos. Hay que decir, no obstante, que la organización supo reaccionar bien y a tiempo: la divertida epopeya de Craig se proyectó el domingo y a cada uno de los asistentes se nos regaló un DVD doble en compensación. Él mío contenía The Birthday (Eugenio Mira, 2004), así que me quedé muy a gusto. Lo más discutible fue la elección de la película que habría de cubrir el hueco: la británica Salvage, una irregular compota, no carente de puntuales aciertos, con los ingredientes habituales: infectados o cuasizombis saliendo de la nada, escenario de una miniapocalipsis resignada, los justitos decilitros de sangre, militares de gatillo fácil, chicas bien entrenadas y más o menos bien formaditas, tíos fondones, torpes y postozorianos, pasillos sucios y casas sitiadas. Lo mejor, vaya por delante: estamos ante otra de esas películas de horror que usan el género para hablar de lo complejas que son casi siempre las relaciones humanas, hasta el punto de que la resolución  de sus conflictos tomen la delantera a la propia supervivencia. Y eso es lo que me gusta: que resolver un problema con tu hija, como es el caso, o ligar con la chica sea más importante que escapar de la horda de no-muertos, y que todo ello se haga en serio, no a chirigota, como en naderías de la cuerda de Hatchet 2 (Adam Green, 2010). Con todo, no estamos ante un nuevo Monsters (Gareth Edwards, 2010); más quisiéramos. Y es que incluso cuando esta, con todo curiosa, Salvage termina, nos reconcome un juicio despiadado y brutal, hasta el punto de preguntarnos si sus hallazgos estarán sólo en nuestra cabeza. Tampoco conviene cebarnos en exceso con esta entretenida obra minúscula que no se atreve a ser consecuente con lo que a veces parece que  promete… o que tal vez tenga demasiado miedo a su propia oscuridad. En todo caso, y se mire por donde se mire, una película del todo inadecuada para solventar una faena. Lo qué me lleva a pensar otra vez: pero qué buena y bonita que es Monsters

Pablo Vázquez