Cuando el pasado 19 de diciembre se adjudicó a Dalton Trumbo, por parte del Sindicato de guionistas, el crédito del guion de Vacaciones en Roma se cerró una historia que se inició hace 58 años. La noticia en sí puede parecer, por una parte, sorprendente, y por otra de escasa entidad, pero —como casi siempre— es imprescindible intentar comprender lo que verdaderamente se oculta detrás.

Resulta imprescindible hacer un pequeño recuento de los datos mas relevantes de esta historia: en 1953 William Wyler dirige una película, —que esta lejos de contarse entre sus mejores logros—, titulada Vacaciones en Roma, pero que protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, constituyo uno de los mayores éxitos de su carrera y supuso uno de los hitos del cine americano desde el punto de vista comercial.

La película, una comedia rosa bastante insólita en la carrera de Wyler, nos narraba las andanzas de una princesa —la británica Ana, actualidad obligaba— que de visita en Roma rompe todos los protocolos, y vive una aventura romántica con el periodista estadounidense Joe Bradley, que si al inicio pretende aprovecharse de la ingenuidad de la muchacha para conseguir relanzar su carrera con una exclusiva , finalmente abandona la publicación de la historia al comprender el daño que dicho reportaje puede suponer para la ingenua y desamparada princesa.

Esta amable visión de una monarquía que podía ser más flexible y menos obsoleta de lo que cabría imaginar, viniendo de un izquierdista americano, es una especie de cuento de hadas que transgrede —solo hasta cierto punto— el inevitable final feliz hollywoodense, si bien es cierto que solo de forma temporal y en parte por influencia del democrático modo de vida americano.

Pero todo eso apenas tiene importancia para el tema que ahora nos ocupa: ¿Por qué el sindicato de guionistas encargado de dirimir los conflictos sobre los créditos reconoce que Dalton Trumbo merece estar acreditado como guionista de Vacaciones en Roma al cabo de 58 años de estrenada la película? Evidentemente —y una vez más— hay que remontarse a la actuación  del HUAC (Comité de actividades antiamericanas)— cuando en 1947 decidió que era necesario llevar a cabo “una profunda limpieza” en el cine de Hollywood puesto que estaba lleno de “rojos” que utilizaban los films para difundir propaganda comunista. Ese fue el comienzo de lo que se denominó  caza de brujas en el terreno cinematográfico.

Transcurridos casi 65 años desde que el HUAC iniciara sus sesiones, se ha escrito mucho sobre este episodio, pero la mayor parte de las veces de forma doblemente parcial. Parcial, porque no se pretendía analizar el tema en su conjunto, sino hablando únicamente sobre una serie de hechos aislados a partir de los cuales se generalizaba y se sacaban las  ya previas y previstas conclusiones. Y parcial, porque no se hacia de una forma mínimamente objetiva, sino que se llevaba a cabo por gente que ya había tomado partido previamente y pretendía fundamentalmente demostrar hasta que punto la razón estaba de su lado.

Resulta bastante obvio comprender que la mayor parte de la gente que habló de ese tema estaba de alguna manera concernida personalmente por lo ocurrido, con lo cual era difícil que adoptase una actitud mínimamente neutral. Pero una cosa era que se hubiese sufrido una inicua persecución, y otra muy distinta que se falseasen los hechos para tratar de aumentar los sufrimientos de las victimas o/y la iniquidad de los verdugos.

Pero volvamos a Vacaciones en Roma. En la época en la que se escribió el guión, Trumbo, —que había pasado de ser uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood a no encontrar trabajo, y escribir con seudónimos o a través de tapaderas cobrando menos de la vigésima parte de su caché previo al inicio de  la persecución—, no podía escribir con su nombre y utilizó su bien ganada fama de guionista rápido para, firmando numerosos guiones, lograr reconstruir una economía destruida por la estancia en prisión y la lista negra.

«Según su biógrafo Bruce Cook, el mismo día en que Trumbo regresa de su comparecencia en Washington,  ante el HUAC, recibe una oferta de Frank King —uno de los tres hermanos King, fundadores de King Brothers Productions, modesta productora de cine independiente en los inicios de su carrera— para realizar un guión por la suma de tres mil setecientos cincuenta dólares, a pagar en un periodo de un año y medio. A pesar de que, hasta finales de noviembre de 1947, el sueldo de Trumbo por guión era de setenta y cinco mil dólares —o tres mil semanales— en  la MGM, el guionista acepta el trabajo que le ofrecen los hermanos King» [1] porque lo considera una ayuda —prosiguió su relación durante bastantes años— y piensa que la King Brothers no es la MGM, y  eso es lo  que puede pagar por un guión.

Si el dinero siempre fue vital en las decisiones de Trumbo, en ese momento alcanza aun mayor prioridad, hasta el punto de rechazar proyectos de compañeros de la lista negra porque no veía la posibilidad de que se pudieran traducir en dinero en poco tiempo.

Con la decisión de trasladarse a México —muy influido por la experiencia y las noticias que le llegaban de Hugo Butler afincado allí—  la capacidad de selección de Trumbo disminuye aun más. Trabaja en todo lo que le ofrecen y busca por encima de todo conseguir dinero rápidamente, y en abundancia.

Precisamente en esta época se produce la venta por parte de  Trumbo de una historia original  a la Paramount por cuarenta mil dólares, escasas fechas antes de instalarse en México D.F. y que se titula provisionalmente Vacaciones en Roma.

El problema era el de siempre, como Trumbo no podía firmar con su nombre tenia que utilizar un pseudónimo o encontrar un amigo que le sirviera de tapadera. Ian McLellan Hunter, un inglés que trabajaba en EEUU, y que por aquel entonces no estaba en la lista negra todavía, se ofrece para firmar la historia original del film Roman Holiday (Vacaciones en Roma, 1953), que en la entrega anual de los Oscar fue nominado  para diez estatuillas de las que consigue tres, entre ellas la de la mejor historia original, asignada a Ian McLellan Hunter.

Entre las nominaciones se encuentra también el guion de Vacaciones en Roma,  atribuido a Ian McLellan Hunter, y John Dighton, que finalmente no conseguiría alzarse con el Oscar.

Cuando muchos años después un germen de sensatez se fue imponiendo poco a poco tanto en el Sindicato de guionistas primero, como en la propia Academia después, se hicieron algunos tímidos intentos de resarcir las injusticias más graves producidas como consecuencia de la implantación de la lista negra. La más callada labor del sindicato comenzó por ir devolviendo los créditos a guionistas que no habían sido acreditados, o habían sido desposeídos de sus créditos, y en el caso de la academia con la pública petición de perdón por los errores cometidos y por una actuación a todas luces injusta y sectaria.

El caso que nos ocupa tiene dos etapas: La  primera se produce en 1991 cuando Trumbo lleva ya 15 años muerto y consiste en la acreditación de la historia original de Vacaciones en Roma, que tiene especial importancia porque supone igualmente la concesión de un Oscar al propio Trumbo.

En su momento noticias periodísticas afirmaron que  McLellan Hunter estaba en México tratando de eludir una citación ante el Comité, y que por eso no podía asistir a la entrega de los premios. Como no podía ser de otra manera la prensa de extrema derecha —pero no únicamente ella— se quejo amargamente de que se permitiera a semejantes antipatriotas escribir para el cine y encima  que se les premiase. Wyler replico que él había contratado a un guionista que no estaba acusado de nada, y que por lo tanto no tenía nada que reprocharse.

La situación se cerró provisionalmente de esa forma aunque no pasó mucho tiempo antes de que McLellan fuera incluido en la lista negra y dejara de poder servir de tapadera a su amigo.

Unos años mas tarde tuvo lugar el episodio más famoso de la carrera de Trumbo por lo que respecta a su relación con la academia. El Oscar a la mejor historia original fue a parar en 1956 a una película titulada El bravo, escrita por un tal Robert Rich, producida por King Brothers —los mismos que contrataron a Trumbo tras declarar ante la HUAC—  y distribuida por RKO. Nadie salió a recoger el premio y al cabo de un tiempo con las declaraciones de los productores y del propio  Dalton Trumbo se insinuó claramente —en un efecto calculado por el guionista—, que este era el autor de la historia y del guion de la película de Rapper. Las cosas posteriormente se complicaron porque hubo hasta 7 reclamaciones de personas que se auto asignaban  la paternidad, o que acusaban al tal Rich de plagio. En mi opinión cuatro  de ellas eran de oportunistas y tres por el contrario podían tener algún tipo de razón. Dos de los reclamantes eran nada menos que Orson Welles y Robert Flaherty, cuyas argumentaciones estaban relacionadas y eran claramente coincidentes: Welles afirmaba que  a comienzos de los años  cuarenta compro al documentalista un argumento que narraba la historia de la amistad entre un niño y un toro que finalmente era indultado por su bravura en la plaza. Con ese argumento Norman Foster —muy amigo de Welles y que finalmente fi(l/r)maría Estambul— rodó un episodio titulado Mi amigo Benito que Welles pensaba incluir en su película brasileña inacabada Todo es verdad. Flaherty presentó una versión coincidente con la más extensa de Welles, ratificando punto por punto su relato. En principio creo que no hay duda sobre la veracidad de los datos aportados por ambos cineastas con lo que la historia se podría reducir a si fue simplemente una coincidencia o Trumbo se “inspiró” en el trabajo de Flaherty y de Welles. La verdad es que hay datos suficientes para pensar que cualquiera de las dos opciones son posibles  pero personalmente me inclino a pensar que Trumbo conocía la versión de Flaherty y de Welles porque la película esta distribuida por la RKO que era —casualmente— la productora —trece años antes — de la película de Welles y ese relato estaba en sus archivos.

Otro punto muy discutido era el hecho de que Trumbo no supiera  nada de toros y el guion de El bravo dejaba entrever un gran conocedor del mundo de los toros cosa que evidentemente Trumbo no era, y que Welles sí. Pero sobre este punto importante puedo aportar alguna información inédita que quizá ayude a explicar semejante aparente paradoja.

Posiblemente el mejor amigo de Trumbo era su compañero de profesión y de lista negra Hugo Butler, con quien escribió la película de John Berry Yo amé a un asesino, aunque ninguno de los dos apareciera en los títulos de créditos, ya que Guy Endore hacia de tapadera de ambos, poco antes de ser el mismo incluido en la lista negra. Cuando se quedo sin trabajo en Hollywood, Butler decidió trasladarse a vivir a México, donde intentó  ganarse la vida. Entre sus variados trabajos, Butler, es el autor del guion —y se trata de un hecho de notable importancia escasamente conocido— de las dos películas que Buñuel rodó en México con producción americana, la desigual Robinson Crusoe y la excelente La joven. Durante su estancia en México Butler se hace muy aficionado a los toros hasta el extremo de que el propio Carlos Velo me confesó  que su intervención fue decisiva en la gestación y elaboración de Torero (1956) la mejor película del director gallego, ya que a Hugo Mozo —así firmo el guion traduciendo su apellido al castellano— le entusiasmaban los toros y al director por el contrario, le horrorizaban. Curiosamente trabajaron juntos —al margen de que sus coincidencias ideológicas fueran menos profundas que con Buñuel— porque ambos estaban contratados por Barbachano, el mas conocido de los productores mexicanos.

Durante algún tiempo se encargaron de un noticiero que producía Barbachano, que incluía noticias taurinas lo que permitió a Velo enfrentarse con el tema taurino y a Butler desarrollar cada vez más su pasión por los toros.

Parece ser que Butler hablaba con frecuencia de toros a Trumbo y es más que probable que de alguna conversación sobre el hecho histórico de un toro indultado en la Monumental de México y su amistad con un muchacho que lo había criado surgiera la idea de la película. Que Trumbo —necesitado de dinero y poco escrupuloso en ese terreno— pensara que era una buena idea para hacer una película comercial y que tratara de documentarse adecuadamente —incluyendo el guion de Welles —entra dentro de lo posible, pero no parece que existan evidencias definitivas.

Quizá aquí convenga hacer un paréntesis y recordar que las relaciones entre Velo y Buñuel, reforzadas por la amistad de ambos con Butler, sufrieron pocos años después sustanciales variaciones. Velo llegaría a ser la mano derecha del productor y como tal tuvo un grave conflicto con el director aragonés durante el rodaje de Nazarín, única película que Buñuel llegó a rodar para Barbachano. Como consecuencia de este incidente  las relaciones entre ambos cineastas se volvieron notablemente tensas y reticentes.

Volviendo a Trumbo lo que parece deducirse claramente de toda la historia es que los Oscars que Trumbo —excelente guionista— consiguiera fueron con películas escasamente personales, poco representativas de su manera de pensar, y que tenían por objeto fundamental —y hasta en algún caso me atrevería a decir que único— hacer caja, y encima una de ellas bajo la sombra del plagio. Por el contrario sus mejores trabajos fueron permanentemente ignorados por los académicos y nunca merecieron galardón alguno.

Pero lo mas grave del tema El bravo fue no solo el revuelo que se originó, ni siquiera la utilización calculada que hiciera de él Trumbo para poner de nuevo en primer termino la persistencia  de la lista negra, sino el desprestigio sufrido por la Academia como consecuencia de estos sucesos. Pero es que además llovía sobre mojado. A partir de la existencia de algunos patinazos precedentes, y cediendo de nuevo a las presiones de los más derechistas, la Academia había tomado una decisión insólita, que suponía que si se comprobaba que alguno de los nominados era alguien incluido en la lista negra, sería automáticamente excluido de los premios y su candidatura no podía ser votada. Y en 1956 año de los hechos que relatamos había sucedido precisamente eso. La gran prueba —de nuevo una película de William Wyler— había sido nominada para el Oscar al mejor guión adaptado. Pero resulta que el guion estaba escrito por Michael Wilson incluido en la lista negra. Se intentaron varias transacciones pero la firmeza de Wyler —que era además el productor del film junto a Allied Artist— hicieron imposible el acuerdo por lo que la nominación fue declarada oficialmente inelegible. Wyler no cejo en su empeño y dijo que de acuerdo con las instrucciones de la Academia esa película no podía tener un crédito de guionista. Le propusieron incluso que acreditase a su propio hermano  Robert que era el productor adjunto del film, pero Wyler rechazo indignado el ofrecimiento. Y mantuvo su postura de protesta hasta el final, dándose la curiosa situación de que La gran prueba es —más bien fue durante largo tiempo— oficialmente el único film conocido que carece de guionista oficial. Que después de esto bajo el nombre de Robert Rich se escondiese el guionista más famoso de todos los incluidos en la lista negra, y uno de los más beligerantes y activos, hizo que el ridículo de la Academia alcanzase límites difícilmente tolerables. Además la postura de Trumbo sin afirmar ni negar su autoría hizo que el tema siguiera de actualidad en la prensa y en las televisiones mucho más tiempo del que le hubiera gustado a la Academia.

Chabrol me contaba que le interesaba mas la estupidez humana que la inteligencia, porque la inteligencia tiene limites pero no así la estupidez. Chabrol hablaba en general, pero esto podía muy bien aplicarse al último acto de este esperpento que tuvo lugar al año siguiente.

Oscar 1957. La película favorita en todas las quinielas es una superproducción de Sam Spiegel para la Columbia titulada El puente sobre el rio Kwai y dirigida por David Lean. No solo aspira al de mejor película y mejor director —conseguiría ambos— sino también al de mejor guion adaptado. Se conoce  algún tiempo antes de la entrega de los premios que los guionistas del film son Michael Wilson y Carl Foreman, ambos en la lista negra. Alarma general: ni la Academia está dispuesta a otro ridículo como el del año anterior, ni Spiegel acepta que su película se quede sin galardones por semejante “nimiedad”. Hay que buscar una solución como sea y a cualquier precio. Se descarta que sea declarado inelegible y se busca —como en el caso anterior de La gran prueba— una tapadera —pero a la inversa— que oculte el trabajo de Foreman y Wilson. No resulta fácil, porque ambos guionistas parecen contemplar la situación, desde Europa, con cierta distancia y complacencia.

Tras arduas gestiones llegan a una solución. El novelista francés Pierre Boulle autor del libro parece la única tapadera creíble como guionista pese a que no ha participado para nada en la elaboración del guión. Con muchas reticencias —y argumentando posteriormente que no le contaron toda la verdad— el novelista acepta. Es acreditado y consigue el Oscar al mejor guion adaptado. Boulle no va a la ceremonia y Kim Novak recoge el Oscar en su nombre. Un ominoso rumor comienza a extenderse entre la profesión: Boulle no solo no ha escrito una sola línea del guion, sino que siempre ha escrito en francés. Otros van más allá: Boulle no sabe inglés y su ausencia de la ceremonia es en gran parte debida a que al no poder hablar en inglés, se corría el riesgo de que se descubriera todo el pastel…

Pero se ha logrado salvar la cara. Spiegel, a diferencia de Wyler el año anterior, esta plenamente satisfecho.

El sindicato de guionistas en los años 80 retira el crédito a Pierre Boulle y acredita a Foreman y Wilson.

Lo ocurrido el 19 de diciembre pasado pone fin a un estado de cosas, cuyo efecto dominó llevó a que instituciones como el propio Sindicato de guionistas —que en el año 47 era uno de los objetivos del HUAC porque era un sindicato dominado por la izquierda del que nunca pudo apoderarse la derecha— acabará convirtiéndose en un fiel aliado de los cazadores de brujas, tardando muchos años en alcanzar la dignidad que le caracterizó en épocas pretéritas.

A punto de cumplirse 65 años del inicio de las comparecencias en Washington, creo que urge revisar a fondo la mayor parte de los tópicos aceptados  sobre ese periodo, empezando por dejar claro lo que hay de verdad y de propaganda en cada historia, ahondar en las verdaderas responsabilidades, no solo individuales sino colectivas, etc.

Pongamos un ejemplo evidente. Al inicio de las citaciones ante el HUAC la industria plantó cara al Comité, y todo el mundo era consciente de que sin el apoyo de la patronal, Nixon y sus colegas de Comité no podían sacar nada en limpio, pero el 26 de Noviembre de 1947 después tuvo lugar una declaración conjunta de los productores en el Waldorf Astoria en que  no solo aceptaban los planteamientos del HUAC sino que manifestaban su intención de no contratar a ninguno que no colaborara con el Comité con lo que no solo validaron los planteamientos del Comité, sino que se pusieron al frente de la manifestación. En el teatro, como los productores se negaron a aceptar represalias por ese motivo, prácticamente no existió caza de brujas.

No deja de ser curioso que algunos de los testimonios más vergonzantes y vergonzosos procedan de productores, pero este hecho apenas fue difundido.

Todo el mundo conoce el revuelo organizado cuando en 1999 la Academia concedió un Oscar por el conjunto de su obra a Elia Kazan y las protestas que con ese motivo se produjeron. Confundiendo dos cosas que pueden perfectamente coexistir: Que Kazan pueda ser un gran director, y que su comportamiento en la caza de brujas fuera indefendible. En mi opinión personal ambas son verdad, pero en su campaña de desprestigio los adversarios de Kazan aseguraban que delatando a sus antiguos camaradas había perdido todo su talento, cuando resulta indiscutible que las mejores películas de Kazan pertenecen a las décadas de los 50 y los 60, sin olvidar que semejante argumentación no puede ser más ridícula. Pero los que así se expresaban parecían olvidar que la Academia —al margen de numerosos  hechos como los relatados en este artículo— ya había concedido Oscars a significativos delatores como por ejemplo Jack Warner al que se entregó el Memorial Irving Thalberg en 1958. Warner era liberal y demócrata, había sido amigo de Roosevelt, pero en su comparecencia ante el HUAC, no solo dio nombres, sino que fue el primero en hablar de despidos de los comunistas. La razón de ese comportamiento quizá fuese que su posición era delicada por haber producido las películas pro soviéticas durante la segunda guerra mundial, pero lo cierto es que nadie protestó cuando se le concedió el Oscar.

Algo similar ocurrió con Dore Schary, no porque diera muchos nombres, sino porque siempre se había posicionado contra las listas negras y en su comparecencia se mostró como un sumiso colaborador. Más conocidas son las opiniones de Disney que le colocaron —por méritos propios— entre los más acendrados defensores de las tesis del HUAC.

Finalmente y retomando nuestra historia, conviene dejar también claro que la actuación del Sindicato de guionistas no se debió a una iniciativa propia. El hijo de Dalton, el también guionista Chris Trumbo, se unió con su amigo Tim Hunter, Jr. —el hijo de McLellan Hunter— para solicitar al sindicato la concesión del crédito de Vacaciones en Roma para su padre.

Tras una investigación exhaustiva, se  resolvió  darle un crédito a título póstumo a Trumbo como autor del guion, en colaboración con McLellan y  John Dighton.

A propósito de este tema Chris Keyler decía en un comunicado: “No está en nuestro poder borrar los errores o el sufrimiento del pasado. Pero podemos hacer las paces, podemos prometer no caer de nuevo en la peligrosa tentación del miedo o de la justificación de la censura, incluso si no tenemos la certeza de que esa promesa se cumplirá»

El problema es si eso es suficiente, tras 58 años transcurridos. Chris el hijo mayor de Trumbo, que fue quien presentó la reivindicación, murió antes de conseguir que su padre fuera acreditado como guionista de Vacaciones en Roma.

[1] Daniel López Leboreiro: «Cine negro y desobediencia civil. la improvisada trilogia negra de Dalton Trumbo tras su comparecencia en la HUAC» en Listas negras en Hollywood. Radiografia de una persecucion«, Antonio Castro (editor), p. 308, Madrid 2009.