Un año más, visitamos la ciudad asturiana para sumergirnos en la nueva edición del FICX, un certamen que, a lo largo del último cuarto de siglo, ha llegado a ser un muestrario prodigioso para las vanguardias cinematográficas de todo el mundo. Y esta edición en concreto es histórica por un doble motivo: en primer lugar, se cumple nada más y nada menos que medio siglo desde que Isaac Rivera tuvo la idea de fundar el festival; en segundo lugar, el repentino y muy polémico cese de José Luis Cienfuegos y la nueva gestión, en manos de Nacho Carballo, apuntan un nuevo rumbo…  ¿Hasta qué punto el continuismo que promete Carballo se corresponde con el panorama cinematográfico con el que nos encontramos estos días? Creemos que aún es pronto para despejar incógnitas, así que recuperaremos esta cuestión, en cualquier caso, dentro de unos días, cuando llevemos un par de decenas de películas más sobre las espaldas y tengamos la mente más despejada. Os adelantamos, no obstante, que nuestras impresiones están siendo más bien tibias.

Trataremos de dar cuenta de lo que ofrece esta nueva edición, sin olvidar que apenas podremos visionar unos 30 largometrajes de un total de 160. Eso sí: buena parte de ellos están programados dentro de la Sección Oficial, acaso la más significativa a la hora de definir el presente del FICX. Hablemos, pues, de espías, hinchas de Dios, pulgas gigantes, judíos desencantados, parejas en crisis, niños de la guerra y niños adoptados, tailandeses enfermos de apichatponguitis aguda y viajeros que poco o nada entienden de geografía sentimental.

Pese a que llegamos un par de días después de la inauguración, pudimos recuperar en una proyección tardía el filme de apertura. Se trata de Beyond the Hills de Christian Mungiu, quien unos años atrás sacudió el avispero del cine rumano con la devastadora 4 meses, 3 semanas y 2 días. Alina lucha con obcecación pueril por recuperar el amor de Voichita, antigua compañera en el orfanato, ahora entregada a la vida monacal. Invitada a vivir en el monasterio, su presencia se va tornando cada vez más incómoda debido a la falta de disciplina emocional de la joven. No se equivocan quienes señalan que la película de Mungiu es tan espesa como un yogur de plomo fundido, pero lo cierto es que, incluso su desmedido metraje —150 monocordes minutos de estulticia religiosa, monjas sollozantes y una lesbiana histérica y autodestructiva— es una prueba definitoria de las altas ambiciones de un relato irregular e injustificablemente reiterativo, pero crudo y certero en su diagnóstico. Su universalidad trasciende la denuncia de la ética en los grupos religiosos, erigiéndose en una meditación, henchida de amargura, acerca de la necesidad de revisar nuestros valores morales, fruto de un legado cultural que recogemos sin rechistar, como si no pudiésemos hacer otra cosa con ellos que asumirlos como propios. No menos desesperada que Alina, Colette McVeigh se ve obligada a escoger entre estar muerta o ser degollada, entre los malos y los villanos, entre el IRA y el MI6. Shadow Dancer (SOF) de James Marsh —al que muchos recordaréis por el magnífico thriller-documental Man on Wire— exhala el aliento desmitificador y la aspereza que caracterizan la novelística de John Le Carré.  Más allá de su trabazón argumental, esta historia sobre la dominación y la imposibilidad del heroísmo se sitúa en la justa intersección entre Encadenados y El tercer hombre. A Marsh le interesa mucho menos el conflicto social que las decisiones que toman unos personajes tiranizados por sus propias emociones. Un producto de correcta caligrafía, lejos de la excelencia, pero siempre claro y directo en cuanto a sus intenciones. Todo lo contrario a Children of Sarajevo (SOF), narración vaporosa y derivativa que pega la cámara al cogote de Rahima, huérfana de la guerra de Bosnia, describiendo su estrepitoso fracaso a la hora de poner algo de orden en la caótica vida de su hermano adolescente. El resultado es más bien farragoso, herido de muerte por su indefinición e inconsistencia, aunque la cineasta Aida Begic se atreva a señalar con el dedo causas concretas y reconocibles para la orfandad —no sólo biológica— que sufren los protagonistas. La última escena, debemos decirlo, es hermosa.

De huérfanos buscando su lugar en el mundo también trata la en absoluto desdeñable Couleur de peau: Miel, que compite tanto en la Sección Oficial como en AnimaFICX, categoría presentada durante la actual edición y que pretende convertirse en una galería de exhibición de la mejor animación artesanal y de autor de los cinco continentes. Jung Henin toma como punto de partida una novela gráfica de su autoría, y su gran acierto es no convertir el largometraje —como sí hizo Marjane Satrapi con Persépolis— en una mera puesta en movimiento de las viñetas del cómic. En su lugar, Henin combina la imagen real con la animada para reflexionar acerca de las estrategias con las que edificamos nuestra identidad. Autobiografía de un niño coreano adoptado por una populosa familia belga, Couleur de peau: Miel no dice nada que no nos haya contado cien veces el cine diaspórico, pero su condición autorreflexiva y la proximidad de su tono, agridulce y penetrante, le otorgan valor propio. También en AnimaFICX nos hemos encontrado con una de las últimas producciones de Luc Besson, Un monstruo en París, fantasía musical cuyo responsable es el galo Bibo Bergeron, director de El Espantatiburones. Un simpático cuento que bebe por igual de King Kong y del mito de Frankenstein, cuyo convencionalismo es sacudido, momentáneamente, con auténticos arrebatos de genio: atención a ese prólogo, que remite inmediatamente a los primeros minutos de Millenium Actress de Satoshi Kon. Y es que, pese a los discretos resultados —el carácter netamente comercial del proyecto le impide alzar vuelo creativo—, Bergeron hila más fino de lo que podríamos pensar en un primer momento, articulando un interesantísimo —y nada inocentón— discurso acerca de la apropiación de los recursos de la representación por parte del Poder.

Entre las diversas producciones israelíes presentadas durante el festival pudimos ver Epilogue (SOF), ópera prima de Amir Manor, que establece una correspondencia alegórica entre la crisis de un matrimonio de achacosos ancianos y el fracaso de Israel como proyecto utópico. La ausencia de una voluntad de estilo y la desidia creativa se transparentan en una película falta de imaginación, de una tosquedad expresiva alarmante, que subraya, segundo a segundo y plano a plano, las interferencias entre el drama senil y el discurso político con inútil insistencia. Mucho más elaborada es la arquitectura formal de la tailandesa In April the Following Year There Was a Fire (Llendes). El primerizo Wichanon Somomjarn sigue la estela de Apichatpong Weerasethakul —más concretamente, de la magistral Síndromes y un siglo—  para explorar su propia biografía familiar, armándose de una retórica que no desdeña los saltos temporales o la fusión de formatos tan diversos como la ficción dramática, la entrevista o la visibilización metacinematográfica de los andamiajes narrativos del filme. Un servidor, sin embargo, no acaba de conectar con esta obra tan cuidada y trabajada, pero también rígida y marmórea; el férreo control y la extrema racionalización a la que es sometida su materia prima la convierten en una película que dice sólo y únicamente lo que tiene pensado decir, y nada más que eso. Lo cual, en el cine, es siempre una tragedia.

El peor y el mejor largometraje con los que nos hemos topado en dos días colmados de cine están protagonizados por excursionistas: hombres y mujeres que, cargando un macuto a sus espaldas —en sentido literal y figurado—, recorren valles, depresiones y montañas, se pierden, se buscan y, al final del trayecto, ya no son los mismos que eran inicialmente. Viaje a Surtsey (SOF) habla de un reencuentro y The Loneliest Planet (Esbilla) de un desencuentro. La primera es técnicamente lamentable, buenrollista hasta la náusea e indecentemente cursi. Su ínfima calidad artística y su acabado más bien chapucero nos hacen preguntarnos qué demonios la ha llevado a competir en la Sección Oficial.

La segunda de estas películas, en cambio, merece un comentario más dilatado del que por ahora podemos ofreceros. Para empezar, The Loneliest Planet posee un atributo del que carecen todos los filmes comentados anteriormente: virtuosismo. Nica y Álex, a punto de casarse, contratan a Dato, un georgiano que los guiará por las Montañas del Cáucaso. El paseo cuasi turístico por este paraíso terrenal termina por derivar, gracias a un suceso anecdótico, en un viaje interior marcado por la decepción y el desengaño; como si Ingmar Bergman hubiese rodado L’Atalante, vaya. Cine árido, de incómodo visionado, fraguado en larguísimos planos sostenidos que nos invitan a leer en la expresividad de los cuerpos y en el paisaje aquella información que los silencios nos sustraen. Un dispositivo cinematográfico que, no obstante, sortea con eficacia los circunloquios narrativos y se muestra como un trabajo inesperadamente preciso en su radicalidad. Si al principio el hermoso paraje es un lugar de jovial comunión entre los seres humanos y una naturaleza que los acoge, más tarde pesará como una losa sobre unos héroes que han dejado de saber quienes son.  El elaborado cromatismo del trabajo fotográfico de Inti Briones y los contrastes de luces y sombras imbuyen a cada secuencia del tono apropiado, regalándonos las imágenes más bellas —y, en el segundo tramo, las más sombrías—  de lo que llevamos de Festival. ¿Nos encontraremos con alguna obra de calidad semejante en la hasta ahora grisácea Sección Oficial?