Panini Comics lleva años reeditando en España el fondo de catálogo de Los Vengadores. Es una buena oportunidad para releer los cómics, y de paso fijarse en el subtexto político que subyace en las aventuras de los héroes más poderosos de la tierra casi desde sus primeros pasos. El 8 de junio de 1965 tuvo lugar la primera intervención oficial de tropas estadounidenses en la guerra de Vietnam, el primer conflicto televisado de la historia. Tan sólo un mes después, a Stan Lee le pareció oportuno adoctrinar a los jóvenes lectores de Marvel sobre los peligros del comunismo desde las páginas de Los Vengadores. En ¡Cuando manda el comisario! (Vengadores Vol. 1, nº18), nuestros héroes se enfrentaban al tirano del imaginario estado comunista de Sin-Cong, cuya intención no es otra que demostrar que “los rojos son superiores a los campeones de la libertad”. La operación despierta algunas dudas en el seno de la formación. “¡Pensaba que nuestro propósito era combatir el crimen! ¿Por qué debemos preocuparnos de asuntos internacionales?” se lamenta el hiperveloz mutante Mercurio. Finalmente, claro, se imponen las convicciones. El episodio concluye con un patriotero mitin del Capitán América, tras haber abierto los ojos a la población de Sin-Cong: “¡Permaneced siempre alerta! Su meta es nada menos que la conquista y el dominio del mundo. ¡Sólo nuestra vigilancia y devoción constante podrán detenerlos!”. La misma Viuda Negra, Natasha Romanoff, es una agente de la KGB que reniega de los ideales de las autoridades soviéticas para entregarse a las mieles del sueño americano y a los brazos de (¿lo han adivinado?) Ojo de Halcón.

Seis años más tarde, y ya de la mano del guionista Roy Thomas, Los Vengadores ofrecerán una cara mucho más progresista, acorde con el nuevo signo de los tiempos. Es la era de La guerra Kree-Skrull (Los Vengadores Vol. 1, nº 89-97) y la aparición en viñetas de H. Warren Craddock, jefe de la nueva comisión para actividades alienígenas, que recibe poderes extraordinarios del Gobierno para perseguir formas de vida provenientes de otros planetas y encarcelar a quienes les den cobijo. Es el caso de Los Vengadores, que esconden en su mansión al orgulloso primer Capitán Marvel, de raza Kree. Thomas se sirve del conflicto para trazar paralelismos con la caza de brujas llevada a cabo por el senador McCarthy décadas atrás, y lanzar más de una puya al Comité de Actividades Antiestadounidenses. La Visión, un androide que tampoco es visto con buenos ojos por las autoridades gubernamentales, justifica así la decisión de Los Vengadores de encubrir al alienígena: “Si permitimos que se confine a un Kree sin motivo, no tardarían en seguirle los androides… y los mutantes… y luego los gigantes”. Más tarde, a la hora de testificar ante la Comisión, lanza un discurso encendido en el que pide “que cese esta caza de brujas ¡…antes de que cause un daño irreparable!”.

Porque Los Vengadores, como admite el propio Iron Man en Nuevo orden (Los Vengadores Vol. 3, nº 27), siempre han estado orgullosos de admitir entre sus filas a miembros de minorías: “Héroes negros, hispanos, gitanos y dioses mitológicos”. También robots, mutantes y alienígenas. Tienen claro que deben ser “representativos de la sociedad”, pero llevan bastante mal que les impongan cuotas, como les han exigido los enlaces de seguridad federal en diversos momentos de su historia. Es el caso del altanero Agente Grych, o el más conciliador Duane Freeman.

Una lectura atenta de los cómics de Los Vengadores revela que el modus operandi del grupo ha variado en función de la estrategia política de las diferentes Administraciones. Particularmente interesantes desde un punto de vista sociológico son los ocho años de mandato del republicano George W. Bush. En Thoom (Los vengadores Vol. 3, nº 40), el Capitán América explica que desde hace meses Los Vengadores ya no se limitan a dar respuesta a las amenazas mundiales. Nuevos tiempos requieren acciones preventivas, aunque no haya mediado provocación previa. Tan sólo un año antes, Bush anunciaba en uno de sus discursos más polémicos que EEUU se había fijado como objetivo “la dominación total y definitiva” del mundo entero. El respaldo público a la nueva política emprendida por Los Vengadores tiene lugar en las páginas del arco argumental Confianza mundial (Vengadores Vol. 3, nº 57-60), tras varios años de popularidad a la baja de los superhéroes. Los Vengadores se convierten en así en nación soberana, con representación política en la ONU, aunque tal estatus será meramente temporal.

Pero el Universo Marvel se fue enrareciendo a medida que la administración Bush mostraba su cara más fascista y errática. Hasta entonces, si las cosas se ponían feas en el mundo real, uno siempre podía recurrir a los cómics de superhéroes para evadirse. A medida que los índices de popularidad del presidente bajaban y se hacía más insostenible su política exterior, determinados guionistas de la Casa de las Ideas reprodujeron algunos de los conflictos sociopolíticos del momento en las páginas de los cómics Marvel. Una de las sagas más memorables en este sentido es Guerra Civil, firmada por Mark Millar. En sus páginas se plantea un escenario-no-tan-ficticio en el que el Gobierno de Estados Unidos, tras un incidente que provoca miles de muertos, promulga la Ley de Registro de Superhumanos, que obliga a los superhéroes a desvelar su identidad secreta y convertirse en agentes al servicio del Estado. Los que desobedezcan serán enviados a una suerte de Guantánamo virtual conocido como la Zona Negativa. El referente de Guerra civil es, por supuesto, la polémica Patriot Act, una ley aprobada en 2001 como respuesta a los atentados del 11-S, que ampliaba los poderes del Estado con la excusa de la lucha contra el terrorismo. El debate ideológico entre libertad y seguridad fue encabezado en los cómics por dos de los vengadores más icónicos. Mientras que Iron Man está a favor de la iniciativa gubernamental, el Capitán América y sus huestes han de pasar a la clandestinidad por su encendida defensa de los derechos individuales y las libertades civiles por encima de cualquier color político.

La paranoia pos-11S también está muy presente en las páginas de otra de las últimas grandes sagas de Marvel. Invasión secreta narra el intento de conquista de la Tierra por parte de los alienígenas metamorfos conocidos como Skrulls, viejos conocidos de la editorial que son capaces de adoptar el aspecto físico y poderes de las personas que suplantan. En su intento de desestabilizar a los principales poderes sociopolíticos, los alienígenas suplantan la personalidad de algunos de los héroes más importantes, incluyendo algunos vengadores. Las relaciones entre vengadores, que hasta entonces se movían entre el respeto y la confianza, se enrarecen hasta lo insoportable, en una atmósfera creciente de sospechas, delaciones y desconfianza. El guiño a La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956) es más que evidente.

Los nefastos últimos años de la era Bush culminan en el periodo conocido como Reinado Oscuro. El villano megalómano Norman Osborn instaura una suerte de república paramilitar bendecida por el Gobierno, convirtiendo a los vengadores en amenazas públicas de primer orden. Si antaño nuestros héroes secundaron la política de guerra preventiva instaurada por el penúltimo presidente de la Casa Blanca, ahora se convierten en una ilegal oposición fáctica. El optimismo que se respiraba en los primeros años de la administración Obama también se tradujo en los cómics Marvel con la caída en desgracia de Osborn y la llegada de la llamada Edad Heroica, un intento de devolver la luminosidad a los cómics de la casa. En el nuevo orden de cosas, el mismísimo álter ego civil del Capitán América, Steve Rogers, está a la cabeza de la seguridad nacional.