Sobre las adaptaciones animadas de Año Uno y El regreso del señor de la noche

Fueron tiempos mejores

Ahora que Frank Miller se ha convertido en una especie de parodia (mala) de sí mismo, que tan pronto suelta comentarios fachas sin pies ni cabeza en su blog como se limpia el trasero con el recuerdo de la obra comiquera de sus amigos, que dibuja cada vez peor y con menos ganas, y que ha perdido toda la energía y la fuerza provocativa de sus mejores trabajos, resulta casi doloroso echar la vista atrás y recordarle en su cima creativa, a mediados de los 80. Cuando fue capaz de revitalizar él solito, primero como dibujante y luego como autor completo, a un personaje como Daredevil; cuando, en una sola miniserie creada junto a Chris Claremont, fue capaz de dotar a Lobezno de todo un background japonés que redimensionó para siempre el espíritu del personaje; pero, sobre todo, cuando fue capaz de tomar el proceso de ensombrecimiento de Batman iniciado por autores como Dennis O’Neil en los 70, y llevarlo al extremo con dos obras tan distintas y, a la vez, tan complementarias como «Batman: El regreso del señor de la noche» –también en solitario– y Batman: Año uno –en la que sólo ejerció como guionista, ocupándose David Mazzuchelli de los lápices–.

No es casual que todos los cineastas que han intentado llevar al Hombre Murciélago a la gran pantalla mencionen la obra de Miller como una de sus mayores influencias: pocas obras, aparte quizás de Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons, han marcado de forma tan radical un antes y un después en el concepto moderno de los superhéroes. La infantilización y la influencia naïf del pop art que tuvo su punto álgido en los 60 –y que tan bien parodió la serie televisiva creada por William Dozier– cayó de forma definitiva en los 80, cuando llegaron definitivamente a la industria autores jóvenes, afectados por la resaca de la Guerra de Vietnam y la decepción del escándalo Watergate, que querían revolucionar política y socialmente el género, librarse por fin del lastre de las teorías de Fredric Wertham –y de su transformación en el infausto Comics Code– y llevar al mundo de los superhéroes parte de la capacidad subversiva y de provocación que había desarrollado tanto el cómic underground como los autores europeos. Que, a estas alturas, la visión hardboiled de los superhéroes que cultivó Miller en su mejor época –Sin City no surge de la nada: la influencia de la literatura de Mickey Spillane está muy clara tanto en su postura radicalista como en esa utilización de la voz en off en las cartelas– siga teniendo tanta vigencia, y siga resultando tan subversiva, no dice mucho a favor de la deriva hipercomercial de gran parte del cómic de superhéroes actual.

El origen del héroe

Aunque las continuas idas y venidas de la continuidad argumental en los cómics de DC –yo, personalmente, hace tiempo que renuncié a entenderla del todo– le han quitado la importancia que tuvo en su momento como reconceptualización de los primeros días como superhéroe de Bruce Wayne, Batman: Año uno ha continuado ejerciendo como hito estilístico para el personaje. No son casuales las concomitacias de Batman Begins (Id.; Christopher Nolan, 2005), en tono y soluciones argumentales –esa escena final prácticamente calcada… –, con la obra de Miller y Mazzuchelli, ni la cantidad de autores posteriores que han partido de su narración energética, intensa, quizás la más puramente noir de las que su guionista dedicó al personaje, para crear su propio estilo.

Precisamente, uno de los mejores detalles de la adaptación que supone Batman: Año uno (Batman: Year One; Sam Liu, Lauren Montgomery, 2011) está en hasta qué punto respeta, e incluso potencia, la estructura hardboiled del cómic original. Poco hay de superheroico en el trazado argumental de Miller, que echó la vista atrás, a los primeros números del personaje creados por Bob Kane y Bill Finger, para recuperar el aroma policíaco y un tanto pulp de esos orígenes… Pero pasándolos por el filtro de su amor por la literatura noir –y no solamente la de Spillane–. De ahí que le dedique un mimo extraordinario, respetado con mucha inteligencia por el guión de Tab Murphy –que ha seleccionado muy bien los fragmentos de voz en off a respetar de la prosa hiperexpansiva de Miller–, a la construcción de dos personajes tan complejos y tan interesantes como Wayne y el futuro comisario James Gordon, concebidos como formas no tan opuestas de enfrentarse a la criminalidad, de defender la ley. Pero, como ya ocurría en la serie limitada original, y quizá porque los primeros pasos de Wayne se han abordado en muchas más ocasiones –aunque sospecho que, además, Miller estaba mucho más interesado en desarrollar el ángulo policíaco de la historia que en volver a contar las aventuras iniciales de Batman–, el auténtico protagonista acaba siendo Gordon, no sólo convertido en un héroe recalcitrante, una especie de John McClane con bigote, sino también en un personaje mucho más humano, más falible y más empático.

Como en todas las producciones más recientes pertenecientes a las DC Universe Animated Original Movies, el trabajo de animación vuelve a ser impecable. Los lápices limpios y muy clásicos de David Mazzuchelli son traducidos a ese trazo claro, típico del anime japonés, que se ha impuesto en las adaptaciones de la compañía, pero la atmósfera noir del original sigue intacta, incluido el espléndido uso de las sombras y los claroscuros en algunas de las apariciones más dramáticas de Batman. No sólo eso, sino que la traducción visual de los momentos de acción más recordados del cómic original –cfr. el asedio de la policía al edificio en el que se oculta un Wayne herido, o la persecución iniciada con el rapto del hijo recién nacido de Gordon– resulta espléndida, de una contundencia narrativa esplendorosa. Todo un ejemplo de adaptación comiquera que entiende que la fidelidad absoluta no tiene sentido… Lección que ni Robert Rodríguez ni Zack Snyder aprendieron en su momento.

Tienes suerte, viejo

No puede entenderse la contundencia intrínseca a Batman: El regreso del señor de la noche sin tener en cuenta que Miller lo llevó a cabo en pleno éxtasis de la política reaganiana. Inspirándose, parece ser, en el envejecido Harry Callahan de Impacto súbito (Sudden Impact; Clint Eastwood, 1983), el autor llevó al extremo el comportamiento violento y psicopático del superhéroe, emborronando de forma definitiva los límites con el comportamiento de sus propios enemigos –en lo que tiene mucho peso la influencia de la literatura de Spillane, que trazaba a Mike Hammer con una contundencia fascistoide similar–, pero también introdujo el espléndido detalle narrativo de alternar la historia central con las reacciones provocada por la misma en los medios, reflejando así de forma muy veraz el peso que, en la época, adquirió la comunicación de masas, y que poco más tarde recuperaron producciones como Robocop (Id.; Paul Verhoeven, 1987).

No es Batman: The Dark Knight Returns – Part 1 (Jay Oliva, 2012) la primera vez que la obra de Miller se ha adaptado en formato animado. En la serie Las nuevas aventuras de Batman (The New Batman Adventures, 1997-1999), ya había un episodio, Las leyendas del caballero oscuro, que versionaba en apenas seis minutos el enfrentamiento entre Batman y el líder de la banda de los Mutantes. Pero lo que allí era poco más que homenaje, un guiño a uno de los cómics más fundamentales del superhéroe, aquí obliga a sus responsables a enfrentarse a una obra moralmente muy compleja, muy ambigua, cuyo posicionamiento político, de un republicanismo recalcitrante –la defensa del vigilantismo que hace Miller, de la necesidad de que los ciudadanos tomen las armas para limpiar las calles de basura, es tan radical como la de Travis Bickle en Taxi Driver (Id.; Martin Scorsese, 1976)–, resulta ahora más políticamente incorrecto que nunca. Y hay que reconocerles tanto a Oliva como al guionista del proyecto, Bob Goodman, que no se achican a la hora de retratar al Hombre Murciélago con todos los claroscuros que exhibía en el cómic original.

Hay que resaltar que, con toda su brillantez narrativa, el cómic original parte de una suposición que es, como mínimo, dudosa: la imposibilidad de rehabilitar a los criminales, de reconstruir, haciéndolas útiles para la sociedad, a las mentes acostumbradas al delito –cfr. la imagen que da del psicólogo Bartholomew Wolper, de un simplismo paródico que resulta poco menos que hiriente para aquellos que creemos en las virtudes de dicha profesión–, lo que Miller personifica, sobre todo, en la figura de Harvey Dent… E, ignoro si de forma totalmente deliberada o más bien inconsciente, también en la figura del propio Batman, especie de übermensch nietzscheniano –Oliva ha hecho muy bien respetando el tamaño gigantesco del personaje en el original, lo que metaforiza muy bien las intenciones sociopolíticas de su autor– que, en realidad, no es más que una proyección de la psicopatía de sus propios enemigos: como ocurre con ellos, su comportamiento asocial y al margen de la ley es compulsivo, irrefrenable, por más que Bruce Wayne intente ocultarlo bajo una imagen de persona convencional.

Como ocurría en Batman: Año Uno, The Dark Knight Returns – Part 1 no intenta imitar el trazo peculiar, entre nervioso y precipitado, del mejor Miller, sino que lo adapta al estilo anime que caracteriza a las DC Universe Animated Original Movies, respetando, eso sí, su atmósfera apocalíptica y casi terrorífica, pero sobre todo sus explosiones de acción, herederas de la brutalidad de los actioners de los años 80. De hecho, supongo que para reforzar su naturaleza espídica, testosterónica, Goodman ha decidido reducir el uso de la voz en off de Miller, lo que hace más ágil la narración pero, al mismo tiempo, le quita parte del aroma a Spillane que tenía el original, reduciendo también la influencia del hardboiled. Cabe preguntarse, en cambio, si era necesario ser tan fiel a los apartes televisivos del cómic, o si al menos no habría que haberlos replanteado, de manera que no enlentecieran de forma tan evidente el ritmo de la película…

Lo mejor de todo, no obstante, es que se trata solamente de un aperitivo para Batman: The Dark Knight Returns – Part 2 (Jay Oliva, 2013), que contiene los dos momentos fuertes del original: el enfrentamiento definitivo entre el Hombre Murciélago y el Jóker y, sobre todo, la batalla campal con Superman en el callejón donde murieron los padres de Bruce Wayne… Imposible no salivar ante semejante perspectiva.