Hollywood se premia a sí mismo

Que los oropeles no nos cieguen, por más que nos atraiga el brillo de las lentejuelas: los Óscares son cada vez menos representativos de aquello que en su momento encarnaron, dorada concreción de lo fílmico tamizada de celuloide, industria y glamour, con marchamo inequívocamente USA. Por más que el descomunal aparato publicitario desplegado edición tras edición nos avoque a participar en corrillos, quinielas y estériles polémicas, la triste verdad es que el contenido lleva —salvo honrosas excepciones— años, ¿décadas?, sin estar a la altura del formidable continente. ¿Puede competir el cine en igualdad de condiciones con el brillo rutilante de las estrellas, los despampanantes escotes y los chistes de dudoso gusto? Parece claro que no. Tampoco es que se pretenda.

Si uno quiere estar realmente al tanto de lo que se cuece en el mundillo, star system aparte, más le vale seguir con atención el Festival de Cannes, en menor medida Venecia, Berlín o San Sebastian. Y en otras coordenadas igualmente válidas —si bien con bastante menos pedigrí autoral— Sitges, Toronto o Sundance; con independencia de lo acertado o no del palmarés de turno, estos eventos aportan una visión de conjunto bastante ajustada al momento cinematográfico en cuestión, las temáticas y sus resonancias, los cineastas que surgen, los que regresan o directamente nunca se fueron. Remitiéndonos al Festival de festivales, parece claro que otorgar la Palma de Oro a, sucesivamente, La cinta Blanca (Das weisse Band. Michael Haneke, 2009), Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Lung Boonmee raluek chat. Apichatpong Weerasethakul, 2010) y El árbol de la vida (The Tree of Life. Terrence Malick, 2011), por no hablar de los títulos que no recibieron tan prestigioso reconocimiento pese a merecerlo igualmente, pero disfrutaron en contrapartida de la notoriedad que Cannes aporta, muestra una coherencia entre intenciones y resultados francamente envidiable.

¿Puede presumir de lo propio la muy norteamericana Academia del Cine? de coherencia interna sin duda —los designios del grueso de los venerables académicos con derecho a voto son de todo menos inescrutables—, la relevancia y/o el arrojo brillan por su ausencia: ni la coyuntural En tierra hostil (The Hurt Locker. Kathryn Bigelow, 2008) ni la acomodaticia El discurso del rey (The King´s Speech. Tom Hooper, 2010), flamantes ganadoras de los óscares a mejor película y director en las dos ediciones precedentes, atesoran el suficiente valor fílmico y/o potencial revulsivo como para merecer la preeminencia mediática que otorga ser premiada con la más importante de las doradas estatuillas. Cosa bien distinta es que se pretenda homenajear, de cara a la galería, a las dramáticamente ninguneadas cineastas estadounidenses, o bien agasajar a la primera producción británica de prestigio que se encuentre en la cartelera con tal de no tener que reconocer, galardones mediante, que David Fincher es uno de los grandes cineastas de la contemporaneidad.

Con estos precedentes, y los tiempos tan propicios para mirar al futuro con optimismo que nos ha tocado vivir, estaba claro que The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) era la máxima favorita para triunfar en la ceremonia del pasado 26 de Febrero, como finalmente ha sucedido. Y más allá de que sea o no merecedora de tal éxito, lo que parecen corroborar los premios recibidos es que la regresión a modelos cinematográficos caducos que encarnara a la perfección la citada El discurso del rey está aquí para quedarse, al menos mientras la crisis valide a los encargados de alimentar la fábrica de sueños para seguir premiando evasión amable. Como sentida evocación cinéfila de un pasado en blanco y negro donde Hollywood era la medida de todas las cosas, la película no tiene precio. Que eso valga cinco óscares, incluidos los más importantes, se acerca peligrosamente a la autocomplacencia. Que rima con dejación de funciones.

Y no es que The Artist sea un mal filme, ni mucho menos; aparte de lo reivindicable —o no— que para cada cual resulte su culterano homenaje al cine silente, lo cierto es que su metraje atesora unas cuantas secuencias ciertamente maravillosas, pero si bien incluirla en la sección oficial del Festival de Cannes pudo tener su gracia —aunque sólo fuera para descargar a los sufridos críticos festivaleros de tanta profundidad y trascendencia— la catarata de reconocimientos posteriores, coronada ahora por la gran traca final del show business, resulta a todas luces excesiva. Algo que a buen seguro le pasaría por la cabeza al bueno de Michel Hazanavicius mientras recogía su premio al mejor director, dejando en la cuneta a tres vacas sagradas del calibre de Martin Scorsese, Woody Allen y, ¿sorpresa?, Terrence Malick, herederos directos —junto con Steven Spielberg, cuyo Caballo de batalla (War Horse, 2011) si estaba nominada a la categoría de mejor película, no así su máximo factotum— de ese añorado clasicismo made in America que, en su vertiente más domesticada, tocaba reivindicar.

En una edición como vemos consagrada al simulacro, estaba claro que los premios de interpretación principales irían a parar a la mímesis. Una auténtica pena que el completismo mal entendido jugara a favor del inefable Jean Dujardin, cuya esforzada apropiación de los gestos y muecas característicos de los galanes tipo Douglas Fairbanks desnuda todo su artificio frente a la desarmante verosimilitud del inolvidable George Clooney de Los descendientes (The Descents. Alexander Payne, 2011), por no hablar del no menos sensacional Michael Fassbender de Shame (Steve McQueen, 2011), incomprensiblemente relegado del quinteto de nominados. En lo referente al óscar a la mejor actriz principal, poco que añadir: Meryl Streep llevaba demasiados años quedándose a las puertas, y su enésimo ejercicio de brillantez dramática venía acompañado en esta ocasión por la minuciosa recreación de una dama de lo más polémica, inglesa para más señas. La tercera estatuilla estaba, como quien dice, cantada.

Como también lo estaba que La invención de Hugo (Hugo. Martin Scorsese, 2011) se alzaría con unos cuantos premios de los mal llamados menores, que por el contrario tienen la máxima relevancia cuando nos referimos al aparato de producción mejor engrasado del orbe. Los cinco galardones de carácter técnico y artístico con que fue reconocida esta evocadora fábula sobre el poder de la imaginación le confieren una cierta pátina de ganadora moral de los Óscares 2012, consiguiendo aunar en un todo estimulante la vocación enciclopédica que caracteriza la obra del director italo-norteamericano sin por ello renunciar a una mirada propia, identificativa, que impregna a la película de una personalidad visual de la que carece The Artist. No deja de ser ilustrativo, y llueve sobre mojado, que esta suerte de homenaje cruzado aglutinara casi la mitad de las estatuillas en liza: a George Méliès y los pioneros del cinematógrafo francés por una parte —la estadounidense—, al imaginario del Hollywood más mítico, el del tránsito de los dorados años 20 a los inciertos años 30, por otra —la francesa—.

De la miscelánea restante, destacar el exiguo premio de consolación que supone el óscar al mejor guión adaptado para Los descendientes, el reconocimiento a Rango (Gore Verbinski, 2011) en una categoría, la de mejor película animada, especialmente descafeinada este año, y el triunfo de la muy alabada Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin. Asghar Farhadi, 2011) en el apartado de mejor película extranjera, que esperemos otorgue a este título una más que merecida segunda vida comercial. Por lo demás, la familiar sensación de déjà vu: Billy Crystal ejerciendo de maestro de ceremonias —o séase de sí mismo—, la nutrida representación española volviendo de vacío y, por descontado, la inmisericorde proliferación de plumillas elevando la anécdota rosa a la categoría de trendic topic. Lo habitual para unos premios bigger than life que, con ochenta y cuatro primaveras a sus espaldas, empiezan a estar demasiado mayores como para hacer otra cosa que no sea cultivarse el ego. ¿Cabe pedirles más?