Citas y fragmentos

Un poco como un retiro espiritual, un poco como punto de reencuentro y encuentros, Las Palmas funciona dentro de mi calendario anual como una gran cita con varias cosas: Una cita con una ciudad que tarda siempre tanto en llegar como los camareros en tomarte nota o traerte el segundo plato. Una cita con una programación libre y juguetona que sabe mezclar la esencia más dura de su sección oficial o retrospectivas con la función desengrasante de mucho de sus ciclos más inteligentes. Una cita con amigos que cada año se multiplican y prevalecen para confo/irmar que el ritmo de sentir de Canarias es muy parecido al ritmo del corazón. Una cita con el folio en blanco y la cabeza llena de sensaciones, situaciones y experiencias que se expanden o se solapan. Una cita con los aeropuertos, los cafés en vaso de cartón y cinturones en  bandejas de miedo. Una cita con uno mismo, que siempre es más uno mismo cuando mantiene alejado por unos días (o al menos lo intenta) de toda la parafernalia que a veces nos ata a una película que no nos gusta tanto o en la que definitivamente jugamos un papel demasiado secundario. Una cita con el cine que debería ser más común y visible en un paraje y un festival que permite conciliar nuestra mayor afición de la vida con la vida que hay entre película y película.

Aquí a continuación os dejamos con varias películas de las que vimos en el festival y una entrevista en exclusiva con el excelente y polémico director nipón Kazuo Hara. En el próximo número añadiremos una reseña del libro Neo noir, editado por Jesús Palacios sobre el magnífico ciclo que él mismo ha coordinado.

Attenberg (Athina  Rachel Tsangari, 2010, SO)

Cine griego para intelectuales con las defensas muy bajas. Producto diseñado con el ojo puesto a lo que rodea al diseño sin tocarlo. Propuesta basada en hechos tan reales como intentar estirar un chicle y que te dé en un ojo y nos duela. Tirar del éxito que produjiste (Canino) y creer que todo el campo de butacas es orégano afrodisíaco. Crear desde el convencimiento íntimo de ser un bien colectivo para (con)fundir las luces con la ausencia de sombras. De todo esto y un poco menos hay en Attenberg, un intento de epatar tan pijo como consentido. La escena de apertura no deja dudas: dos chicas guapas en una estética feísta se dan lengüetazos en sus lenguas como emulo de un aprendizaje que no se cree ni el que no sabe. Todo lo que se atisba de verdad y de talento queda sepultados por una impostura que intenta crear incomodidad y que lo que hace es generar un aburrimiento insumiso ante el todovale de cualquier autor en ciernes. Si superas eso pues te podrás quedar con ciertas reflexiones sugerentes sobre la muerte y la sexualidad, con otras sobre que somos animales merecedores de miles de documentales en la 2 (idea subrayada hasta la extenuación) y con cierta voluntad, más allá del acierto, de equiparar las dificultades de entender las cosas con la fórmula para mostrarla.

El mundo que fue y el que es (Pablo Llorca, SO.)

No sé que futuro puede tener la nueva película de Pablo Llorca, pero tampoco se muy bien cual es el futuro del cine por mucho que lea a Lipovetsky y Serroy. Así que es tontería cuestionarse el sentido de su cine en un mundo artístico y en una industria cinematográfica sin demasiada dirección.  Pero su obra ahí queda para todo el que quiera un plato diferente en imagen y discurso, cine político desde la médula hacia la médula, cine histórico que es a su vez arqueológico por la de tierra que la socialdemocracia, la sociedad del bienestar (lo que bien acabamos) y el poder, le han echado encima. Una película militante pero al mismo tiempo crítica con sus propias creencias, irregular y desgarbada en mucho de sus peores momentos y repleta de un extraño magnetismo y de una incomoda verdad en las secuencias que construyen, fracaso a fracaso, la victoriosa crónica de un desencanto, la amarga guinda de un postre elaborado con, quizá demasiado cariño.  En estos días extraños y bonitos del mayo de 2011, recordar su desesperanzado (y en
cierto forma, ridículo) epílogo creo que hará levantar la sonrisa incluso de Pablo Llorca. O de la memoria histórica de los familiares de esos héroes que murieron encerrados sin poder mostrar al mundo su condición.

Nannerl, la souer de Mozart (René Féret, 2010, SO)

Esta es una de esas películas que nadie quiere ver en festivales. No es un producto diferente desde el principio, no proviene de una filmografía exótica ni su director no ganó el nosequé joven en el festival de Nosedónde. Nannerl, la souer de Mozart, es un respiro de corte clásico, sutil y elegante, dotado de una pátina clásica que hacen que sus dos horas de duración se queden en nada. Dirigida con fina sapiencia por René Féret, la película francesa cuestiona más que responde, protege más que expone, esconde más que encuentra, representando, al mismo tiempo, una lectura moderna sobre las diferencias reales, o buscadas, entre géneros, el corte abismal entre clases que poco después hizo que rodaran las cabezas mejor peinadas, la pérdida de la infancia cuando es instrumentalizada por los padres, el sacrificio de lo individual ante lo colectivo (Nannerl por Wolfang Amadeus, Wolfang Amadeus por todos nosotros) y lo insondable e inefable del talento propio y ajeno. En definitiva, una película que muchos compañeros cíticos no le dieron una oportunidad mereciéndolo ampliamente.

Year without a Summer (Tan Chui Mui, 2010, SO)

Y si la película dirigida por René Féret era una película antisistema (sistema de elección de películas en festivales extremadamente independientes, claro), la del malayo Tan Chui Mui era el esquema básico de lo esperable, el difuso espectro de lo previsible. Siguiendo el éxtasis generalizado entre la crítica circunspecta (o seria) por el cine, las formas y la estela del cine de Apitchapong Weerasethakul, el director malayo nos traía un filme de corte naturalista, estético en su concepción, premioso en su fluir, deslavazado en su composición, pero efectivo a la hora de crear sensaciones encontradas. Por un lado la belleza de una primera parte donde la falta de luz nos permite ver lo que queramos: unos amigos en una barca, el agua que no permanece quieta, los mitos que se reinventan en cada historia. El misterio que se difumina bajo nuestros cuerpos, las cosas que no alcanzamos a comprender porque nos explican a nosotros y no al revés. En la segunda parte, algo más tradicional, nos encontramos con la paradoja de que siempre hay algo más que explicar cuando no todo puede ser sensitivo y es donde Chui Mui baja el listón alejándose de la insobornabilidad de Weerasethakul y de otros epígonos como Vimukhti Jayasundara y de su magnífica Between two worlds, la película que más cerca se encuentra de llegar más lejos de/en esta moda.

Manuel Ortega

The Ditch (Wang Bing, 2010, SO)

La primera incursión en la ficción del responsable de la magna A l’ouest des Rails es un arma de doble filo que desde luego no ha dejado indiferente a nadie en Las Palmas. Wang Bing ajusta cuentas con el terrible pasado histórico de los campos de reeducación que el comunismo chino ha intentado silenciar durante décadas. Su labor de denuncia empieza en las antípodas del maniqueísmo Spielbergiano, con una primera mitad en donde filma la rutina diaria de unos cuerpos moribundos que ya han sido enterrados mucho antes de expirar definitivamente. No hay concesiones pero tampoco exageraciones, la línea entre ficción y realidad queda difuminada y Bing propone al espectador un doloroso pacto de observación. Un pacto que se rompe bruscamente mediada la película, cuando la llegada de la mujer de uno de los hombres que acaba de perecer, inicia un giro dramático difícil de digerir. La contención de la que Wang Bing había hecho gala se convierte en un tour de force de llantos desgarrados y situaciones exageradas hasta el extremo del sonrojo. A buen seguro será tema de futura discusión la intencionalidad de este salto hacia el drama, pero las sensaciones inmediatas son de perplejidad ante la transformación de una implacable mirada a la maquinaria de la muerte en folletín de a peseta.

Ocaso (Theo Court, 2010, SO)

El primer largometraje del chileno de origen español Theo Court es un genuino producto de un cine de autor contemporáneo, que necesita abrir nuevas vías para no estancarse en la autocomplacencia de no contar nada porque no se tiene nada que contar. Es el caso de la película que nos ocupa, una impecable mirada a la desaparición de un personaje indisolublemente unido a un espacio que ha de abandonar, pero da que pensar que la primera película de un joven realizador tengo un tono tan añejo ya desde el propio título. Su protagonista es un anciano sirviente de una hacienda venida a menos, a quien echan a la calle inesperadamente. Perdido y desorientado, emprende un viaje hacia ninguna parte en donde irá diluyendo su propia figura en un paisaje crepuscular. La gracia del filme reside en su pericia para combinar una estética a lo Mother and Son de Aleksandr Sokurov con un tratamiento de la relación cuerpo/contexto que nos remite directamente a Los Muertos de Lisandro Alonso. Todo ello con un final sorprendentemente ligado a Aita de Jose María del Orbe. Ocaso convence pero preocupa a la vez. Porque jóvenes directores como Theo Court quizás deberían pensar en abrir nuevas vías en lugar de intentar transitar aquellas que nos  llevan a paradas harto conocidas.

Enrique Fibla

Jean Gentil (Israel Cárdenas, Laura Amelia Guzmán, 2010, SO)

Fue, con todos los honores, justa merecedora del Lady Harimaguada de Oro a la Mejor Película del Festival de Las Palmas. Una digna heredera de la verdadera esencia existencial del cine de Lisandro Alonso, logrando con su minimalismo y su  radical planteamiento lo que muy pocos plagios logran; impregnar al espectador con un relato personal sustentado en sus loables fundamentos narrativos y en la sólida cohesión de éstos con la denuncia social que lleva implícita. Virtudes, todas ellas, sintetizadas en la robusta construcción de un protagonista que se muestra tan entrañable como enigmático. Es Jean Gentil, un profesor de francés haitiano despedido y embarcado en una exasperante búsqueda de trabajo en Santo Domingo. Siempre en movimiento, Genty trata de encontrar su lugar en el mundo y una razón para vivir. Es ésta su búsqueda y también la nuestra. Una búsqueda convertida en deriva que le obliga a huir de la jungla de asfalto que supone la gran urbe pero que ni tan siquiera es capaz de lograr refugio bajo la tutela de nuestra madre naturaleza.

Joan Sala

Framtidens Melodi (Jonas Bergergard, Jonas Holmström, 2010, SI ND)

Cuando leímos el argumento de la película sueca mi amigo Alejandro (Díaz) y yo entramos rápidamente a la sala buscando encontrarnos con un nuevo Ruben Östlund (el director de la magnífica The Guitar Mongoloid). Pero no y eso que Framttidens Melodi, digámoslo ya, es una película atractiva y sugerente, graciosa y amarga pero que no deja de ser un divertido medio tiempo de festival, sin más trascendencia ni más pegada que la que desprende el tiempo que
dura. Las aventuras de un cantautor con síndrome de Diógenes y muy malas pulgas y el anciano que le acoge como manager y casi como educador social, no da para tanto y menos cuando los momentos más incisivos (las letras de
las canciones, la ingobernabilidad de un ser aparentemente libre) se hacen repetitivos o incluso confusos en su intencionalidad. Su estética ya no es novedosa cuando su ética no se atreve a ir más lejos. Su alcance ya no es tan extenso si su disparo no tiene tanta profundidad como la bala que se nos muestra en la sinopsis.

Kar Beyaz (Selim Gunes, 2010, SI ND)

Hasan es un niño de 9 años que tiene que cuidar de su hermanos y de su madre, cuando su padre, en una celebración rara rodada como por un extraterrestre, es detenido y llevado a prisión. Hace frío y estamos en Turquía, pero no en una ciudad sino en unos pueblos rurales unidos por un autobús viejo y un aburrimiento antiguo.. Hasan vende airam e intenta reconstruir lo que pasa a su alrededor mientras Selim Gunes se dedica a fotografiar, con delicadeza y maña, la blancura de todas las cosas que aún no han sido manchadas: la nieve que cae, la leche que gira, el niño que lucha. Pero también el hombre que viaja, el joven que ama y el viejo que masculla. Los niños que sonríen cuando comen, la madre que llora cuando recuerda. Todo como muy minimalista y muy medido, muy estético pero cuando lo estético es estático y tiende al esteticismo, que suena demasiado a esteticién y alerta/alienta siempre mi escepticismo. Porque llega un momento en el que te haces preguntas cómo porque algunos directores creen que los espectadores tienen que ser detectives de lo que no motiva (el viajero) o cómo qué interés puede tener aguantar el plano cuando ya sabemos que lo vas a aguantar (el estilo) o cómo se confunde lo contemplativo con lo contemporizador (la esencia). O lo peor, dónde coño juega ahora Nihat Kahveci y porque no ganaron aquella liga cuando la tenían en su mano. Qué pena, coño.

M.O.

Aardvark (Kitao Sakurai, 2010, SI ND)

Curiosos los datos de partida de la película: Producción argentino-estadounidense, enigmático título de procedencia neerlandesa (significa “oso hormiguero”), director japonés criado en Cleveland, y actor protagonista ciego de nacimiento. Aunque Kitao Sakurai se ha movido en la órbita mumblecore, su primer largometraje, imbricado con inusitada confianza en su propia heterodoxia y sin miedo alguno al ridículo, supone una rareza en mucha mayor medida que los films de Bujalski y compañía. El film cuenta la historia de Larry, un invidente que decide comenzar a practicar el jiu-jitsu brasileño para escapar de sus problemas con el alcohol (sic). Las clases darán pie a que trate habitualmente a Darren, un joven con quien trabará amistad y que a su vez le conducirá a una stripper llamada Candy. En un primer momento el film puede parecer un retrato frío y errabundo de tres existencias comunes y corrientes, que no duda en recurrir a secuencias tan características respecto a la descripción del vacío de los nuevos tiempos como la del coche en el aparcamiento (aquí pensamos en el Ulrich Seidl de Hundstage –2001– o el Ruben Östlund de The Guitar Mongoloid –2004– ). Sin embargo, logra excitar la curiosidad del espectador gracias a su inesperada deriva hacia los territorios de un impenetrable thriller de regusto lynchiano (cf. la sencuencia del extraño club al que va a parar Larry) en el que el espectador, al igual que el personaje principal, se ve obligado a guiarse en la más absoluta oscuridad.

Bizim Buyuk Caresizligimiz (Seyfi Teoman, SI ND).

El planteamiento es sencillo: Dos amigos de toda la vida, ya en la treintena, comparten piso en perfecta concordia hasta que un golpe del destino introduce en su vivienda a la joven Nihal, que llega para pasar junto a ellos una temporada tras el traumático fallecimiento de sus padres. Si bien ambos se muestran genuinamente preocupados por (y respetuosos con) el estado anímico de la chica, su presencia les devuelve una cierta oportunidad estética de recuperar la juventud. Lo más llamativo del film es que las tensiones que surgirán poco a poco entre los dos anfitriones (atraídos ambos por ella) resultan casi siempre de lo más civilizadas: Nada de histerias ni jugarretas sibilinas, aunque sí se ocultarán cierta información. Aunque el argumento admitía un prometedor tratamiento como comedia, el desarrollo se decanta por un tono átono que también lima cualquier atisbo de concupiscencia, impidiendo que se desaten las pasiones contenidas. Tras un oportuno (y convencional) giro de guión melodramático, la falta de pericia de los dos varones a la hora de formarse una imagen certera de idiosincrasia de las nuevas generaciones quedará al descubierto. Sólo les resta volver a sellar su amistad, a través de una partida de futbolín cuyo acomodaticio simbolismo carece de las dobles lecturas de la ya legendaria mano de tute final de Viridiana (1961). Precisamente se echa de menos algo (siquiera una pizca) de la turbiedad y maliciosa ironía de aquella obra maestra del gran Luis Buñuel.

Alejandro Díaz

Lessons of Darkness (Werner Herzog, 1992, Memorias del mal)

En el marco del extraordinario ciclo Memorias del mal, que el festival dedicó al cine como espolón histórico, se pudo ver como se merece esta pieza insólita del siempre sorprendente Werner Herzog. Una película que recupera el formato de su tercer trabajo Fata Morgana, con la cual bien podría formar un díptico de la irracionalidad humana para con su enterno. Poco después de acabar la guerra de Kuwait, el director alemán quedó fascinado por las terribles pero hipnóticas imágenes de los pozos de petróleo ardiendo, y decidió viajar al golfo para grabar él mismo este infierno sobre la arena del desierto. Armado con una cámara instalada en un helicóptero, sobrevoló durante días las explotaciones dañadas. El resultado es un alucinante poema visual, una ópera dantesca, en donde el texto casi bíblico de Herzog se une a unas imágenes tan espectaculares que parecen negar su propia realidad. Hay apenas dos entrevistas con víctimas de un conflicto bélico que en occidente se vivió más bien como una película retransmitida por la CNN. Los entrevistados explican cómo el trauma de la guerra les ha dejado sin habla literalmente, y es en contraposición a este silencio forzoso donde las imágenes de Herzog adquieren toda su potencia. No deja de asombrar la capacidad que tiene el director alemán para sorprender con cada pieza que hace. Con Lessons of Darkness ha construido un documental de ciencia ficción, término que puede sonar muy gratuitamente posmoderno, pero que es la mejor manera de definir esta pequeña maravilla.

Essential Killing (Jerzy Skolimowski, 2010, Pase Especial)

Sin duda la mejor película actual que se ha podido ver en el festival. Lástima que la presencia de Skolimowski en el jurado oficial la haya privado de optar a premio y obtener así la repercusión que se merece. Vincent Gallo interpreta a un sospechoso de terrorismo apresado en Afganistán, que escapa en pleno bosque de Estados Unidos iniciando una lucha por la supervivencia que le reduce a sus sentidos más primarios. Skolimowski deja cualquier tipo de implicación política en un plano secundario, lo que le interesa es retratar esa situación en donde la línea que separa al animal del hombre se difumina en pos del instinto de conservación. Es aquí, en las distancias cortas, donde el director polaco demuestra su maestría, con un maravilloso trabajo sobre el cuerpo en tensión constante de Vincent Gallo, quien realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera. Su personaje se construye enteramente en el plano de la fisicidad, no hay diálogos porque no son necesarios, todo se expresa a través del cuerpo y su relación con un entorno hostil y desconocido. El resultado es una película hipnótica y absorbente, en la línea del cine físico que despliega Claire Denis y que recuerda también a la mítica Diamonds of the Night de Jan Nemec. Quizás la comparación con el resto de filmes de sección oficial nos la ha sobredimensionado, pero Essential Killing es una estupenda película que demuestra una vez más que a los viejos rockeros nunca hay que darlos por muertos.

Entrevista a Kazuo Hara; Expandiendo los límites de lo filmable

El festival de Las Palmas nos ha descubierto a una figura cuya exigua filmografía se revela como imprescindible a la hora de analizar la relación entre el cineasta y el objeto de filmación. En una época en donde dos escenas de ficción de A Serbian Film provocan el encendido debate de los últimos meses, el cine documental de Kazuo Hara nos hace pensar en la relatividad de un progreso democrático del cual no habría que estar tan seguros. Porque su implacable mirada a los enfermos de parálisis cerebral en Sayonara CP, los partos de Extreme Private Eros o el retrato del activista Kenzo Okuzaki en The Emperor’s naked army marches on seguro encontrarían mayor oposición hoy en día que hace treinta años. En una breve entrevista, pudimos hablar sobre éstas y otras cuestiones con el director nipón:

¿Considera que hay un límite para lo filmable?

Cuando estudiaba en la escuela de fotografía tenía un profesor de documental que afirmaba que había tres cosas que no se podían filmar; el sexo, la muerte y la violencia. Yo he tratado el sexo en Extreme Private eros, la violencia en Emperor’s naced army marches on y la muerte ya veremos…Para mí, los tabúes son imposiciones sociales que un documentalista ha de intentar hacer saltar por los aires. Si tu trabajo provoca indiferencia habrás fracasado, si en cambio generas una reflexión habrás logrado tu objetivo. Siempre tienes que buscar esos límites.

Por ejemplo en Naked Emperors army usted no interfiere en los arrebatos violentos de Okuzaki, ¿Cómo gestionó éstas situaciones?

Yo no sabía realmente qué iba a suceder, pero cuando Okuzaki comenzó a golpear a su superior no quise intervenir. Luego él mismo me admitió que lo había hecho siendo muy consciente de la presencia de la cámara, y que no golpeaba con verdadera saña…En cualquier caso mi papel era registrar lo que estaba pasando, no intervenir. Si lo hubiese hecho habría desvirtuado la naturaleza de la película y le habría faltado el respeto a Okuzaki

¿Cómo escoge a los protagonistas de sus películas?

No se trata de un proceso de selección, se podría decir que me topo con ellos y entonces no puedo abandonarlos. Son personas que me parecen ejemplares a su manera y siento que he de retratarlos para retratar ciertos aspectos de la sociedad

¿Qué cineastas le han influenciado a lo largo de su carrera?

Principalmente los grandes maestros del cine japonés como Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi y mi mentor Shohei Imamura. Sobre todo sus películas más oscuras, que son las que más me interesan. Creo que el ser humano no es esencialmente bueno, y los directores y películas que tratan ese lado oscuro son las que más me atraen. Con mi filmes intento mostrar a la persona tal como es, como somos todos… Del cine americano mi película favorita es The Wild Bunch. Me encanta Sam Peckinpah.

E.F.