Trabajadores de sueños

El comienzo de El origen de los guardianes no podría ser más sintomático. Una luna, el logo habitual de las películas de Dreamworks Animation, juguetea con Jack Frost, personaje principal de la nueva película de la compañía, fusionándose en una imagen que da paso al comienzo de la ficción. Una transmutación de carácter simbólico que posiciona este largometraje de la factoría de Jeffrey Katzenberg como una reflexión sobre su identidad y posicionamiento dentro del propio género de la animación. Como el propio Jack Frost, la productora se encuentra en pleno período de búsqueda de su presente y personalidad a través del conocimiento de su pasado. El hecho de que durante su trayectoria la hayan acusado continuamente de sus derivas pop o postmodernas así como de su humor simplista, no debería ser motivo suficiente para negar que su origen procede de la escisión de Disney y del relato clásico animado.

Ficción y reflexión sobre la realidad corporativa se dan la mano cuando ambos comprenden a través de una mirada hacia su pasado, que su verdadera personalidad radica en el entretenimiento, ser un agente libre y desprejuiciado, con el que ofrecerse a un público mayoritariamente infantil. En tiempos de supuestas reflexiones concienzudas y miméticas, la diversión como simple espíritu dionisiaco puede ser un valor de lo más subversivo. Que conglomerados dedicados al ocio y entretenimiento puedan disponer de una capacidad autoral autorreflexiva no nos debería resultar ajeno a nuestro pensamiento contemporáneo, no se puede negar a Dreamworks lo que se le ha aplicado a otras empresas punteras del mismo o parecidos terrenos como Apple o Pixar.

Óscar Brox, en su crítica sobre Rango (Gore Verbinski, 2010), ahondaba en las cuestiones identitarias de la película y el personaje así como en la utilización del western como particular placa de Petri sobre estos asuntos. ¿Por qué este gesto de búsqueda y asimilación de la identidad propia se repite frecuentemente en las películas de animación?  La preocupación por la identidad de los personajes principales de películas recientes como Rompe Ralph (Wreck it Ralph, Rich Moore, 2012), Megamind (Tom McGrath, 2011) o Brave (Mark Andrews & Brenda Champan, 2012) no es más que la reflexión sobre su propio estado de un género, si es que realmente lo podemos identificar como tal, sobre su propia definición mutante. El trasvase de la animación tradicional hacia el CGI tridimensional y la integración del lenguaje y FX digital dentro del cine de imagen real han provocado una suerte de estado de indefinición dentro del propio género. Si en los años 90, Disney recuperó del pasado y utilizó como la canción como unidad narrativa principal y fuerza motora del relato, la transición hacia un nuevo cine de animación nos está demostrando que la set piece es el nuevo centro narrativo de la historia, con el movimiento de la imagen o datos como flujos principales de información, un poco a la manera del David Fincher de La red social (The Social Network, David Fincher, 2010).

Pretender analizar las películas con los mismos parámetros que hace veinte años es una quimera de la que habría salir de manera inmediata. Los valores fundacionales de Pixar basados en cierta autoridad moral del relato guionizado que sometía a las primitivas imágenes CGI, han dejado de tener peso específico a niveles de influencia dentro del género. En Brave, el conjunto visual vencía por su arrollador poder al texto de la película e incluso la canción volvió a emerger como impulso narrativo. La cinética es parte fundamental e incluso sensitivo del nuevo audiovisual como se ha demostrado en la reciente Madagascar 3: De marcha por Europa (Madagascar 3: Europa´s most wanted, Eric Darnell & Tom McGrath, 2012) donde el corazón emocional de la película radicaba en un interludio circense lleno donde el movimiento y el color eran principales protagonistas por encima de cualquier artefacto argumental. Siguiendo esta línea de cambio narrativo, El origen de los guardianes se erige como una fábula autorreflexiva sobre el valor de los narradores y en particular de la animación como juglar infantil en tiempos esquivos a ello, algo más importante a lecturas secundarias como la asimilación y modernización de las leyendas populares o el filtrado de textos a través de determinadas sintonías autorales. Al final, lo que nos queda es una película sino llamada a abrir caminos dentro del género de la animación, si que por lo menos a cuestionarlos.