Reivindicación del cine invisible

A lo largo de toda esta edición del Festival 4+1 se ha inhalado un halo apocalíptico, donde el terror, el caos, la crisis (no solo económica, sino social, política, de valores), la corrupción, la confusión, y la falta de empatía, han inundado los 29 filmes que han compuesto el festival en sus 4+1 salas: 14 en la Sección Oficial,  2 Fuera de Concurso, 8 en la sección dedicada al Invitado de Honor, Werner Herzog, y 5 en Sesiones Especiales (1 por cada sede). Cuesta creer que esté detrás de este apasionado festival una asociación privada —¡una compañía de seguros!— pero debemos recalcar que es su fundación la que consigue que este proyecto continúe cada año pese a la crisis, y es que, al no depender de las instituciones públicas (cada día más corruptas por un gobierno dictatorial, antidemocrático, antisocial y anticultural) se puede mantener este festival tan necesario que reivindica el cine invisible, ese cine que no consigue distribuidores en los diferentes países en los que se desarrolla el certamen (Buenos Aires, Río de Janeiro, Bogotá, México y Madrid) que, pese a contar con numerosos premios en diferentes festivales y presentar en la mayor parte de los casos un nivel excelente —gracias a la selectiva criba de los programadores del festival provenientes del campo de la crítica cinematográfica, como Carlos Reviriego, Gonzalo de Pedro o Alejando G. Calvo—  no cuentan aún con distribución en salas comerciales (a excepción, claro está, de la Palma de Oro en Cannes). En Madrid contamos además con la cortesía de los cines Golem y con la plataforma Filmin (que colabora con el Festival para dar la posibilidad de acceder al visionado de las películas on-line, ya que si no nos sería imposible ver todas las películas dentro de la programación en sala a los cronistas privados de ubicuidad). El nexo de unión entre las diferentes películas del certamen es el no huir de la realidad asolada por esta crisis global (a diferencia del mainstrean de Hollywood); este cine independiente incide en la llaga masoquista de los que, a pesar de sufrir, no por eso queremos estar desinformados y evadidos continuamente del entorno actual. Así, en esta edición hemos podido apreciar un cariz melancólico, desesperado y desesperanzado en todas y cada una de las películas. Y, además, el hecho de que tengan dificultad para su distribución es ejemplo, una vez más, de la censura a la que estamos sometidos a nivel de mercado, de que quieren un espectador complaciente, ingenuo, pasivo y alejado de la realidad. Este año la sede ha sido Río de Janeiro, y ha contado con Werner Herzog, que ha dado una Master Class realmente magistral. En Madrid la inauguración del festival corrió a cargo de Amour de Haneke (con invitación exclusiva). Fuera de concurso hemos degustado la estupenda Into the Abyss, el mejor documental existente sobre la pena de muerte, con el siempre audaz Herzog, y también la irregular Sense of Home, que presenta la tragedia de Fukushima desde diferentes cortometrajes, pero donde solo sobresalen los de Erice y Lacuesta. Destaca también mucho cine femenino (o, mejor dicho, cine realizado por mujeres) como Boganim, Massadian, Akerman, Losier o Kawase.

Dentro de la selección oficial destacan, por diversos motivos: Life Without Principle, Into the Abyss, La Folie Almayer, Crazy Horse, Land of Oblivion, Goodbye, La demora y Terri.  En La Folie Almayer, la directora belga Akerman nos habla de la carencia de buenas relaciones entre padres e hijos, que puede llevar a la locura. Crazy Horse es un documental de encomio a la belleza en estado natural. Land of Oblivion, sobre la tragedia de Chernobyl, nos cuenta la historia de una joven que ve rotas sus esperanzas de vida el mismo día de su boda. Goodbye batalla contra la censura política en Irán y, sobre todo contra la falta de libertad de las mujeres, en un alegato estremecedor sobre el día a día de la mujer en Irán. La ganadora La demora nos estremece con la desesperación causada por la crisis, sobre cómo una persona puede llegar a abandonar a su padre. Terri, una maravilla con toques de comedia (que irradia el festival lleno de dramas) en que, aunque presenta un fondo doloroso, la forma como está rodada incita a la aceptación de los diferentes con naturalidad. Este filme positivo se agradece entre tanto pesimismo apocalíptico. Menos sobresalientes, pero con algún punto interesante en su haber, el resto de propuestas: Photografic Memory, un documental sobre la incomunicación paterno-filial y una crítica hacia la generación perdida. Les eclats, un documental en el que un filósofo deja exponer las cuitas a los inmigrantes que quieren emigrar a UK en busca de un futuro mejor. Verano, una lacia película sobre esta estación, que no despierta sino desidia aunque se supone que intenta lo contrario: mostrar la pasión que despierta el sol y la luz. El apocalipsis se muestra en todas y en cada una, pero explícitamente en 4:11 y en Bellflower, y la psicodelia en The Ballad of Genesis and Lady Jaye, (que está en el polo opuesto de Bellflower, es una apología del amor, mientras su inversa, Bellflower, del desamor). Y, para terminar, Nana, un cuento desconcertante, una serie de ensoñaciones y sin-sentidos como son las de los niños. Paso pues, sin más preámbulos, a analizarlas por separado.

Le Folie Almayer (Chantal Akerman, 2011 Bélgica/Francia)

La locura de Almayer es un nombre que designa en general los negocios que fallan, como el del propio Almayer y su sueño de riqueza en Europa. Inspirado en la primera novela de Joseph Conrad, Kaspar Almayer (lejano antecedente de Kurtz en El corazón de las tinieblas), está enajenado. Comienza el filme con tres largos minutos en pantalla negra, en una película lenta (pero no letárgica), llena de planos fijos, travellings (con cámara en super 16 estática, donde los protagonistas se mueven junto con la cámara), todo ello con una fotografía preciosista (y el paisaje de Malasia lo permite) pero entristecida, consiguiendo una cinta sobrecogedora por el dolor y locura del padre que no sabe expresar su amor a su hija, y por el sufrimiento de los sueños frustrados que llevan a Almayer a la locura.

Verano (José Luis Torres Leiva, 2011 Chile)

Esta impresionista película chilena nos transporta hacia una ilusión que tan pronto viene se va: el verano. La estación para muchos favorita, de las largas horas de sol, de luz, las vacaciones, el sol… Todo ello a través de unos fragmentos de vida enarbolados por un montaje sin conexión, que más parece un corto alargado hecho película. Los personajes, pese a desenvolverse en un clima cálido y de aparente placidez, desvelan un interior carente del otro, de su comprensión y calor. Expresa, así, la fugacidad de la felicidad, en un collage de vidas entrelazadas en un hospedaje de aguas termales, en el que el verano pasa, sin más. La película despierta cierto tedio narrativo, ya que el tempo lento y vacuo merma el interés de esta pieza, a medio camino entre el documental y la ficción y que, mas allá de transportarnos hacia ese verano que ya vemos lejos, y de olvidar por unos instantes tanta penuria que nos ha transmitido el resto de películas del festival, esta película nos deja sin emoción y sin poso.

Les Éclats. Ma Gueule, Ma Révolte, Mon Nom (Sylvain George, 2011, Francia)

“No vinimos a Europa para tener una vida mejor, vinimos para salvar la vida. No tenemos elección. Vinimos para que nos traten como a seres humanos. Vinimos aquí para probar la vida, para ver qué ocurre en el mundo, (…) Nuestro país fue vendido hace mucho tiempo” Un iluminado interpela así al espectador para que reaccione, para que empatice con su problema, para hacer ver a los demás la verdad, como si del mito platónico se tratara. El director, activista y filósofo George Sylvian (y también trabajador social que conoce bien la problemática de los inmigrantes) ha rodado la lucha de supervivencia de los inmigrantes que quieren emigrar a Inglaterra al cruzar el Canal de la Mancha. Empieza con un blues, y conjuga a la perfección un decorado pulcro junto con la denuncia de los pesares de la inmigración ilegal. Del puerto, de su lucha, de su desesperación, de todo ello nos habla Sylvian, pero también de sus sueños, sus esperanzas, porque en todo inmigrante confluyen dos ideas contrapuestas: desesperación actual y esperanza futura en lo desconocido. Filme poético en lo terrible, que alza una estética de la pobreza, con un sobrio blanco y negro. Demagógica e interesante propuesta que deja voz a los inmigrantes en lugar del clásico documental ególatra de omnipresencia del realizador.

Terri (Azazel Jacobs, USA 2011)

Este joven director, con sutileza y sin condescendencia, nos sumerge en la historia de Terri, un adolescente que va en pijama a clase, que soporta sus problemas de autoestima y de inadaptación comiendo, y que presenta cierto atisbo de sociopatía (acercándose peligrosamente a los caminos de la locura y de falta de empatía con los otros al matar con delectación unas ratas), pero que, gracias a un toque de atención por parte del exterior (Darryl, interpretación genial de John C. Reilly) y unido a su propio remordimiento, van a paralizar esta señal psicopática. Como consecuencia, una película sin grandes pretensiones artísticas ni morales y, por eso mismo, consigue empatizar con el espectador, porque no lo manipula ni lo atrae con virguerías técnicas, sino que lo atrapa con una historia tratada de forma sencilla. Es capaz de hacernos agradable el grave problema de la discriminación del no-normal que, normalizando su situación, consigue convivir en sociedad: solo hace falta que tenga autoconfianza. Los diferentes no son un problema per se, no tienen por qué adaptarse de forma absoluta y perder su integridad, ya que dan riqueza a la sociedad, siendo fruto también de la misma. Este drama es una comedia con su toque justo y en el momento apropiado, nada está forzado en esta película y, por eso llega al espectador. Todo fluye con normalidad en este premio Fipresci en Gijón, esta apología de lo diferente.

Goodbye (Mohammad Rasoulof, 2011 Irán)

“Si te sientes extranjero en tu propio país es mejor que emigres y seas un extranjero en un país ajeno”.

Con austeridad narrativa y artística, una ambientación y unos decorados apagados donde presenciamos pocas localizaciones, toda la emoción pasa por la fundamental expresividad de ella, Noora (Leyla Zareh), una abogada iraní que lucha por salir del opresivo Irán. Esta cinta, Premio Mejor Dirección 2011 en Una cierta Mirada en Cannes, refleja el auténtico cine femenino, mostrando las dificultades de ser mujer en Irán, con una naturalidad que resulta escalofriante a través de una mirada occidental. Porque a la mujer se le suman además de la ya de por sí coacción y constricción, las dificultades añadidas del maltrato y machismo propia de los países árabes. Con unas escenas que muestran lo cotidiano, se convierte en una aterradora historia en la que somos conscientes del horror silencioso, el provocado por la falta de libertad que solo tiene dos consecuencias: o la obsesión por la búsqueda de esa libertad perdida (Rasoulof ha estado condenado desde el 2010 a 6 años de arresto domiciliario y 20 años de inhabilitación bajo el régimen de Ahmadineyad) cómo única meta optimista, o la aceptación y muerte en vida. Entre unos espacios diáfanos la cámara permanece fija, como la vida prisionera de la tortuga (una metáfora por otra parte demasiado evidente y que subestima al espectador), que simboliza la del iraní que, viéndose privado de lo fundamental para la vida (la libertad), se convierte en su principal y única obcecación.

Photographic Memory (Ross McElwee 2011 USA, Francia)

La preocupación del director por su hijo, echando mano de sus evocaciones, le lleva a la filmación de sus memorias para entender el presente, el por qué de la apatía vital de su hijo. Pero ¿como grabar nuestros recuerdos? Él tiene la oportunidad y no lo duda. Pero los recuerdos, como el cine, muchas veces son manipulados, exagerados y falsos por el olvido, influidos por nuestra personalidad, preferencias o ideología. Así, McElwee graba la dicotomía entre él, un fotógrafo profesional, que sintió la pasión desde pequeño y se formó con constancia; y la apatía de su hijo, un Ni-Ni con falta de inquietudes. La película es como un reality en el que vemos el interior de la vida de una familia con sus problemas, y la resignación y arrepentimiento del fallo como padre del director. Es un ejercicio poético de alguien que ama su trabajo. Un ejercicio de auto-terapia psicológica dedicado a su hijo, un documento único original, atractivo, aunque, por otra parte, menor y olvidable, más importante por sus intenciones que por sus logros.

The Ballad of Genesis and Lady Jaye (Marie Losier, 2011, USA)

Con una estética de videoclip, un montaje excesivo y encomiando la fascinación de la directora por la estética transexual, estamos ante un canto de amor por parte de Genesis a su mujer-colaboradora y siempre fiel, Lady Jaye (co-protagonista de este Pandrogyne Project). Este amor fou con final triste (como todas las grandes historias de amor) es una película extraña, alocada e irreverente de esta directora de cine experimental y extravagante, y, por eso mismo puede que sea solo entendible y disfrutable en el ámbito glam y trans.

Nana (Valérie Massadian, 2011, Francia)

Comienza Nana con una matanza del cerdo tan verídica como real, en una escena snuff, inapropiada, prescindible, e incluso denunciable. Le sigue una sucesión de anécdotas entre madre-hija, de vivencias cuasi-documentales, cuasi-improvisadas (o al menos es la sensación que quiere transmitir la directora). Y lo hace de una forma como si de un sueño se tratase, como si del subconsciente de Nana brotasen las escenas que impregnan la pantalla, mezclándose todo con los colores vivos de la amplia variedad cromática del campo otoñal. Pero resulta desconcertante y caótico, es un cuento tétrico, una nana-para-no-dormir en la que se normaliza el dolor con el placer como solo lo hacen los cuentos infantiles, y también se muestra el paso prematuro a la edad adulta de esta niña que habrá alcanzado la libertad, pero entre medias habrá perdido la inocencia. Merece la pena, sobre todo, disfrutar de la autenticidad de la niña.

Land of Oblivion (Michale Boganim, 2011 Francia-Alemania-Polonia)

Con una puesta en escena cuidada, la documentalista israelí dibuja el paisaje desolado de Pripyat después de la explosión de Chernobyl, y nos muestra las diferentes reacciones ante la tragedia, todas ellas igualmente difíciles. Han pasado ya muchos años, 25, pero para algunos como Anya (interpretada por Olga Kurylenko, en la que se apoya con éxito la veracidad de la historia), el tiempo se detuvo el 26 de abril de 1986. De lo mejor del festival pues aúna a la perfección y sin caer en el sentimentalismo más pueril drama-tragedia, documental-ficción y  poética-terror. Un terror invisible, pero omnipresente en todo momento, inunda en esta cinta más que en la explícita película Terror en Chernobyl (2012), el típico blockbuster para teenagers que es cualitativamente inferior.

Bellflower (Evan Glodell, 2011, USA)

Película extraña y excesiva, a medio camino entre la genialidad y lo descabellado, como así son sus personajes, y así somos y nos comportamos ante un amor desmesurado, cuando nos sentimos decepcionados y humillados. Es el retrato de una generación sin esperanza, en un mundo con cada vez menos futuro, y una juventud que ya no cree en el mañana, al borde del apocalipsis emocional, que pierden su tiempo bebiendo enajenados de la insoportable realidad, y solo ambicionando a la vida pequeños momentos de buena evasión. Empieza la película presentándonos una historia de amor con verdadera química entre los personajes, en una historia con muy buen equipo de casting, pero poco a poco empieza a degenerar (como sus personajes), en una salvajada a ratos increíble, a ratos fantasmal, a ratos delirante, que refleja la psicosis de la generación perdida.

La demora (Rodrigo Plá, 2012, Uruguay- México – Francia)

La ganadora del Premio del Público es una cinta uruguaya melancólica (en la línea de Whisky) sobre la desesperación llevada hasta las últimas consecuencias, la de una persona ahogada entre el trabajo precario y el cuidado de dos hijos y de su padre. Esta frustración está reflejada en la cara de Roxana Blanco, una actriz excelente, que te atrapa y te deja el estómago con un ardor como si de un post-visionado de un Iñárritu o de un Ripstein se tratase. Este cine me parece aterrador porque cada vez veo más cercanas estas historias en la España del s. XXI y eso, en lugar de producir catarsis por la empatía de una tragedia griega, produce desasosiego por un futuro similar cada vez más cercano. Lo mejor de todo es que el director no juzga al personaje, pues nos muestra las fases para que podamos entender los efectos de la impotencia, no para que la perdonemos, sino solo para que comprendamos como una persona, movida por las circunstancias (espeluznantes, como son las que llevan a convertir a una persona normal en inmoral) pueda llegar a abandonar a su padre. Menos mal que aún existe la conciencia.

Crazy Horse (Frederick Wisemann, 2011, USA – Francia)

Una cinta espectacular, sobre el proceso de creación de un espectáculo erótico, el cuerpo humano danzando, con un maquillaje preciosista, una iluminación espléndida y una coreografía diseñada al milímetro: todo está calculado por especialistas que realizan su trabajo con esmero para que el espectáculo se convierta en arte. La finalidad del arte es el disfrute de lo bello sin ninguna finalidad práctica, solo el goce de los sentidos, en este caso, a través de su destacable coreografía (intercaladas entre medias de las menos interesantes entrevistas a las diferentes personas que hacen posible el espectáculo erótico del Crazy Horse). Wisemann, conocido por la única película suya que ha sido estrenada en cines en España (La danza), es un experto encantador de imágenes desde hace ya medio siglo, carente de la vanidad típica del realizador, que juega a la perfección con las luces y los claroscuros. Reputado integrante también del cine documental social (en el 2009 Documentamadrid le dedicó una retrospectiva), ha filmado todo tipo de instituciones americanas.

Life Without Principle  (Johnnie To, 2011, Hong Kong)

Johnnie To nos dibuja la crisis desde el punto de vista de los asiáticos, y descubrimos que tiene alcance global. La corrupción y el fallo en sí de la economía capitalista han conseguido un estremecedor darwinismo social del más fuerte, donde la lucha por la supervivencia obliga a sumarse al carro o perecer. Magistral, por lo que merece un apartado separado que dedicaré en el próximo especial resumen 2012 de la revista.

Fuera de concurso

Sense of Home (VV.AA., coordinado por Naomi Kawase, 2011, Japón)

Unos veinte directores nos cuentan su pasión por la tierra en la que viven en este conglomerado de cortos coordinado por Kawase. Se trata de reivindicar la tierra devastada por el terremoto de Fukushima, pero consigue el efecto contrario. Este esquematismo tan cerrado (la misma duración para todos de 3:11 min) resta autoria y frescura al conjunto y a cada uno de los cortos, y su exagerada brevedad hace muy difícil contar una historia atractiva. Destacan, a pesar de estos inconvenientes, los siempre eficaces Víctor Erice (con un corto en el que la expresiva Ana Torrent nos interpela sobre la falta de empatía y pasividad de un occidental al oír una noticia que ocurre a tantos kilómetros de distancia) e Isaki Lacuesta (que muestra la emoción de la familia al poder contar y transmitir la cultura de generación en generación). Los demás, poco destacables, de hecho mantienen la unidad del conjunto por su futilidad.

Into the Abyss (Werner Herzog, 2011, EE.UU- Reino Unido – Alemania)

El mejor documental del festival. Herzog en estado puro, con interesantes preguntas-réplicas de un director que está en pleno auge, en su mejor momento, un documental que analiza la pena de muerte desde todos sus ámbitos (al estilo de Capote), para que el espectador no sea aleccionado. Se nota que es un director apasionado, como sus personajes (él no decide sobre qué va a dirigir, sino que las historias le llegan a él), se obsesiona con una idea y la trabaja hasta el final, es un perfeccionista. Ejemplar cuando entrevista a los asesinos (de hecho les comenta que el hecho de que esté en contra de la pena de muerte no les convierte en personajes simpáticos para él) nos muestra que no tiene autocensura, que no pretende ser diplomático, solo intenta reivindicar una apología contra esta lacra gubernamental que aún sigue existiendo en el país mas rico-del-mundo. Imprescindible.