Breves apuntes de un extenso festival

Otro año.  L’Alternativa nos llega de nuevo con un desbordante surtido de propuestas, inciertas a priori, pero harto estimulantes. Como estimulante sigue siendo un festival que puede dedicar homenajes a veteranos (que se muestran muy asequibles como este año fue el caso de Alain Cavalier), secciones dedicadas a escuelas de cine nacionales e internacionales, a países invitados (Turquía, en esta ocasión), mesas redondas en torno a los contadores de historias (en la que pese a la verborrea del presentador, brilló por proximidad y capacidad docente el veterano Patricio Guzmán)  y apartados a competición en el ámbito del corto, del largo de ficción y del documental. Como siempre, un montón de ventanas al mundo cinematográfico que se pretenden como auténticamente independientes y bastante experimentales.

Así pudimos ver entre otras muchas, obras de escuelas de cine internacionales que presentan, entre otras curiosidades, un documental sobre la recolección de frambuesas en Finlandia con el ambiente de una historia de fantasmas (How to Pick Berries, E. Talvensaari, 2010 ), observaciones de  la industria funeraria (De función, J.Tur, 2006) o experimentaciones sobre Gaudí y Verdaguer que descubren obras no catalogadas del arquitecto universal (Lo jardi de les rahons perdudes, D. B.Ferré i E. Arinyo, 2009).  Pero si nos asomamos a la sección de cortos en competición, las propuestas no eran menos interesantes, desde la observación esquiva de un romance furtivo filmada a través de reflejos y desenfoques (Mercurio, S. Aguilar, 2010) a la hoguera de las vanidades orquestada por un peculiar portero de la discoteca de moda, seleccionando con criterio dudoso pero vehemente a los afortunados que podían acceder al interior (Pandore, V. Vernier,2010 ).

L’Alternativa permitió también un peculiar e interesante encuentro entre dos obras de Jose M. de Orbe, de hecho entre dos versiones de una misma obra. Aita (2010) y Aita, carta al hijo (2011) son dos variaciones sobre el mismo tema. Ensayos sobre la memoria, sobre la memoria de una familia y una sociedad contenidas en un caserón, Orbe relaciona con gran sensibilidad las texturas de paredes, persianas y objetos con los recuerdos (esquivos, casi elípticos) de una familia y una sociedad. Un gran trabajo de fotografía, recogiendo los cambios de luz en el interior del viejo palacio, combinado con la recuperación digitalizada y retocada de antiguas filmaciones de Euskadi, revelan emociones y sentimientos que perviven de modo fantasmagórico entre las paredes solitarias. En la primera obra, Aita, Orbe recurre también a los diálogos, en ocasiones naturales, en otras demasiado impostados, entre el cura del pueblo y el guardián de la casona para complementar las imágenes. El resultado facilitaba la comprensión de determinados pasajes de la historia pero hace dudar de su pertinencia en una obra eminentemente poética. De Orbe plantea Aita, carta al hijo como una variación  en la que se han suprimido las escenas con diálogos y se ha introducido un texto epistolar que el propio director lee en off. El resultado se revela equiparable a la anterior obra en cuanto la poesía de la imagen es interrumpida por una sentida narración que sin embargo parece también impostado. Es curioso que De Orbe considere más documental una obra en la que sustituye diálogos adaptados de personajes reales que otra en la que crea una carta que no cita personajes específicos. En cualquier caso, como el autor plantea, Aita y Aita, carta al hijo son variaciones sobre un mismo tema, constituyendo en sí mismas y en su diálogo una de las más interesantes y estimulantes propuestas del cine producido en España.

Entre los documentales, destacar Ekümenopolis: Ucu olmayan Sehir (I. Azem, 2011) y Blue meridian (S. Benoot, 2010) dos propuestas que podrían también dialogar sobre la miseria actual de sociedades podridas desde dentro, de mundos al que el lujo y el poder han derribado o está en vías de hacerlo.  En el caso de la primera su director efectúa una rigurosa revisión de la mutación deformante a la que Estambul ha sido sometida por intereses especulativos alcanzando el grado de megalópolis desbordada y poniendo en jaque el flujo de trabajadores, el ecosistema en torno al Bósforo y a la propia sociedad civil. La cinta, rica en informadores variados (constructores, sociólogos, urbanistas y víctimas de la especulación entre muchos otros), datos bien presentados y en animación  tiene gran brillantez en su primera mitad aunque cae en el documental de proximidad en su tercio final al alternar las entrevistas con el seguimiento a lo largo de dos años de algunos de los chabolistas desalojados en los procesos (interrumpidos) de reurbanización. Blue meridian, en su revisión de uno de los patios traseros de los Estados Unidos, es mucho más cinematográfica aunque pueda ser sesgada o parcial. La visión de la zona próxima al delta del Misssissipi, en la era post Katrina, revela de modo concluyente pero sin redundancias, las venas abiertas del poder opresor. La estrategia es modesta pero se despliega con brillantez siguiendo, en cada capítulo, en cada ciudad de paso, un mismo esquema: un personaje que aparece, en plano medio o general, comentando uno u otro tema, seguido de un travelling lateral  al estilo Ackerman del lugar en cuestión (calles con casas condenadas, edificios parcialmente abandonados, convictos limpiando un jardín) para continuar con un comentario más prolongado del mismo personaje que se presenta en primer plano o intercalado con otras escenas. El método resulta eficaz y sugerente y la imagen que se obtiene del antes glorioso Sur (aun reivindicado por algún personaje frente al prepotente y rudo Norte) revela un país tan decadente y quebrado como aquellos sojuzgados por la política de los Estados Unidos, una estrategia que se revela también tóxica de puertas adentro.

De entre los largometrajes de ficción a concurso,  Las marimbas del infierno (J. Hernández, 2010) habla de un músico amenazado por las maras desplaza su marimba clandestinamente y trata de formar grupo con un heavy. La mezcla entre el rock duro y el suave instrumento tradicional es tan curiosa como la combinación de documental y ficción que se propone. Lamentablemente, como documental adolece de falta de información y como obra de ficción padece de un guion insuficiente. Nos quedamos, sin duda, con su simpatía. Algo de lo que no adolece La vida útil (F. Veiroj, 2010) una buena película que tal vez se toma demasiado en serio a sí misma. Cinta que ha contado con las simpatías críticas en diversos entornos, narra la agonía de una Filmoteca triste, envarada y viejuna y de uno de sus profesionales, sumido en la misma deriva que la entidad en la que colabora. Las imágenes de Jorge doblando al uruguayo en su propia voz los intertítulos de Avaricia y los tristes diálogos entre profesionales y gestores de la entidad revelan el fin de un tipo de cinefilia y de todo un mundo. La cinta parece contagiarse del tono apático de la filmoteca en cuestión y languidece durante un tramo demasiado largo para su corta duración pero se reanima en un divertido tramo final correspondiente a la liberación vital del funcionario.

Vacaciones de invierno (Han Jia, L. Hongqi, 2010) es una ácida disección de la sociedad que viene. La sociedad china, claro. En el breve periodo de las vacaciones escolares de invierno un grupo de adolescentes de una zona rural evidencian a través de sus actitudes y opciones personales su hastío y desprecio, su indiferencia en otras ocasiones, hacia la sociedad en la que están inmersos. Deudora de Jiang Zang Khe, muy especialmente de Plataforma (Zhantai,  J. Zhang Ke, 2000), Vacaciones de invierno es  menos lánguida que aquella y nos da la posibilidad de ver no sólo con rigor sino con humor como se disuelve el cuerpo social bajo el yugo de un comunismo que no es tal sino en apariencia. Sin duda, una cinta a reivindicar.

Si La vida útil podía titularse La vida triste, Gravity was Everywhere Back Then (B. Green, 2010) tendría que ser Happiness was Everywhere, aun pese a su tristeza. Hay películas que te llevan a una canción. Gravity was Everywhere Back Then nos lleva a la discografía de Tom Waits, a ese conjunto de canciones y personajes estrambóticos, tocados por alguna desgracia pero que siguen viviendo, desplazados de su órbita, alterados pero enérgicos, tozudos frente a toda adversidad, frente a la realidad.  Gravity was Everywhere Back Then es una cinta peculiar y atractiva, cuyas curiosos atributos le merecieron el premio en su apartado. Trabajada con imágenes fotográficas en stop motion, Brent Green reelabora con cariño y originalidad la historia real de un solitario, Leonard Wood, que un dia encuentra su media naranja al colisionar, literalmente, con ella y a partir de entonces no ceja en su objetivo de hacerla feliz y luchar contra la enfermedad que ella padece. La obra y sus protagonistas humanos, retratados más que filmados (en la misma casa del director y en su patio, adornada con efectos visuales muy especiales), retrotrae a las creaciones animadas de Jan Svankmajer, Michel Gondry o a la recientemente estrenada cinta de animación Pánico en la granja (Panique au village, S.Aubier y V. Patar, 2009). Sin embargo, y pese a los continuos apuntes entre cómicos e irónicos, muchos de los cuales nos retrotraen a Jacques Tati y a los inventos del profesor Franz de Copenhaguen del TBO, despliega en sus imágenes una melancolía persistente repleta de poesía.

Destacar finalmente el preestreno en el marco del festival de la interesante y arriesgada propuesta de Mercedes Alvarez, Mercado de Futuros, de la que haremos comentario en el apartado de críticas de actualidad.