Una cuestión de ideología

Últimamente es muy habitual escuchar o leer, ya sea en prensa, radio, televisión, en la calle, el bar, el cine, que ya no se trata de una cuestión de derechas o izquierdas, sino de “sentido común”, “soluciones visibles”, “medidas eficaces”. Sorprende tal pensamiento porque, nos pongamos de perfil imitando a los mayores, regañemos a los pequeños cuando se comportan como tales, apostemos al rojo cuando todo el mundo lo hace al negro, leamos el Marca (o el que toque en cada sitio) como hace todo el mundo, elijamos a la rubia antes que a la morena, siempre (o casi) es una cuestión de ideología. Que el concepto esté devaluado o, a veces, tengamos ganas de huir de ella (¿la ideología?), incluso, debería indicarnos que es ahora cuando más significan las ideas, las nuestras y las de los demás. Un festival de cine, más que otros eventos que se comparten en vivo, tiene la particularidad de enfrentarse a una panorama bien amplio, que, claro, no termina en las proyecciones, de hecho puede continuar mucho tiempo después. Un panorama valioso que tiene la importante ventaja de estar a nuestro alcance, en ocasiones casi de manera involuntaria. Quizá es demasiado aventurado caracterizar así cualquier muestra cinematográfica. El FICXixón sí tiene esta característica. Todo un indicio. Seguro que el hecho de ser un festival pequeño, en presupuesto y en nombres, facilita que esto sea posible, pero para mantenerlo es necesario tener y confiar en unos principios. En este contexto, es una lástima que la tendencia, y tiramos la primera piedra, a desaprovechar las posibilidades que ofrece ese debate in situ, la riqueza del diálogo armónico entre posiciones enfrentadas… abandonamos demasiado pronto y demasiadas veces en busca de la comodidad del fútbol, la sidra y las voces que sabemos estarán más alineadas con nosotros.

Uno de los films premiados por el jurado (Chapero-Jackson, Alberto Fuguet, Fernando Lara, Lola Mayo, Mia Staleva), Play de Ruben Östlund (mejor director), precisamante, es un film sobre el que se podría y se puede haber hablado largo y tendido dado su contenido, para algunos colegas obvio y para otros compañeros complejo, abiertamente político. Lo mismo habría que decir de otros trabajos presentes en la sección oficial (de Low Life a Vol Special pasando por el último Bonello a la denuncia de Jafar Panahi en This is Not a Film), de los vistos en ciclos paralelos como el incómodo Kill Daddy Good Night del cineasta austriaco Michael Glawogger al que el festival homenajeaba, o el cortometraje Las Palmas de Johannes Nyholm: animación de marionetas + una niña de 2 años interpretando a una turista + música del gijonés Goyo Ramos + creatividad deslumbrante + un montón de mala leche. Y por si fueran pocos estos ejemplos de cómo nos movemos, y dónde lo hace el festival, muy marcados por la situación global, económica y social, Take Shelter, la película inaugural, El estudiante y hasta su compañera premiada, Declaración de guerra, nos alertan de que algo huele a podrido en la vida, en el mundo, y conviene que hagamos algo al respecto; buen ejemplo de ello son los jóvenes protagonistas de la ópera prima de Joe Cornish, Attack the Block, recuperado por la impagable sección Esbilla para regocijo de cualquier espectador inquieto. Pero desafortunadamente las cosas no ocurren siempre como nos gustaría y nos perdimos dos de las películas que más esperábamos: Kochegar / A Stoker, de Aleksei Balabanov presente en la sección competitiva (votación popular) Rellumes y Dyut meng gam / Life Without Principle, de Johnnie To. Al menos algunos pudimos ver y disfrutar del concierto de Los Coronas, parte de los detalles del FICXixón para poner los puntos sobre las íes y sobre las jotas.

Sección oficial

Les Amants de Low Life / Low Life
Un film de Nicolas Klotz y Elizabeth Perceval (Francia)

A la última película de Nicolas Klotz y Elizabeth Perceval, su pareja y guionista, se le puede achacar cierto trazo grueso cuando retrata a esos jóvenes que se supone que tienen que salvar el mundo o como mínimo hacerlo algo mejor con sus convicciones y su capacidad de amar. Quizá no es tan sutil y enigmática como su anterior La condición humana (2007), y habrá a quien le molesten los ecos del 15-M. En un primer momento los diálogos y las situaciones llegaron a resultarme artificiosos y ridículamente trascendentales, rozando la hagiografía de sus rebeldes protagonistas. Pero, por suerte, Low Life no tarda en abandonar ese tono realista para apostar por una atmósfera onírica y envolvente, la que exige el romance entre una española y un afgano que quieren soñar con desesperación pero no pueden dejar de sentir el inestable suelo bajo sus pies. La poesía y lo puro pueden triunfar incluso allí donde ya no quedan zonas de sombra en las que ocultarse. Subtextos de magia negra, chicas guapas y libertinas y una fuerza visual considerable para una película cuyo contenido político puedes comprar o no, pero que, desde luego, es un hermoso romance contemporáneo. Toni Junyent

Un amour de jeunesse
Un film de Mia Hansen-Løve (Francia)

Con su tercer largomentraje, Mia Hansen-Løve ha querido acercar el núcleo de acción a su propio epicentro emocional, por lo que Un amour de jeunesse se alza como un personal proceso de introspección al pasado de la directora, al mismo tiempo que en un relato algo púber sobre la intensidad de los amores (o de un amor) adolescentes. Uno de los intereses de las anteriores películas de Hansen-Løve era la marcada sensibilidad con la que trataba las relaciones entre sus personajes, especialmente las que ligaban a miembros de diferentes generaciones familiares. Sin embargo, cuando su interés, su empatía por los demás, se traslada a tratar sus propios affaires olvida parapetar y acaba por epatar. Su película, no obstante, es un agridulce cuento de amores y desamores con un triángulo entre el pasado de su protagonista (el amor de juventud) y el presente (el amor de un hombre maduro). El futuro es lo que queda en ascuas, aunque tampoco importa; al fin y al cabo, se trata de explorar los vaivenes de esa adolescente que vive disfruta de la carnalidad de un amor y de la madurez de otro. Un campo, este, en el que Un amour de jeunesse alcanza sus mayores logros: retratar las dudas de quien no acabó de encontrarlo todo en ninguno de sus amores. Mónica Jordan

L’Apollonide
Un film de Bertrand Bonello (Francia)

En lo que a cine respecta, L’Apollonide (presentada fuera de competición) fue casi lo mejor que me pasó en Gijón. Bertrand Bonello, al que desde ahora voy a seguir la pista, filma el día a día de las prostitutas de un lujoso burdel de principios de siglo en el que el tiempo parece detenido y a la vez inexorable en su acción de hacer que las cosas y las personas se deterioren y desvanezcan. Moviendo la cámara con la precisión subyugante de un De Palma, el cineasta francés nos sirve un festín sensorial, una pieza de cámara que, sí, está muy documentada, habla sobre una determinada comunidad de personas y trata problemáticas sociales de la época, pero que parece hecha por y para el mero regocijo estético. Aunque Bonello se jacte de banalizar la desnudez, su película la podrían haber filmado erotómanos del calibre de Jess Franco o Jean Rollin o Walerian Borowczyk o Alain Robbe-Grillet, aunque Robbe-Grillet incluiría pistolas en el menú y el resto no se atreverían a filmar una película tan radicalmente despojada de discurso narrativo. Libre y hermosa como esas canciones en las que Bob Dylan no habla de nada y a la vez habla de todo, aunque aquí no suena Dylan sino el Nights in White Satin de The Moody Blues. Y encaja. Toni Junyent

Dark Horse
Un film de Todd Solondz (EE.UU.)

Cuando salí de ver Dark Horse me acordé inmediatamente de The Future porque creo que ambas son las esquinas más alejadas de una casa demasiado pequeña. Miranda July como la mujer moderna, pagada de sí misma, pero con un talento y atrevimiento incuestionable, y Todd Solondz como el hombre antiguo (multado de sí mismo), directo y enfermo de contundencia y derrota. Sus últimas obras pueden leerse como los contrapuntos a dos creadores extremos de dos sexos opuestos que llevan hasta las últimas consecuencias la proyección cinematográfica de ellos mismos. Dark Horse en este caso viene a cumplir el exorcismo con gracia y mucha mala leche. Tras el ejercicio de estilo fallido de El amor en tiempos de guerra (2010), Solondz regresa a nosotros y a sí mismo, con una obra beligerante, sin concesiones, dotada de un malsano sentido del humor y del amor, repleta de guiños malévolos al estado actual y a los gérmenes adquiridos de manera cultural, incisiva como un tratado de antropología escrito por un marciano demasiado observador. Dark Horse es la continuación apócrifa de Bienvenido a la casa de muñecas, una balada absurda sobre perdedores que no se  conforman pero que a pesar de eso vuelven a perder de manera más ridícula. Una burla consciente y mordaz sobre el estilo de vida americano y su falta de estilo. Una demostración que ante el indie más conformista siempre vienen bien las flechas envenenadas de comanches locos como Solondz o July. Manuel Ortega

El estudiante
Un film de Santiago Mitre (Argentina)

De metonimias y denuncias vivió en parte este FICXixón: la de Vol Spécial y Megacities para retratar nuestro estado del bienestar y sus injusticias, la de Life without principle para trazar un mapa de situación de la crisis económica en clave de thriller, o la de El estudiante con su análisis de los juegos y estrategias políticos que empapan todas las estancias de dicha disciplina. A través de un joven estudiante que, ya de buen inicio, se nos presenta como maleable e indeciso, Santiago Mitre nos inmiscuye en la vida política universitaria para ir observando cómo llega a ella la traición, los intereses personales, las estratagemas, las amenazas, los sobornos y la corrupción. Su construcción, a través de un guion pautado y muy trabajado, no deja lugar al respiro ante los acontecimientos, desde la introducción de Roque en un grupo estudiantil por simple interés amoroso hasta llegar a convertirse en la supuesta mano derecha de un importante personaje de la política universitaria y, quizás, de Argentina. Mitre acompaña lo frenético de sus diálogos con una cámara que no descansa, que sigue a Roque, nuestro estudiante, nuestros ojos, en todo momento y que permite al espectador ir descubriendo, poco a poco, todo un sistema que, como decíamos, funciona como metonimia de toda esa corrupción política que encontramos allá donde miremos. Mónica Jordan

La guerre est déclarée
Un film de Valérie Donzelli (Francia)

La candidata a los Oscar por Francia se llevó en Gijón los merecidísimos premios de mejor película —exaequo con El estudiante— y mejor pareja de actores protagonistas. En un principio, la premisa de “pareja joven que tiene su primer hijo y al poco tiempo descubre que el niño padece cáncer” podría sonar a sensiblería malintencionadamente putrefacta a evitar bajo cualquier condición. Sin embargo, se trata de una película inusualmente sincera, en la que los actores se interpretan a sí mismos, pues se trata de un trauma por el que han pasado en la vida real. Así, el filme se convierte en una terapia para la directora y un peculiar modo de agradecer a todos aquellos que se mantuvieron firmes a su lado. Las derivas musicales, el humor negro y el dramatismo exacerbado de determinadas secuencias restan peso al drama de fondo, pero todo con la intrascendencia, la ligereza y la honestidad que podría esperarse y que recupera de determinado cine francés en el que los personajes y sus divagaciones están siempre por encima de las historias. Laura Menéndez

Iceberg
Un film de Gabriel Velázquez (España)

Gabriel Velázquez quiere hacer lo contrario a lo que hace Östlund: cerrar lecturas mientras se abren  estímulos estéticos por la carestía de elementos e información.  Y eso nos hace recordar el calado intelectual de cierto cine de autor español, ensimismado de una profundidad ficticia, en un autismo transitorio que confunde, palidece y aburre . Y no es culpa quizá de Velázquez y de su discreta capacidad para comunicar mediante el arte, sino quizá de unos referentes mal digeridos o con demasiado poco alimento. El premio del jurado no hace más que confirmar las sospechas, corroborar el diagnóstico, darle cama a un nuevo paciente. Porque lo que hasta ahora era un autor de modestas obras independientes entre lo curioso y lo inofensivo (Sud Express, Amateurs) puede convertirse en un nuevo iluminado de formas y firmas, narrador insumiso al mainstream y a sus impuestos, y a lo mejor en algo todavía peor. Su cine tristemente no puede ir a peor porque Iceberg es sin duda lo más flojo que vimos en esta maravillosa semana de cine. Un filme complaciente, pretendidamente alegórico, torpe en las funciones básicas de lo narrativo o lo poético, deslumbrado por su propia inconsistencia, fútilmente caprichoso, esencialmente reaccionario y tristemente hueco. Un batiburrilo de referencias del último cine más rompedor puestas a merced de una historia que se puede contar con un sms (utiliza las mismas palabras más o menos). Manuel Ortega

Michael
Un film de Markus Schleinzer (Austria)

La huella de Haneke es larga y profunda, y Markus Schleinzer no ha sabido (o no ha querido) desprenderse de ella para su debut como director. La aproximación metódica al modus operandi de un pederasta le ha servido de excusa para levantar su primera película, siguiendo la línea estética del Haneke de, por ejemplo, El séptimo continente (1989) o El vídeo de Benny (1992), aunque evidenciando y engrandando (quizás también sin quererlo) el trabajo del director germanoaustríaco. Mucho se ha criticado a Haneke por su voluntad paternalista y moralista, pero a Schleinzer cabría echarle en cara precisamente lo contrario, que sea tan altivamente cínico con un tema como la pederastia. Michael no molesta, no critica, no propone ni expone; solo sigue a un pederasta en sus quehaceres diarios y propone una posible forma de pervivencia. Como mucho, podría caber entender que ofrecer una posible salida a casos de niños desaparecidos, pero caeríamos también en el cinismo con tal sugerencia. No obstante, cabe reconocerle a Schleinzer haber conseguido una de las escenas más memorables y retorcidas de este FICXIxón: ¿prefieres que te claven un cuchillo o un pene? El chaval escogió el cuchillo. Mónica Jordan

Play
Un film de Ruben Östlund (Suecia, Dinamarca, Finlandia)

Estamos acostumbrados a otras cosas. Estamos acostumbrados a que el cine social esté muy mascadito para que ningún trozo grande nos dañe ni la garganta, ni el estómago, ni el culo. Sabemos que el mundo es injusto, que los problemas se multiplican, que los malos nos dividen. Quizá ese sea el motivo de que tras ver Play muchos salieran indignados y hablando casi de cine de ultraderecha. No quiero ni imaginar lo que hubiera sido este material en manos de alguno de los directores de izquierdas oficiales, o en la de los evangelistas del cine de autor solo comprometido con sus compromisos adquiridos. Östlund, sin embargo, presenta una de las experiencias más lúcidas, potentes y desazonadoras de los últimos tiempos, un documento frontal, que se vale de una estética predeterminada, y que ya estaba en las inocentes Guitarrmongot e Involuntary, para que la ética la tenga que poner cada uno mismo de su bolsillo (estamos en crisis de todo, primo). No hay juicio, ni hay testigos, ni abogados. Tampoco (y ese es el punto casi más fácil de observar aunque queramos ignorarlo) hay acusados. No hay culpables ni inocentes. Solo un juego que deja de serlo cuando nosotros no participamos de las reglas. Ni niños blancos, ni niños negros, ni niños muertos: una sociedad que se resquebraja y se hace el harakiri mientras que publican las fotos con su Iphone 5. Lo demás es tan  burgués como la crítica tradicional. Ser de izquierdas no es solucionar las cosas en la pantalla. Más bien es sembrar el patio de butacas de incertidumbres, dudas y emoción. Y Östlund no hace una película cómoda porque eso sería hacer mal cine con un excelente material. Y eso ya lo hacen tantos… Manuel Ortega

Take Shelter
Un film de Jeff Nichols (Estados Unidos)

Sin duda conseguir este film, segundo de su realizador, para la parilla de Gijón ha sido una muy buena jugada: habría encajado a las mil maravillas en la programación del festival de Sitges y hasta el director de este, Ángel Sala, llegó a lamentar no haberlo podido conseguir. La casualidad ha querido que, después de cubrir el certamen catalán, mi siguiente destino fuera el 49 FICXixón (ni la Seminci ni la Semana de Donosti fueron viables) y la comenzara viendo Take Shelter (no es tanta coincidencia si se tiene en cuenta que era de los primeros proyectados y la inauguración): un enlace perfecto entre ambos festivales pues también resulta ser una cinta perfecta para el tono y público característicos de Gijón. Protagonizado por Michael Shannon, otra vez excelente y otra vez en un rol bastante similar al que ha incorporado en otras ocasiones: Bug (2006) o Revolutionary Road (2008), y una estupenda Jessica Chastain, Take Shelter, al que volveremos con detenimiento cuando se estrene (lo distribuye Avalon), expone con notable densidad y calculada atmósfera el resquebrajamiento no de la mente de su protagonista sino de la realidad absoluta: la antólogica secuencia final pone de manifiesto, también, que la ideología y/o la fé (quizá para los más creyentes), en unos tiempos que tienden a anularlas, debería ser mucho más importante de lo que es. J.D. Cáceres Tapia

Terri
Un film de Azazel Jacobs (Estados Unidos)

No me ha acabado de gustar Terri. Considero, por el contrario, que es un film honesto y contiene suficientes elementos de tal elocuencia y tino al describir las miserias (y grandezas) humanas, de adolescentes y adultos, que no se puede obviar su logro dibujando un paisaje humano con el cual se empatiza en términos globales más allá de clichés. El propio protagonista, a mi juicio, poco agradable y cuyo comportamiento es absurdo por momentos, resulta cercano y creíble. Seguramente gracias a la ajustada descripción del director del instituto, al que da vida John C. Reilly: su trabajo parece volcado en ayudar a los alumnos más marginados, pero no es alguien precisamente perfecto ni responde al típico modelo a seguir, mostrándose como un complemento más que un contrapunto. Por eso funciona tan bien aquel momento donde el educador explica a Terri, el cual está bastante dolido porque ha descubierto que no es tan especial como le había dado a entender, que las personas somos así: imperfectas, nos equivocamos demasiado, y lo hacemos lo mejor que podemos o sabemos. Lástima que su máximo responsable, cuya trayectoria ya cuenta con varias películas, esquive el apartado visual hasta componer una puesta en imágenes irritante por apática y por su tendencia al subrayado: la planificación cerrada que busca lo natural y realista se topa, en general, con lo automático y obvio. J.D. Cáceres Tapia

Vol spécial
Un film de Fernand Melgar (Suiza)

Un grupo de ciudadanos, no originarios del país pero residentes en él y con una vida totalmente encaminada en sus calles, es llevado, encerrado y cuidado por un grupo de poder que pretende hacerles desaparecer de esas tierras. ¿Hablamos de nazis? No, hablamos de inmigrantes. ¿Hablamos de Alemania? No, hablamos de Suiza. ¿Hablamos de campos de exterminio? No, hablamos de un centro de detención administrativa. ¿Hablamos de asesinatos? Hablamos de muerte emocional, no física; del tipo de muerte a la que son sometidas una serie de personas que, tras haber vivido, trabajado y cotizado en Suiza, son ahora retenidas para ser enviadas a sus países de origen aunque, en algunos casos, hace más de veinte años que no lo pisan. Vol Spécial sigue la situación de estos inmigrantes y de sus celadores para observar cómo los mecanismos democráticos, la sociedad de la información y de los derechos humanos no hace sino utilizar los mismos mecanismos de expulsión/eliminación del nazismo pero disfrazados de educación y, sobre todo, de libertad. Atroz resulta comprobar cómo el sistema convence a algunos de los protagonistas (¿y a nosotros?) del derecho a decisión e implicación del Gobierno sobre sus vidas, y de que la tolerancia llevada a cabo durante los años en que han vivido en Suiza obedece a la necesidad de una mano de obra que ahora, en plena crisis económica, ya es excedente. Vol Spécial es un retrato de lo terrible de la cosificación del ser humano y de lo macabro de la educación como forma eufemística de la fría impersonalidad. Mónica Jordan

Walk Away Renée
Un film de Jonathan Caouette (Francia y Reino Unido)

En el año 2003 apareció una película pequeña pero de dimensiones titánicas que vino a revolucionar el panorama cinematográfico y a replantear cuestiones como el poder de la imagen, la dicotomía imagen íntima/imagen privada, el cine casero o el exhibicionismo ante la cámara. Todo esto, pasado por una batidora caótica y obscena, es Tarnation (2003). Walk away Renée supone la continuación de esa ópera prima que es su vida, en la que el director emprende un viaje con su madre totalmente trastornada de punta a punta de Estados Unidos para ingresarla en un nuevo hospital psiquiátrico que le permita tenerla más cerca, readmitirla en su vida. Una road movie perturbada y con saltos en el tiempo que añade poco a la obra capital que supone su primer filme, pero que el propio director admite que empezó a montar como un extra para la reedición en dvd de su película. Aunque varias escenas remiten directamente a la bajeza moral que retrataba —y demostraba— Tarnation, se trata de un trabajo mucho más sosegado, menos ambicioso y quizás por ello falto de vida. Las comparaciones eran inevitables desde el principio. De todos modos, no decepcionó a los muy fans. Laura Menéndez

Whore’s Glory
Un film de Michael Glawogger (Austria y Alemania)

El austriaco Michael Glawogger, otro de los homenajeados en esta edición del Festival, presentaba su último documental, que también habla de prostitutas. Haciendo honor a la condición transfronteriza que a menudo se utiliza para adjetivar su cine, el director de Workingman’s Death (2005) nos muestra cómo funcionan tres lugares en los que se comercia con la carne, en Tailandia, Bangladesh y México. Y aunque el interés decrece en el segundo segmento, que peca de convencional y algo rutinario, la límpida mirada de Glawogger nos hace partícipes de unos espacios y unos personajes que son mucho más que fotografías y rostros que transmiten información. La cuidada y muy cinematográfica planificación logra que tengamos una sensación muy cercana de los lugares y de las personas que trabajan o consumen en ellos. Y que el paisaje sea mucho más que la suma de sus elementos. Un gran documental que ni defiende ni azota ni quiere ser un tratado sobre nada, sino que toma partido por la vida y sus circunstancias, no siempre agradables. Por lo que ocurre mientras nosotros teorizamos. Toni Junyent


Rellumes

Avé
Un film de Konstantin Bojanov (Bulgaria)

La juventud y sus derivas, exteriores e interiores, endógenas y exógenas, han marcado uno de los aspectos más superficiales de un festival que comenzó históricamente con un cariz bastante aproximado a lo que hemos podido encontrar en ciertas películas. El director bulgaro Konstantin Bojanov, venía a llenarnos el hueco de la road movie con mensaje, barata de fáctura pero con un equipaje sentimental de los que vale un potosí o dos. Lo hace con cierta maña, con un gran trabajo de casting y con un ritmo que cabe dentro de lo que cabe. Abusa de cierto determinismo, de caídas en lo trágico (la visita a la familia del amigo suicida haría las delicias de Lars Von Trier o Paulo Coelho) que bordean lo bochornoso, episodios tristes pero cómicos (el camionero aficionado al porno juvenil o el padre del militar muerto y con otro hijo deficiente) que ponen el contrapunto casi morboso al, por otro lado, esquema de viaje de conocimiento con dos compañeros dispares que acaban enamorándose, o situaciones familiares al límite que reivindica el individualismo rebelde, juvenil y casi natural de los protagonista, quizá como contraposición a un pasado comunista que sigue ensombreciendo a los que lo vivieron con alcohol y burocracia. Todo ello rodado como si no se estuviera ahí, con cierto mimo y con un buscado cuidado en las escenas más íntimas. Pero cuando sales se te olvida y llamas a los demás, que seguro que estaban viendo una película más larga para ver si aprovechamos la hora que nos queda (tempus fugit) para ir a cenar. Y se te olvida el drama de Avé (Avelina) y Kamen y piensas qué comer porque por la mañana comiste carne. Manuel Ortega

Hollywood Talkies
Un film de Óscar Pérez y Mia de Ribot (España)

Quien no sepa disfrutar de las batallitas de sus ancestros, ni merece ancestros, ni ser llamado a filas (festivaleras), ni merienda, ni nada. En el campo de la no-ficción, a falta de entrañables abuelas evocando a sus familiares emigrados, tenemos a cineastas como Óscar Pérez y Mia de Ribot. En Hollywood Talkies nos desvelan con cariño, discreción y a ritmo moderado la vida y fortuna de aquellos osados artistas hispanos cautivados por el primer fulgor de Hollywood, previo al doblaje, cuando las películas se rehacían en idioma castellano y de forma atolondrada, anticipando la actual e incontestable victoria del consumo sobre el disfrute, la forma sobre el fondo, en el cine como en la vida. Hollywood Talkies nos habla (en off y en inglés) de aquellos nuestros emprendedores, buscavidas fotografiados que disfrutaron de la industria del cine a medida que ésta se iba creando, mientras ellos también creaban su sueño americano. De sueños, de fantasmas retenidos entre dos tipos de cine, entre dos mundos, de eso se vale la pareja de cineastas, de ahí que los planos rodados para ambientar este documental sean lugares fantasmagóricos, espacios que sin proponérselo componen una urbe, o la circundan, localizaciones donde el vacío y el transcurrir del tiempo se combinan permitiendo que surjan estas leyendas traídas por el viento, aquellos sueños. La quietud de dichos planos perpetúa este singular fragmento del cine, como hacen las fotografías con sus protagonistas, de forma maravillosa. Luis Argeo

P-047
Un film de Kondej Jaturanrasmee (Tailandia)

Charlando con varios compañeros a la salida de la proyección del film comprendí que estoy demasiado alejado de la cinematografía e idiosincrasia tailandesa como para haber disfrutado plenamente. El resultado de la propuesta estimo que es voluntarioso y curioso en sus mejores momentos, pero terriblemente aburrido y torpe en los menos interesantes. Sin embargo tengo la sensación que si mis impresiones fueran más positivas estaría igual de perdido, circunstancia que dudo sea buena señal. P-047, tercer largometraje de su responsable cuya experiencia se amplia a diversos guiones y a la participación en un film colectivo, se concentra en un argumento mínimo que recuerda a títulos precedentes y una estructura fragmentada y no lineal vista en centeneras de películas, y destaca cómo su ritmo pausado y seco va envolviéndose de una determinada armonía. Se intuye una bonita historia romántica, pero esta habría de pertenecer a otro relato. Aquí hay espacio para (¿tienen más sentido?) los capítulos que juegan con la lingüística: el momento íntimo en el bosque protagonizado por el dueño de una de las casas asaltadas o la delirante secuencia que parodia las novelas del espía James Bourne. J.D. Cáceres Tapia

Tomboy
Un film de Céline Sciamma (Francia)

A veces se nos da mejor ser lo que no somos. Ahí está el éxito de Facebook o de Twitter, donde personas que pasan la noche del sábado solas en casa (como yo que escribo desde esos parámetros) pueden tener cientos o miles de amigos o seguidores y parecer enrollados, triunfadores o putos fuckersde la vida. Eso está más allá de la sexualidad aunque la sexualidad también tiene mucho que ver con eso: aceptar un rol, dominar la situación, orinar en nuestro territorio. La película de Sciamma viene a incidir en esa diatriba, en la revelación o en la ocultación de nuestros encantos, efluvios o derivas sexuales para sentirnos más plenos en su simulacro. Pero todo eso transformado en película infantil, claro, inocente casi blanca, válida como viaje iniciático sinUn film de Santiago Mitre (Argentina) billete de vuelta y con ventanilla con vistas. La ganadora de Rellumes es una pequeña joya que quizá tenga el problema de ser demasiado pequeña. Una fábula naturalista, brillante y respetuosa con sus personajes, intimista y al mismo tiempo universal que se sirve de la sugerente creación de una atmósfera de exteriores y de una estudiada recreación de interiores para contarnos la historia de un último verano y de la muerte o el nacimiento de una inocencia distinta: la de aceptar para siempre nuestra culpabilidad de querer estar vivos (y celebrarlo). Manuel Ortega

Viva Riva!
Un film de Djo Tunda Wa Munga (Rep. Democrática del Congo, Francia y Béliga)

La estimulante apuesta del FICXixón nos ha dado la singular oportunidad de poder ver esta película procedente del Congo Democrático (coproducida con Francia y Bélgica). Viva Riva! narra el regreso a Kinsasa del tal Riva desde Angola provisto de un camión de gasolina que le puede hacer muy rico, gasolina que ha robado al que fuera su jefe en el país vecino, el cual está dispuesto a recuperarla caiga quien caiga. Deudor de ciertas maneras europeas, este primera obra de ficción de su director asimila su concepción genérica, parapetada en el thriller, integrando hábilmente parte del contexto social y cultural donde se desarolla: la escasez de recursos mínimos como el combustible o el agua, que contrasta con un cierta ostentación en la manera de vestir y las posesiones materiales; la fisicidad primitiva y libertaria que muestra la importancia determinante del sexo y del dominio: es la ley del más fuerte pero también la necesidad, el capricho o el apetito imponen conductas; la violencia descarnada y gratuita; la pobreza moral de quienes no parecen vivir en nada parecido a la sociedad del bienestar… Sin embargo, a pesar de estos detalles y del empaque de sus imágenes (hay técnicos de contrastada trayectoria), es una película de narrativa grosera y planificación obtusa, de la que apenas rastreamos, recordamos instantes de buen cine. J.D. Cáceres Tapia


Secciones informativas

Accidentes gloriosos
Un film de Mauro Andrizzi y Marcus Linden (Argentina y Suecia). Llendes

Otra que nos habían vendido bien, y que, como mínimo, tenía un título atractivo. Venía de ganar la categoría de mejor mediometraje en la sección Orizzonti de Venecia y la definían como algo en la onda del J. G. Ballard de Crash, cercano al dadaísmo (¿?), con historias cómicas, otras trágicas, un poco de todo, y una hermosa fotografía en blanco y negro. Creo que es lo único en lo que estoy de acuerdo. Quien quiera, puede dejarse hipnotizar por las imágenes monocromo que, dicho sea de paso, no son gran cosa. Luego, la película es una mera yuxtaposición, no demasiado ingeniosa, de historias que se supone que son poéticas o misteriosas o extrañas o graciosas. Algunas lo son más y otras menos, pero conviene aclarar que el dadaísmo no tiene mucho que ver con limitarse a entrelazar una serie de relatos. El dadaísmo tiene que ver con el caos y con la destrucción de todas las lógicas, y aquí de eso hay poco. La propuesta de Mauro Andrizzi y Marcus Lindeen no deja de ser profundamente transparente. Yo la veo más cercana al realismo mágico de autores como Jorge Luis Borges o Augusto Monterroso, aunque sin la belleza geométrica e inextricable de las narraciones de Borges ni la cálida ironía de las de Monterroso. Toni Junyent

Alvorada Vermelha
Un film de João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues (Portugal). Llendes

Homenaje a Jane Russell en forma de mediometraje que comienza con un Loboutin abandonado en medio de la carretera, sin pareja, arrollado por las ruedas de un camión mientras comienza el ajetreo típico de un día cualquiera en el Mercado Vermelho de Macao. A partir de entonces, animales desangrándose, peces desmembrados que aún respiran e incluso una anguila cortada en dos que intenta escapar de un futuro ya presente. Esa es su manera de presentarnos como exótico algo que realmente no lo es, pero que nuestros ojos y paladares inmunizados por el fast-food y la comida precocinada no han sabido apreciar hasta esta explosión de violencia justa y necesaria. Algunos momentos realmente desagradables son mostrados ante la cámara con total y absoluta naturalidad, se trata de una violación cotidiana hacia la que nos han vacunado por cuestión de supervivencia, pero que a veces —y bien formulada, como es el caso— es más que recomendable recuperar para sentirnos vivos otra vez. Conociendo de antemano el gusto por la carne, el fetiche, y las perversiones de Rodrigues, el filme adquiere un doble fondo que podemos destapar a gusto de cada uno. Laura Menéndez

The Black Power Mixtape 1967-1975
Un film de Göran Olsson (Suecia y Estados Unidos). Esbilla

Elaborado a partir del material grabado por reporteros de la televisión sueca durante la época que abarca, este trabajo, mixtape del director Goran Olsson, es un documento de tremendo valor histórico sobre los acontecimientos y personas claves del movimiento. Además mantiene su vigencia y amplia su recorrido en el presente actual en el que, a pesar, por ejemplo, de lo mucho que representa que el presidente Barack Obama sea negro, hay una preocupante devaluación ideológica al respecto. Merecen recordarse las palabras de Angela Davis, cuya intervención justifica el visionado de este documental, de irregular ritmo e incompleto discurso pero ante todo inspirador y valiente. Aquellas son parte de la entrevista que concedió la pensadora afroamericana durante su mediático procesamiento allá por 1972 y se resumen en su relato, personalizado en su experiencia (y exaltado por la tendenciosa pregunta del periodista escandinavo), de cómo ellos, la comunidad negra, los ghetos mayormente, son de las primeras víctimas de la violencia de otros; pero por delante de este hecho incontestable, que no nos conviene olvidar, Davis se muestra audaz al explicar que lo importante de cualquier revolución son las ideas que la sostienen. J.D. Cáceres Tapia

Buenas noches, España
Un film de Raya Martin (España y Filipinas). Llendes

Nos las prometíamos felices con el último experimento de Raya Martin, una teórica road movie con gotas (una gota exactamente) de ciencia-ficción, rodada sobre la marcha, con Pilar López de Ayala, que ya es algo. Tras el simpático plano sostenido que abre la película, a lo sitcom de colegas que se perpetúa en el tiempo, nos hallamos a bordo de un coche, en la carretera. Filtros de color. Tomas que se repiten a varias velocidades. La textura, la maldita textura de vídeo doméstico. Y eso es todo, amigos. Filtros de color. Tomas que se repiten a distintas velocidades, acompañadas por música de cartoon de vez en cuando. Y así durante setenta minutos. Podríamos decir que es un ejercicio con la forma, el color y el movimiento, como cuando los surrealistas descubrieron el cine y empezaron a filmar figuras geométricas que se movían sobre fondos negros. Pero eso fue en los años veinte. Supongo que Raya Martin quiere decirnos que la textura del VHS mola cantidad, que es una pasada, que puedes quedarte embelesado haciendo monerías con quince minutos de metraje y que te cojan en los festivales. Seguro que es verdad, aunque su película no tiene nada. Prefiero, con mucho, a los Trash Humpers (2009) de Harmony Korine. Toni Junyent

Kill Daddy Good Night / Das Vaterspiel
Un film de Michael Glawogger (Austria, Alemania y Suiza, 2009) Retrospectiva

Después de conocer un poco más su cine, diría que Michael Glawogger es uno de los directores más relevantes del panorama europeo contemporáneo. Si su magnífica y descacharrante Contact High (¿por qué en el primer pase nadie se reía a carcajadas a pesar de que lo estaban deseando?, ¿tiene que ver con la flema asturiana?, ¿se debe al tono serio del certamen?) ha sido todo un descubrimiento, más impactante me ha parecido esta Kill Daddy Good Night. Una película caracterizada por una obsesiva acumulación de información, difícil de asimilar inicialmente como bien me señalaba el colega Manu Yáñez, que exhibe en una complexión contextual desconcertante e incómoda: nazismo, internet, dinero, muerte, incesto, alcoholismo… Desconcierto que se amplifica en la puesta en imágenes: los insertos del videojuego creado por el protagonista, tanto en una versión propia de los 90 (el relato principal ocurre en 1999), como a la manera de un shooter en primera persona con gráficos 3D, que parece imaginado por su creador; la extraña planificación, por ejemplo, del encuentro fortuito de los dos hermanos: él la besa pero el plano solo muestra la nuca de él y el pelo rubio de ella, luego él la persigue entre las risas cómplices de ella camino de un bosque… Hallazgos dispersos de un film que se me antoja magistral, pero para el cual es necesario más herramientas, tiempo y espacio para deconstruirlo apropiadamente. J.D. Cáceres Tapia

Photographic Memory
Un film de Ross McElwee (Estados Unidos y Francia). Esbilla

La concepción personal y personalista que tiene Ross McElwee sobre el documental lo aleja de audiencias mayoritarias, sin embargo sus películas merecen mucho la pena porque son entretenidas cartas abiertas que aportan vivencias y enseñanzas. Su última producción, grabada con una pequeña cámara digital, vuelve a ser una búsqueda en forma de viaje al norte de Francia, donde el cineasta pasó un tiempo cuando era joven, trabajando como ayudante de un fotógrafo de bodas y disfrutando del amor. Búsqueda que surge como un intento de entender por qué su hijo Adrian, que ahora tiene más o menos la misma edad que él tenía entonces, se comporta de una manera que ahora le cuesta bastante sobrellevar. McElwee va al grano en la primera parte de la película: las escenas de presentación del conflicto, en su casa, en las que utiliza bastante material antiguo centrado especialmente en su hijo, y el arranque de su investigación, ya en Bretaña, para encontrar respuestas a través de su propio pasado. Progresivamente inyecta al relato de un sentido de pérdida que sobrevuela el propio viaje: McElwee supera los sesenta años y ya quedan demasiado lejos los años de juventud. En paralelo, este estupendo film nos viene a decir, no sé si de forma consciente, que la memoria es selectiva, caprichosa y misteriosa, pero la concreción, determinismo y verdad de la realidad puede resultar demasiado cruel. J.D. Cáceres Tapia