Un festival coherente

Nadie puede, en estos momentos convulsos, garantizar nada. Aunque detrás de los hechos haya una excelente labor, una gran dedicación y un esforzado trabajo. Ni siquiera vale que en tu currículo ponga que tienes 57 años de experiencia. De hecho, esta crisis parece cebarse con los más veteranos, ignorando la sabiduría que da el paso del tiempo.

Atender a los detalles puede ser revelador. Si hasta el año pasado los spots publicitarios que se emitían antes de cada proyección solían ser de carácter institucional —apoyando al turismo interior, como el protagonizado por el CSI Gary Dourdan en Castilla y León: Tierra de sabor—, sus sustitutos nos hablan de la empresa privada —la marca automovilística Renault, muy ligada con la capital castellana, con un anuncio repleto de modestia (!)— y del turismo exterior en países de economías emergentes —México, país al que se le dedicó un ciclo, recogiendo en su eslogan de campaña curiosas referencias a las apocalípticas profecías mayas—. Nuevos motores económicos que sustituyen a los apoyos oficiales, centrados éstos en controlar el déficit a base de recortes.

Por ello, hemos de seguir aplaudiendo y apoyando a un equipo de trabajo que, bajo la dirección de Javier Angulo, se está empeñando en su esfuerzo por mantener viva a la Semana Internacional de Cine de Valladolid. La misma valentía que aplaudíamos hace un par de años —en la crónica de la 55ª edición— sigue estando presente en su labor, trayendo títulos que reiteran la misma fuerza en un mensaje que se ha convertido en seña de identidad. A saber: la crisis de la familia tradicional, reconduciéndose las relaciones humanas hacia otro tipo de familias. Amigos, compañeros de trabajo, hermanos de religión… Los espectadores nos hemos sentido muy identificados con los protagonistas de las 18 películas proyectadas en su Sección Oficial, encontrando que con esas personas con las que nos topamos por la vida —muchas veces de casualidad— tenemos a veces más afinidad que con nuestros propios padres o hermanos —por no hablar de tíos, primos y cuñados—. Esta constante perdura en la SEMINCI como un valor que refleja el tipo de sociedad en la que nos hemos convertido, enriqueciendo nuestras vidas en la mayoría de los casos.

El protagonismo de la mujer

Si por algo ha destacado esta 57ª edición de la Semana de Valladolid es por dar voz al universo femenino. Seis directoras han presentado largometraje, permitiendo contar en primera persona historias a través de personajes femeninos. Pero no han sido las únicas, puesto que otras muchas mujeres han protagonizado films realizados por directores, quienes han decidido cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de hacer avanzar unas historias repletas de emotividad y superación.

Mujeres fuertes y valientes, como la filósofa judía de origen alemán que se enfrentó a la sociedad americana y a su propio pueblo semita ante el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann —Hanna Arendt (Margarethe von Trotta, Alemania)—; o como la que desafía al sistema represor de la RDA de los años ochenta —Barbara (Christian Petzold, Alemania)—; o también a la interpretada por Maron Cotillard, aprendiendo a iniciar una nueva vida sin sus piernas —De óxido y hueso (De rouille et d’os, Jacques Audiard, Francia / Bélgica)—. Todas ellas han emocionado por su potencia, su entereza y su determinación.

Pero, sin duda, lo más notorio ha sido la abundancia de mujeres jóvenes, adolescentes, casi niñas, que por su aparente fragilidad exterior han potenciado su energía interior, soportando con valor las pruebas que la vida les tenía reservadas. Las prematuras madres recluidas en una residencia católica dedicada a la venta ilegal de bebés —Pequeñas arañas negras (Little Black Spiders, Patrice Toye, Bélgica)—; las amigas que luchan contra la escalada armamentística derivada de la Guerra Fría —Ginger & Rosa (Sally Potter, Reino Unido / Dinamarca / Canadá / Croacia)—; la joven atrapada en un espacio fronterizo repleto de violencia, a merced tanto de la policía corrupta como de las bandas criminales —La vida precoz y breve de Sabina Rivas (Luis Mandoki, México)—; y, sobre todo, la epopeya de una muchacha, hija de jerarcas nazis, que debe atravesar de sur a norte una Alemania vencida tras la II Guerra Mundial, haciéndose cargo de sus hermanos pequeños —Lore (Cate Shortland, Alemania / Reino Unido / Australia)—. Sus presencias en la pantalla han resultado ser retratos de superación, en los que la condición femenina, como casi siempre suele suceder, llega a ser un hándicap que amplifica las dificultades ambientales.

El individuo contra el orden establecido

Quizás uno de los temas de más candente actualidad. Y no sólo nos referimos a esa lucha del ciudadano contra el poder omnímodo y represor del Estado, tema sobre el cual versan las ya referidas Barbara o La vida precoz y breve de Sabina Rivas, a las que habría que añadir el largometraje Diaz – Don’t Clean Up This Blood (Daniele Vicari, Italia / Rumanía / Francia), el cual narra el brutal asalto policial al centro neurálgico de las protestas durante la reunión del G-8 en la ciudad italiana de Génova —y que, por su énfasis en mostrar la violencia más descarnada, provocó ataques de ansiedad en más de un espectador—.

La disección de este contenido ha ido más allá, abarcando los más variados despliegues de poder y las formas en las que aplicar su castigo al individuo. Como la hija que acosa a su propio padre para que éste abandone su hogar —La lapidation de Saint Étienne (Pere Vilà Barceló, España / Francia)—, o la pobreza endémica a la que son condenados los habitantes de los arrabales de Casablanca, y que terminará por forjar un odio canalizado por Al-Qaeda en Los caballos de Dios (Les chavaux de Dieu, Nabil Ayouch, Marruecos / Francia / Bélgica).

Los convencionalismos ideológicos de una sociedad que basa sus juicios en la venganza ciega —Hanna Arendt—, los prejuicios derivados de la injusta división en castas —Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, Deepa Metha, Canadá / Reino Unido)— o la imposibilidad del amor por la diferencia de edad —Amor y letras (Liberal Arts, Josh Radnor, Estados Unidos)— han sido otras de las denuncias que se han podido apreciar durante el festival.

El pasado conjuga el presente

La gran abundancia de argumentos ubicados en tiempos pretéritos —más de la mitad de los largometrajes exhibidos— ha hecho buena esa ley no escrita, por la cual el pasado articula nuestro presente en forma de paráfrasis, vinculando el hoy con el ayer para comprender cómo hemos cambiado. O, a veces, todo lo contrario, pues determinados elementos y síntomas perduran indefectiblemente al paso de los años.

El repaso por buena parte del siglo XX y los albores del siglo XXI ha permitido conocer de dónde venimos para, en cierta medida, saber hacia dónde vamos. A diez películas se las podría etiquetar dentro del género histórico —aunque sus acciones se desarrollen en fechas tan cercanas como el año 2003—, pero ha habido otros ejemplos en los que, ubicando a sus personajes en el tiempo presente, éstos son transformados por un pasado que retorna hacia ellos para modificar la forma en la que articular sus vidas.

Por ejemplo, en Rumbo al norte (Tie pohjoiseen, Mika Kaurismäki, Finlandia) un hombre recibe la visita del padre que le abandonó durante su infancia, evolucionando su relación según transitan por una carretera que dará sentido a la memoria. En Al nacer el día (Kad svane dan, Goran Paskaljevic, Serbia / Francia / Croacia) un profesor de música, en pleno proceso de jubilación, descubrirá sus verdaderos orígenes, cumpliendo debido tributo al sacrificio de sus progenitores. Y en la película seleccionada para la Gala de Clausura, El ladrón de palabras (The Words, Brian Klugman y Lee Sternthal, Estados Unidos), el protagonista de una novela —sí, este film es un auténtico juego de matrioskas— recibe por casualidad un legado que le hace conseguir tanto la anhelada fama como un poderoso complejo de culpa.

Del resto de relatos ambientados en nuestros días podemos sacar varias conclusiones ideológicas, al ofrecer diferentes perspectivas sobre el camino a seguir. Tres largometrajes remiten directamente a un estado de estancamiento, enclaustrando a sus personajes en un inmovilismo que no les permite salir de su situación de suspenso. Ya hemos hablado de La vida precoz y breve de Sabina Rivas, donde su joven protagonista permanece condenada a no superar la frontera entre México y Guatemala, siendo bamboleada por los intereses personales de aquellos que la rodean. Y en La lapidation de Saint Étienne un anciano permanece fiel a los recuerdos en forma de sombras que alberga la casa en la que vive, negándose a abandonarlos. Pero el más curioso de todos los ejemplos lo encontramos en La quinta estación (La cinquième saison, Peter Brosens y Jessica Woodworth, Bélgica / Holanda / Francia), un film apocalíptico, muy ligado a The Turin Horse (A torinói ló, Béla Tarr, 2011) tanto en el fondo como en ciertos aspectos de su forma, y que expresa a la perfección esa rebeldía de la Naturaleza que, harta de los desmanes del ser humano, decide estancarse en un perpetuo invierno para dejar morir de hambre a sus moradores. La película despliega tal énfasis en la desesperanza que, después de asistir a su proyección, uno no deja de pensar si la degradación física y social a la que el film recurre no será, al fin y al cabo, un merecido castigo ante nuestras abusivas actitudes para con todo aquello que nos rodea.

Por otra parte, en De óxido y hueso —obra del director de la reconocida Un profeta (Un prophète, 2009)— se nos propone una salida más cercana a la tradición judeocristiana, insertando a sus protagonistas en una redención basada en el sacrificio a través del dolor —físico y emocional—. Una apuesta que les vendrá al pelo a nuestros políticos, empeñados éstos en que purguemos nuestros pecados —esos desmanes que hemos cometido, tales como pretender ser propietarios de las casas en las que vivimos—, negándonos el placer y apostando por la purga material. En fin, que cada cual elija el modelo que más oportuno le parezca.

TOP-5 de Miradas a reivindicar

Hanna Arendt (Margarethe von Trotta)

Diaz – Don’t Clean Up This Blood (Daniele Vicari)

La quinta estación (La cinquième saison, Peter Brosens y Jessica Woodworth)

Lore (Cate Shortland)

Al nacer el día (Kad svane dan, Goran Paskaljevic)