No vi cine de chica. Me hice cinéfila cuando los de mi generación ya llevaban una tradición de películas encima. Además empecé al revés: lo más complejo y aburrido primero. Pero no fue por moda, ni por derivas intelectuales, simplemente había algo en ese cine, ese que al público en general no le gusta, que a mí me fascinaba.

Entonces creía que Hollywood era sinónimo de mala palabra. Debe haber habido infinidad de cosas en el medio que ni recuerdo, lo cierto es que pasaron muchos festivales, cine de todo el mundo, películas estrafalarias, películas hermosas que consistían en un solo y eterno plano.

Pero yo no había visto ET, ni Los Goonies, ni La Historia interminable. No sabía nada de cine e infancia. Hasta que me pasaron Dentro del laberinto. A partir de ahí fui otra. Otra espectadora, otra lectora, otra persona. En Dentro del laberinto, como en Super 8 hay transformación, hay un pasaje que atraviesa ese momento en el que ya no volveremos a ser los mismos.

Un realizador, crítico y ensayista francés, Alain Bergalá, escribió un libro muy lindo titulado La hipótesis del cine en la escuela. Más que la escuela lo que me interesa de ese tratado es el lugar que le da a la infancia de la mirada. Bergalá dice que hay un lote de películas que nos acompañan durante toda la vida. Y que algunas de ellas, vistas a una edad temprana, se anticipan al misterio, a lo que como niños aún no estamos en condiciones de entender. Y por eso, porque formaron parte de un primer asombro hacia el mundo nos escoltan como un preciado tesoro. Películas cuyos protagonistas son niños, personajes que se exponen al peligro del inconmensurable afuera, pero mientras tanto nos permiten sentirnos parte de la aventura.

Creo que Super 8 me fascinó por todo esto. Por dejarme volver a un lugar en el que nunca había estado, sin pasaporte de entrada, sin citas cinéfilas expulsivas. Por ser una película de alto vuelo y de enorme corazón. Por hacer foco en la mirada del niño y no en el acontecimiento. Niños que miran, que se miran y que juegan mientras lo están descubriendo todo. J.J. Abrams filmó el gesto infantil de un estado de gracia, de ese tiempo en el que el asombro es más importante que el sentido.

Toda mi devoción y gratitud para aquellos que creen que el cine puede recuperar ciertos momentos de fe en el hombre. Un hombre que se deja guiar por la aventura de experimentar eternamente la niñez.

Y cuando pienso en la infancia no lo hago desde una noción cronológica sino desde el lugar de apertura para mirar sin necesidad de interpretar, sin tener todas las respuestas.

Escuché y leí varias críticas de Super 8 que decían que es una película imperfecta, que su primera parte es sublime pero que después se pierde. Yo creo que la película te pide que entres sin reservas, que no midas la aventura ni el riesgo en términos de lo que es verosímil.

Súper 8 te invita a dejarte llevar por la enorme simpleza de lo desconocido, porque ahí, en la aceptación de lo increíble, eso que respira aventura en el cine, te devuelve la experiencia de habitar uno de los mejores estados posibles: la mirada de la primera vez.