Este año hace mucho calor en Sitges, más que los anteriores por estas fechas. Cosas del fin del mundo, suponemos. Pero a pesar de la humedad, se está bien, como en casa. Aunque llevamos poco tiempo aquí, ya hemos visto cosas que en otras ciudades no creeriaís: Ojos explotando contra el cristal de un coche, dedos arrancados de un mordisco, pomos de puerta con forma de polla (y un protagonista que no se atreve a abrirla), y la ingenuidad de algunos americanos (pero aquí seguro que nos pasaría lo mismo) que nos ayuda a comprender mejor por qué los políticos (y más gente) nos siguen engañando como el primer día. Ahora os dejamos con los primeros textos, a cargo de nuestro corresponsal Ignacio Pablo Rico.

Nameless Gangster: Rules of The Time, de Yun Jong-bin (Corea del Sur) SOFC

Hace ya unos años que el thriller surcoreano dejó de ser lo que una vez había sido. Esto no significa que debamos abandonar las inevitables esperanzas de toparnos con refrescantes óperas primas, ni que se haya agotado definitivamente el desbordante talento de cineastas ya consolidados —y pienso en Kim Ji-woon, Park Chan-wook, Bong Joon-ho o Na Hong-jin—, sino que el éxito nacional e internacional de este tipo de películas ha degenerado en la sobreproducción de obras rutinarias y formuláicas, construidas a partir de pautas narrativas y visuales apáticamente similares. De Nameless Gangster nos desconcierta, al principio, una inusual sobriedad expositiva, ajena a las ínfulas sombrías y virulentas de otros thrillers de la misma nacionalidad. Pero lejos de tratarse de una virtud, hablamos de una tibieza que responde al carácter abiertamente comercial de una producción que ha conquistado las taquillas coreanas. Y es que cada aspecto del filme parece haber sido diseñado cuidadosamente para provocar el aplauso del público más conformista, desde la interpretación tan previsible como premiable del casi siempre sublime Choi Min-sik hasta las alusiones anecdóticas y superfluas a la historia del país asiático durante los años ’80 y ’90, pasando por un impecable diseño de producción que maquilla la falsa complejidad de la narración. Su relación llanamente ilustrativa de los hechos, punteada por muy controlados estallidos de histriónica violencia, nos hace pensar en una obra que se conforma con parecer buena antes que con intentar serlo. No obstante, debemos celebrar un gran hallazgo: Choi Ik-hyun, un sibilino don nadie que, sirviéndose de su astucia y de sus relaciones sociales, sortea todos los obstáculos que la Historia ha decidido poner en su camino.

V/H/S, de A. Wingard, G. McQuaid, Radio Silence, D. Bruckner, J. Swanberg y Ti West (EE.UU.) SOFC

VHS funciona, en sí misma, como una especie de festival de found footage. En algo más de hora y media deja bien claro que las posibilidades del subgénero, lejos de haberse agotado como muchos señalan, están llamadas a mutar en paralelo a los dispositivos de grabación en vídeo que empleamos a diario. Como buena antología, reuniendo seis cortometrajes de distintos cineastas, el resultado es necesariamente irregular, pero no por ello desdeñable. El corto metanarrativo de Adam Wingard —de inquietante planteamiento pero resolución previsible y esquemática— sirve para enmarcar las otras cinco ficciones, entre las que encontramos tanto piezas acomodaticias y conservadoras, que se limitan a ser correctas sin innovar ni temática ni cinematográficamente, como brillantes ejercicios de notable riqueza retórica llamados a convertirse en pequeños clásicos. En este sentido, resulta especialmente gratificante el fragmento dirigido por Joe Swanberg: una conversación por videochat que exprime al máximo las posibilidades estéticas y espaciales del formato, transmutando la simple historia de fantasmas en… otra cosa; tampoco decepciona Ti West, haciendo de su segmento el sugerente y perverso diario de la pareja protagonista en su segunda luna de miel; en el caso de David Bruckner, este propone una inteligente actualización de La mujer pantera de Jacques Tourneur, reflexionando sobre la animalidad de las pulsiones sexuales; por su parte, Glenn McQuaid resuelve con oficio una historia en cuyo epicentro se sitúa un diabólico criminal cuya figura no puede ser visibilizada a través de la cámara; para terminar, el menos afortunado de todos ellos, ambientado en Halloween, corre a cargo del cuarteto de directores Radio Silence, y lo mejor que puede decirse de él es que no es un desastre.

Doomsday Book, de Yim Pil-sung y Kim Ji-woon (Corea del Sur). SOFC

Seguro que no soy el único que, al disponerse a ver una película dividida en segmentos dirigidos por distintos directores, siente cómo la vil pereza se adueña por completo de sus engranajes mentales. Lo más curioso es que las prejuiciosas previsiones terminan por cumplirse a menudo, y cada filme de episodios se nos hará más difícil de ver que el anterior, hasta que alguno rompa con la mala racha; algo que, personalmente, no me sucede desde bastante tiempo atrás… Doomsday Book, proyecto concebido por los celebrados cineastas coreanos Yim Pil-sung y Kim Ji-woon, es otro de los numerosos títulos que, en la edición actual del certamen, se acogen a una franja temática relacionada con el advenimiento del fin del mundo. Sin embargo, su planteamiento inicial resulta ciertamente original: cada una de las historias apunta posibles vías de salvación/reinvención, incluso cuando los personajes ya han traspasado las fronteras del Apocalipsis (o de la deshumanización). Por desgracia, lo estimulante de las ideas se derrumba ante una ejecución más bien deficiente. Los dos mediometrajes dirigidos por el sobrevalorado Pil-sung son The New Generation Happy Birthday: el primero de ellos, entre errático y torpe, resetea la Historia de la Humanidad imaginando un nuevo génesis tras una invasión zombie; en el segundo, un delirio de lo más insustancial, una niña compra a través de una extraña tienda online una bola 8 para el billar de su padre, sin imaginar que está poniendo en peligro la supervivencia de la especie. Por último, el inmenso Kim Ji-woon presenta Heaven’s Creation, un elegante y meditativo relato, con cierto regusto místico, acerca de la encarnación de Buda en un robot. El director de The Foul King y I Saw the Devil reafirma su poco reconocido talento para la delicadeza con un melancólico cuento en el que colisionan las fabulaciones de Ray Bradbury y Osamu Tezuka. Con diferencia, lo mejor del conjunto.

The Great Magician, de Derek Yee (China, 2011). Casa Àsia

La última película del interesante y muy comercial Derek Yee toma como fuente de inspiración la narración corta El ilusionista del escritor norteamericano Steven Millhauser Eisenheim, en la que se basó también el famoso filme de Neil Burger. Como era de preveer, poco o nada tiene que ver con la de Burger, excepto por el hecho de que ambas están protagonizadas por un enamorado mago de abrumadoras habilidades para confundir los sentidos de su fascinado público. Al contrario que en la primera adaptación, The Great Magician sí se adentra en los territorios del cine fantástico, edificando su intrincada trama sobre el convulso clima sociopolítico de la China de principios del siglo XX. Ajena a cualquier pretensión de efectuar una reconstrucción veraz de la época, la obra de Yee es una farsa histórica de limitado alcance, empapada de un sentido del humor más bien tontorrón. El resultado es un producto simpático en sus mejores momentos e irritante en más de una secuencia. Lamentamos que, manejando algunos conceptos indudablemente jugosos, sólo en un par de escenas veamos colisionar en pantalla la magia, la política y el cine, como si todo ello formara parte de una misma ilusión llamada a confundir nuestros sentidos y a seducir nuestras mentes. Ignacio Pablo Rico