¿Dónde estás, Jeffrey Jacob?

El 7 de mayo de 2010 se filtró en la red el teaser que exhibía el jugoso primer bocado de la última producción de Amblin Entertainment, sugerentemente titulada Super 8. El instante decisivo se condensa en un breve plano secuencia: la cámara de Abrams, siempre curiosa, se aproxima hacia un vagón del que está a punto de escapar una criatura de fuerza inusual, capaz de abollar las paredes metálicas que la contienen. Este aparente descuido —evidentemente, poco verosímil— no sería sino el primer gran paso de una larga campaña de promoción viral: una calculada y brillante operación comercial que apenas ofrecía a los espectadores un puñadito de humo a partir del cual se han materializado todo género de conjeturas y una extraordinaria expectación.

Ya desde ésta estratégica concepción, Super 8 manifiesta de forma perfecta el carácter del legado que J.J. Abrams recoge de Steven Spielberg: no sólo resulta ser el heredero de una determinada concepción del espectáculo cinematográfico, sino, y sobre todo, de la faceta de avispado maestro del hype y modélico fabricante de expectaciones masivas. No obstante, frente a las puntuales aventuras televisivas de Spielberg, Abrams ha encontrado una voz propia en la pequeña pantalla, desarrollando una deslumbrante personalidad visual a la hora de urdir libérrimas historias en torno a las encrucijadas morales y emocionales de personajes enfrascados en una desasosegante deriva vital (y narrativa).

Tiene algo de siniestro que Steven Spielberg se sitúe a la cabeza de un producto concebido como explícito (auto)homenaje a otra forma de entender el blockbuster —¿más sensible? ¿más humana? — cuyo adalid sería, precisamente, aquel joven Spielberg director y productor de películas que pertenecen ya a la mitología del cine, caso de Encuentros en la tercera fase (Close encounters of the Third Kind, 1977), E.T., el extraterrestre (E.T., 1982), Gremlins (Joe Dante, 1984) o  Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985). Así, desde su nostálgica admiración por los filmes que nutrieron los sueños de su adolescencia y primera juventud, Abrams remeda el espíritu emocional de unos referentes hoy evocados con almibarada y acrítica añoranza por toda una generación de espectadores. El cineasta moldea un relato cuidadosamente elaborado, sustentado en un irreprochable equilibrio de elementos, trazando diversas líneas narrativas paralelas cuya alternancia otorga al filme suspense funcional y ritmo armónico. No faltan, asimismo, puntos de partida para la reflexión en una obra de indudable riqueza conceptual: Super 8 nos habla, ante todo, del poder redentor del cinematógrafo, capaz de estrechar los lazos entre una pandilla/comunidad, de conservar el cordón umbilical que nos une a un pasado idealizado en nuestra memoria y hoy irrecuperable o de revelarnos insólitas realidades subterráneas hasta entonces inaccesibles. Frente al cine, objeto de meditación e imagen fantasmática de lo ausente, el contacto físico establece puentes entre formas opuestas del Ser y contribuye a cerrar fisuras sentimentales en un entorno emocionalmente empantanado.

Sin embargo, nos resulta realmente complicado rastrear las huellas del bueno de Abrams en este proyecto. El cineasta, antes que como audaz sucesor del fundador de Amblin Entertainment, se presenta como un servil acólito, incapaz de desviarse por un segundo del pautado camino que transita. Todo está en su lugar, cumple las funciones designadas y resulta, por tanto, inevitablemente irritante. Un perfecto ejemplo de la extrema desnaturalización que afecta a la película se evidencia en la ocultación de la fisonomía del monstruo durante buena parte del metraje; la efectividad de esta forma de jugar con las expectativas del público se diluye a causa de su insistente artificiosidad. Super 8, pese a sus numerosos aciertos termina por ser un ejercicio de desvergonzada mímesis que no tiene cabida en el hervidero de febriles mutaciones que llamamos cine contemporáneo.