Día 7

Resulta un tanto abrumador darse cuenta de que después de una semana aquí, todos mis movimientos están directa o indirectamente relacionados con el cine, paseos por la playa y bocatas del Juantxo incluidos. Me pregunto si cuando regrese a esta ciudad fuera del contexto del festival seré capaz de desvincularlos.

He oído hablar mucho acerca de Puzzled Love, la curiosa salida que la escuela de cine de Cataluña (ESCAC) ha encontrado para unificar el trabajo de fin de carrera de algunos de sus estudiantes. Trece meses para narrar el planteamiento, nudo y desenlace de la relación amorosa de una joven pareja con fecha de caducidad anunciada. Trece directores se responsabilizan de cada capítulo individualmente, aportando su particular modus operandi a cada una de las piezas cortas que integran este largometraje de ficción.

Me intriga comprobar cuál ha sido el resultado, puesto que en nuestro último curso como estudiantes, propusimos a la escuela que produjera un proyecto de las mismas características: un hilo temático común para todos los cortometrajes, que a posteriori nos permitiera exhibirlos conjuntamente, como parte de un todo. Desconozco las razones por las que nuestra propuesta no cuajó, pero algo me dice que la ECAM no estaba preparada para hacerse cargo de la distribución de un largometraje, como lleva haciendo desde hace unos años Escándalo Films, competente productora filial de la ESCAC.

Para mi sorpresa, Puzzled Love presenta un agresivo look  más propio de una serie de la MTV que de ninguna otra cosa: montaje videoclipero, tipografías animadas que recalcan con estridencia los diálogos, risas de lata y un sinfín de recursos metalingüísticos que estorban, más que aportan, al relato. Porque detrás de tanto fuego de artificio, la pareja protagonista está librando su propia cruzada contra el reloj. Imagino que, si se trataba hacer lo posible por emocionar al espectador con una historia de amor y despedidas, el error de base reside en la obstinación de los directores por subrayar la condición de experimento cinematográfico de su obra.

Salgo corriendo de la sala a falta de unos minutos para el desenlace, actitud indecorosa por poco interesante que resulte la película, porque quiero llegar al pase de Verbo, ópera prima en el largometraje de Eduardo Chapero-Jackson, que consiguió hace un par de años una hazaña sin precedentes: que sus tres multigalardonados cortometrajes (Contracuerpo, Alumbramiento y The End) fueran exhibidos en cines comerciales como parte de una trilogía, titulada A contraluz.

En Verbo, su ópera prima en el largometraje, Chapero-Jackson emprende un intrincado camino para narrar la epopeya fantástica de una quinceañera incomprendida, que encuentra una puerta para trascender a su gris existencia gracias a las rimas del hiphop. Intrincado camino, en tanto en cuanto los niveles de meta-realidad por los que deambula su protagonista son más propios de un videojuego que de la aventura quijotesca en la que pretende erigirse el filme.

Lenguajes tan heterogéneos como el del relato fantástico, los grafittis, la prosa rimada de los libros de caballería o la animación, confluyen en Verbo de manera un tanto atropellada. Una propuesta valiente, de factura visual innovadora, pero tan distante que corre el riesgo de no enganchar ni siquiera al público adolescente al que está dirigida.

La otra cara de la moneda, la vuelta al clasicismo más absoluto, la encuentro en The Artist, una de esas perlas de otros festivales que programa Zabaltegui, y que mereció un aplauso unánime en el último Cannes. Su director, el francés Michel Hazanavicius, tiene el descaro de presentarnos una comedia completamente muda ochenta y pico años después de El cantante de jazz (The jazz singer, Alan Crosland, 1927).

El protagonista de la cinta, George Valentin, una superestrella de cine mudo que no consigue adaptarse a los nuevos tiempos, tiene en la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950) su referencia más inmediata. El actor Jean Dujardin consiguió alzarse con la Palma de Oro a la mejor interpretación masculina gracias a este papel, que junto con el de su partenaire Bérénice Bejo, homenajean el turbulento paso del cine mudo al sonoro, como ya hiciera Stanley Donen en la imprescindible Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952).

El homenaje se concreta en cada uno de los elementos de una puesta en escena que no puede tener más gusto por el detalle: desde la intensa banda sonora que recrea el acompañamiento musical en vivo que se orquestaba durante las proyecciones, pasando por las localizaciones en los auténticos sets de rodaje de los grandes estudios, hasta la cuidada fotografía en blanco y negro. Intuyo que, para dotar a la imagen de ese inconfundible parpadeo del cine mudo, la película fue filmada en el antiguo estándar de 16-20 fotogramas por segundo. Todo un despliegue de recursos para conferirle un aroma de clasicismo puro a la obra.

Nota: Terminado el festival y visto el palmarés no quiero poner en entredicho el criterio de la McDormand. Aunque todo el mundo sabe que está casada con el más feo de los Coen.

Días 5 y 6

Con Le Skylab, la actriz francesa Julie Delpy consigue hermanar con éxito la comedia coral y el relato costumbrista desde un punto de vista infantil y expresamente autobiográfico. La tradicional reunión familiar el día del cumpleaños de la abuela es el marco en el que se inscribe este complicado ejercicio de dirección de actores de factura independiente, que supone su segundo trabajo como realizadora.

Un caos que se da hasta en las mejores familias: adultos que discuten sobre política a voz en grito, adolescentes que se quejan porque  les sientan a comer a la mesa de los niños, abuelas que no se enteran de la misa la media, etcétera. Y a pesar del infatigable ritmo que imprimen una veintena de personajes pisándose entre sí la réplica, a cual más ingeniosa, Delpy tiene tiempo para ponerse una pizca melancólica y reflexionar sobre las bases de la institución familiar, a la que sin duda respeta tanto como satiriza. ¿Y quién no?

El siguiente pase es uno de esos especiales made in Spain fuera de competición que programa Zabaltegui: Extraterrestre, el singular experimento de Nacho Vigalondo, que recurre a la efectiva mezcla genérica de comedia romántica con tintes de ciencia ficción. Un puñado de personajes, forzados a convivir entre cuatro paredes ante una inminente invasión alienígena, tendrán que ingeniárselas para sobrevivir a sus propias tensiones-no-resueltas. El reparto, en el que destacan los chanantes Raúl Cimas y Carlos Areces, sustenta una comedia sin más pretensión que la de hacer reír al personal, en la que el bajo presupuesto no deja cabida para los artificios técnicos propios del género. Pero tampoco creo que nadie vaya a echarlos en falta.

Doble sesión de comedia obliga a un cambio radical de tercio, el enésimo drama ambientado en la posguerra: La voz dormida, del sevillano Benito Zambrano.

El tema de la memoria histórica supone una recurrente fuente de inspiración, y desde luego está bien que así sea, siempre y cuando la insistencia moralizante evite que reincidamos en el capítulo más oscuro de nuestro pasado reciente. Sin embargo, en esta película no se percibe una vocación real de arrojar luz sobre aquellos vergonzosos acontecimientos tanto tiempo silenciados. Más bien parece que Zambrano esté empeñado en conmover al espectador a cualquier precio, incluso a costa de incurrir en los excesos de la teatralidad, de lo inverosímil, de lo folletinesco: la televisiva Inma Cuesta entona una coplilla de camino al martirio mientras María León abre desmesuradamente sus enormes ojos, sin dejar por un instante de hacer aspavientos, por si acaso sus lágrimas no habían resultado suficientemente enfáticas.

Por fortuna, logro desembarazarme de la molesta sensación de ser víctima de una manipulación excesivamente maniquea gracias a David Trueba, que con Madrid, 1987 nos regala un poquito de esa autenticidad que tanto se echa en falta en el filme de Zambrano.

Proyectada fuera de competición en los especiales de Zabaltegui, la película plantea un tour de force entre dos personajes que mantienen durante más de hora y media un pulso físico y dialéctico en una situación que no puede ser más forzada: encerrados por accidente en un mismo cuarto, María Valverde y José Sacristán no tienen más remedio que conocerse. Las diferencias que surgen fruto del salto generacional no son impedimento para que la intimidad surja. Y de qué manera.

Además del espléndido trabajo de sus intérpretes, cabe destacar el trabajo de puesta en escena de Trueba, que demuestra una austeridad de recursos muy valorable, en tanto en cuanto que no se agota en sí misma. Sin llevarlo a los extremos de Buried (Rodrigo Cortés, 2010), el director obliga al espectador a confinarse en un baño de dimensiones tan reducidas como amplios son los derroteros por los que transcurre la conversación que mantienen sus personajes.

Se me acumulan las horas de escritura pendientes, así que me liaré la manta a la cabeza para que no se me quede nada en el tintero antes de volver a Madrid.


Día 4

Comienzo la cuarta jornada de festival con otra de la sección oficial, Los pasos dobles, dirigida por Isaki Lacuesta. Víctima de la incomprensión de sus contemporáneos, el excéntrico pintor François Augiéras prefirió que su obra se perdiese en el desierto hasta que los hombres modernos del siglo XXI pudieran rescatarla del olvido. La búsqueda de esta obra sirve como pretexto a Lacuesta para enmarañar situaciones inconexas, amén de personajes apenas esbozados, que campan a sus anchas entre la existencia ficticia y la realidad pseudo-documental.

No existe ningún hilo conductor que articule la narrativa en esta película. Perdónenme el chascarrillo, pero se me hace cuesta arriba seguirle los pasos a la película de Isaki. Y me cuesta el doble escribir sobre ella, pretendidamente abstracta, inaccesible.

El pintor Miquel Barceló, supuesto alter ego de Augiéras en esta ficción inclasificable,  muestra por primera vez ante las cámaras su taller en Mali en un documental que compite paralelamente en Zabaltegi, El cuaderno de barro, también dirigido por Lacuesta. Pero como aún no he tenido oportunidad de verlo, pasaré de puntillas para llegar a la segunda sesión del día: Pina, de Wim Wenders.

Programada dentro del siempre apetecible ciclo de Zabaltegi-Perlas de otros festivales, imagino que la expectación que despertará esta película estrenada en la última Berlinale será grande, así que para no quedarme sin asiento, llego temprano al Teatro Principal y me sumo a la fila que se alarga por momentos alrededor de la manzana.

Allí coincido con Tatiana Huezo, realizadora mexicana que impartió un curso de cine documental interesante cuando estudiaba en la ECAM. Su película, El lugar más pequeño, obtuvo el premio del público al mejor documental de creación en la pasada edición de DocumentaMadrid, y abre el ciclo dedicado al cine mexicano que programa este año el festival.  Como acaba de llegar, el hecho de poder colarla en la fila para que veamos juntas la película me produce una gran satisfacción.

Las pesadas gafas 3D nos lastiman la nariz, pero no impiden que disfrutemos intensamente del homenaje que el director alemán ofrece a la figura de la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, de la mano de los integrantes de su compañía de teatro-danza.

Wenders emplaza los escenarios de cada pieza en espectaculares localizaciones que sugieren paisajes abstractos, cercanos al surrealismo, y que logran realzar la belleza de las ya de por sí sugerentes coreografías de Bausch. Probablemente aquí reside el mayor acierto del director, en la personalísima puesta en escena cinematográfica a partir del fenómeno teatral coreografiado, mediante elegantes movimientos de cámara que potencian el dinamismo del cuerpo de los bailarines.

Sin embargo, me planteo si la necesidad de rodar este filme en tres dimensiones es real, puesto que los diferentes términos de profundidad en mi opinión no aportan una nueva percepción ni una perspectiva diferente de la que tendría el público desde el patio de butacas.

A la salida, ojeo el programa para intentar compatibilizar las películas de la sección oficial con la amplísima programación de Zabaltegi. Resulta complicado, pero con seguridad supondrá renunciar de nuevo al magnífico ciclo dedicado al director francés Jacques Demy, y sobre todo al recorrido por el cine negro americano contemporáneo titulado American Way of Death, que haría las delicias de cualquier cinéfilo aficionado al género. De buena gana hubiera cambiado la de Isaki Lacuesta para revisitar Fargo, siempre una apuesta segura.


Día 3

En lo que va de festival,  todavía nadie ha tenido el detalle de programar una jornada soleada. Pero tengo la sospecha de que mientras nosotros estamos en el cine, el buen tiempo aprovecha para hacer una aparición estelar, que termina precisamente en el momento en que ponemos el pie en la  calle. Me planteo el reto personal de sobrevivir durante lo que queda de semana sin invertir un euro en comprar un paraguas. Por lo visto, no será tarea fácil.

Si faltaba luminosidad en un día tan nublado, la encuentro toda de golpe en Take This Waltz, segunda película como directora de la actriz Sarah Polley, tras la aplaudida Lejos de ella (Away From Her, 2007), un triángulo amoroso aparentemente convencional en el que se retrata la insatisfacción vital de sus protagonistas con una cercanía que sorprende gratamente.

Polley siente un palpable apego por sus personajes y, como ellos, añora el concepto de amor romántico. Se atreve incluso a  llevar al límite el elemento edulcorante, hasta casi rayar lo cursi. Impregna cada imagen con un look tan cálido, colorido y preciosista, que si el espectador se descuidase, correría el peligro de no saber discernir si la película transcurre por los cauces del melodrama, de la comedia romántica, o si por el contrario todo aquello no es más que otro videoclip pop.

Pero el trasfondo es tan amargo como frustrante, y Polley aborda sin tapujos una cuestión compleja que afecta a las relaciones de pareja a nivel universal: el momento en que la familiaridad, la confianza y el conformismo les ganan la partida a la pasión, la curiosidad y la ilusión.

Me despido de mis amigos guionistas, que regresan a Madrid tras un intenso fin de semana, y me da por ponerme nostálgica. Es curioso experimentar la soledad cuando se está rodeado de tanta gente, en contextos tales como la masiva cola en la puerta de un cine una tarde lluviosa.

Empiezan a hacer mella en mí tantas horas de visionado y tan pocas de sueño, así que decido bajar un poco el ritmo para sacar algo de tiempo para escribir y descansar, con la excusa de que la tormenta no escampa. O quizá sea que el filme de Sarah Polley me ha tocado la fibra más de lo que me permito reconocer.


Día 2

Comienzo la segunda jornada del festival con intensidad, un chute de café solo para el pase matutino de Amén, de Kim Ki-duk. Aunque, de haberlo sabido, hubiera necesitado algo más contundente para soportar esta arriesgada propuesta, más cercana al ejercicio experimental de un amateur que a ninguna otra cosa.

Ki-duk abandona en esta ocasión la refinada estética a la que nos tiene acostumbrados y se decanta por el discutible estilo fotográfico de las handycam para registrar el periplo de una joven coreana en busca de un personaje siempre ausente, como ya hiciera José Luis Guerín en En la ciudad de Sylvia, cuyos ecos narrativos no dejan de resultar curiosos.

No contento con eso, el director coreano introduce un grotesco personaje que se oculta tras una máscara de gas con el pretexto de perseguir a la protagonista a lo largo del viaje, acosándola a ella y mareando al espectador en lo que más bien parece un interrail entre colegas grabado con una videocámara casera.

El prestigio que se asocia al nombre de Kim Ki-duk es indiscutible, pero no deja de sorprenderme que una película como Amén se haya colado dentro de la sección oficial del festival, y finalizada la proyección así lo manifiesta el público con un sonoro abucheo al que me uno de buena gana.

Todo lo contrario ocurre con Bertsolari, del guipuzcoano Asier Altuna, un documental recibido con entusiasmo por los asistentes acerca de la figura de estos poetas de la oralidad cuya creatividad parece infinita, capaces de improvisar versos (bertso en euskera) en torno a un tema que se les propone en el mismo momento en el que transcurre la actuación.

La cuidadísima y más que elaborada puesta en escena del documental, apoyada por algunos efectismos visuales, abundan en el concepto de que la palabra, transmitida oralmente, ha sido el vehículo más efectivo históricamente para mantener la tradición, que pasa de una generación a otra en cualquier cultura. Y tanto más cuanto es rimada, puesto que se facilita así su memorización.

El cálido aplauso del público, sensible a la idea de que la lengua vasca es un reducto que sobrevive a duras penas al asedio de la globalización, augura mucha fortuna a esta película que compite también en la sección oficial del festival.

Entro en la última sesión de la jornada, con la mente dispersa en otros temas más banales, como la mítica ginebra con tónica que sirven en la coctelería Dickens del que tanto me ha hablado mi amigo, el crítico Manuel Ortega, habitual de este festival.

Albert Nobbs, del realizador colombiano Rodrigo García, es una de esas películas que sirven únicamente para el lucimiento de un intérprete, en este caso del premio Donostia 2011, Glenn Close.

No seré yo quien discuta el buen hacer de la actriz norteamericana encarnando a un personaje de semejante complejidad, una mujer en la Irlanda decimonónica que durante décadas se hace pasar por hombre, travistiéndose para poder mantener un empleo que le permita medrar en una sociedad dominada invariablemente por varones.

Sin embargo, sí que es mi labor señalar que el continente está tan vacío como el que antes reprochábamos a Kim Ki-duk. Ninguno de los elementos que configuran la película está a la altura de la interpretación de la protagonista, ni siquiera sus compañeros de reparto, que hacen que el trabajo de Close pierda fuerza hasta tal punto que el desenlace pretendidamente trágico resulta involuntariamente cómico.

Y así, decepcionada con este desencuentro, cambio el rumbo hacia una fiesta nocturna en un local en plena playa de la Concha, donde alguien nos ha dado el chivatazo de que se celebra la fiesta de No habrá paz para los malvados (vid. crónica del primer día de festival) y en la que nos colamos con éxito. Comento la jugada con mis amigos guionistas, mientras a nuestro alrededor calman su sed varios actores recordados por su intervención en esa cantera de la ficción televisiva que es Al salir de clase. También nos aprovechamos de lo accesible que se muestra Coronado para sacarnos fotos con él.

Pero a excepción de Urbizu, que nos saluda con un afectuoso abrazo, nadie más repara en nuestra presencia y nos sentimos un poco fuera de lugar. Razón de más para que dirijamos nuestros pasos al Dickens. Lolo tenía razón, este gintonic es el mejor del mundo. Merecidísimo galardón.


Día 1

Tras casi seis interminables horas en un autobús de línea, cargada de bártulos para sobrevivir una semana, llego a San Sebastián. Hace varios años desde mi última visita a esta ciudad que, por circunstancias, sólo conozco dentro del marco de su festival de cine. Sin embargo, después de un rato paseando por sus calles, tengo la impresión de que poco o nada ha cambiado.

Me cuesta cierto esfuerzo imaginar el paisaje urbano de San Sebastián sin el conglomerado de elementos que asocio con el festival. Reconozco las alfombras rojas que tapizan el paseo de acceso al Kursaal y los rostros en las carteleras que acaparan las marquesinas como si estuviesen ahí cada día, desde siempre. También hay cierta familiaridad en el hecho de cruzarse con una señora que se parece a Frances McDormand en  un paso de cebra e inmediatamente después caer en la cuenta de que realmente era la McDormand.

Es mediodía, y no quiero que los rugidos de mi estómago hambriento arruinen la proyección a los espectadores de la sesión de la tarde, así que me dispongo a saciar el apetito con el clásico bocata de tortilla de chistorra del Juantxo. Supongo que una crónica sobre este festival  no se concibe sin la consabida mención a los pinchos locales, pero me temo que mi maltrecha economía no permitirá referenciarlos más que  un par de veces, así que aprovecharé mientras pueda.

Me dirijo al Kursaal, centro neurálgico de la organización, para recoger mi documentación como prensa. Me cuelgo la acreditación del cuello mientras ojeo la variadísima programación con la que nos obsequia el festival, y decido comenzar por el que para mí es el plato fuerte de esta edición: No habrá paz para los malvados, el nuevo thriller del bilbaíno Enrique Urbizu.

Me hace especial ilusión ver esta película porque Urbizu fue mi profesor durante el último curso de la escuela de cine de Madrid, y junto con mis compañeros de promoción, he tenido la fortuna de ser confidente del sufrido proceso del director para sacar adelante su proyecto. Ni más ni menos que ocho años desde que se estrenase su última película, La caja 507 La vida mancha.

Urbizu es honesto con sus enseñanzas, y en No habrá paz para los malvados pone en práctica con especial brillantez una máxima repetida hasta la saciedad, y no por sencilla menos contundente: la puesta en escena tiene siempre que venir de lo que se cuenta.

Un inmenso José Coronado da vida a Santos Trinidad, un policía corrupto que Urbizu define como “lo peor: un villano sin escrúpulos, roto por dentro, que no tiene ningún control sobre su vida”. Un antihéroe anclado en la estética ochentera que, queriendo salvar su propio culo, termina salvando el mundo, ajeno a un cierto clima social de incertidumbre  que sugiere desde la ficción más absoluta ciertos paralelismos con el del Madrid previo a los atentados del 11-M.

Aunque no se pretende homenajear al thriller americano ni al western como tales, hay mucho de ambos en esta película, pero también hay referentes absolutamente nuestros. Los arquetipos del cine de género están presentes en la película de manera autoconsciente.  Urbizu reconoce que “Bruce Willis está en su casa. Con casi cuarenta y nueve años, uno ya no está para homenajes, el ejercicio mimético es algo que hice durante la etapa de formación”, e insiste en la idea de que la forma de una película la define siempre el contenido de la historia.

Salgo de la sala con todavía más ganas de coincidir con él para agradecerle el buen rato que he pasado viendo su película como espectadora, pero también como alumna.

La sabiduría popular dice que el chirimiri sólo cala a los bobos, pero las cuatro gotas se multiplican y no queda más remedio que guarecerse en el cine, así que me reúno con dos amigos guionistas que también han venido desde Madrid, y juntos nos adentramos en la sesión golfa del Teatro Principal. Golfa en el sentido más literal del término, puesto que se proyectan dos pinku-eiga (películas eróticas soft-core) de la productora japonesa Nikkatsu: Flower and Snake (Masaru Konuma, 1974) y Watcher in the Attic (Noburo Tanaka, 1976).

El público aplaude y jalea divertido con las bizarradas fetichistas amarillas, y he de reconocer lo acertado que resulta para un festival de estas características que su director, José Luis Rebordinos, haya abierto la programación a este tipo de experiencias cinematográficas alternativas.

Finalizada la sesión y bien entrada la noche, cada mochuelo a su olivo. Y así, arrastrando la maleta por el empedrado del paseo marítimo, llego al que será mi refugio durante el resto de los días, el albergue de Ondarreta, un paraíso de habitaciones compartidas con otras veinte personas. Y sólo puedo cruzar los dedos para que no ronquen escandalosamente al unísono…