Remedio (cinematográfico) para melancólicos

El próximo viernes, el mismo día que Joss Whedon estrena en España su esperada Los vengadores (The Avengers, 2012), arranca la segunda edición del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, el D’A. Y lo hace con Un amour de jeunesse (2011), lo nuevo de la realizadora francesa Mia Hansen-Løve, que visitó el festival el año pasado para presentar su anterior película, El padre de mis hijos (Le père de mes enfants, 2009). No voy a menudo al Aribau Club, el centro neurálgico del D’A, aunque tiendo a recordar las pocas películas que he ido a ver allí. Vi ¿Cuánto me amas? (2005), la penúltima de ese proscrito dentro y fuera de su país llamado Bertrand Blier, o, sin ir más lejos, la hermosa Los Muppets (The Muppets, James Bobin, 2011). La Gran Vía barcelonesa, y en particular el tramo en el que se encuentran los cines Aribau, no ofrece muchas emociones, a no ser que se tenga un especial interés en visitar bares de ambiente o alguien te haya soplado el que ya es un secreto a voces: que allí hay un lugar en el que se come muy bien llamado Bar Bodega Gelida. Pero gracias al equipo que dirige Carlos R. Ríos, a partir del viernes 27 y hasta el domingo siguiente, el seis de mayo, las pantallas del Aribau Club y de la Filmoteca de Catalunya serán el remedio perfecto para ese tipo de melancólicos que, no sin cierta razón, opinan que ya no vale la pena ir al cine porque el 90% de lo que llega a nuestra cartelera no tiene interés.

La Filmoteca acogerá una retrospectiva integral de la obra de Claire Denis, desde su debut con Chocolat (1988) hasta Una mujer en África (White Material, 2010). También se podrá ver en el D’A su último trabajo, el mediometraje Aller au diable (2011) en el que de nuevo se asoma al postcolonialismo, esta vez posando su mirada en las selvas de Surinam. Y en el Aribau Club se proyectarán más de una treintena de largometrajes. Direccions, lo que podríamos llamar la sección oficial del festival, cuenta con los últimos trabajos de cineastas del calibre de Werner Herzog (Into the Abyss), Terence Davies (The Deep Blue Sea), Bruno Dumont (Hors Satan), Johnnie To (Life Without Principle) —en su caso, es su penúltima película, pues ya ha rodado otra—, Jonathan Caouette (Walk away Renée) o Nuri Bilge Ceylan (Once Upon a Time in Anatolia). Estará L’Apollonide (2011), de Bertrand Bonello, un auténtico festín para los sentidos que algunos afortunados pudieron ver el año pasado en Cannes y que otros descubrimos en el último FICXixón. Si no conocen a Bonello, empiecen a hacer los deberes, porque es uno de los directores más estimulantes del último cine francés, junto a otros como la misma Mia Hansen-Løve. De Christophe Honoré no opino porque no he visto nada suyo. Ayer un amigo me decía “bah, no mola”, aunque también conozco a gente que sigue con interés su trayectoria. Su película Les bien-aimés (2011), que también está en Direccions, como mínimo cuenta con Catherine Deneuve, Chiara Mastroianni y Ludivine Sagnier en el curioso reparto, junto a Milos Forman y Louis Garrel. Esta sección se completa con una película que me intriga e interesa, Bestiaire (2012) de Denis Côté, y otras dos que veré si la coyuntura lo permite, la portuguesa Sangue do meu sangue (Joao Canijo, 2011) y la brasileña O abismo prateado (Karim Aïnouz, 2011).

Fuera de Direccions también hay filmes de envergadura, como la excelente dosis de cine negro belga Bullhead (Michael R. Roskam, 2011), que se vio en Sitges y estuvo nominada a mejor película de habla no inglesa en los Oscar, o El estudiante (2011) de Santiago Mitre, que llega a Barcelona tras llevarse el premio a mejor película en Gijón 2011. Ambas son operas primas y ambas están en la sección Talents, habitada por jóvenes realizadores que aspiran a hacerse un nombre y un hueco en el panorama cinematográfico actual, aunque sea, orgullosamente, en los márgenes. Breathing (2011) de Paul Markovics ganó el Europe Cinema Label en el pasado Cannes. No me preguntéis qué es eso, pero suena bien. De la australiana Snowtown (Justin Kurzel, 2011) dicen que deja en pañales a Animal Kingdom (David Michöd, 2010), con la que comparte temática.

Hay mucho más. Repartidos en distintas secciones, podremos ver los nuevos trabajos de autores catalanes y españoles a los que, dentro de la singularidad de cada una de sus propuestas, les une la voluntad de buscar nuevas vías de expresión dentro del cine que se hace por aquí. O, directamente, romper con el mismo. Se verá Ensayo final para utopía, la última creación de Andrés Duque, que asombró a aquellos que pudieron verla en Rotterdam. El ilustrador y ahora también cineasta Carlos Vermut presentará su debut en el largo, Diamond Flash, riesgo con mayúsculas (no en vano se encuentra en una sección llamada Absolut Risc, riesgo absoluto) en una película de superhéroes que a su vez es una historia de mujeres y a su vez algo parecido a un giallo. También prometen El alma de las moscas de Jonathan Cenzual, una atípica comedia ambientada en parajes desérticos de la meseta castellana, o Orson West de Fran Ruvira, una de cine dentro del cine sobre un supuesto western que iba a rodar el señor Orson Welles. Albert Serra también tiene una peli en el festival, El senyor ha fet en mi meravelles, y Judith Colell presentará Radiacions, un inquietante duelo actoral entre Ferran Rañé y Francesc Orella. Ambos en la sección Autoria Catalana. Paradigm (2012), del videocreador Carles Congost, definida por la web del D’A como una intriga policíaca experimental, es otra que está en mi lista.

Al menos para quien esto escribe, la gracia de los festivales de cine es precisamente la posibilidad de sorprenderse y de encontrarse con propuestas insólitas o, simple y llanamente, cosas que no te esperabas. En Sitges, cada año se dan las típicas discusiones con varios amigos sobre qué peli hay que ir a ver. Hay quien apuesta por lo seguro, lo que a priori cree que le va a gustar, y los que nos vamos a la aventura. A veces sale mal. Otras, como aquella vez que preferí ver Sound of Silence (Ola Simonsson, Johannes Stjärne Nilsson, 2010) antes que Hybrid 3D (Eric Valette, 2010), puedo pasarme semanas o meses recordándoles a los otros lo mucho que la cagaron. La programación del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona puede no ser tan vasta como la de Sitges, pero seguro que también ofrecerá la posibilidad de reivindicar perlas ocultas o de escoger una película y no otra por caprichos meramente intuitivos, corazonadas. Tengo muy claro que voy a ir a ver la griega L (Babis Makridis, 2012) porque, al menos sobre el papel, parece entrar dentro de la categoría de las rarezas que se cuelan a todo festival, ese tipo de películas que, a veces gratuitamente, son definidas con adjetivos como marciano, absurdo, de culto, etcétera. Probablemente también intente ver Los viejos (Martín Boulocq, 2011) por una razón tan meridiana como que en la foto promocional que aparece en la web del D’A sale una chica en actitud bucólica y, según reza la descripción, es una película exquisitamente fotografiada. Tampoco quiero perderme ni Trouble Every Day (2001) ni L’intrus (2004), dos obras de Claire Denis que llevan demasiado tiempo esperando turno en mi videoteca. Y aunque no esté Bobcat Goldthwait, que acaba de sacar del horno su último tratado sobre los límites de la comedia norteamericana, God Bless America (2012), creo que en la programación habrá suficientes películas interesantes como para que acercarse a los cines Aribau, o a la Filmoteca, valga la pena. Allí nos vemos, en menos de una semana.