E.T. en el siglo XXI

Es posible que no sea capaz de expresar con precisión el origen de la emoción que me suscita esta película. Navegar en los sentimientos requiere algo más de tiempo del transcurrido entre el momento en que la he visto y el que escribo estas líneas. Pero sí, he sentido una emoción profunda que creo que tiene que ver con la rememoración honesta de una época, los años ochenta, en la que todo parecía posible; un tiempo en que la ingenuidad, da igual si era a la hora de enfrentarse a la vida o a la hora de hacer y ver películas, permitía fascinarse por el descubrimiento de lo extraordinario. Algo ha ocurrido desde entonces, para que en este momento en que vivimos casi nada nos parezca posible, y lo extraordinario se haya convertido en algo tan cotidiano que apenas si somos capaces de asombrarnos.

La recuperación de esas sensaciones, vehiculadas inteligentemente a través de las miradas de los niños protagonistas, es lo que puede encontrarse en el origen de la emoción que sentimos quienes vivimos nuestra infancia y parte de la adolescencia durante aquellos años. Pero J.J. Abrams no construye un filme tan radicalmente referencial sólo mediante el argumento —con un esencial parecido a E.T. El extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, EE.UU., 1982), dirigida por Steven Spielberg, productor de Super 8— o mediante esa mirada infantil, sino también, muy hábilmente, a través de la forma cinematográfica.

La abundancia de grano (suciedad) en la textura de la imagen, sobre todo en las escenas nocturnas, o el juego con las aberraciones lumínicas (destellos que se forman según de qué modo reciba la luz el objetivo) son, junto a un mimado diseño de producción, matices formales con que el cineasta labra el universo evocador de Super 8. El carácter referencial de la película, pues, no lo es sólo respecto a una época concreta sino también respecto al propio cine; primero, desde el título, por erigir el argumento sobre las míticas películas de 8 mm., y, segundo, por el remedo de algunas de las características, ya citadas, del cine que se hacía en aquellos años.

Super 8 es un filme bien rodado, enérgico y emotivo, con algunas escenas tan brillantes como la del accidente del tren. Es un filme que juega, con mucha destreza, con ese deseo del espectador por descubrir lo extraordinario, algo que escasea lamentablemente en el cine contemporáneo: las imágenes siempre parciales del ser de otro planeta (al que nunca llegamos a ver completamente) o los primeros planos del misterioso cubo que guarda Joe, son dos ejemplos de esa candidez cinematográfica que se encuentra muy lejos del concepto de espectáculo que se maneja hoy en Hollywood; esa inocencia es, en realidad, el verdadero espectáculo del cine. El resultado de todo ello es una película de narrativa absorbente que nos sumerge en un cosmos conocido pero no por ello menos fascinante.

La paradoja del filme de Abrams es precisamente esa, que no siendo en absoluto original sino más bien una imitación del cine que se rodaba hace treinta años (incluyendo las diversas fuentes del argumento), se hace novedoso por la audacia de ofrecernos algo así en este momento; precisamente en este momento, cuando las tres dimensiones parecen constituirse en la última esperanza para conseguir que a los espectadores les merezca la pena acudir a las salas de cine. La verdad se encuentra en otro sitio, como bien parece querer decir Super 8.

No menos relevante es recuperar la ingenuidad de aquel tiempo en que los extraterrestres eran buenos y los niños llorábamos porque volvían a su planeta. El cine contemporáneo los había convertido en los grandes malvados, en la mejor representación del otro, ese concepto al que hay que temer, contra el que hay que luchar. Esta producción de Spielberg —genéticamente sentimentalista, sí— parece decirnos que quizá haya que recuperar, en cierto modo, esa manera de ver el mundo: la que consiste en tratar de entender al otro antes de disparar.

Cuando Joe, el niño protagonista, suelta al final de la película el colgante que le dejó su madre muerta, en realidad está deshaciéndose del lastre que le estaba impidiendo cerrar una etapa para abrir otra. De alguna manera, Super 8 reabre la herida de aquella ingenuidad perdida para que podamos de una vez por todas entender que aquellos tiempos no volverán y, que del mismo modo que Joe, debemos asumir la tragedia y soltar todo el lastre necesario para poder poner el contador a cero.